-En mi juventud fui de izquierda, como se dice, comunista. Me gustaba el Che Guevara. Pero mis padres eran muy humildes, pobres, y no pude seguir estudiando.

-¿Y qué querías estudiar?

-Ciencias sociales.

El rostro de Camilo cambia de semblante. No sé su nombre, creo que nunca lo dijo, a decir verdad. Pero me gusta inventarle uno. Y su rostro se me figuraba como el de algún Camilo. Así se llamará.
Lleva la sonrisa a media asta, como la gran mayoría de los guayas –así se llaman los oriundos de Guayaquil—que conoceré. Sin embargo la charla sobre la perdido le ensombrece la mirada. Algunos músculos de la cara se le relajan y le dan una apariencia de cansado. Abatido.

-Necesitaba trabajar y el ejército es una salida rápida aquí en Ecuador. Con el dinero que gano puedo mantener a mi familia.

-Vale, ¿pero la ideología no permanece?

-Ah no, claro, pero ya no hay más lucha.

Camilo vuelve a su característica sonrisa de media asta y echa los ojos hacia arriba hasta que le quedan en blanco. Ha de estar recordando algo.

Hemos llegado temprano a Guayaquil. Demasiado temprano. Ecuador nos ha recibido entre gallos y madrugada, con una lluvia de esas que hacen pensar en que nunca más habrá de llover, de tan intensas. Las calles de la ciudad pronto se cubren como si nadie jamás hubiera pensado siquiera en la posibilidad de que lloviera. En pocos instantes los buses dejan de tocar el pavimento y recorren la ciudad surcando noveles ríos inesperados. Chapotean.

Camilo cuenta que está esperando a su familia, que viene a visitarlo desde Quito, donde él ha si nacido y vivido hasta que lo destinaran por tres años a cumplir servicio en Guayaquil. Otra vez la sombra se posa en su rostro y cierta protesta apagada. Esta vez se la agarra con el ejército por obligarlo a mudarse. Cree que podrían dejarle servir a cada quién en su lugar.

Son las siete y ha amanecido hace algunos minutos. Aún cae un manto espeso de agua. El refugio de la terminal nos promete asilo seguro mientras esperamos a Gus y Ana, que venían en el próximo bus. Son una divertida pareja, él de Melbourne, ella de Asturias. Hemos compartido los últimos días en Perú y coincidimos en la partida. Cruzamos la frontera pegados, entre Tumbes y Huaquillas, pero sería la última vez que los viéramos. Esperaremos otra media hora, pero no llegarán y abortaremos la idea de su compañía. Conocer gente implica intrínsecamente lo esporádico de compartir intensamente para luego desconocerse.

No guardé direcciones de correo ni posibles reencuentros. A veces creo que es mejor así. Ciertos encuentros fugaces alimentan la existencia individual y abonan las diversas vidas del viajante. Me gusta la idea romántica de guardar recuerdos comunes en la memoria y hallarnos jamás. Los escribo, claro, para no olvidarlos.

-Nadie que haya estado en una guerra puede mentir que no ha sentido miedo. Quien diga lo contrario, te aseguro hombre, miente.

Esta vez no hay sombras ni ojos en blanco. Camilo me habla mirándome fijo a los ojos y ni siquiera parpadea. Los recuerdos y experiencias más traumáticas se narran en forma mecánica, como si se hubieran automatizado las maneras y las palabras con precisión quirúrgica. Aséptica. La mejor manera de no sumergirse en los dolores y el temor del pasado es, Camilo es la prueba viva de ello, contarlo en tiempo presente o pasado, siempre despojado de análisis o emoción actual.

El relato abarca ciertas lagunas y comprende también algún pasaje inconexo, pero no interrumpo. En un momento mi narrador sonríe condescendiente. Es increíble que en la proyección de lo vivido mi rostro disimule el terror de lo escuchado. Por eso me cubre Camilo. Con su sonrisa, como si quisiera decir que ya. Que no duele y que me entiende. Cuántas ganas de abrazarlo y decirle que, en realidad, mis ojos desorbitados expresan a mi yo más remoto y real haciendo malabares para entenderle.

Camilo ha servido por veinte años al ejército. En la guerra de 1995 con Perú, encuentra el punto más agudo de su aprendizaje sobre la humanidad. Ha visto muerte, miseria, rebeliones. Camilo no duda ni busca frases elocuentes. Con su dulce acento latino, se llena la boca de aire y exhala su sentencia más sincera: “La guerra es lo peor que me ha tocado ver”.

Me levanto en busca de una farmacia para comprar algo que calme mi tos. Llevo cinco días de guerra interna con mi organismo. Esa es mi lucha, aunque es la excusa para caminar un poco y procesar lo que me han contado. Al volver retomo la charla en medio de la tos. No abre aún la farmacia.

Guayaquil abre su cielo cerca del mediodía. El sol raja el cemento. Hay una extraña premonición de Camilo que se cumple. A las doce, ni un minuto antes ni uno después, deja de llover y abandonamos la habitación del hostal. Queremos aventurarnos en la ciudad. Es quince de febrero y está todo cerrado. Hay feriado hoy y mañana, por el carnaval. Las calles se pegan a mis ojotas, el calor es excesivo y la humedad, agobiante. Recorro el centro –la avenida nueve de octubre es idéntica a cualquier avenida citadina principal—y nos sumergimos en la belleza siempre artificial del Malecón 2000. Ha sido construido por un consorcio mitad municipal mitad privado. Tiene un directorio –lo tuvo, en realidad, porque se ha disuelto–. León Febres Cordero era su patrón.

Los alcaldes suelen arrogarse las obras más bellas. Lo mismo ocurre con la reconstrucción del barrio Las Peñas en el cerro en el que finaliza el Malecón –que recorre unos kilómetros de sur a norte de Guayaquil, al lado del inmenso río que se aparea con la bahía.

En Las Peñas, que fue el lugar pobre y peligroso para los guayas, han pintado y apuntalado. Iluminado, barrido y limpiado. Hoy es un pobladío bello de casitas y casetas coloridas. Con hermosas callejuelas de piedras, faroles, coquetos baretos y pobres luciendo su pobreza. Se lo arroga, claro, Jaime Nebot, el actual alcalde. Él y Febres Cordero son miembros de la alta alcurnia guaya y, por supuesto, acérrimos opositores del gobierno de Correa.

En Las Peñas tomamos una cerveza con dos amigas quiteñas que conocimos minutos antes, mientras el barrio juega y tiene su carnaval con bombuchas y colorante. Allí conozco a Ignacio. Lleva un polo –remera—amarillo y un short negro. Ambos le quedan inmensos. Se ha puesto el polo para salir a hablarnos y tomarse una fotografía. Creo que le da vergüenza que veamos su torso desnudo. Es flaco hasta el extremo. Apenas un liviano saco de huesos. Sonríe con timidez. Le faltan los dientes de arriba. Me cuenta de su ocupación: desempleado.

Ignacio supo ser minero, hoy busca empleo. Cualquier labor le viene bien, dice. Busca empleo, pero vive en un barrio hermoso y sus necesidades han quedado sepultadas bajo litros de coloridas pinturas. Ignacio agradece a Nebot. Hay emociones que la razón no entenderá jamás.

Salimos al Malecón y volvemos al centro por entre sus arboledas, parques, cines y centros comerciales. Mañana iremos a la ruta del sol y seguiré intentando conocer a los ecuatorianos.

-Yamil Mauad ha sido el peor, Abdalá Bucaram no estaba loco, aunque lo sacaron por insano. Es que puso al hermano y otro pariente al frene de unos ministerios e hicieron sus cochinadas. Lucio Gutierrez tuvo apoyo, claro. Pero defraudó a todos. A los indígenas y a nosotros, los militares. Prometió de todo y terminó beneficiando sólo a una cúpula de altos mandos, el coronel. Y Correa, bueno, es lo mejorcito de los últimos años. Y quizás de siempre. Está formado, se nota eso, y que hemos mejorado.

Camilo me presenta una diatriba política y un fuerte desafío. Como cientista político o politólogo o lo que fuere que sea, he analizado siempre las historias y realidades del continente en términos de abstracción y conceptualizaciones. De poder, claro. Y en mi costado humano y despojado, en forma menos científica pero más real. Aún así, siempre desde libros y a la distancia.

La contribución cara a cara con cada sujeto es impagable. Camilo no tiene armas conceptuales y herramientas científicas o politológicas, pero posee la riquísima virtud de la mirada virginal. De quien dice lo que ve, siente y piensa sin el proceso artificial de las ciencias –o pseudociencias—como tamiz procesual del conocimiento.

Me hallo desnudo y me entusiasma. Es un desafío del que no puedo salir indemne, pero que me reportará más armas que las que me quite. La realidad fáctica es una inagotable fuente de controversias. La humildad y la virginidad del pensamiento son la tierra fértil sobre la que ha de brotar el conocimiento. Si es que eso sea posible.

La realidad es otra cosa y la verdad, claro, no existe. Lo supe en los ojos en blanco de Camilo.