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Controlando el sentido común.

La denominación que utiliza Clarín para referirse al proyecto de modificación de la Ley de Radiodifusión, que regula los servicios audiovisuales en Argentina desde la última dictadura, es peligrosa y, extrañamente, un alivio.

En el reino de “la gente” y el “ahora dicen”, el temor ha surcado el temple de sus popes y, benditos los que leemos, cada vez tenemos que hacer menos esfuerzos para desentrañar los artilugios simbólicos y la construcción de realidad del multimedio monopólico más grande del país.

El peligro está en esa realidad paralela que se empecinan en mostrar. La libertad de expresión los ampara0 —y bienvenido sea—, pero hay que estar atentos a los chillidos asustados de un monstruo en decadencia. “Ley de control de medios”, le dicen. Con una insistencia feroz y una intención clara: convencer al lector de los arrebatos dictatoriales del Gobierno actual.

Varios factores a tener en cuenta. Primero, la Ley vigente es una vergüenza de arrastre que permite las miserias actuales en materia de monopolios, concentración y homogeneización del discurso. Ni hablar del bloqueo a las organizaciones sin fines de lucro. Que haya sido emparchada en variadas ocasiones, no aliviana su peligrosidad. Que Kirchner haya pactado con el diablo antes y se pelee ahora, tampoco hace menos valedero el proyecto renovador. Hay críticas, pero no está ahí. Hay que entender que no es una pelea Clarín vs Kirchner, aunque exista y sea relevante. De última, Clarín va a seguir poderoso —aunque con suerte un poco más fragmentado— y Kirchner pasará, como pasan todos.

En segundo plano, es bueno entender que el control de medios, más allá de la nefasta construcción de sentido que el monopolio de Noble realiza con esa nomenclatura, no es un mal per se. La libertad de prensa y expresión son necesarias y nadie las discute, pero la libertad de empresa y manipulación debe tener un límite. Es extraño que los liberales de siempre, tan amantes del Estado de Derecho y su democracia burguesa, se quejen de una intromisión estatal en nombre de la democratización de la información y las licencias. En última instancia, un freno a la excesiva concentración de licencias y una puerta de acceso a entidades cooperativas, universidades, sindicatos y demás, debería ser aplaudida como la más democratizante de las leyes en pos de la libertad de expresión. Pero claro, no hablamos de eso, sino de poder, negocios y beneficios.

En tercer lugar, las críticas radican en la intención dictatorial y bla. La imagen temeraria del cuco es Hugo Chávez. La SIP —Sociedad Interamericana de Prensa— y, puertas adentro Adepa, solo reproducen el discurso interesado de las partes empresarias. Las corporaciones —Adepa no es una asociación de periodistas, sino de empresas periodísticas— se nuclean en torno a la defensa de sus negociados. Lo de la SIP es más triste. Ha callado en forma sitemática ante cada bloqueo a la libre expresión real que se dio durante las cruentas dictaduras latinoamericanas. Incluso ante la actual manipulación y censura que ocurre en Honduras con su neo dictadura cívico militar. Por si no queda claro, es bueno leer esta nota sobre Chavez, el “dictador” que los medios quieren ver.

Hay innumerables cuestiones por debatir. Incluso sobre el proyecto. Quizás lo que mejor defina mis sensaciones son las palabras del diputado de Solidaridad e Igualdad, Eduardo Macaluse —cito de memoria—: “Acompañamos el espíritu que recorre el proyecto, pero creemos que hay mejoras por realizar. Incluso reforzar el control del Estado en algunas cuestiones y garantizar que sea independiente del Gobierno de turno”. Discutamos sobre profundizar algo positivo, no sobre la pelotudez de si es bueno debatirlo ahora o en diciembre. Y, sobre todo, es necesario no comprar la verdad de los dueños de la palabra.

Decía que es peligros que Clarín la llame Ley de Control de medios, e insisto con eso. La soberbia e impunidad de ciertos grupos de poder excede incluso a la de los políticos más nefastos. Creer que son los adalides de la libertad de prensa y deformar el sentido común para posicionar a la sociedad en aras de su propio beneficio es aún más bajo que la búsqueda de votos con el marketing lavado. El peligro está en que siguen siendo líderes en venta y difusión de sus ideas-mundo. Si “la gente” compra el discurso sin desnaturalizarlo y observar sus contrasentidos, mentiras o paradojas, estamos fregados.

Y sin embargo hablaba de un alivio. Históricamente fue muy complejo identificar los intereses de algunos medios. Muchos son claros y le hablan a sus lectores sin vueltas. Se dicen de cierto corte ideológico y respetan a los lectores a la vez que a sus ideas propias. Clarín jamás fue tan abierto en sus declamaciones. La pelea con el Gobierno deja en claro que estamos ante dos hipocresías similares. Si critican a Kirchner por ser amigo primero y enemigo después, ¿qué queda para el pasquín que tradicionalmente más vueltas da hacia un lado y el otro de las ideas?

Clarín siempre cae bien parado. O siempre caía, no lo sé. Al menos estamos ante una novedad, ya no disfrazan sus miserables posturas conservadoras e intereses comerciales.

Faso. Fino. Circule.

Como un guiño evidente para los amantes de las casualidades o tan solo como una nueva fecha patria para los detractores del Estado como aparato represivo. El 25 de agosto de 2009 no quedará en los anales de la historia como uno de esos grises que se pierden en la medianía de los calendarios.

La novedad más suculenta parece ser la “despenalización” de la tenencia de estupefacientes. Dicha inconstitucionalidad no valida su consumo ni lo legaliza, como gritan a voces sus detractores. Simplemente devuelve cierta cordura a los vericuetos leguleyos de la letra muerta. La Corte declara inconstitucional la penalización delictiva de la tenencia para consumo privado. Sin dudas, amén de opiniones multiplicándose por el número de sujetos opinantes, un paso adelante en materia de libertades y garantía de derechos individuales. La máquina opresora del Estado de derecho se reclina ante la privacidad que no afecte a terceros. No hay argumento que pueda ir en contra de eso. Criminalizar y policializar los actos inofensivos del sujeto no pueden ser solución a nada. Mucho menos a las adicciones.

La otra novedad, además de que habrá cierta tranquilidad para los portadores de finos, es que otro asunto Fino ha quedado resuelto. Jorge Palacios, espadachín intachable de la prosapia macrifacista, decidió no formar parte de la nueva poli porteña. La increíble idea de una fuerza a cargo de esta impresentable administración es de temer. La soberbia de sostener a Palacios era aún peor.

Es buena su caída. Porque de ningún modo fue una concesión. La victoria es de la masa popular en acción. Esta vez —no ocurre muchas veces— contó con el apoyo del lobby y presión de sectores poderosos como las entidades de la comunidad judía. La buena noticia no pierde valor.

La UCEP actualmente funciona como grupo de tareas macrista. Son numerosas las denuncias y casos conocidos de represión y hostigamiento a personas que viven en la calle. La existencia del Estado como opresor y rector de la violencia no es nueva y la reconocen desde todos los legados teóricos. Anarquistas, Comunistas, Liberales o Capitalistas. Autores de todo tipo coinciden en su realidad, aún cuando difieran en su especificidad u orígen.

El Fino Palacios era una muestra de la más absoluta petulancia de cierta elite dirigencial derechista. Pretender desoir los reclamos, pero sobre todo —y aún más grave— rechazar las denuncias excesivas en su contra. Su ida no limpia la nueva policía metropolitana. Su nacimiento responde a la lógica de la vigilancia y el control del ser humano. No hace falta leer a Foucault para comprenderlo. O sí.

El aparato represivo existió en todo tipo de épocas y sociedades. No es mero rechazo a su existencia, sino a su conjunción con los designios del feroz sistema capitalista de exclusión y persecución. La policía actúa en mayor medida sobre los pobres. No es un enunciado pretencioso, es una realidad comprobada por innumerable cantidad de cifras y estadísticas.

El pedido conmovedor de la sociedad por mayor seguridad se engarza en una nueva fuerza. Un nuevo final comienza. Otra vez se sospecha —erroneamente— que la seguridad la otorga la represión y el control. Jamás, no vaya a ser cosa que se ponga en duda la estructura del sistema que nos rige y determina, se fijan en las causas del delito. Lo único que importa es mitigarlo, sofocarlo.

Y sí che, por algún lugar hay que empezar. Es una pena que siempre lo hagan por el final. Hágase un favor como inidviduo, rechace la idea de una policía como garante. Y, si quiere y se anima, desnude el sentido común y observe la tontera de mezclar las causas con las consecuencias.

Callarse. Callejeros. Caerse.

Creí que no había posibilidad de escribir algo sobre el tema sin caer en la trampa. En la oscuridad y medianía inevitable de un contrapunto con infinidad de vericuetos.

Creí que la única opción, tal como demostraron los exaltados espadachines del videograph, era culpar o no culpar. Era quejarse de las instituciones, putear a uno o alegrarse por el otro. Y, sobre todo, hacerse eco —a la vez que alentar— del agite de los bandos. Una vez más la clasificación binaria y la falta de matices.

La nota de Eduardo Fabregat de hoy muestra —me demuestra— que no. Que me equivoqué. Que no podría —yo, al menos— escribir sobre el tema sin caer en lo que han caído otros tantos. Y aún algunos pretendieron originalidad y blandieron sus verdades elocuentes con esmero. Se sabe, el esmero no es sinónimo de verdad. Mario Wainfeld nos deja, en su siempre exaltada columna, una mezcla de sensaciones. Apela a las leyes, las reglas y la realidad. Quizás por su pasado leguleyo precisa desandar constantemente el camino que va de la letra muerta a la viva acción del sujeto. Quizás no, pero igual cae en la necesidad de resaltar lo bueno —o importante— del fallo y todo el circo Cromañón. Y me preocupa. No oí a nadie quejarse por los 20 años a Chabán ni la destitución de Ibarra —cosas que el autor reivindica—. Pero aún si hubieren allí aciertos, no redime los errores. Es bueno correr la lectura para redimensionarla. Tan bueno como no comprar las palabras que disfrazan la otra parte. Mucho menos cuando lo hacen en nombre del Estado de derecho y la lay en coche.

Y le pido perdón a Mario, que al menos intentó montar el caballo de la cordura. El que sin dudas debió haberse callado es Roa. Ese final entristece cualquier análisis. Creer —porque si alguien leyó a este tipo más de una vez sabrá que realmente lo cree— que la lección de Cromañón —y hay varias más interesantes— es que los padres deben cuidar mejor a sus hijos es una hijaputez. Es de una bajeza absoluta. Es una lógica parecida a la que en los 70 rezaba: “Si cuidás que tu hijo no esté en nada raro, entonces no le va a pasar nada malo”. No vale la pena explicar en detalle que dicha afirmación carece de valor alguno.

Ni hablar de la veneración de Leyba por la justicia. Hay gente que aún cree fervientemente en las instituciones. Son los que, por lo general, menos creen en el ser humano. Y olvidan que lo instituido es una forma compleja que se relaciona con lo instituyente. A cada minuto.

Pero insisto en que sí hay cosas para decir. Lo supe cuando leí a Fabregat. Hay cosas por decir y, bienvenido sea, con argumentos que exceden la mera empatía con unos u otros.

De víctimas, victimarios e ignorancia.

Uno se levanta, desayuna, se coloca la casaca de la justicia —o la de judío, según cómo haya amanecido—, camina unas cuadras, se sube al transporte público que le toca en suerte, baja, escucha, explota. Aún cuando explotar sea un verbo desgraciado en este caso.

La pólvora se enciende con la chispa de los discursos del nuevo acto para exigir que se esclarezca la voladura de la AMIA y se castigue a los responsables. Causas nobles y necesarias, pero que no habilitan a mezclarlo todo.

Podríamos hacer un recorte desde los “grandes medios” y ver qué dice cada uno. De las solapadas menciones de Página 12 a las críticas contra funcionarios, a la versión de Clarín, que apenas recordó que el peor reto se lo llevó Macri. Incluso La Nación, sorprendentemente, se lanzó primero contra Macri y después contra D’Elia. Pero no vamos a hacer análisis de medios, ya casi todos parecen haber entendido el juego de cada empresa y sus intereses. O no, pero no es el caso.

Sobre el comisario del gerente porteño no hay mucho para decir u opinar. Son tan claras las quejas y voces en su contra que sacarlo es más beneficioso que sostenerlo. A diferencia de lo que podría hacer el Gobierno nacional con Moreno porque, seamos sinceros, “la gente” lo tomaría como un acto desesperado. Macri, con lo que eso duele, tiene aún a media ciudad a su favor.

Olvidando a las críticas sobre Palacios, e incluso las que le propinaron a D’Elia —que es impresentable en muchos aspectos, pero al que se le otorga mayor entidad al endilgársele etiquetas tales como “sicario de Irán”—, volvamos a los discursos.

Es preocupante que a 15 años del atentado —y no 17 como se le chispoteó a Kollmann en Página12—  se sigan confundiendo tanto las cosas. Preocupante que nadie lo discuta y, triste, que ningún opinólogo de los cientos que pululan por los diarios tenga la claridad para decirlo: las críticas a Lubertino son una pelotudez.

Podemos sostener que el temor persiste. Que el antisemitismo no se extinguió. Nadie podría discutirlo. Pero de eso, a creer que las demostraciones de solidaridad con los palestinos o el antisionismo son producto del odio visceral a los judíos, hay un abismo de estupidez.

Es necesario que alguien discuta acerca de las sandeces que recorren el sentido común. Ningún grupo de izquierda se manifestó por antisemitismo —aunque quizás exagere con lo de ningún—. La opresión del pueblo palestino es una verguenza del Estado de Israel, nos guste o no a los judíos. La equiparación del presidente iraní con Hitler —durante uno de los discursos de ayer— es una tontera y encima esquiva las propias miserias. Ver demonios de un lado y un pueblo exonerado de cualquier culpa por el otro, es un peligro.

Y cuidado, que no se justifican sus acciones o decires con ello. Pero la propensión del judío a ver antisemitismo en cualquier lugar es un terrible karma.

Y entonces se culpa a Lubertino, se acusa de xenofobia a los grupos de izquierda, etc. Pero jamás se discute acerca del real sentido del antisionismo. Cuando Lubertino acusa al Estado de Israel por sus errores no se equivoca. Quizás no fue oportuna. Quizás debió callarse y tolerar la sensibilidad de un pueblo tradicionalmente hostigado. O quizás no, y los que están equivocados sean los que no saben separar una cosa de otra.

La xenofobia, por cierto, no es patrimonio exclusivo de los antisemitas. La discriminación fluye por entre la comunidad judía con total celeridad y comodidad.

Tampoco hay que caer en la simpleza de defender a los que efectivamente son antisemitas. Y es que, nobleza me obliga por judío y de izquierda, los que no ven la diferencia están en ambos lados. Infinidad de compañeros caen en el reduccionismo de unificar en forma inseparable al judío con Israel y su política exterior.

Y así vamos, con miles de años —o tan solo 15, según para quién—, sin ser capaces de diferenciar una cosa de la otra. Sin abandonar las posturas maniqueas y acabadas. Sin hurgar en los discursos para acabar con los sentidos comunes y zonzos. Y quien se anime a cuestionar a Israel o asegurar que Palestina merece otro destino, será antisemita y desterrado. Y quien defienda su pueblo, comunidad y derecho de existencia, será sionista belicoso e imperialista.

Pero a veces, pocas veces, aparecen ejemplos simpáticos para molestar un poco a la normalidad. Y si no miren a Uri Davis.

Sería hermoso, realmente lo sería, si los portadores del micrófono de ocasión lograran discernir entre lo que es y lo que fantasean. La lucidez tradicional del pueblo judío no se basa, como creen muchos, en su habilidad comercial. Hay una rica historia de pensadores y luchadores. Gente que, sin lugar a dudas, sabría diferenciar muy bien entre su condición de judíos y el sionismo imperante.