Abuty me agradece por todo y repite la misma frase tres o cuatro veces mientras corremos el bus que lo llevará de Mompiche a Pedernales. De allí viajará a Guayaquil y ya no volveré a verlo. Al menos por unos meses. Abuty me abraza rápido porque el bus se le escapa. Agradece de nuevo y no tengo palabras para decirle que no. Que soy yo l que agradece.

La tristeza es prima de la alegría y, mientras vuelvo al hostal –donde Vani, Shei y Seba aún duermen–, voy repasando los últimos veinte días que compartimos. De Lima a Trujillo, a Huanchaco y a Máncora. De Guayaquiles, Montañitas , Canos y, al fin, Mompiches. Me tiembla un poco el cuerpo a pesar del calor húmedo y una lágrima ridícula resbala y me limpia los ojos, antes de conciliar nuevamente el sueño.

Viajar e ir dejando atrás cada hora obliga al ejercicio repetido de la adaptación al cambio. Un hermano se va y, cuando me levanto –cerca del mediodía–, pienso que mejor así. Que la velocidad es buena compañía para las despedidas. Y que, por el tiempo o en forma consciente, no llegamos a deciros más. Gracias, buena suerte y nos vemos.

Mompiche se me dobla por el costado más nostálgico y la lluvia no ayuda. Sigo en casa, porque la casualidad causal me puso con gente que me gusta y contiene. De cada pedacito de playa paradisíaca en este pueblo brota un silencio guía y nutre la existencia más pacífica. Nunca creí en la felicidad como concepto ni mucho menos como totalizante. La sensación es un estado. Son momentos y hoy, bajo el cielo estrellado de este mundito pesquero y semivacío, encuentro un momento.

De a poco los kilómetros se agrupan en el bolsillo de lo andado. Quedan atrás las vidas de las que me despojé y se encienden nuevos bríos en cada paso. Llegar a Quito es un contraste fuerte. El frío, la urbe y la mañana asomando por entre la montaña. Las ciudades son amables en solo dos momentos: al amanecer y cuando oscurece.

No duele tanto el choque en mis sentidos, pero empiezo a pensar que no hay una búsqueda en tanto andar. La finalidad, si es que existe tal cosa, está en ese andar.

La noche me sorprende en un bar de la Mariscal. Quito es más pintoresca que las otras ciudades vividas –a excepción de Cusco y sin haber pasado aún por Cuenca–. Está en un valle entre cerros y la temperatura es agradable. No más de veinte grados. El centro histórico se colma de gente y me gusta dejarme ir en la Plaza Grande, allí donde pareciera que la ciudad late.

Las calles son más amplias de lo que suele gustarme, pero siempre encuentro algún pequeño caminito para andar sin buscar rumbo. Entre las iglesias siempre rimbombantes emergen gran cantidad de museos y mausoleos. Quito, como toda gran capital, hace del recuerdo un monolito.

La gente es algo amable, aunque aún no hago verdaderas relaciones. Quizás el hecho de viajar con gente cierra un poco esas oportunidades. No me quejo.

Decía que estaba en un bar de la Mariscal. Es un recodo coqueto en la zona más parecida a Palermo que he visto en todo lo que llevo de Latinoamérica. Se mezcla lo cool con lo bohemio y Plaza Serrano desemboca en alguna avenida más lujosa y repleta de hoteles. También es el perímetro con más locales bailables por metro cuadrado.

En el bar pasan música variada y estamos solos. Allí asisto a una sesión emotiva impensada en la que cada quién suelta la versión más desnuda de sí mismo. Hay conexión inalámbrica de internet y aprovecho para chequear unos correos. Sobre el mantel rojo, las velas arden hasta consumirse y consumarse. A fin de cuentas, una vela sí conoce su destino y realización.

Un correo llega a mi bandeja de entrada cuando estoy por ceder la computadora para que otros hagan lo propio con sus cuentas de correo. La vista no me ayuda o no doy crédito a lo que veo. Algo me agarra desprevenido. Javier Bill Mondaca Luna me ha escrito.

Hace unos días, cuando Camilo y Guayaquil, hice una mención a la forma en que las experiencias traumáticas se automatizan en el relato. Quizás hablaba de mí. Mejor dicho, hablaba claramente de mí. De Machu Picchu y de todo. Ha pasado un mes de esa noche en Wiñay Wayna. El recuerdo está en algún rincón de la memoria negada, pero ese correo lo rescata de la mecanicidad atrofiada.
“Que nunca te pase eso”, me dice Sebastián emocionado. En los ojos y en la voz leo su atención. Ha escuchado mi relato y me ha visto llorar. Una lágrima redonda y sin tapujos hace un manchón en el mantel rojo. El correo de Darwin, aquel guía cuyas palabras encabezaran la nota de Perfil y que me inculcara su visión de los apus y la pachamama, ha desencajado ciertos engranajes. Y cuando empiezo, la emoción me vence por completo.

Sentado en un bareto algo yanqui y despojado de localismos, leo un ensaje que tardó un mes en llegar. El aire ha mutado y es espeso, Hay tensión, pero de la bonita. De la que se compone de sentimientos puros y sin filtros. De a poco, y casi sin capacidad de notarlo, repaso uno a uno los momentos que hace un mes me expusieran a la supervivencia.
Nadie sobrevive en vano, siempre aprende de ello, pienso. Darwin alude a dios, al cariño y a la familia. Y me bendice. A mí y al de mi Doctor Alan, Pipa, a quien me pide le escriba.

Un pequeño escalón de mi escalinata emocional se humedece y resbalo. No hay golpes. Solo seis ojos llorosos que me miran atentos. A casa palabra vuelvo a conectarme con lo doloroso y aún lo positivo de lo vivido.

No puedo contenerme y agradezco estar con esta gente al momento en que me ocurre. Sebastián me palmea el muslo y me contengo de pedir un abrazo que no llegará, pero será silencios y palabras.

Quito es una brasa caliente y, a cada cigarro, la encuentro más bella. Extraño a Pipa, Michu, Abuty y a toda esa gente con la que lloré y reí. En Quito las palabras rebrotan con las lágrimas. Es bueno, como dice Vani mientras narra algún dolor propio.

El pequeño manchón en el mantel rojo me devuelve algo. No sé qué es, pero es una lágrima que se ha demorado un mes.