Archives for La internacional de la abundancia

Desde Cuba…

Una última nota para cerrar el año y una mención especial para el papelón oficial de criminalizar la protesta social.

Al final, el PO solo estaba cortando vias, ¿no?

Venden humo, tragan sapos. A levantar la puntería.

Otra crónica…

De nuevo en Distintas Latitudes.

Notas colgadas por ahí…

En Tiempo Argentino, entrevista con María Garcés sobre su libro “Conversaciones con Pombo”…

Y en Distintas Latitudes, revista digital mexicana sobre reflexión y actualidad latinoamericana, una crónica sobre el festival en Plaza de Mayo por Mariano Ferreyra y la juventud combativa…

Capítulo 45º – Una Granada en la mano.

“Todas me gustan”, grita Pedro y sonríe con la boca llena de ganas y de hambre. Con ojos vivaces y luminosos, con una mochila colgada a los hombros y las hamacas en las manos. Mercancías para el turista, que es fiel visitante de las callejuelas de Granada, una de las ciudades más antiguas de Nicaragua. Con su maravillosa estructura y arquitectura colorida y colonial. Con sus callecitas estrechas y sus iglesias imponente o destruidas. Granada tiene cientos de años y Pedro, Pedrito, sólo ocho. Y una sonrisa que redime la tristeza de verlo trabajar. Con dientes desprolijos, pero blancos y muecas simpáticas. Tiernas y graciosas.

Las callecitas de Granada, tienen ese no se qué.

Es el día de la madre y la Casa de la Mujer en Granada ha inventado un evento con escenario, bailes, canto y muchas pero muchas mujeres. Muchas madres solteras de barrios alejados, que por única vez son reinas en la Gran Calzada, peatonal principal y tradicional de la ciudad, donde bares, alojamientos, restoranes y artesanos, recuerdan que es zona de turistas. Allí bailan seis chiquitas pre adolescentes que mezclan inocencia y seducción inconsciente. Allí Pedro las mira y me responde con los ojitos bien abiertos y la sonrisa intacta: “Todas. Me gustan todas”.

Mientras termino una cerveza en una de esas mesas que están ubicadas en mitad de la peatonal, asoman Steven y Gus. O Charlie y Javier. No recuerdo sus nombres, pero sí sus gestos y caras. Uno es de Canadá, el otro de Australia. El primero, artista; el otro, kinesiólogo o quiropráctico, una de esas profesiones que trabajan sobre el físico humano, y está abocado a la tarea de ayudar a niños con problemas motrices. Son gringos, pero no lo son. Me piden permiso, me saludan y se esfuerzan heroicamente por hablar en español. Y, mal que mal, lo consiguen y les reconozco ese interés por conocer esa otra faceta de Latinoamérica.

Me indagan acerca de la situación política, social e histórica de Colombia, Costa Rica, Venezuela y Nicaragua. Hablamos y les aviso que es solo mi punto de vista, pero se los ve conformes. “Queremos saber más, pero siendo gringos, no siempre nos cuentan”, se lamentan a dúo. Ambos están hospedados en el mismo hostal que yo. Allí, en La Libertad, consigo algo de silencio y la complicidad de Cristiana y su novio Silvio, que me rebajan el precio. La condición es que no se enteren ellos: los gringos. Algunos pocos, como Steven o Gus. O Charlie y Javier, no merecen eso. Aunque, de todas formas, agradezco la hermandad latinoamericana.

“Hoy casi no comí, pero ayer sí”. Pedrito no deja de sonreír y me duele. La cerveza se me ha subido rápido a la cabeza y son las cuatro de la tarde. El sol castiga y Pedro, Pedrito, sin comer. Ya que no quiero comprar su hamaca, lo invito a sentarse y le pido una hamburguesa y un refresco. Mis compañeros de mesa acceden al regalo. Pedrito sigue sonriendo, como si sus dientes estuvieran sellados y entrenados en una mueca agraciada. Como si no fuera diferente hablar de las niñas, que le gustan todas, del hambre o de lo que cuenta después.

Pedrito estudia en Masaya, a unos kilómetros de Granada. Es la zona artesanal por excelencia, donde miles de turistas desfilan a diario por su mercado, en busca de aquello que satisfará sus ansias violentas de consumir algo de cultura local. Viene de jueves a domingo a Granada en bus, a vender para su familia. Él sabe hilar las hamacas. Es un legado de familia, por cierto. A veces con un primo, otras veces viaja solo. A veces se vuelve en las noches, pero hay días en los que no regresa y se queda allí, con sus ocho años, su correspondiente miedo y su lógica indefensión, a militar las calles granadinas.

“¿Tú te haces responsable?”, me pregunta María con gesto preocupado, adusto. Que sí, le digo. Que es solo un niño, mujer. En el bar no ven del todo bien que Pedrito coma gratis y sentado con nosotros, los turistas. Una etiqueta que detesto y rechazo. Intuyo que María tiene órdenes del mandamás, pero igual me apena un poco. Logro calmar sus temores por la presencia de Pedrito y Pedrito come casi sin hablar. Eso sí, la sonrisa permanece.

Pedrito se va con un abrazo y un choque de puños apenas acaba su hamburguesa. Antes se habrán ido los gringos. Yo me quedo viendo el fin de ese evento materno barrial y me pregunto por qué Pedrito no estará con ella hoy.

Pedrito ya no es más que una imagen difusa y lejana con hamacas en la espalda y me lastima saberlo tan solo. Y que, con esa sonrisa tan viva, la picardía hirviendo y a la vez inerte, se haya acostumbrado a eso. A veces Pedrito solo es Pedrito y todos nosotros, los lobos.

Entre Cristiana y Silvio me invitan unas cervezas y me hablan de su Nicaragua. De su miserable miseria, de su dolor agudo y de la subsistencia. Y lo mismo pasa con Rodrigo, el chango que me recibe en el restorán a la vuelta del hostal. Todos ellos creen, y quizás tengan razón y me convenzan, que a pesar de su pobreza infinita ellos sobreviven, pero que en Argentina es más complicado. Quién sabe. En eso de comer las sobras, todos los latinoamericanos somos hermanos.

Un gallopinto abundante y con queso y maduros fritos por veinte córdobas. Un dólar que, otra vez, tiene la rebaja de la amistad latina. Rodrigo acaba por ser un buen compinche por esos días y comeré allí donde él cada noche en Granada. Al irme, por la mañana, escucharé su saludo lejano: “Ey, Toro, buen viaje y vuelve”. Mientras se aleja con su bicicleta a toda velocidad lo imagino comprando el desayuno. Por la bolsa y porque tiene su hija, que además de ser un monigote rechoncho y hermoso, es la única razón por la que él vive, trabaja y, aún con eso, sonríe. “Ni por mi mujer haría tanto, aunque la ame eh, pero mi hija lo es todo”. Adiós Rodrigo: además de los olvidadizos, Latinoamérica también tiene algunos padres gloriosos.

La última cena me encuentra escribiendo en el restorán con el gallopinto a medio terminar. Me interrumpe James, un gringo de Minnesota, que vive hace seis años viajando y que hace tres que se instaló aquí. En realidad en las Corn Islands, donde planifica un negocio cultural y productivamente social. O socialistamente productivo. James, ojos saltones, cabeza ovalada hacia los lados y pelo rapado, sueña con un mundo mejor. Y lo practica cuando se despierta.

“Es una larga historia…”, me dice moviendo la cabeza hacia ambos lados, y pienso que no me dirá por qué vino hasta la ciudad, pero aplico la técnica más vieja: el silencio. Nada como eso para que el otro se sienta en el deber de ocupar ese espacio vacío y hable. Y vaya si lo hace.

Los malos triunfan cuando la gente buena se queda callada.

Al principio la historia me resulta de lo más inverosímil. Luego le creo ese cuento.  De cómo su padre, preso ahora y aquí, fue engañado por un mal tipo que le puso droga y policía en un mismo lugar. De cómo el abogado que le pusieron los estafó y les dijo que hacía cosas, pero no hacía nada de lo que decía hacer. Y de cómo su país, arrogante y todopoderoso, nada puede.

“Me leí todas las leyes de Nicaragua eh”, ríe James. Ya está encaminado con otro abogado y pedirán la deportación. De esa forma cree, podrá salir libre en su país. Mañana al fin podrá ver a su padre luego de tres meses. “Dicen que está bien”, me cuenta. Más tarde ríe en una muestra de resignación y explica que, si bien le jode, está haciendo todo lo que puede y el resto ya no está en sus manos.

James  habla acelerado y, si no fuera porque llevamos un par de horas de conversación, pensaría que está pasado de cocaína. Quizás esté bajo los efectos de esa u otro sustancia, poco importaría. Su acelere podría ser también por su increíble odisea.

“No está en mis manos”. Las palabras de James resuenan en mi cabeza al irme de Granada. Es el día después y me acuerdo de las manos vacías de Pedrito. Que sonreía con hamacas en las manos. Que sonreía con hamburguesas en las manos. Y que sonreía también con las manos abiertas y vacías.

De a poco se me cierra el puño y me llevo una especie de granada en la mano. La ciudad me deja su fruto y siento que James o Pedrito tienen las horas llagadas por las esquirlas de una explosión silenciosa e invisible. De una granada que les reventó en la mano.

Capítulo 44º – Yo te amé en Nicaragua. Ometepe y Rivas.

La pobreza desordenada brota naturalmente en Nicaragua. Con cierto orgullo poco glamoroso y con gente, por lo general, amable y predispuesta a charlar. Pero, aún así, Nicaragua devuelve al visitante la imagen prefigurada de Centroamérica que parecía algo más oculta en Panamá y Costa Rica: la de la pobreza y el desorden.

El mercado de Rivas es un pintoresco retrato de la desordenada vida en ebullición. Vendedores de todo tipo de comidas y bebidas, en bolsas, cajas ó en la mano. Los típicos acomodadores que gritan el destino de los buses como en toda América. Los buses raquíticos y despintados, que probablemente fueran furor en los Estados Unidos durante los años sesenta. Las paredes enmohecidas y vueltas a pintar. La mugre acompañando a la miseria –porque la una es consecuencia esperable de la otra, aunque la otra no sea causa suficiente para la primera–. Los gritos, las ventas en canticos, las risas y la música ranchera o reggaetonera, pero siempre popular, a todo volumen.

Rivas es un poco como su mercado, aunque menos ruidosa entre sus callejuelas desperdigadas en los alrededores del centro. Sueltas y olvidadas, como si alguien las hubiera puesto sin pensarlo dos veces. Es la primera ciudad tras la frontera y apenas en el cruce entre Peñas Blancas (aún Costa Rica) y Nicaragua, donde ya empieza a percibirse el desorden y el olor a fritura tan de mañana. Un paisaje tan latino, tan urbano.

Venta de tarjetas de migración, un alambrado torcido en el camino a la Aduana, un corralón para el tramiterío y una fila eterna de camiones con mercancías. El cruce puede llevarles hasta tres días a ellos, según me cuentan. A mí, que conseguí un taxista que me trajera por solo cuatro dólares desde Liberia –a casi ochenta kilómetros–, me lleva solo una hora. Luego del barrial en los pies y de andar entre camiones, llego al playón municipal de buses y, entre más vendedores, consigo un ticket a Rivas. Nicaragua es el único país que cobra una tasa de entrada terrestre –luego descubriré que cobran también por la salida, aunque eso ya ocurría en Venezuela–.

-Two dollar. Two dollar- repite un taxista en un envidiable intento por hablar inglés con naturalidad.

-¿Por qué me hablas en inglés? Háblame en español hermano. Y me han dicho que sale un dólar hasta San Jorge.

-Bueno, dale, es que pareces gringo.

Me incomoda eso. Con barba o sin ella, con poco pelo o con una abundante melena, blanco o bronceado, más sucio y más cansado. No importa cómo. Para Latinoamérica soy un puto gringo y siempre lo seré. Y, a decir verdad, lo detesto.

El taxista es simpático y no tiene la culpa

Mogoyalpa. Desde el barco, el puerto.

de que yo parezca gringo. Me lleva al puerto de San Jorge para cruzar a la Isla de Ometepe, allí donde la calma y el turismo, como veré luego. Me cuenta la forma en que se subsiste a la miseria. Allí en Nicaragua todos se saben pobres, pero aseguran que se las ingenian, que siempre encuentran como sobrevivir. Y me preguntan qué tan difícil es eso en la Argentina. Yo cierro los ojos y les cuento que mucho, aunque también estemos acostumbrados a ese deporte de la abundancia esquiva y la miseria siempre latente. Que hay riquezas y que aún con ellas, sobrevivir cuesta mucho.

Luego llegamos al puerto y, tras una hora de barco, a Ometepe.

–Por ese lado venían las brigadas argentinas. Por ese otro, una de Panamá. Y ahí en el centro, otras de Chile, creo.

Ricardo se frota los ojos y continúa el relato. Es temprano en la mañana y Ometepe recibe el sol de plano. Cerca del pueblo de Mogoyalpa, se relata esta historia de la revolución. De la lucha mancomunada y honrada de los pueblos unidos, que acabó con cuarenta años de somocismo dictatorial en Nicaragua.

“Yo fui revolucionario. Muchos lo fuimos por ese entonces”, refuerza lo dicho con ojos brillosos y bien abiertos Ricardo. Y agrega: “Sandinista y luchador”. En el kiosquito que atiende con su familia –a la entrada del pueblo, apenas saliendo del puerto–, hay un televisor de plasma que a cada rato muestra la propaganda oficial. Los mensajes canónicos de la Revolución Sandinista modificada –diz que actualizada—de Daniel Ortega. Una revolución que solo aquí puede atreverse a mezclar cristianismo, socialismo y solidaridad, todas en un mismo spot publicitario. Esas son, aún contradictorias, las consignas que sientan las bases del actual sistema nica.

La televisión sigue ofertando la cara de Daniel en actos de diversa índole y un sorteo millonario para el día de las madres –que es mañana y es sagrado aquí en Nicaragua como en un tango cualquiera–. La hija menor de Ricardo trae un libro de texto y le pide al padre que corrija sus ejercicios de ortografía. El padre, tez mate, bigote prolijo y rasgos cansados, corrige con orgullo y le dice que está perfecto. En la calidez de sus besos y la caricia de su mano campesina, veo las huellas de aquella revolución con los ideales y la figura de Augusto César Sandino como bandera. De esa revolución que, como cualquiera, empieza de adentro hacia afuera.

Ometepe se recorta en el lago que baña sus costas circulares y cíclicas y me alejo hasta San Jorge y Rivas, con su mercado mugriento y alegre. Los dos volcanes en la isla le dan una imponencia excepcional. Fincas, cafetales, campesinos, playas, animales, selva. La isla de Ometepe es un lugar salido del tiempo. Con la mezcla moderna y humilde. Con el sello del pasado. Con la absoluta tranquilidad de un pueblo tan pobre como honrado. Aquí la pobreza no hace a la delincuencia, como gusta suponer a los orates y los pervertidos. Y yo, tan alegre con mi descubrimiento, me pregunto por qué será.

–En Rivas si hay delincuencia, por las mafias, las drogas y la cercanía con la frontera- me explica un tipo algo entrometido y con una cerveza en la mano. Es policía, me dirá luego.

Wilmer es policía –“de casos especiales”, según gusta decir–. Lo enviaron a Ometepe por un caso, pero dice que “no pasa nada”. Es calvo, tiene labios gruesos y morados, un lunar en la frente. Es moreno, retacón y usa camisa a rayas horizontales rojas y blancas adentro del jean. Calza mocasines y bebe una cerveza. Se parece a uno de esos detectives incompetentes y fracasados, pero buenazos, que siempre acaban triunfando por error u omisión en las películas que pasan en el cable. Se despide y me alegro. La policía, en general, me genera desconfianza y Wilmer, en particular, es toquetón. Demasiado toquetón.

Ometepe. Desde el lago.

Alberto también es homosexual. Wilmer no lo dijo y él tampoco lo había hecho. Pero su pose afeminada, su pestañeo en plan seductor y su voz agudizada por motu proprio; todos sus gestos en sí lo dicen. Y él lo calla. Tampoco importa que lo diga, pero pareciera que flirtea conmigo. Por incómodo y para no ser descortés, le hablo a Daniel, su amigo y compañero de mesa. Alberto es dueño de un restorán de comidas rápidas y económicas en Mogoyalpa, nomás entrando a la isla. Allí me siento y allí los conozco a los dos.

–Yo soy somocista. Estábamos mucho mejor antes, ahora pura pobreza y amigos de Chávez. El Salvador, Guatemala, Costa Rica, todos están mejor que nosotros. Ellos tienen más industrias, nosotros a Ortega y sus mentiras.

Daniel me sorprende con sus dichos. Pensé que “Somoza” era mala palabra en Nicaragua y me equivoqué. Algunos males, como la rabia, jamás se erradican en un ciento por ciento. Y no hace falta ser millonario para apoyarlo. Daniel me explicará más al detalle su odio al socialismo y me escuchará atentamente cuando le diga qué pienso yo de todo eso. No se ofenderá ni parecerá inmutarse con mi postura roja rojita. Él, dice, no es de “una postura u otra”. Él solo es, como dice, “pragmático” y ve que ahora están peor que antes. Yo me callo y anoto.

Al irme de allí por la mañana, me despido de los nicas árabes que regentean mi hospedaje –hoscos como poca gente que haya conocido en tanto viaje-, de los canadienses que conociera el día anterior en el ferry y a los otros gringos que los acompañan. Centroamérica está repleto de ellos. No solo de los turistas del goce. También están en su versión inmigrantes. Hay toda una legión extranjera que compra terrenos baratos en paraísos como Ometepe o Montesuma y camionetas baratas con tracción delantera. Luego ponen un vivero o una galería de arte y se instalan aquí para siempre. O hasta ahora, al menos. Jamás aprenden a hablar español.

Capítulo 43 º – Palestina. Cerca de Belén.

-Ya eres como un hijo más-, me dice Vianney con una calidez demasiado natural como parecer impostada. O tal vez exagerada.

Y no, por más que suene así, la dulzura con la que me trata y el esmero por brindarme techo, comida y afecto hacen que sea incuestionable su afirmación de amor. Lo mismo da que lleve solos dos días aquí. Los sentimientos, cuando son genuinos –porque lo son con firmeza inobjetable–, poco saben de tiempos.

Los ojos de Vianney me escrutan como a un extraño. De hecho aún lo soy. Llego desde Montesuma y sus lluvias incansables, tras varias horas y aventuras en diferentes transportes. Me reciben y abren su hogar como si me conocieran desde siempre. Llego hasta allí por la hija del medio, María José, que me ha contactado con ellos apenas habiéndome visto dos o tres veces en San José. Es la novia de Marcos y allí me han tratado como un amigo, pero lo mismo soy un extraño. La nobleza y simpleza no parecen entender de esas cosas. Al menos aquí entre San José y Guanacaste, en Costa Rica.

Palestina, así su nombre por estar pegado a Belén del Carrillo, es un pueblito familiar y campestre. Con pocos habitantes, callecitas de tierra, casas humildes pero sin carencias notorias y mucho verde. Mucho pastizal y animales sueltos. Mucho barro y silencio.

Ordeñe. A cada ubre, su mano.

Si me pongo excesivamente detallista es por no saber cómo transmitir la calidez y lo apacible del pueblo. De sus personas que son, claro está, todos familiares. Incluso las vacas, que se dejan ordeñar con una pasividad sabia y la mirada dulce fijada en ojos de quien toca sus ubres. Miran como agradeciendo por las manos que aplaquen la hinchazón de sus tetas flácidas y pesadas. Tienen tetas tristes, a decir verdad, y miran como resignadas, pero orgullosas de pertenecer a la familia. En sus negocios, porque casi todos viven de huevos, lácteos o algo similar y brindado por los animales, pero también en sus comidas y en sus costumbres.

Entrada. Barrial en la puerta de la casa de Vianney.

Nunca me atrajo el capo en sí mismo. No soy amante de la bosta ni el barro, aunque reconozco que me agrada la tierra diluyéndose bajo mis pasos. Me llaman y atan a Palestina sus historias, el amor que Majo le tiene y la idea de un lugar típico del país que los gringos han tomado prestado para su lujuria turística.

-Uf, fijo mae -se aclara la voz Eduardo–, este lugar es lo más folclórico que tenemos los ticos”. Guanacasteco orgulloso, me agita la mano y me cuenta su feliz procedencia. Se ilusiona con un recorrido como el mío, pero se le hace impensable despegar de allí. Trabaja donde la pulpería del hermano de Vianey. Allí donde también trabaja David, el menor de los Angulo. Allí donde todavía hay pulperías que se llaman pulperías.

David tiene dieciocho años y aún debe biología del último año del bachillerato, por eso la madre lo mandó a trabajar a Belén, hasta que pueda rendirla e ingresar a la Universidad. De todas formas lo malcría y reconoce que el más chico es algo caprichoso y una debilidad para ella. Los hijos en general son una debilidad para esta madre soltera y aguerrida del interior costarricense.

“Majo es mi mejor amiga”, dice Vianey contenta. La hija vive ahora en San José, donde estudia Economía y ya terminó sus estudios en Administración Pública. La distancia solo las une aún más, por teléfono o por los viajes constantes de una y de otra. En mi estancia allí hablarán más de tres veces al día.

Cocina. De negocio, para Vianney y su madre.

Luis Andrés es el hombre de la casa. Tiene veintiocho años y ya es juez en Liberia –la ciudad más grande de la zona, que está a treinta kilómetros de Palestina–, tiene andar lento, hablar pausado y mucho respeto para con su madre.

Del menor ya hablamos. Su sueño y pasión es el fútbol. Quizás se dedique a la educación física o quizás no. El estudio es importante para la madre, pero en Palestina no parece ser tan relevante. David lo rubrica con sonrisas, y una pelota bajo el brazo que lo acompaña a casi toda hora.

Las manos rugosas y frías de “Papito” me recuerdan la milenaria conexión de los hombres con la naturaleza. Maneja su yunta de bueyes propia, que guían una carreta desvencijada. Maneja el ordeñe y las gallinas. Tiene ojos calmos, de esos que transmiten la pasividad de una vida sosegada. De la inagotable fuente de vida que el aire del campo le brinda. Y, claro, las arrugas del cansancio. Que son como las de la experiencia y lo vivido, pero además tienen algunas sombras oscuras. En este caso, por la tierra impregnada en los huecos y pliegues formados.

–Con Mamita cocinábamos y vendíamos tortas. Ahora está enferma y yo ya no trabajo, me dedico a la casa y a cuidarla.

Vianey no parece dolida en su orgullo ni mucho menos. La tarea es la más honrada que le ha tocado. Se lee en su sonrisa permanente. En ciertos lugares no existen los intermediarios en el amor y el afecto. No hay geriátricos ni se piensa en eso.

Palestina es un campito y las lluvias de esta época preocupan. Pueden tapar las calles, pero también agrietan algunos techos. No de las casas, aunque a veces ocurra, sino de la escuela. Allí, entre paredes coloridas o descascaradas, pastizales y lápices de colores, van a clases cerca de treinta caras sucias, con sus zapatos ennegrecidos por el barro y la sonrisa cubierta de chocolates. La escuela tiene un par de maestras –literalmente dos—y brinda la atención individualizada que ha logrado maravillas en los alumnos. Incluso tiene computación, comedor y kínder, con una tercera maestra.

Comedor. En la escuelita rural de Palestina.

“Cuando yo estudié aquí, éramos solo diez alumnos en una salita, no existía todo esto”, relata Vianey, mientras los ojitos le dan vueltas como sus infinitos rulos morados. Se le sale el orgullo por las pupilas con su necesitada pero adorada escuelita rural y personalizada. En Palestina, todo es motivo de orgullo, aunque se repita hasta el hartazgo. Es el placer de mostrar a la familia. De celebrarse entre ellos.

Las maestras, que madres y tutoras, dan renovadas virtudes al arte de dar a luz. A la mayéutica del habla, pero también del cuerpo. Con caricias, conceptos o miradas, reverdecen las vidas de los pequeños palestinos, futuro invisible y presente perfecto de Guanacaste.

La provincia vive del turismo y saliendo por la carretera –hasta Santa Cruz o Liberia–, pueden verse un sinnúmero de hoteles lujosos y carteles que evocan las rutas a las playas y anuncian paraísos terrenales a módico precio, valor dólar. Centros comerciales –pocos en Costa Rica–, restoranes y galerías de arte en inglés. Palestina y Belén –incluso Santa Cruz—son zonas fuera del mundillo extraviado del turismo. Son parches verduzcos de descanso. Zonas de retiro, sin tiempo ni tarifas.

A las cinco y media a ordeñar, luego el almuerzo y el descanso. El arriero, que se ayuda con bueyes, y las lluvias que entorpecen el trabajo, pero le dan emoción. Palestina se me anuda en el pecho y se acomoda a mi retina. Es probable que siga eligiendo el ruido de los camiones aplastando a los sapos que el rugir de los grillos, pero aún así me queda su apacible serenidad y bondad como memoria de paso. Como registro de su existencia.

“Acá las rejas son para que no se metan los animales a las casas, pero no por los ladrones”, me cuenta “Papito” con naturalidad.

Dueño. Papito, padre de las vacas.

Palestina es, extraño o no, un pedacito de varias hectáreas casi vírgenes, pero pobladas por familias que se aferran a sus lodazales con el amor más puro. Poco les importa el afuera. Lo reciben, lo conocen y le sacan dinero y mercancías, pero ninguno de los habitantes que conozco allí elegiría otro sitio para vivir. Incluso Majo y Luis Andrés, que ya ha regresado, sueñan siempre con la vuelta después de emigrar a la capital para estudiar.

Luis Andrés, por cierto, es quien me lleva a Liberia bien temprano en la mañana para que haga mi cruce a Nicaragua por Peñas Blancas. En el auto hablamos de política y humanidad. Él, que está lejos de la izquierda –como explica –, pero apela a la honestidad cívica y la igualdad –aunque aún siendo juez sabe y reconoce que la igualdad jurídica es ficticia en lo material–, detesta a la inescrupulosa familia Arias. Y, claro, a su delfín gubernamental Laura Chinchilla. Ese odio, percibo, empieza a ser una generalización en ciertos sectores ticos.

Me llevo, de su hablar cerebral aunque apasionado, la certeza de que el manejo turbio de los recursos naturales para su beneficio es el mayor interés del pacífico Premio Nobel de la Paz. Me llevo su extraña mezcla de jurista e igualitario. Dejo parches verdes y otra familia de Latinoamérica que me abraza en este andar continental. El tiempo empieza a hacerse espuma y me alegra tenerlos. En San Cristóbal, Cusco o Palestina, esas familias son las que me dan fuerza y renovadas ganas de contar. Por ellos, pero sobre todo por los que, cegados por el oleaje de la cotidianeidad, olvidamos su latir que es rugido ancestral. Su existencia calma y cálida. Sus pedidos en abrazos y sin palabras.

Capítulo 42º – El ojo de la tormenta y un quiebre llamado Montesuma.

-Hace ocho meses que no llovía, ahora es la época, digamos.

-¿Pero siempre llueve con esta fuerza?

-¡No, en mi vida vi tanta lluvia!

A esta altura debo decir que las palabras de Jaime no me sorprenden. El agua golpea con fueza el techo de chapa de la pocilga hippie en la que me hospedo. El ruido metálico me adormece, pero es tan fuerte que me despierta cada media hora. A las seis de la mañana estoy agotado. Es más cansador el dormir en forma interrumpida e intermitente que el hecho de no dormir.

La segunda noche será peor. Pero como digo, llevo varios meses en los que las lluvias, inundaciones, terremotos, tsunamis y volcanes en erupción son la norma. Ya a esta altura, no me sorprende que Montesuma, esta playuela cercana al Pacífico sur de Costa Rica, sea un nuevo desastre natural.

“¿Tienes miedo?”, me pregunta Katie con los ojos bien abiertos. Yo no puedo mentir. Literalmente, desde pequeño fue un problema para mí la mentira. Siempre jugué con ella, fantaseé con usarla e idearla, con llevar a cabo grandes mentiras, pero nunca tuve éxito. Mis hermanos solían descubrir mis engaños o invenciones con extremada facilidad. Por alguna tonta mueca delatora en mis labios. En suma, me negaron la posibilidad de mentir al verme descubierto una y otra vez. Y, por cierto, tengo pánico.

Doy pasitos cortos, son siete en total, y llego al otro lado. La noche ha sido tan lluviosa que los puentes se han roto, los ríos han crecido y mis temidos derrumbes retornaron. Llevo la llaga de Machu Picchu conmigo y aunque parecía olvidado o superado, la naturaleza me da pavor. Cuando por fin cruzo el puente semiderruido, mis manos tiemblan. Flamean como si el viento las venciera hacia uno y otro lado. Pero no hay tal viento.

Montesuma es agradable, pero nada que no haya visto en el recorrido. Naturaleza, un par de ríos, playas negras, alguna cascada como atractivo turístico mayor y la idéntica combinación de toda la costa Costarricense: gringos, europeos que se quedaron a vivir, algún hippie antiguo, tres o cuatro neo hippies, hoteles faraónicos, hoteluchos, hospedajes y precios caros. Por suerte, mañana –u hoy, según donde me pare en esta historia- me voy. Estoy cansado de los parajes turísticos. Aunque Montesuma sea más calmo, sigue la filosofía del extranjerismo y la pura vida. Quizás sin lluvia no me generaría tal malestar.

A Katie la conocí en el ferri que une Puntarenas con Paquera. En realidad no hablamos, pero luego nos cruzamos al llegar a Montesuma y coincidimos en el hostal. Ella, veinticinco años, blonda descendiente de holandeses, de San Francisco y trabajadora de una ONG pseudo progresista que elabora proyectos en países pobres de Centroamérica, es algo diferente a la mayoría de los norteamericanos que he conocido en el viaje. Está interesada realmente en la gente local y sus culturas. No busca solo el goce del subdesarrollo. Eso, aunque parezca poco y sea limitado, la hace una compañía cómoda. A veces los viajes en solitario hacen que una simple coincidencia ocasional permita convivencias impensadas.

-No llores –le digo-, en última instancia vas a tener que decidir si lo perdonas o no. Y ya. Aunque duela, no es grave.

Le suelto un consejo que podría ser algo agresivo. Llora por su novio –o ex–, un mexicano al que describe como misógino, que la ha engañado con otra, según relata. Me daría algo de pena en cualquier ocasión, pero me estruja el pecho en este día. Yo estoy devastado e irascible por mis propias minúsculas razones. Porque once desalmados y abatidos perdieron tres a cero a miles de kilómetros y a mí se me anudó la garganta. Se me hizo una incógnita en las ganas.

Las tragedias personales tienen ese no se qué. No se explican porque afectan a uno solo, y nadie –o casi nadie—podría comprenderlas. Lloré con ruido primero y en silencio después. Intenté caminar, dormir y luego emborracharme. Nada sirvió para calmar la pena. Tati me consuela a la distancia, unos pocos amigos también. Mi gente me quiere abrazar, pero el vacío se hace enorme e insalvable. Hay dolores que solo pueden alejarte del resto de la humanidad.

La inmensidad del desasosiego me golpea cuando logro comunicarme con mi viejo y lo escucho abatido. Mis hermanos ni contestan. Más tarde el menor me pedirá perdón y dirá que no tiene nada por decir. La soledad se hará carne y me sentiré perdido. Katie dejará de llorar y luego lloraré por dentro. Cada quién en su pequeña telaraña de desilusiones La mía se llama Rosario Central y me quiebra. La sola idea de mis hermanos en la cancha y mi viejo viendo el partido solo me hacen cerrar un poco el pecho. Con los días el orgullo y la grandeza rebrotan. Es solo fútbol, al final, pero es tan lindo y divertido ser de Central, que la locura y esa irracionalidad no incomodan. Aunque cueste unas lágrimas zonzas.

El dolor de la soledad y la falta de interés en el turismo turista me hace pensar en ir a San José. A recuperar a Marcos y Jorge. A Cabral y a Laura. A toda esa realidad local. Desisto porque se me da interesante ir al pueblito rural de Majo, la novia de Marcos. Ver a su familia, el campo, la vida típica en el interior del país. El devenir apacible de los guanacastecos. Aquellos que permanecen alejados de las playas y el turismo, claro.

La odisea comenzará con un diluvio matinal incesante. Son las ocho de la mañana y los caminos están cerrados. Los transportes que hacen el recorrido entre Montesuma y Paquera no circulan por el estado de las rutas y los puentes. Resurgen, mientras pienso en la forma de salir, mi miedo y el recuerdo nítido de las muertes a tres mil seiscientos metros de altura. De pronto siento ganas de estar en casa y el trauma de la naturaleza se hace recurrente.

La tierra se mueve bajo mis pies. Yo me sacudo los temores y trato de buscar alguna seguridad guardada. Ya en el camino sortearemos varios inconvenientes y optaré por ir al campo. La amabilidad de algunos ticos me devuelve las ganas de conocer gente y hablar en español.

Montesuma pronto es un recuerdo borroso y pienso constantemente en la naturaleza fortuita. Con las horas se me irán los dolores y descubriré a la Costa Rica que está detrás de las playas. Dormiré en cada uno de los cuatro buses que me llevarán hacia allí. La tensión hizo polvo mis nervios y el cansancio se dice en inglés.

A dos meses de emprender el regreso, la imagen de mis costumbres y personas se hace más fuerte. Quizás la única forma de evitarlo sea sintiéndome en casa allí donde vaya. El turismo debe ser olvidado por un rato. Creo que evitaré los atractivos turísticos de acá en más. Venía mezclando ambas cosas, pero la realidad paralela y atemporal me saturó.

Puedo abrazar a cada ser humano en su naturalidad desnuda, pero ya no a la tierra. Ya no a la arena, que no tiene la culpa de ser imán de idiotas ajenos. Prefiero infinitamente la tibieza de una mirada y la sinceridad de un abrazo, que el regocijo del agua en la orilla. La voluptuosidad miserable de la ciudad o pueblo a la inerte desidia de la playa extranjerizada.

Capítulo 41º – Cuando la casa se me hace a un lado.

“Empezaron a soñar con el regreso, en la puerta principal del aeropuerto, las valijas repletas de ilusiones, los bolsillos vacíos y con miedo…”

La canción de mi amiga uruguaya Laura Canoura no podría ser mejor compañía para estos días en San José. Porque es dulce y melancólica sin ser triste y porque, sobre todo, describe con mágica precisión la sensación de los exiliados. De los emigrantes rioplatenses y su esencia. Poco importa que sea montevideana y no porteña o tucumana. Tampoco que la historia que quiero contar no tenga puertas principales, sino traseras. Y, claro, las valijas –o mochilitas—más vacías y humilladas que ilusionadas.

-De la cárcel me llevaron a Ezeiza por la parte de atrás. A mí y al Negro, que era del comité principal del partido –PRT–. Nos encerraron en una especie de armario o locker frente a frente. No podíamos ni hablarnos de tan pegados. Cuando nos sacaron vi a uno de mis hermanos al pasar –el otro ya había “sido exiliado“–. Me dio una valijita con un sweater, un pantalón y unos calzones. Así nos embarcaron a Perú. No pude ni despedirme.

Jorge cierra los ojos y arruga la cara. Hace fuerza para recordar un nombre. En realidad no importan mucho los nombres propios, pero es lógico que lo haga, pienso. Es probable que sea la forma menos tortuosa de evocar una memoria llagada por quemaduras permanentes. Los nombres, los colores de la ropa o los detalles de algún lugar. Cada pedacito de memoria relatada se proyecta en sus grandes ojos recubiertos de arrugas pequeñas y lágrimas secas de otras épocas. Luego los cierra, recupera un nombre y sigue adelante.

Jorge es el padre de Marcos. A ellos llego porque en Buenos Aires han dejado familia y, muchos años después, un hermano mío conoció al hijo de un hermano de Jorge. O sea, su sobrino. Los enlaces humanos tienen conexiones que exceden la lógica espacio tiempo y siento a su casa tan suya como mía. También siento que le he traído algún recuerdo de sus antiguas luchas y búsquedas.

El relato se quiebra en los años duros del peronismo rancio. Cuando el “Brujo” López Rega, su Triple A y las ilusiones juveniles truncadas. Primero apresado, luego exiliado cuando le llegaron los dieciocho años. Un adulto, claro. Pero no iba solo. Un hermano, un amigo, otro amigo y miles de jóvenes argentinos sedientos de vida y utopías relevantes. Y no por embellecer y adorar al pasado. Los muertos no se reviven con idolatría ni las derrotas con adoración. Simplemente por recuperar a esa generación que, errante, acertada o errada, quiso una nueva humanidad y lo firmó con su sangre tan convencida como derramada.

Los que no murieron se desangraron por dentro, pienso mientras escucho las peripecias de un Jorge adolescente yirando por Latinoamérica hasta caer –por orden partidaria para hacer las respectivas denuncias contra la ya vigente dictadura militar—en Costa Rica. Cuando digo desangrarse, claro, hablo de exilio.

Jorge tuvo una vida feliz. O lo más parecido a eso dentro de los límites del desarraigo, la derrota política y la continuación de sueños. Hasta los ochenta siguió conectado al partido. Luego se disolvería y él, ya abocado a Marcos y Daniela –sus dos hijos–, se dedicaría al desarrollo de su empresita editorial e importadora de libros. Muchos de ellos ideológicamente afines a la izquierda. Izquierdistas. Hay cosas que se conservan por siempre. Son como marcas.

Marcos oye a su padre y pregunta, con timidez, algunas cosas. Yo también trato de hacerlo sin reventar ninguna ampolla de dolor. Inevitablemente, alguna se rompe. Como cuando recuerda el suicidio de su hermano –ya exiliado en Suiza él—y, rápidamente, vuelve a aferrarse a los nombres.

“Charles Harrington”, grita exaltado y con los cachetes enrojecidos. Así me entrega el nombre del agente de la CIA que le dio la visa a los Estados Unidos para que visitara la Feria del Libro de Nueva York a la que había sido invitado por su trabajo en la editorial. Que, casualmente o no, era parte o estaba vinculada con movimientos de la Teología de la Liberación y se nutría de textos y obras revolucionarias o, al menos, progresistas. Llegó allí porque al llegar a Costa Rica fue recibido por un obispo local de una zona de San José. Si mal no recuerdo, era en San Pedro.

La historia también tiene sus crisis. Aunque a esta altura ya es épica por aquellos momentos que me narra cargados de tensión y aventura entre Perú y Ecuador, donde las dictaduras se alternaban y él urdía planes para cruzar las fronteras y no ser deportado y sin dinero. Una de las crisis fue el simulacro de fusilamiento previo al exilio. Otra de las crisis fue el segundo simulacro de ejecución previo al exilio. La tercera crisis fue la última. Después el exilio. Y allí las crisis eran vicisitudes. Falta de dinero. Falta de alimentos. Falta de compañías.

También están las partes simpáticas de la historia. Cuando conoció al Lula da Silva luchador y sindicalista, es una. Cuando organizó un viaje transporte de armas a Nicaragua para ayudar a su revolución, es otra. El viaje fue fallido porque el conductor designado volcó el auto, por cierto.

-Yo siempre extrañé. Me casé con una argentina, de Paraná, y siempre estuvo presente el tema del regreso y la familia. Sobre todo cuando los viejos se fueron poniendo viejos.
Los Aruj andan partidos. Unos en Buenos Aires, otros en San José. Marcos, ya recibido y de novio, no ha querido marcharse de su Costa Rica natal. Jorge lo dice con aceptación y, sobre todo, con ganas de que sea diferente. Pero el desempleo, las múltiples idas y venidas y su arraigo en San José, lo hacen dudar a él también. Aunque el doctor Peralta –otro exiliado, pero cordobés–, que lleva treinta años aquí, me dice: “El Gordo siempre quiso volver, yo en cambio no. No tengo familia allá. Mis hijos son ticos, mis padres murieron, ya está”. La resignación es la mejor amiga del exilio. Una resignación positiva, que asiente y no empuje al emigrado al cosquilleo eterno del retorno omnipresente y no siempre real.

El doctor Peralta nos recibe en su casa. Nos brinda un asado criollo, un vino de Mendoza con sabor dulzón y un lemon pie. Un hogar cálido a base de leñas, abrazos, cariño y mucha argentinidad. En la mesa charlan Jorge, Peralta –Raúl—y su mujer Leda, una tica que ama a Mercedes Sosa, Cabral –el tucumano exiliado de este grupo de refugiados antes políticos hoy emocionales—y su esposa Gladys, Marcos, las hijas mayores del doctor, su hijo menor con dos amigos y yo, emocionado y con la vista empañada.

La charla, los recuerdos, el afecto que los une, el calor que me prestan, las bromas tan argentinas y lejanas. Y la voz de la Negra antes de morir, que canta desde el aparatejo musical como un clisé obvio, pero pintoresco y, por qué no, necesario.

Raúl me pide que escriba una carta y me sirve una copa de vino. Otra copa, a decir verdad. “Hermano, se la llevo a tus viejos porque mañana viajo a Buenos Aires por unos trámites. No sabes lo que es para un padre recibir noticias de un hijo en el extranjero”. Raúl me abraza cuando le doy por fin la carta. Veo en sus ojos la emoción de un pasado incumplido. Yo, exiliado ocasional y por elección, le recuerdo algo. Le doy algo, aunque no sepa bien qué es.

Quizás le esté dando el don de la memoria. La sensación efímera de que su suerte y su lucha no fueron en vano. Que aún hay soñadores y gente con ganas de llorar y gritarle al mundo sus tragicomedias. Para que no haya sangre ni exilios masivos. Para que algún día vuelvan a nosotros, en un abrazo o un papel, los muertos, los desgarrados y los expulsados de nuestra tierrita zonza que los vomitó.

Nueva nota.

No es del viaje, pero qué va.

En el NO de Página otra vez.

Con la ayuda inestimable del amigo, periodista y poeta, Daniel Mecca.

Crónica lejana.

Desde Cuba:

Los jóvenes solo quieren internet.