-Somos de Jama, pero vivo hace años en Manta. Allí trabajo. Mira, esta es mi hija, la que cumple quince el sábado – me dice Isabel, mientras saca una foto de la billetera.

-¿Habrá festejos?- pienso en voz alta.

-No, pues- ríe Isabel- a lo sumo un vaso de coca para unos amigos, porque no tengo dinero.

La imposibilidad no le borra la sonrisa. Tiene una dentadura prolija y blancuzca que le recorta el rostro anguloso de pómulo a pómulo. SE incrustan las comisuras de los labios en dos profundos hoyuelos graciosísimos. Isabel ríe por todo. O por casi todo.

-Yo soy madre soltera y me hago cargo de todo. Yo sola.

Pienso que la suya es otra historia que ejemplifica las múltiples vicisitudes de la mujer en este continente. Pero, claro, las historias nunca son una más. Siempre tienen un recorte particular que las aleja del molde.

Seis hijos, me dice que tiene. Es muy joven, pienso –esta vez en silencio–. Y no me equivoco. El pequeño cuerpo de Isabel tiene treinta y seis años y seis hijos. Ella tiene muchos más. Otra vez los ojos son la escotilla por la que se filtran las vivencias que se cuecen en silencio.

Isabel es coqueta. Tiene el pelo ensortijado y lo lleva atado con una pequeña gomita, para que no la sofoque su propia mata de cabello castaño dorado. Tiene un par de anillos –incluso uno con su nombre- y un reloj pulsera de esos que simulan elegancia. Su atuendo es colorido y acorde a la costa pacífica de Ecuador, donde la conozco. Sus zapatitos plateados de tacón aguja son un espectáculo llamativo. Desentonan, pero le sientan bien de todas formas.

Isabel viaja a Jama a dejar a su sobrino. Mañana regresará a Manta y pisará nuevamente la tierra batida de su casita alquilada por cincuenta dólares al mes. En ella vive con cuatro de sus hijos y con un nietecito de un año y medio. Único varón y rey del hogar.

Llevamos todo el día de viaje y cierto fastidio pegajoso y maloliente comienza a hacerme cosquillas. De Montañita a Manta. De allí, a Puertoviejo y, de allí, a Canoa. Varias horas y algunos pocos dólares menos y habremos llegado al destino buscado. Salimos de Montañita por la mañana, como quien huye de la noche anterior. En cierta forma fue así.
Me han robado un traje de baño y me llevo más que menos de ese pueblo. Algo incierto me expulsa de él. Cuando Montañita vuelve a ser apenas un punto negro en un rincón costero del mapa físico político, proceso el desencuentro. Es un paraje bonito, bien bonito. Pero le sobra vida. Cuando la artificialidad le roba el brillo a las piedras, hasta la tierra cobra identidades impensadas y prestadas.

Montañita se desordena sobre los restos de miseria y desechos que los visitantes le arrojan con indiferencia. Tiene luces, tiene música, tiene una playa amplia y pintoresca. Tiene bares lujosos y austeros. Discotecas, restaurantes, hostales de lujo y de los nuestros. Músicos, artesanos y vendedores ambulantes corridos por la policía. Tiene todo y, a la vez, no tiene nada. No hay vida local, no hay cultura autóctona, no hay pueblo detrás de las luces, ni vida tras el polvo noctámbulo. No tiene paz, ni silencio. Ni siquiera una identidad. Es lo que el turismo quiere que sea, con gran mayoría de chilenos, argentinos y gringos. Jamás tiene silencio. No se la oye respirar. Sin embargo, seguirá siendo bella, a la manera en que la belleza se enquista, con colores y aromas infinitos, en el costado pacífico del Ecuador.

El micro frena por enésima vez en los últimos quince minutos y mi fastidio se cuela en la charla por primera vez. Isabel ríe –como siempre, o casi siempre—y me dice que ya hemos de llegar. Luego me habla de su hija más grande. Tiene dieciocho años y un hijo. Otra madre soltera. No deja de sonreír Isabel, pero se le escapa una mueca que reprueba su extraño legado genético. O la tradición heredada. Ser madres solteras parece ser un bien de familia transferido.

-La de dieciséis se casó y vive con el marido.

Isabel parece orgullosa de que, al menos una de las mujeres de su familia, haya escapado a la herencia familiar. Lleva media hora de confidencias y está flirteando conmigo. Lo noto en sus párpados, en sus sonrisas y en cierto fulgor de su mirada. Media hora más de confidencias y presentiré otra búsqueda muy distinta. Creo que quiere presentarme con alguna de sus hijas.

-Mira, esta es la de diez. Es la más pequeña de todas.

El hijo mayor de Isabel –y único varón—vive en Quito. Trabaja allí –aunque mamá no sabe en qué—y la ayuda con algo de dinero. La madre soltera también trabaja. Isabel y ella suelen firmar contratos por seis meses con empresas que procesan y enlatan atún. Son las mayores fuentes de trabajo semi esclavo y estacional de Manta.

Tras el período de seis meses deben aguardar un año completo para poder volver a ser contratadas. La ley es la ley. Mientras tanto, como ahora que ha finalizado el último contrato, Isabel vuelve a buscar empleo limpiando casas de gente pelucona –ricos, chetos–. Su madre hace lo mismo “desde siempre”. A Isabel no le gusta eso. Supongo, pero no se lo digo, que a nadie puede gustarle limpiar la mugre ajena y soportar el mando constante.

-Me he comprometido dos veces. Una con el padre de mis primeros cuatro hijos, pero no funcionó. Y la otra, con el padre de las otras dos, pero me dejó por otro compromiso.

-¿Y no ayudan en nada?

-No, qué va- Isabel ríe fuerte y con risa socarrona esta vez.

Ella ha criado, educado y sostenido a su prole con sudor, esmero y sin compañía. En las atuneras le pagan doscientos cuarenta dólares –antes eran doscientos veinte nomás, me dice—y allí trabajan indistintamente entre catorce y dieciocho horas diarias. Con eso intenta pagar su casita, la luz, el agua y la comida. La escuela de los niños –por suerte, dice—es pública y gratuita. Ella no podría pagarla y sus hijos habrían de sufrirlo aún más.

Me relata con detalles los manejos y desmanejos oprobiosos de la industria del atún. Hay empresas locales y españolas. El rubro se come la mayor parte del trabajo humano local y barato. Me habla del trabajo inhumano y rutinario, del aprovechamiento de fuerzas y de cómo la gente es mala, cuando tiene. También me dice que le gusta el trabajo.

-Ah no, claro, aquí la mayoría somos pobres y la gente que no tiene, esa te da hasta lo que no hay. Eso sí, son amables.

Pienso en la generalidad y me parece simpático haber conocido a Isabel. Ha valido el día y el viaje, a pesar del fastidio. Cierro el libro que iba leyendo –Manuscritos Económico-Filosóficos de 1844, Karl Marx – Friedrich Engels—y lo dejo caer sobre mi pierna. A veces la vida se parece mucho a la teoría. Y otras veces la realidad dibuja mundos estrechos con la propia experiencia.

El sol se apaga sobre el mar al llegar a San Vicente.

Llegaremos a Canoa de noche. Con el silencio armonioso y vital de un pueblito que no nos espera, pero que nos recibe con la calidez de la noche reciente. Bajaré del bus pensando en todas las mujeres que conozco y he conocido. En sus sonrisas diferentes, en sus historias genéricas y particulares. En sus llantos y desventuras. En cada madre y en cada hijo.

Volveré unos pasos y besaré las mejillas de Isabel. Ella se dejará besar. La abrazaré junto a todas las mujeres y desgracias. Luego bajaré del bus.