-My name is Coraima.

Llevo unos días afincado en un pequeño hostal de Canoa. En realidad, el Lalo & Beach es la casa de la familia Gomez Zambrano, donde han levantado un albergue para turistas. Antes tenían un bar, me cuenta Coraima. Ella debía atenderlo mientras sus padres se ocupaban del hostal. Luego lo cerraron y el Lalo & Beach fue creciendo.

Coraima es la hija mayor, tiene nueve años y le estoy enseñando algo de inglés. “Para que pueda hablar con los gringuitos”, me dice Adriana Zambrano, la madre de la familia y el motor de esta casa. En un puñado de días nos harán sentir parte de ese mundillo suyo y será muy difícil dejarlos.

Canoa es un pequeño pueblo, al norte de Porto Viejo, siguiendo por la ruta del sol que acaricia la costa pacífica en Ecuador. Es bello y austero, está a unas tres horas de Manta y a una hora de Jama. También está cerca de Pedernales y a unas seis horas de Mompiche, nuestro próximo destino. La gente del pueblo vive de la pesca o del turismo. Hay una callecita principal de tierra comedores y también un único lugar que ofrece computadoras e internet.

Canoa está a mitad de camino entre lo primitivo y agreste y la revolución cultural. Pero mucho más cerca del primer punto. La playa es amplia y, aunque el mar está agitado en toda la costa por la temporada del niño y sus lluvias–y luego sabríamos que por los movimientos de placas tectónicas–, el atardecer es una postal inmejorable. El sol, perfectamente redondo y naranja, tiñe una fina capa de nubes disueltas y recorta el cielo –allí donde se funde con el mar—hasta esconderse en el horizonte. El sol duerme y Canoa se hace aún más apacible y cálido.

José Eduardo “Lalo” Gomez tiene treinta y tres años, cuatro más que su esposa. Aunque no están casados, se llaman así. El casamiento fue el sueño de Adriana, pero ya no lo creen necesario. Sobre todo Lalo.

-Solo es para problemas- me dice. Es extraño, pero en un pequeño paraje ecuatoriano, donde aún las mujeres deben pedir permiso a sus mayores para noviar con algún muchacho, Lalo piensa como un perfecto citadino moderno. Al menos en eso.

También me cuenta que antes fue pescador. Hoy, en cambio, el pescado lo compramos en un local –que no llega ni a local, a decir verdad—a dos casas de la suya. Hemos decidido comer en familia para despedirnos. Mañana dejaremos Canoa y a los Gomez Zambrano.

La mayor parte de la semana la he pasado en una hamaca paraguaya en el parque de nuestro refugio hogareño. Allí o en la reposera –perezosa- azul de gabardina. El patio invita a quedarse, tiene un extraño magnetismo y es muy complicado salirse de él. Allí el calor es compañía y las horas pasan de largo sin que se perciba el paso del tiempo.

Las mañanas son mías. Me gusta ducharme para barrer con el sudor tibio de las sábanas siempre húmedas –Canoa cuenta con un solo defecto en la humedad—y dejarme ir en el patio. Allí aprovecho la soledad para leer o escribir. Solo estoy en compañía de los pericos de la casa y de los gritos de los carritos de venta ambulante. Venden desde yogurt hasta verduras.

Faltan unos minutos para que las niñas aparezcan con sus inagotables juegos y cariño inocente y desinteresado. Me refresco en la ducha que está en el fondo del patio. Me enjuago el sudor de la frente y cierro el libro que estaba leyendo. Cuando tomo un vaso de agua, Coraima y Jimena, su hermana menos de cinco años, vienen hacia mí.

-Me haré más acasito-, ríe Jimena con esa sonrisa perfecta y reluciente. Acerca su perezosa al lado de la mía y me abraza. Luego un beso y me mira. Tiene los ojos redondos y pequeños, de un color marrón intenso, y siempre brillosos. Jime es la más dulce y apegada de una familia que es, todo ella, sumamente dulce y noble. Con sus manitos dibuja una finta en el aire y me trae a los pericos –Ales e Isa–. Son sus mascotas y los pellizca, acaricia y besa en partes iguales. Me los ofrenda, los coloca en mis dedos o en mi cabeza y finalmente los guarda.

-Quería que te cagaran, pero me han cagado a mí. Mamá no va a querer cambiarme, es ropa limpia.
El semblante de Jimena es alegre. A pesar de la mancha no se aflige. Le ofrezco ayuda y lavamos un poco el jean. Casi no hay rastros de caca y Jimena me da sus besos pegajosos y húmedos como toda retribución. Los niños tienen una ventaja: su mayor tesoro es el cariño. Su mejor ofrenda, la amistad. Ambas parecen inagotables. Las hijas Gomez Zambrano son infinitamente tiernas.

Coraima asoma la cabeza en el patio y pelea un poco con Jimena. Me dirá que su hermana es boba y Jime dirá que su hermana es loca. Jugamos los tres a las adivinanzas y los cachitos –cuentos, chistes—hasta que el calor me agobia y me voy nuevamente a la ducha. Además, Coraima ha salido a comprar una funda –bolsa—de choclos para la cena familiar. Adriana la llama siempre para que colabore. Coraima lo hace mitad gustosa, mitad resignada. Al cabo es solo una niña.
Coraima barre, limpia, cocina y hace mandados.

Adriana aparece cuando les enseño inglés a las niñas y me dice que no sabe hablar nada y quiere aprender. Las niñas, al menos, saben algunas palabras por ver a Dora la Exploradora en televisión. También les gusta Patito Feo, me cuentan, y cantaremos algunas canciones de divinas y populares. “Yo soy Patito”, dice Jime y frunce los labios.

Me ofrezco a enseñarle inglés a la familia y Adriana resplandece. Tras la remera verde que amenaza con explotar, se esconde un cuerpo henchido de ilusiones. También un corazón especial.

-Puedes quedarte un mes?

Me ofrece su casa, comida y familia. La oferta es inmejorable. Sería un tonto si rechazara la posibilidad de darles algo, pasar un tiempo más con ellos y luego sí partir a donde fuera. En Canoa me siento en casa y la tentación es fuerte. Sin embargo, las dudas.

Cenamos en familia. Pescado asado, choclos, arroz, ensalada y banana en tres tipos diferentes. Guineo, que es como el que conocemos, hecho licuado –batido– con leche. Maduro, que verde se fríe y se hacen patacones, y amarilla se asa con sal. Ecuador es un paraíso bananero y yo amo el plátano en todas sus versiones. Debería quedarme. En Canoa la máxima preocupación parece ser el próximo almuerzo.

Por la mañana se repite el ritual. Ducha, lectura, juegos. Las niñas quieren que me quede y yo sigo sintiendo pena por dejarlos. Por no quedarme. Pero aún tengo la búsqueda por delante. Alguna búsqueda. Aún hay deseos de seguir y, claro, la motivación es el motor de los cuerpos y las voluntades. Por allí vamos.

Recojo mis memorias y prometo volver a instalarme para enseñarles inglés. Los Gomez Zambrano me abrazan de a uno. Alzo a Coraima. Jimena se queda abrazada a mi cintura.