Archives for La internacional de la abundancia

Don Nadie en el NO

http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/no/12-5523-2011-06-27.html

Cadena Perpetua

Una entrevista por los 20 años de la banda y su recital de este sábado en el Malvinas. En el NO, de Página 12.

http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/no/12-5497-2011-06-09.html

Brasil hoy…en Tiempo Argentino.

http://tiempo.elargentino.com/notas/seis-meses-con-pequenos-cambios

y su recuadro…

http://tiempo.elargentino.com/notas/lula-da-silva-sigue-estando-presente

Taller de Periodismo

TALLER DE INICIACIÓN AL PERIODISMO

ANÁLISIS DE MEDIOS- REDACCIÓN PERIODISTICA- CRÓNICA-ENTREVISTAS

TODOS LOS MARTES DE JUNIO Y JULIO DE 19 A 21

Lugar: Librería “Crack Up” Costa Rica 4767, Capital Federal. Buenos Aires, Argentina. (http://www.crackup.com.ar/)

PROFESORES A CARGO: Brian Majlin – Daniel Mecca

OBJETIVOS DE LA ASIGNATURA:

La intención de este taller es orientar e introducir al alumno en el amplio terreno del periodismo, otorgando al mismo un sello de realidad y no de academicismo. Se propone iniciar con un análisis de medios y avanzar a partir de allí para que, a través de las clases, el alumno pueda elaborar sus propias notas periodísticas en cualquiera de los géneros, abocándonos principalmente en el foco artístico, social y político.

Asimismo, se lo introducirá en el arte de la entrevista (diálogo, capacidad de pregunta, secretos de oficio, silencios, grabador, respuestas y narración escrita) y se lo instruirá para realizar buenos reportajes. Además, se abarcará la enseñanza de la crónica periodística.

Para todo el conjunto, se trabajará con distintos textos en las clases, que van desde Gabriel García Márquez a Jorge Luis Borges, pasando por el periodista Ryszard Kapuściński, Jorge Masetti, la uruguaya María Esther Gilio, Rodolfo Walsh, Fabián Polosecki, el poeta Fernando Pessoa, el cineasta Ingmar Bergman, Osvaldo Soriano o Truman Capote . La intención es tener una noción de los elementos que ofrece el arte a la escritura periodística.

La metodología de trabajo constará de un encuentro semanal, y de la realización de trabajos prácticos breves de una clase a otra (nota, entrevista, crónica), que luego se plasmarán en un blog creado especialmente para el grupo.

Finalmente, los talleristas volcarán los conocimientos de su experiencia personal en el medio gráfico, como así también las complejidades, pormenores y sutilezas que tiene el oficio: los derechos legales del periodista, el off the record, las fuentes, la agenda de trabajo, formas de buscar trabajo, entre otros conceptos a trabajar.

DURACIÓN: DOS MESES

ARANCEL: $250 POR MES

INSCRIPCIONES E INFORMES: 1564504051 – danielmecca@hotmail.com

CUPOS LIMITADOS (se requiere inscripción previa)

BREVE RESEÑA SOBRE LOS TALLERISTAS:

DANIEL MECCA

Daniel Mecca (1986) es un periodista, poeta y músico nacido en Buenos Aires, Argentina. Se egresó en 2008 en la escuela de periodismo de Buenos Aires (Taller Escuela Agencia TEA). En el marco periodístico, se desempeñó como redactor (pasante) en el diario “Clarín” y en la agencia de noticias nacional “Política&Medios”. Actualmente escribe en el diario “Perfil”, en el portal digital “Medios Lentos.com” y colabora en otros medios del país. Asimismo, es autor de una entrevista exclusiva al ex ministro de Economía de la última dictadura militar argentina, José Alfredo Martínez de Hoz, la cual fue utilizada por el Gobierno argentino para denunciar al ex funcionario ante la justicia por “Apología del Crimen”, debido a sus controvertidas declaraciones.
Asimismo, colaboró mediante una investigación periodística en el libro “Anarquismo Trashumante”, del escritor y periodista argentino Osvaldo Baigorria, como así también en un equipo de investigación periodística política, creado para lanzar un libro-biografía sobre el actual jefe de Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, Mauricio Macri.
En materia artística, es autor del libro de poesía “Ahorcados en la felicidad” (Ed. Del autor. 2009), en tanto que obtuvo en 2006 una mención especial en poesía en el Concurso Nacional de Literatura de la Sociedad Argentina de Escritores (SADE). En la actualidad trabaja en su segundo libro de poesía, además de desempeñarse como docente particular en música y cursar la maestría en Crítica y Difusión de las Artes, en el Instituto Universitario Nacional del Arte (IUNA).

BRIAN MAJLIN

Brian Majlin (1984) es un periodista, politólogo, docente y escritor nacido en Buenos Aires, Argentina. Egresado de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Buenos Aires (UBA) y de TEA, ha trabajado en la redacción de Clarín y en la Agencia “Política y Medios”. Durante los primeros seis meses de 2010 viajó por Latinoamérica con una mochila, desde Perú hasta Cuba, y desarrolló un libro aún inédito de crónicas de viaje. También publicó artículos de política internacional y otros géneros en Página 12, Tiempo Argentino y Perfil.
Actualmente colabora en Página 12, Tiempo Argentino, Distintas Latitudes (Revista Digital de reflexiòn latinoamericana – México DF) y da clases en varias escuelas secundarias.

Vamo’ a portarnos mal

http://www.distintaslatitudes.net/?p=1614

Publicado en Distintas Latitudes.

Capítuo 48º – Antigua y Barbudo.

Los rayos de sol de la mañana calientan la ropa recién lavada y tendida en el patio. El reflejo del sol colándose entre los paredones de la casa aumenta mis ganas de conocer el reinado maya que ha dejado su legado en territorio guatemalteco. Ese sol milenario que ha bañado los cuerpos de aquellos indios y que hoy me presta su luz y su calor.

Sin embargo, mi rostro aún arrugado por la noche y la barba crecida de meses, reflejados en el cuantioso charco de agua, me recuerdan lo imposible de la búsqueda. Lo infructuoso de ella. Las tormentas, resumidas en ese charco, se han cargado los caminos. Inundaciones o derrumbes, sea cual fuere el caso, me negarán la chance de ir a Tikal y Panajachel. A cambio, iré a la ciudad más conocida e histórica del país. Al emblema.

Irónicamente, Antigua es un reducto colonial, posterior a la colonización, lejano a la presencia de mayas que no podré vislumbrar más que en recuerdos y souvenirs en la Capital. José Joaquín me recoge en su carro y el viaje demora poco. Llegamos en poco más de treinta minutos de autopista.

Las callejuelas son empedradas, a diferencia que en Granada, la ciudad colonial que me deslumbrara en Nicaragua. Esos empedrados, los monasterios, los palacios, la plaza central y los callejones hacia las afueras, son los detalles. Componen a Antigua y expresan una belleza colorida y acompasada. Caminar por ahí es hundirse casi quinientos años en la historia españolizada y cristianizada de la colonización de Latinoamérica.

Jesucristo. Y el Anticristo omnipresente.

Si no fuera por los autos, los Mc Donald y los negocios florecientes de modernidad puertas adentro –porque es ley conservar las fachadas o simular antigüedad en ellas–, podría uno olvidarse de todo aquello que vino después de Hernán Cortés.

Antigua derrocha cultura e historia entre las montañas, lejos de los males de la actualidad que vivimos desde la Patagonia hasta Alaska. No hay miseria, ni pandillas. Y hasta los vicios están recortados para preservar la paz cándida de esa ciudad pueblo.

Claro que la pobreza existe, al igual que lo demás. La contracara está a pocos kilómetros de la ciudad y, además de exhibir una realidad menos lavada, ha dado –entre otras cosas—al hijo pródigo de Guatemala: Ricardo Arjona. Guste o no, es el cuate que venció el autoexilio de la inexistencia centroamericana para cantar a las jóvenes y señoras de todo el continente. Y hasta los chapines menos amables se lo reconocen.

Durante el almuerzo en el Mc Donald más colonial del mundo, hablamos de lo que va emergiendo ante el paisaje. JJ me indaga sobre el viaje y las vivencias. Yo exploto de pasión humana y herida por las confirmaciones que estos meses me fueron dejando. Él también se confiesa de izquierdas, ateo y –dice– me comprende. Pero también dice que no es combativo, que no encuentra dónde luchar más que desde su casa.

Pablito, el hijo de su prima, nos oye desde sus doce años. No se mete y presta atención. Solo interrumpe para pedir que volvamos tarde a Guatemala ciudad, “lo suficientemente tarde”. Pasadas las cuatro de la tarde, porque no quiere ir a la iglesia. “Me aburre mucho”, suspira. Su madre, devota, lo lleva obligado. Pronto será un ateo convencido o un feligrés resignado. Pero se verá cuando tenga que decidir por su cuenta.

Chapines. Pablito y JJ en Antigua.

“Cuando lleguemos, le dices a tu madre que somos todos católicos y respetamos las instituciones. Y que amamos la Coca Cola”, bromea José Joaquín. Pablito, aunque no lo sigue del todo bien en sus cuentos, también se ríe.  Yo insisto con que le diga que somos de izquierdas y odiamos Mc Donald, pero JJ le dice que, “por las dudas”, no lo haga. Todo entre más risas y más bromas. Claro, Pablito tiene doce años.

Nos volcamos al empedrado en busca de una famosa librería que me han mencionado en Buenos Aires antes de partir, pero la encontramos perdida. Ha de ser triste ver un edificio en llamas, pero mucho peor es ver sus cenizas. Las marcas de los latigazos que el fuego dejó y el vacío profundo de aquello que fue y de lo que solo queda hollín y, en el mejor de los casos, memoria. Si encima ese edificio hecho trizas era una librería, me duele aún más.

Algo de los libros quemados me deja ensimismado. Tantos hombres y mujeres con sus horas empeñadas en escribirle al mundo sus verdades, y no sólo quedaron las palabras cuajándose en un estante de alguna librería, sino que ni siquiera eso. Se fueron para siempre y con ellas sus autores y sus vidas.

Al lado está el mercado artesanal y caminamos al lado de productores esmerados que rebajan y etiquetan precios según la insistencia del turista de turno. Pablito y JJ juegan con dos baleros y yo me les uno tras comprar una libreta guatemalteca para mi falta de inspiración. Ese decir, sin falsa humildad que recubra, para mi necesidad de gritarle al mundo las vivencias y reflexiones de un barbudo.

JJ y Pablito juegan. Uno es un niño. El otro tiene doce años y le sigue el juego. Al irnos, vemos la expresión más clara de Antigua, entre edificios con infinidad de muertes sobre sus fachadas y los fast foods, que brotan junto a las esnobistas galerías de arte. Antigua es otro lugar  de turismo, aunque sí tiene mucha cultura y vida propia que ofrecer. Al menos eso.

Empedrado. En las afueras de la ciudad.

En el monasterio de los Capuchinos, JJ me dice que parezco Jesucristo. Pablito se ríe. Yo me declaro el anticristo y menos importante. Cuando salimos a la ruta ya está lloviendo otra vez sobre Guatemala. La carretera es un inmenso atasco. Pablito no llegará a aburrirse en la iglesia. Bien por él.

JJ y yo escuchamos un poco de música andina y otro poco de Inti Illimani. Antigua queda en su pequeño fotograma de la historia. Pablito se ha dormido en el asiento trasero.

Sobre Perú y sus elecciones…

Artículo en Tiempo Argentino.

y recuadro.

Capítulo 47º – Por la ruta del C4

Las primeras ocho horas las duermo casi de corrido, para que el viaje en bus no se me haga interminable. Llevo el sabor del sandinismo, las deudas impagas en materia de humanidad, la certeza de que el capitalismo solo genera una descomposición ultrajante en los hombres y el clamor de una lucha que no cesa en Centroamérica. Las melodías de los Mejía Godoy, las palabras de Rubén Darío y la violenta imposición de la herencia revolucionaria de los siempre oprimidos. Y el sueño de cambio.

Entre una modorra incómoda de viaje veo por la ventana los costados del Salvador y Honduras. Sus miserias, sus agrestes poblados rurales y sus vericuetos fronterizos. El C4, que también incluye a Nicaragua y Guatemala, me permite transitar casi sin tramiteríos. Solo el ingreso a la ciudad capital de Guatemala, con sus edificios tan endiablados y sus carreteras imponentes, me saca el sopor y la miseria que dejé en Managua. Los tiempos se me acortaron y me adeudaré una visita más extensa a El Salvador y Honduras.

A Guatemala llego repleto de dudas y con solo una certeza: no es un buen momento. Con la ciudad aún cubierta de cenizas –o con bolsas de residuos repletas de ellas—por la erupción del volcán Pacaya; y con las calles, carreteras y poblados sumergidos por la tormenta Aghata. La gente un poco asustada, los noticiarios alarmando con sus anuncios de más desastres o más damnificados. Con más de ciento cincuenta muertos, un hoyo en la zona dos de la ciudad que  fue fotografiado y dio la vuelta al mundo y bastante resignación por parte del pueblo chapín.

Centroamérica es un poco de eso también: aceptar que siempre llega una tormenta, o que un volcán explota, la tierra se sacude y, pues, la tragedia es inminente. Sumado a la casi nula previsión, la miseria que hace aún más flagrante a la inoperancia de los gobiernos y la desidia engranada a la resignación acostumbrada, se tiene por resultado un miedo bañado de normalidad.

José Joaquín me dice que está “todo tranquilo”. Lo conocí hace algunos años a través de los blogs, cuando éstos eran incipientes redes sociales y nos emparentó una devoción parecida por la literatura. Ahora me recibe en su casa de Mixco, a la salida de la parte central de la ciudad Guatemala, a minutos nomás del hoyo de la zona 2 y con las bolsas aún en la calle.

La ciudad de Guatemala está dividida en 25 zonas, que facilitan la ubicación de los viajeros. La zona uno es el centro histórico.

“Yo tuve que  limpiar el techo durante un día entero”, dirá sonriente Jota Jota. E insistirá, con su mirada calma, siempre sosegada, en que “todo está tranquilo por aquí”.

Guatemala es parecido a varias cosas que ya he visto. Tiene diferentes pedacitos de Centroamérica. De Panamá, los edificios inmensos del centro; de San José, los barrios comerciales de clase media; y de Nicaragua, las zonas marginales y los índices de vida.

“Tenemos los peores índices después de Haití”, dice José con extraña sonrisa. No parece ser orgullo, pero tampoco una vergüenza agobiante. Es esa extraña resignación otra vez, que le hace tener algo de pena o cierta bronca a medio masticar y que lo hacen regalar media sonrisa.

Los chapines y los nicas compiten por ser los peores y más pobres del continente. Siempre después del inalcanzable Haití, aclaran. A simple vista, pareciera estar peor Nicaragua, pero no tiene mucha relevancia. Y los chapines tienen a las temibles pandillas en sus calles. Las Maras.

Lo primero que asoma y llama la atención es la forma en que la ciudad tiene los barrios sellados con garitas de seguridad y enrejados. Barrios cerrados hay en todo el continente, pero en mitad de la ciudad son una novedad. “Es por las maras”, intenta explicar José, a la vez que me pone un poco al día sobre los últimos gritos de la moda delictiva: la extorsión.

Cada comerciante que reciba la cordial visita de las maras, sabe sus opciones: pagar o morir. Y aunque los tipos sean respetuosos y cumplan su palabra, muchos eligen la muerte honrada. Algo caprichoso para las ironías.

Los primeros chapines que conozco son amables y abiertos al diálogo. Sea José, con sus silencios interminables; sea su madre Doña Reina, con quien vive y tiene una sordera que se acrecienta a cada hora pero sobre todo en las tardes; o sea Rosa, la mujer que limpia y cocina dos veces por semana para la familia. El padre de José murió hace dos años y aún viven todos juntos. Con sus treinta y pocos, dedicado a sacarle dinero a los blogs y despuntando el vicio de escribir y hacer música, se nota que José está complacido y cómodo en la casa familiar.

En una recorrida por el centro histórico me cuenta del terremoto de 1976. Allí entiendo el destino de cada ciudad de Centroamérica. Todas están llamadas a hundirse, incendiarse y resurgir, como si nada hubiera pasado. Pero aún en Guatemala, mucho más rearmada que otras, las huellas se evidencian en edificios y estructuras. Cuando me hablan del destino, cambio de conversación…

Deambulamos con José por el centro histórico y sin un rumbo del todo fijo. Allí, en los resquicios neurálgicos de la ciudad, en plena zona 1, voy conociendo pequeños retazos de los guatemaltecos. Su vida, sus costumbres, sus calles con cenizas y baches. Los edificios oficiales y los epicentros culturales. Sobre todo dos de ellos: el municipal y el universitario. En el primero veré un batallón de chiquitas en sus clases de danza y un cortejo igualmente numeroso de padres y madres orgullosos. Allí se ven los talleres culturales, literatura, pintura, música, dibujo, escultura, danzas y otros más. A sólo veinte quetzales al mes, acceso ilimitado. Son poco menos de tres dólares, porque la moneda más simpática de América, que lleva el nombre del pájaro nacional, se cambia de a ocho unidades por dólar norteamericano.

La otra cara me la muestra José, que me cuenta de las varias veces en las que tocó en la terraza del edificio junto a sus compadres. Era un espacio utilizado para conciertos a beneficio de la agrupación HIJOS, que deambulaba por allí con su resistencia de la memoria y fueron expulsados por el municipio. Un espacio que no se usaba y –dicen—se “recuperó”, a costa de esa expulsión.

Hablemos de resistencia. Guatemala es un país con poca tradición de izquierda en el que, a diferencia de otros lugares cercanos la revolución armada nunca ganó el apoyo popular masivo. Por cierto, la guerra y sangría –entre los sesenta y los ochenta—se cobró miles de vidas. Incluso tienen sus desaparecidos, tan típicos del continente. Por eso no es extraño que exista una agrupación HIJOS ni que reclamen por sus ausentes. Por los sin muerte de Guatemala.

Pienso un poco en la convulsión, pero la ciudad y su plaza central parecen adormecidas en este domingo de misa en la Catedral. Solo encuentro una carpa en un rincón frente al Palacio Municipal, que exige respuesta por la represión a trabajadores movilizados en huelga de la cervecería Gallo, la más importante de la ciudad y el país. Culpan al intendente y al presidente Álvaro Colom. La carpa lleva dos años allí, me entero. Pero están solos e incluso nadie habita el refugio. Hoy es domingo.

“Están solos esos muchachos”, me dice José. La familia dueña de Gallo –porque en eso Guatemala es idéntica a los otros países de Centroamérica, donde pocas familias se adueñan de todo—tiene hasta su iglesia propia, a nombre de una abuela de la familia y, con el poder que el dinero confiere, pues, un dios aparte.

“Colom era o se decía de izquierda o centro izquierda, pero al estilo chapín. No es más que un neoliberal típico y nada hace por los pobres”, dice Jota Jota sin emoción. Al estilo en que se toma la política cada mayoría latinoamericana desde la última década del siglo XX y en los albores  del siglo veintiuno: desapasionadamente.

Ya sentados en un bareto con ciertos arrestos culturales, leo el periódico que JJ me pasa. “Es una tradición familiar que no he perdido. Es el diario más de izquierda y lo compro porque mi viejo siempre lo compraba”. JJ es un hombre de pocas palabras y que no suelta muchas emociones, pero noto el brillo de los ojos al contarme su tradición.

Allí, en el callejón diz que cultural y literario de la ciudad, con el mítico café de las Cien Puertas como escenario, las diferencias acaban por ser borrosas y Latinoamérica se une en un grito o en un silencio. Todos miserables, todos desnutridos y todos orgullosos y risueños. Todos profundamente latinos y cálidos. Tan unidos, pero sobre todo tan disgregados.

Crónica del dia.

Sobre el oficio periodístico en Distintas Latitudes.

Capítulo 46º – Managua. De ayer, de hoy y de mañana.

6 de septiembre de 1976. La tropa somocista se adentra en la zona preselvática entre Rivas y Ometepe. Se oyen algunas indicaciones, dos o tres disparos y el silencio mortífero, cómplice de la eternidad. Hay caídos. Hay retroceso. Las brigadas extranjeras de apoyo al Frente Sandinista de Liberación Nacional se reagrupan. La noche los encuentra sucios y con miedo. Pero sobre todo, con hambre de redimir a los oprimidos. Y con hambre de comida también.

La comandante guerrillera Mónica Baltodano da vueltas sobre su propio cuerpo. No la incomodan el fango ni el hedor de sus cuerpos. No le molesta el rugir de las balas ni la comprensión real de que la muerte deja de ser una cosa posible para ser una posibilidad cierta. A eso vino. A vencer o morir en el intento. Luego, entre guardia y guardia, logra dormir unas horas.

30 de mayo de 2010. Día de la madre en Nicaragua. En cada de la diputada Mónica Baltodano se ven las caras de siempre. Las de la familia, que siempre está. La abuelita, a mitad de camino entre este mundo y su final; las primas; las tías; las hermanas; y, claro, los hijos, maridos, tíos y abuelos, que festejan a sus mujeres.

La madre es sagrada, aquí o en cualquier rinconcito de Latinoamérica. Mónica, hija de la otra Mónica y compañera de estudios de El Capital en la Universidad de Buenos Aires,  es la que me presenta a todo el gentío, mientras se acaba la picada y se entibian las primeras cervezas. Me habla de cómo a las madres se las venera y festeja. Me cuenta del tío presidente de la Corte Suprema de Justicia y de todos los otros, con etiquetas menos rimbombantes, pero igualmente únicos e irremplazables en esta reunión como en toda reunión familiar.

La diputada, coqueta y alegre, atiende a sus visitas y se esmera entre sonrisa y sonrisa. El calor se hace sentir en la casita bella y florida de Villa Fontana. Allí, a minutos del centro de Managua, el calor está en el aire y también en cada miembro de esta bulliciosa familia. Una escena tan conocida que me cuesta situarme en Managua y, por unas horas y días, juego a ser de esta familia

19 de julio de 1979. Una marea roja y negra copa la Plaza Central de Managua. La plaza central del país. Los miles de luchadores que llegan en columnas desordenadas se abrazan al reconocerse y lloran al mismo tiempo. También ríen. Aquél sueño revolucionario y emancipador, que llevó a Carlos Fonseca y un par de compadritos a fundar el clandestino Frente Sandinista de Liberación Nacional, se hace realidad. Las guerrillas finalmente toman Managua y el Gobierno nepótico y despótico de Anastasio Somoza queda sepultado.

En la plaza hay hombres y mujeres. Son ancianos pero también hay niños. Son un sinnúmero de oprimidos que han sacrificado a sus familias en aras de un mundo que se promete mejor. El reloj de la catedral marca las doce y treinta y cinco, hora exacta del terremoto de 1972. Los edificios de Gobierno y de la Asamblea Nacional son, entre sus grietas memoriosas, testigos de una lucha que acaba tras cuarenta años de férrea dictadura somocista. De un legado oscuro que se ciñó sobre la dignidad de cada nicaragüense entre pactos sombríos. Muertes silenciadas, expoliación material y política y la inestimable colaboración y venia tutelar de los Estados Unidos. Nicaragua se sacude en cada rincón y el temblor tiene epicentro en la Plaza Central de Managua. Otra lucha comienza. Otra historia, con lágrimas, sudor y sangre, se escribe.

31 de mayo de 2010. “Desde el terremoto no se arregló mucho, por eso sigue estando todo así caído, ja”. Raimundo ríe, pero mastica su vergüenza. Frente a la tumba de Carlos Fonseca que está ubicada en la Plaza Central, esa que sacaron los Aleman y devolvieron los Ortega, descarga su conocimiento vasto sobre Nicaragua. El reloj de la antigua Catedral, casi destruida, sigue dando las doce y treinta y cinco. Como si no pasara el tiempo. Aunque en realidad se ha avanzado y se ha retrocedido mucho desde entonces. Pero nada podría ser igual.

Las calles de Managua están poceadas. Destrozadas. Son retazos de una batalla metafórica. Es un capito bombardeado por la miseria. En uno de los países más luchadores y más lastimados. Ese que sólo tiene índices de pobreza y calidad de vida superiores a Haití. Ese que le duele a Mónica (h) al contármelo. En una esquinita de la plaza, esa cercana al puerto Salvador Allende y al Teatro Municipal Rubén Darío, uno de los miles de carteles rosa flamea. Con la imagen de Sandino, el propio poeta Darío, el indígena guerrero más famoso del país y, valga el sarcasmo, Daniel Ortega.

“Eso demuestra lo que este tipo hace. Gasta en carteles simbólicos mientras nos hundimos. Se proclama como la figura más importante junto a los otros próceres nicaragüenses”. Si no fuera triste, sería gracioso. Los carteles anuncian y vitorean la Revolución socialista, cristiana y solidaria. Resabios de una cultura local anudad a la religión católica y a las constantes paradojas.

“Hemos caído en el peor de los males. Un caudillismo que ha vaciado de ideales y materialidad al Frente Sandinista de Liberación Nacional”, lamenta y se enoja la diputada Baltodano. También su hija. Y su marido, don Julio López. Ellos –también Raimundo—están ya fuera del FSLN. Hoy son del movimiento Rescate y, valga la redundancia, van al rescate de la lucha y el legado ideal, moral, ético y guerrero de Augusto César Sandino.

En el semáforo, dos chicos piden monedas y otros dos se golpean sin mirarse. Miran al vacío. Al horizonte y con las miradas perdidas.

25 de febrero de 1990. A poco más de diez años de la histórica entrada triunfal en la plaza, el FSLN deja el poder o su intento transformador. Deja un país con una tasa de analfabetismo cinco veces menor a la que encontró. Deja un país más equitativo, con tierras repartidas y con índices de vida en ascenso. Aún así, ha perdido y los antiguos soñadores temen el retorno de sus pesadillas. La caterva de púgiles y cuervos neoliberales se abalanzan sobre Nicaragua para azotarla primero y fagocitarla después.

Los sandinistas no tienen respuestas ni consuelo: el somocismo, el entreguismo y el cinismo han vuelto. Los ismos más lúgubres vuelven a ocupar el poder en Nicaragua. Esta vez bajo el disfraz de mujer. Violeta Chamorro lidera una yunta de más de diez partidos opositores que, con apoyo de los Estados Unidos, obtiene poco más del cincuenta por ciento de los votos.

Casi veinte años después, la comandante Baltodano analizó los errores cometidos y los expuso en voz alta y en papel. “Se descuidó el trabajo sobre el factor conciencia, y la resistencia moral fue minada por errores de conducción, soberbia en las actuaciones y una excesiva preocupación por el control del poder por el poder mismo. La dirigencia se fue distanciando de la base”. Ya hacia 1975 la tendencia pragmática y hoy caudillista de los Ortega se hizo eje en el FSLN y lo dividió hacia adentro, reconocen los ex frentistas. Su destino empezaba a escribirse.

1º de junio de 2010. Es difícil ser opositor del FSLN cuando se fue parte fundamental de él. “Es muy duro reivindicarse sandinista y revolucionario e ir contra este Gobierno, que es del FSLN y se proclama como la Revolución”. La explicación se le escapa con angustia a Mónica Augusta López. La hija lleva el hervor en la sangre y las ganas de luchar. Sufre ante el embate y sabe que los enemigos son los que fueron amigos. Sufre.

La diputada acaricia su perro Mozart. Es medio ciego y sumamente cariñoso. Se acomoda en el sofá y descansa. Luego almuerza con una amiga de hace años y me suelta una anécdota relativamente actual. Una que humaniza y da risa a su figura guerrillera que hoy va por las vías de la democracia participativa y la resistencia. No, no son agravios cuando se sostienen con envidiable coherencia.

Cuenta la anécdota que en un congreso del Movimiento de los Sin Tierra en San Pablo, Mónica Baltodano, ex comandante guerrillera; Blanca, líder indígena del Ecuador; y Claudia Korol, académica de izquierda argentina, compartían habitación. Que las fortalezas de tanta lucha, honrada y orgullosa, se vieron abatidas por la presencia de una cucaracha. Que hubo gritos, saltos, corridas y, al fin, un asesinato. Que hubo risas y una dignidad ondulante. Que Korol, muerta de risa, comentó la épica posibilidad de ver a una comandante guerrillera nica y a una líder añosa del movimiento indigenista, dar sus vidas por cazar al enemigo. A veces, las metáforas nos libran de interpretaciones y reflexiones. Como en este caso, hablan –y ríen–, por sí solas.

10 de enero de 2007. Los bombos anuncian la victoria y los sandinistas, henchidos de orgullo, vuelven al poder tras dieciséis años. Será la hora del izquierdismo volátil en Latinoamérica. De los amigos de Chávez y Lula contra el resto del mundo.

Sin embargo, hay otra versión. Una carente de absolutismo, pero dotada de credibilidad por la coherencia y la honestidad. En Rescate y otras agrupaciones, se reivindican sandinistas opositores y, a veces, avergonzados. Hablan de traición ya en el año 2000, cuando el cambio en la constitución y ley electoral pactado por el neoliberal Aleman y el sandinista Ortega le dan al país su bipartidismo y repartija de cargos olvidado desde los tiempos de la revolución.

Hay quienes cantan volver. Y hay quienes usan a Marx –a Groucho o a Karl—para recordar con sorna y miedo, que las tragedias se repiten como farsas.

2 de junio de 2010. Las horas se van de Nicaragua y el viejo reloj aún da las doce y treinta y cinco. El ideario del FSLN es recortado por las tijeras del populismo caudillista y la masa sufre en el olvido. La miseria, acuciante y dinámica, deja agujeros en cada calle. En cada casa y en cada estómago vacío.

“Muchos de los antiguos guerrilleros hoy son empresarios”, me explica Mónica. Carneros devorando los restos de un país desguazado. Mónica hija está llena de vergüenza y rabia. El grupo de empresarios sandinistas, como se los conoce, son solo uno de los pilares de la derrota. Sin ir más lejos, Nicaragua es uno de los países que más ayuda económica recibe desde el exterior. Mónica cuenta que en 2011, al finalizar el mandato de Ortega –“El Daniel”, habrán sido más de mil millones de dólares recibidos. La mayoría de esa suma suculenta proviene de Venezuela y no entra en presupuestos ni auditorías. Ese manejo discrecional y populista –el “algo hacen” es moneda corriente allí—es fuente de enriquecimiento ilícito y nepotismo entre los antiguos luchadores.

La tristeza de Nicaragua se compensa con la nobleza de unos soñadores incansables como Raimundo. Él mira a los niños consumiéndose en la limosna de las esquinas y suelta su dolor. “Eso nos mata. Todos en la calle para llevar monedas a sus casas”. Los niños deberían estar en las plazas o en las escuelas. “Dan ganas de llorar”, le digo. Raimundo no me contesta, pero agacha un poco la cabeza y asiente.