-Huaca fuckin china, men! – grita y ríe Damien, mientras hace ademanes con ambas manos en busca de nuestra atención. De alguna respuesta.

Damien es francés, de un pueblito al norte –no entendí el nombre–, tiene cerca de treinta años y seis de viajar por el mundo. Va recorriendo, en su mayoría, por su cuenta, y para a trabajar en aquellos lugares en los que mejor se siente. Es chef, maestro pastelero y, entre otros sitios, ha trabajado en Canadá y los Alpes suizos.

Usa su latiguillo favorito a menudo. Huaca fuckin china, repite una y otra vez, arqueando las cejas hacia arriba y dejando brotar las risas tras una especie de gesto de desorientado. Lo usa cuando está drogado –como ahora–, cuando se divierte, cuando está aburrido, cansado e incluso cuando tiene hambre.

Llevamos todo el día a más de cuarenta grados, con un sol abrasivo y una aridez violenta. Huacachina es un desierto y allí, a solo cinco minutos de Ica, se ha levantado un pequeñísimo pero rentable destino turístico. Tiene un oasis. Una laguna que ha de tener no más de cien metros de diámetro, repleta de botes al estilo lagos de Palermo. Alrededor crecen bares y hostales como si se tratara de una tierra fértil y hubiese sido rociada con semillas de turismo y hotelería. Siempre he creído –y así parece en Huacachina—que no existen terruños inhóspitos, tan solo un exceso de bacanes y falta de voluntad. Eso o un capitalista bien dispuesto, claro.

La población del lugar es nula, apenas unos veinte trabajadores estaqueados al lugar. Entre ellos, un argentino de veintipocos que atiende en el restaurant de la posada a la que caemos en suerte por la tarde.

El sol me produce un sentir bifurcado, algo inestable. Me abraza y me abofetea en partes iguales. Por eso desisto de practicar sunboard –deporte oficial y única actividad de todao Huacachina–. Sus dunas y el inmenso desierto invitan, pero a poco siento fiebre y escasas ganas de golpearme. Cuando hay que jugarse el cuerpo, siempre salgo golpeado. Es genético quizás. O tan solo mi torpeza adquirida.

Intentamos refrescarnos en la laguna, pero el agua es puerca. Está cochina, diría un peruano. La posada nos presta desinteresadamente la piscina y todo se hace más tolerable. Aunque tenemos un inconveniente que subsanar: no se puede pensar con tanto calor.

Michu está fastidiosa. Más bien preocupada. Teme que no podamos llegar a Cusco y perdamos el Camino del Inca. Es increíble que hayamos hecho esfuerzos por llegar hasta allí. Llevamos dos días de retraso porque un paro de buses impide que partamos al próximo destino. Primero nos atornillamos a Paracas, por su comodidad, pero las palabras de Gallina y Joel – operadores turísticos o compañeros de juerga y cena, según el momento—ya no nos calman.

-Quizás mañana se levanta.

Todas las voces repiten lo mismo hace días. El paro, de supuestas y cumplidas cuarenta y ocho horas, no cesa. Michu está inquieta, Alan y yo creemos que se solucionará de alguna forma. Ya en Huacachina creemos que desde Ica podremos salir. Pero no. Cada intento es una frustración y la paciencia comienza a agotarse. Al atardecer somos tres habitantes más estaqueados alrededor de esta laguna marketinera y abúlica.

Las opciones escasean igual que el tiempo. Buscamos, preguntamos y hallamos un taxista que se presta a llevarnos a Cusco por seiscientos soles. Es un chango y tiene un Daewoo Tico, como la mitad más uno de los taxis del Perú. Es una locura. Un boleto a destino incierto y al temor. Son ciento cincuenta soles por cabeza, hemos conocido a Damien al caer la tarde –y viajará hasta Cusco con nosotros–. Es una baratija. Un peligro.

Los miedos hacen mella en Michu y la parálisis la vence. El chango promete traer un carro más grande – un Toyota—y luego admite que jamás ha ido a Cusco. No solo nos deja el viaje a a mitad del precio que piden todos, sino que además no conoce la ruta –setecientos kilómetros en subida sinuosa, él cree que son cuatrocientos y sin tanta subida—y jamás manejo en montaña. Michu y su pavor –ó cordura—nos alejan de la estupidez omnipotente del viajante ávido de aventuras y declinamos el viaje. En un setenta por ciento de probabilidades, me arriesgo, hemos salvado el pellejo.

Seguimos impacientes y otro chango –con experiencia y una agencia turística—nos ofrece una van por setecientos soles a Lima, para salir ya mismo o en la mañana. De allí a rezar los creyentes y elucubrar planes los adoradores del raciocinio, para coger un avión o que se levantara el paro.
Las corridas y la búsqueda se suceden y conseguimos cuatro rumanos dispuestos al viaje. Imponen su condición, saldremos por la mañana. Eso ya nos obliga al avión. Intentamos conseguir otros compañeros de ruta, pero solo caemos en flirteos innecesarios e improductivos.

Habremos de sellar pacto con Rumania. Los representantes de ese país son dos mieleros en celo y dos secuaces con poca intención de hacer amistad con nosotros.
-Huaca fuckin china, men- le digo a Damien.

Hemos resuelto medio dilema tras dos días de incertidumbre vertiginosa. Resta ver cómo llegaremos al Cusco. Los ojos de Damien brillan, hace tres días espera rescate en Huacachina. Somos su oasis y lo agradece con una amistad fugaz y simpática. Lo perderemos la primera mañana en Cusco.

En la posada todos se disponen a cenar. El restaurant es simpático y casi no lo detesto. El faro nos ha hecho fastidiar, pero no ha sido tan grave al final. El viajar también expone al individuo a sus propias contradicciones. No me vence la furia viajante, pero me interiorizo. El paro es patronal. Los dueños de la flota exigen aumentar los pasajes o subsidios al combustible –que ha subido–. El gobierno no transige. El capital golpea conjuntamente. Me alivia saber que me han fastidiado los jefes y no los trabajadores. El fuero íntimo del viajante también es egoísta e infantil con sus apreciaciones.

-Huaca fuckin china- ríe Damien. El semblante renovado por las noticias de una pronta salida y un porro gigante en la mano derecha. Ese troncho –que bautizaremos “a la francesa”—de doble papelillo y mucha flor, devuelve la paz que nos había arrebatado el día. También las risas y el hambre. En la cena me río de todo, no siento el estómago y devoro mi plato.

Tras las penurias, al fin la liviandad. Huacachina es una maqueta. No me gusta su estilo lavado, pero la paso bien y la poca gente es amable. Además es muy limpio y eso en Perú es extraño. De Arequipa hacia el norte todo es mugre y cucarachas, que son las reales herederas del antiguo imperio Inca.

El viaje a Lima lo duermo casi por completo y me descompongo antes de llegar. Un rumano me da agua. Son antipáticos y desconfiados, pero el gesto lo redime. Llegamos al aeropuerto y conseguimos boletos para la próxima hora. Todo parece acomodarse y olvidamos el haber estado varados en el desierto. La joda nos cuesta doscientos dólares impensados. Los presupuestos también son para desarmarlos, como todo lo que se hubiere prefigurado. Para eso se viaja.

Machu Picchu ratificará esa sentencia. Valdrá la pena, a pesar de todo.