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Capítulo 40º – San José. El terremoto vs el Pura Vida.

Antes de hablar sobre San José, necesito un descargo. Me lleva días retomar las palabras y, mientras lo hago, veo el título que dejé escrito un par de tardes atrás en forma premonitoria. Estaba sentado en un bar del boulevard central de San José, donde llegué tras caminar un par de kilómetros desde la zona de Guadalupe –donde viven Marcos y su padre y me hospedan por unos días—y tras sortear la persecución de tres ticos que querían birlarle sus riquezas a mi cara de extranjero.

A esa hora en que escribía este título por la noción de que en la ciudad puede verse un poco de lo que ocurre detrás de la mentada Pura Vida. Por ese sismo emocional y pasional que recorre el subterráneo pero verídico devenir del pueblo tico. Sus luchas, sus búsquedas y sus lógicas derrotas. Su terremoto, precisamente.

A esa hora –decía–, en esa misma tarde y en el preciso momento en que ponía ese título simbólico a lo que vendría –y aún sin notarlo–, la naturaleza me guiña su ojo magnánimo y acaricia la tierra por este costado. Y las paredes se mueven, los suelos crujen y la gente, claro, grita. Pero yo, tan ignorante y absorto en mis escritos, jamás sentí el rugir de la tierra. Sería en la noche que me enteraría por fin de los seis punto tres grados en la escala de Richter. Y también me enteraría que ocurrió a las dieciséis y dieciséis, mientras yo escribía un título así, sentado en un bar del boulevard central de San José y sin siquiera haberlo notado.

Ahora sí, volvamos a San José.

Lo primero que se aprende en San José –y se extenderá a casi todo Centroamérica–, es que no hay direcciones como las conoce uno y, de hecho, pareciera que se entra en un mundo paralelo de referencias y símbolos. De metrajes, pasos y aventuras.

–Trescientos metros al sur del Fuerza y Luz de Guadalupe, segunda casa, color terracota, a mano izquierda.

Guadalupe. Una vista a San José desde el barrio.


La explicación de Marcos parece una broma, pero no lo es, es parte del realismo mágico y encantador de este lugar. Para llegar a una dirección, uno busca la referencia –en este caso el Fuerza y Luz de Guadalupe—y pregunta hacia dónde está el sur –o la dirección indicada—y camina contando cuadras, pasos o lo que quiera y crea conveniente. Luego busca la identificación especificada. Sea color, tamaño o lo que fuere. Y créanme, aunque se pierda en el intento, uno siempre llega a destino y es más fácil de lo que parece.

La ciudad no es linda, ni por estética ni por atractivos específicos. Sí iré a algunos museos –la colección del museo de arte moderno es, al menos, entretenida–, pero no es que haya mucho por hacer en ese sentido. Aunque tiene la Universidad pública y enorme centro cultural y académico y varios bares culturales. Buscaré ambos.

–Mi nombre es Cesar Angulo y escribo por lo que este país necesita. Por el amor y el ser humano.

Los ojos abiertos de par en par, la erre patinando y amenazando con caer de la punta de su lengua, la remera con mensaje contrario a la minería de Crucitas y una energía abrasiva. Cesar ha bebido y eso le suelta la charla. Y se apasiona:

–Aquí se pretende que todo está bien, pero vamos. Minería a cielo abierto, tratados de libre comercio que se aprueban en pocas horas, aumentos de salarios para diputados, intentos por privatizar la educación y las telecomunicaciones. El problema es que aquí los Arias son dueños de todo, como lo era Somoza en Nicaragua.

Y el mundo entero ve en Arias a una figura de paz. Un luchador diplomático y diplomado.

Cesar me cuenta, casi a gritos, que se ha manifestado junto a algunos compañeros contra la asunción de Laura Chinchilla. Y me cuenta que se manifestó contra la minería a cielo abierto y a favor de la naturaleza, a los gritos y en plena asunción de la delfina de Arias. Y que fue, claro, golpeado y abucheado. También me muestra el video en su celular.

En el Lobo Estepario la luz se apaga y la música también. Pero solo por un instante, hasta que una voz dulce, aunque algo ronca, descompone las armoniosas notas de su guitarra y recompone una centelleante e iluminada versión de Mediterráneo. Yo pienso que Serrat le sienta bien y Luis, cantautor local y tan ecléctico como sensible y talentoso, dice que ha recibido su influencia, pero que ahora busca “otros rumbos más locales”.

Con su cabeza calva y su media cola de caballo, su camisa descolorida y la cerveza en la mano, me cuenta proyectos, del amor por su país y Latinoamérica, de sus ganas de ver cambios en el ser humano. Y me abraza con fuerza al partir, al tiempo que me desea buena suerte en tanto viaje.

Al costado de la despedida reverdece otro encuentro y apenas girando, Cesar me presenta a la hija de Luis. Una excéntrica estudiante de filosofía –o algún tipo de experiencia metafísica similar—que no se concentra mucho en su alrededor, aunque me habla de dios, la humanidad, la divinidad y la presencia de lo bueno y lo malo en el mismo mundo. Yo la comprendo –o creo hacerlo–, aunque por todo concepto le digo que la divinidad está en el ser humano y, claro, de la naturaleza que el mismo emerge. Y que, con o sin dios, la humanidad debe recomponerse en su propio nombre y no bajo el mandato de ningún ente superior. Me dice que sí, pero que es agnóstica y que, “por las dudas”, no niega la existencia de dios, aunque no ciña su existencia a él. Simpática, pienso. Y, claro, bastante acorde con el lugar: una fiesta de una revista de Filosofía con artistas, filósofos, fotógrafos, cineastas y hasta un extranjero.

Salgo del bar con el espíritu revuelto y los oídos cansados. Repleto de historias, de formas alternas de ver el mundo. De ganas de dar y darse. Y, aún en el barullo y el desorden, satisfecho de encontrar a la otra cara del costarricense. Que, lejos de la depresión y con el Pura Vida siempre a mano, sigue alerta a su entorno. Aunque mejor lo expresa Cesar, el poeta de ojos abiertos, cuando le dicen Pura Vida y él, ofuscado y causando estupor en los aletargados compatriotas, dice: “No mae, Pura Vida no, hoy tuve un día de mierda, ¿sabes? Se puede estar mal también”.

Hay cosas malas en Costa Rica y eso me alegra. No porque sea un hijo de puta envidioso y argentino, sino porque conociendo eso, se conoce un poco más de las miserias en que vivimos y en las que el extranjero se regodea al son del Pura Vida al llegar a Costa Rica.

Otra vez el barrio. No llevé la cámara al centro.


Las mañanas de San José son frescas y trabajo en casa. Es raro estar así después de cuatro meses de viajar. Desayuno, laburo, almuerzo –porque Jorge cocina para todos–. Luego las tardes son mías y las camino pensativo o relajado, según el camino.

Una de esas tardes –en las que no llueve, por milagro para la época—camino hasta la famosa ciudad universitaria de San José. La UCR, donde la autonomía promovida por las reformas que comenzaron en 1918 en Argentina permite que se respire, piense y viva un mundo ligado pero ajeno al que se halla afuera. Solo cruzar el alambrado y la policía no puede meterse. Y no lo cuento como apología del delito impune, sino como muestra de que aquí la Universidad es sagrada. Aunque hace unos días –me cuenta Laura barriendo con las excepciones-, en un acto de increíble atropello, sesenta agentes de la OIJ entraron a tierras autónomas con la idea de apresar a un agente de tránsito interno de la UCR, que se supone cobraba multas y cobraba coimas por ellas.

Sin tener en cuenta la posible viveza tica, Laura asegura y advierte que ese irrumpimiento de la policía es histórico y sienta un precedente. “Que –dice ella—buscan aterrar a los jóvenes y a toda la población, porque saben que en la universidad somos combativos”. Y acusa: “Sacaron a la gente que protestaba por esa intromisión fuera de los límites de la UCR para golpearlos y arrestarlos”. Yo doy fe de eso, pueden verlo en Youtube los que no crean.

La ciudad universitaria florece de ideas y juventud. Y donde la juventud, que es la parte irreverente y aguerrida de la humanidad, está la germinación del cambio. O sus búsquedas. Allí conviven los médicos y filólogos, con los de bellas artes y ciencias económicas. Y los psicólogos con los cientistas sociales y los bioquímicos. Allí hay parques inmensos, palmeras, bancos, bibliotecas, un periódico de tirada local e internacional, un canal de radio y uno de televisión. Hay Pura Vida por todos los rincones y hay un río que atraviesa la Universidad. Y los puentes, claro, que son la metáfora de Costa Rica.

Dos terrenos unidos por un puente. Uno se sacude con el rugir de la tierra y de los humanos. El otro de acuesta a la orilla del mar o se interna en campos y selva. Y conviven, pero no se ignoran. Solo se observan hasta que los sacudones lleguen al otro lado del puente y saquen a los “Pura Vida” con fuerza. Con la convicción de que  se necesitan mutuamente. Para ser reales y que no se vuelvan presa fácil, ninguno de los dos, de los que se sirven de su aparente pasividad.

San José se sacude y se relaja. Cada día repite la secuencia y se deja ver para aquel que se asome, por la muralla de la Costa rica exótica y natural. Para gritarle al mundo que ellos no se compran, aunque sean relajados y amables, el discurso de una paz para los idiotas.

Capítulo 39º – Pure Life Gringou.

“Es mentira la imagen de pura vida y paz que le hemos vendido al mundo y que han comprado. En Costa Rica la situación está complicada y, sobre todo, por la explotación de los recursos naturales”.

Laura Brenes se dispersa fácilmente y perderé el hilo de la conversación. Es mi primer contacto ciento por ciento ticos autóctonos y nos hacemos amigos con la simpleza que permiten las inquietudes en común. Laura, psicóloga, veintinueve años, profesora de la Universidad de Costa Rica –UCR—y con ideas a mitad de camino entre la espiritualidad, el ambientalismo, el feminismo y la izquierda tradicional.

Bicicleta. Lo mejor de Puerto Viejo, fuera del pueblo.

Laura habla mucho y salta de tema en tena. A Laura se le patina la erre, como a muchos ticos, pero cuando la conozco en Puerto Viejo aún no conozco a muchos ticos como para darme cuenta de eso.

“Perdón que hable tanto, es que es una descarga porque estuve todo el fin de semana en la comunidad indígena BriBri con una co-profesora titular odiosa, que me maltrata y me anula”. Laura desagota el caudal de dolor y rabia exorcizándose con palabras y me prestará un mundo diferente sobre Costa Rica. Un panorama que pinta distinto, caótico y más real. Que iré conociendo al pasar los días y, sobre todo, al llegar a San José. Paradójicamente el paraíso calmo y natural resultará un poco artificial.

Llegué al país tricolor hace unos pocos días con la imperiosa necesidad de alejarme del turismo predador y viciado de la gringada, pero en Puerto Viejo también se puede observar. El pueblo, pequeño y vistoso, tiene raíces hippies, rastafaris y, claro, un mestizaje furioso. Laura no será la única en mencionarlo. Pero sí la más clara: “He venido mucho durante muchos años, pero hace tiempo que no venía. Lo encuentro mucho más armado en estructuras y completamente extranjerizado”.

El cruce fronterizo trae la imagen que Costa Rica brinda al mundo entero. Entre frondosa vegetación y una calma bella ó exasperante –según la ocasión y el estado de ánimo–. El pase de Bocas a Changuinola, y de allí a Sixaola –todo en Panamá aún—es en automóvil. El taxista, amable, me advierte que compre cigarrillos del otro lado, porque en Costa Rica son mucho más económicos. En Sixaola está el ejército panameño dando la bienvenida y al otro lado del puente divisor, en otra ciudad–también llamada Sixaola, pero bajo bandera azul, roja y blanca—hay un puestito migratorio y ya. Costa Rica, como bien publicita y recuerda el Premio Nobel de la Paz Oscar Arias, no hay ejército. Hay Pura Vida.

20 camas. Y ninguna flor.

Un bus algo destartalado –aun no llegué a Nicaragua para ver lo que es realmente destartalado– me arroja en Puerto Viejo y me despido allí de tres fotógrafos argentinos que recorren Costa Rica hace un mes y a quienes conocí en el puestecito fronterizo. Único portal de entrada terrestre que exige ticket de salida del país. Madre, hijo y nuera, de las grutas sureñas argentinas a Costa Rica, tuvieron que pagar un ticket de salida simulado para poder entra, habiendo cruzado la misma frontera en sentido inverso días atrás para conocer Bocas del Toro en tierra panameña. La burocracia no entiende de excepciones. La burocracia está aceitada y torpe también en Centroamérica.

El hostal donde me alojo es económico y cómodo. No vale la pena hacer grandes menciones al respecto. Ni luchas o epopeyas contra insectos, ni olores desagradables ni compañeros excepcionales. Aburrido y cómodo.

Puerto Viejo, ya desde el comienzo, se me hace gringo y furiosamente turístico. Y, a diferencia con otros lugares, poco guarda de su cultura propia para ofrecer. Por todo concepto tiene sus cartas en inglés. Pero los días allí son silenciosos. De bellas playas y recorridas en bicicleta por los bordes kilométricos del Caribe. En sus pueblitos puede respirarse alguna presencia local. Alejándose por el sendero arenoso, hacia Playa Uvita, Cocles o Manzanilo. Aunque, claro, imposible andar sin gringos pisándole los talones a uno.

Cuando veo la interculturalidad fagocitándose al extinto orgullo tico, Laura me cuenta de su experiencia con los indígenas cercanos, “allá en el monte aquél”. Y, más cerca culturalmente, de las duras peleas políticas en San José y otras ciudades menos populosas. Contra el Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos –en 2007–, contra la minería a cielo abierto en Crucitas –al norte y por Guanacaste–, contra la asunción de Laura Chinchilla. “Es un títere de Oscar Arias, sin discurso de género y aún así amparada en su condición de mujer para mostrarse como un supuesto recambio” dirá Laura indignada.

La familia Arias es la que maneja todo en el país. Y de pacífico no hay nada. Sin ejército, es cierto, pero con una policía –OIJ sus siglas—que, entrenada por EEUU e Israel, comienza a ser más cruda y dura. Aunque, argentino y orgulloso digo: no hay como la bonaerense o la federal. La OIJ apalea, pero ni cerca a la cultura asesina y represora de nuestra bendita madre patria.

Naturaleza. No todo es lo que parece.

Así me voy de ese bello pueblito que se re fabricó al gusto del viajero. Conserva la naturalidad  del paisaje y lo agreste de sus caminitos y senderos de tierra y piedritas. Conserva cierta magia, pero cada vez más oculta con el cemento de la extranjerización.

Me voy con Laura a ver los embates y la cultura de San José. Antes pasaré por el puerto más importante del país, en la ciudad más pobre, Limón. Donde la mayoría de la población es negra y llegó para satisfacer las necesidades esclavistas de los criollos o colonos de antaño. También viene Stephan con nosotros. Es un alemán de veinte años, aterrado por una gripe y que se la ha pasado durmiendo los últimos tres días. Se le nota en la voz temblorosa que es pura niñez y que le pesa el mes que lleva lejos de casa y sin ver a su madre, que le envía cartas, mails y le pregunta cada media hora cómo se encuentra y qué remedios tomó. Lo cuidaremos un poco con Laura y me quedará la extraña sensación de ser un interesante europeo en viaje, que viene a vivir algo de la cultura ajena sin pisotear. Sin juzgar ni someter.

Hay veces en las que me ensaño contra la expresión del turismo que somete y otras con la sumisión del receptor. O, peor aún, el entreguismo.

Me voy a San José a ver su cultura y su lucha por evitar el desguace típico del tercermundismo. Costa Rica conserva aún la maravilla de un Estado que controla gran parte de sus recursos naturales, la energía, las telecomunicaciones, la salud y la educación; pero, claro, contra esa tradición se cierne el cuervo lascivo neoliberal y privatista. Y hay lucha. Y hay represión y sometimiento mediático. Hay, y me alegra saberlo, un pueblo vivo y ardiente.

De Colombia hoy en Tiempo Argentino

Entrevista publicada sobre la situación política de Colombia.

Capítulo 38º – Las Bocas gringas.

El turismo predador abre su boca y muerde de un solo mordisco la nobleza tierna de cada pedazo de tierra. Hay olor a bosta en cada rincón y hay, aunque duela, un mundo que abre sus piernas y se deja penetrar por la tiranía del goce. Y no es malo el placer, ni ascética mi postura, pero de un solo pisotón, el turismo borra las huellas legendarias que pisaron la tierra aquella.

Bocas del Toro tiene belleza natural, aguas puras, islas vistosas y la realidad de Montañita o Máncora. No hay un ser local recibiendo al ajeno. Hay, por todos sus rincones, una batalla perdida ó jamás dada frente al deseo del turista. Hay exceso de ruido, de nubarrones a culturales, de grotescas deformaciones del ser humano. Está la miseria del alcohol y las drogas. Y está, lejos de mí el puritanismo ignominioso, la redundancia del vicio.

-Nos quedamos un mes y salimos todos los días. Y ya renovamos por otro mes más el alquiler.

Rita y Sofía son risueñas. Alegres, simpáticas y aventureras. Lo dejaron todo en Buenos Aires y emprendieron una travesía continental hace cuatro meses. Pero Bocas del Toro las tiene atrapadas, entre sus pupilas dilatadas y la fiesta permanente. Sus compañeros de ocasión –y según qué ocasión o día de la semana—son un rejunte de gringos e israelíes. Quizás, con suerte, europeos.

Yo, que no veo riqueza ni un latir de cultura propia en kilómetros a la redonda, comienzo a pensar que la realidad de Centroamérica es así. Que la cercanía geográfica con los Estados Unidos idiotiza y banaliza su existencia. Que la prostitución febril de la Cuba pre revolucionaria y antigua solo ha mudado de cama. Y que los colchones, enmohecidos por una constante humedad prestada, son el reposo justo para los viajeros que, sedientos de dotar de sentido una existencia devaluada por la materialidad del capitalismo, se recuestan a adornar las horas con sonidos ahuecados. Sonidos en inglés, claro.

Agua y Cristal. Y si, lo único transparente.

No me ofende ni incomoda la alegría o la búsqueda del goce y la satisfacción, pero en esta Isla Colón, epicentro de la zona, veo con nitidez las inservibles capas de ocio existencial. Ni siquiera uno creativo y seductor, por cierto. Un devenir incesante y destructivo. Un cúmulo angustiante de juerga y despilfarro. Una clara necesidad de trascender la fútil vida con la experiencia del sexo o la efímera y resolutiva abolición de la cordura y el raciocinio. Olvidarse y dejarse ir.

Y no es culpa de los corderitos, que se desnutren con la inviabilidad de un existir relevante, sino de un rebaño. Del aglomerado de circunstancias que son esos sujetos. Esas individualidades colapsadas en un colectivo angustiante que les marca diferenciación a través de la consumación del consumo. Y el consumo es, parece, el único refugio de individualidad trascendental en un sistema que ha viciado todo placer –espiritual o carnal—y lo ha fetichizado al punto de objetivar al propio sujeto.

Somos esos objetos y ya no gozamos. Ya no nos sirve servirnos de otro hombre como objeto, sino que buscamos ser nosotros mismos un objeto. Eso es lo visible en cada callecita de la prostituida y adoctrinada Panamá. Ya no hay vida propia para estos objetos que somos ahora. No hay más razones que olvidar, al menos hasta la resaca del día después –o del último suspiro–, que somos determinaciones de aquél lucro que nos gobierna. Que la trascendencia, antigua guía de los que soñaron un cambio, es hoy rectora del pesar que agolpa a estos solitarios corazoncitos autómatas y mecánicos. A estos sentires de hojalata.

El desvarío es elocuente. Me quema la rabia de buscar alguien que se rebele y no poder hallarlo. Esta isla oprime hasta las ganas de tener esperanzas. Pero como siempre hay lugar para las sorpresas, conozco a Andrés y Bernardo.

Ellos no se conocerá entre sí y los dos son economistas anudados en la zoncera de estudiar en Estados Unidos para descifrar los vaivenes de nuestras tierras. Como si eso pudiera brindarles más armas para enfrentar al mundo, cuando solo es da armas para defender el mundo tal cuál es. Ambos tienen sus búsquedas libidinosas, se en el alcohol, el surf, las mujeres o el autoconocimiento, pero con ellos se puede intercambiar algo más. Se puede dialogar. Tienen, aún en su gravitante adoctrinamiento capitalizado, un esbozo de ir a por más. Un fulgor en la mirada. Un rugir adormecido, pero vital.

Andrés se declara Chicago boy y eso me perturba. O me lo dice para perturbarme. Y se ríe. Es de Caracas y a pesar de sus etiquetas, nos llevaremos bien. Es latino y comparte ciertos códigos que nos hermanan aún en la multiplicidad de diferencias. Lo conozco en el hostal y será mi pequeño respiro ante tanto gringo. Ante tanto hablar en inglés.

Bernardo es de Mar del Plata y, también economista, se dice sin definición política alguna. Es neutro, o eso cree. Y eso, creo yo, no termina de gustarme. Pero es inevitable, cierta argentinidad nos iguala o asemeja y, seamos justos, su bondad también me agrada. No es el enemigo, a lo sumo un fusible del engranaje. Y una buena compañía para cuando el viaje hacia Bocas y cuando el maletero en la terminal de Panama City. Aquél que, triste y real, se vanagloriaba de su verde orgullo por haber reemplazado balboas por dólares y así estar “insertados” en el mundo. A Bernardo tampoco le cayó simpático.

Naturaleza. Imán de gringos.

Las horas en Bocas se hacen eternas. La lluvia no cesa y ando ganas de recuperar a Sudamérica. Creo que es un problema de geografía y, aunque se repita en varias zonas de Costa Rica después, me equivocaré.

Me iré con la lluvia y mis búsquedas a otra parte. Mi hermano me dijo hace unos días que disfrutara aún en donde no me sintiera bien y quizás tiene algo de razón. Lo hago a mi manera. Aún cuando del pecho brote la necesidad de un grito. De un despertar.

No quisiera llevarme el dolor de un refugio de la tristeza humana. Me llevo, en cambio, sus paisajes, la nobleza de dos economistas y una seguridad absoluta acerca de lo que no busco. Para cuatro meses de viaje no es poca cosa guardarme una pequeña certeza.

Me voy y dejo a Rita y a Sofía, sin entenderlas y queriendo no juzgarlas más que como resultados y efectos de una circunstancia que las excede. Que las excedió y me obliga a una denuncia. Y a una lucha que se cuelgue de aquella declamación.

Capítulo 37º – Kuna Yala. Panamá fuera de Panamá.

En Panamá hay más cultura, pero claro, hay que escaparse de la capital para conocerla. A pocas horas, sobre el piadoso manto marino se esconde la comarca Kuna Yala, que se deja ver para quien quiera verla. Hay, como en todo, dos versiones: la turística, de avistaje paisajístico y fotografías al indio; y la intercultural, de sentarse a escuchar la otra visión del mundo.

-Hoy ya no existe el amor de verdad. Con tanto celular, correo electrónico y esas cosas, se perdió. El modernismo, y yo lo conozco bien, está acabando con la tradición.

La voz de Plas es fuerte. Como sus rasgos aindiados que se fijan en pómulos salientes y piernas fibrosas. Él es Kuna, aunque no viva en San Blas y sus trescientas sesenta y cinco islas, que llegan hasta la costa colombiana, sino en los pueblos alejados que abrazan a Panamá City. Es guía turístico y una especie de micro emprendedor –tiene una empresa de limpieza de oficinas en la ciudad—y reparte su tiempo entre ambas actividades. El sueño del progreso es una espiral sin metáforas. Bien directo el mensaje: un indio crece y es jefe de otros indios, que limpian la basura de los blancos. Quinientos años y ninguna flor. Setenta balcones y solo dos brazos.

Plas es quien me lleva a conocer San Blas y su cultura ancestral. También me cuenta su historia y derrotero. “En 1925 se hizo la revolución Kuna, contra la dominación colonial; y desde la lucha de nuestros guerreros conservamos nuestra tradición y autonomía”. Plas tiene occidentalizada hasta la forma de vestir, pero defiende su cultura a capa y espada. No niega la modernidad, -“pero –dice—ha hecho mucho daño”.

En la Isla Aguja descubro otro mundito indígena. Los Kunas tienen cientos de años allí y todos se plantan frente a la noción de “descubrimiento de América”. “No descubrieron nada. A lo sumo, nos encontraron, pero aquí estábamos hace siglos”, dirá Plas encolerizado y ofuscado. De igual forma me hablarán casi todos los Kunas que conoceré en mis días allí.

Isla Aguja. 50 metros de diámtero. 25 de radio (?)

Isla Aguja es un proyecto turístico de la familia poseedora de la isla. Son más de trescientos istmos y cada una tiene una familia propietaria. Solo cincuenta de ellas están habitadas. Otras tantas, se utilizan para la explotación y atracción del turismo. Pueden navegarse más de quince horas para alcanzar el último pedacito de arena sobre el Océano Pacífico.

La cultura Kuna es rica en tradición y adoran al dios Baba. Una especie de todopoderoso creador, pero sin representación física alguna. También aman a la madre tierra. Viven de ella, por la pesca, por los materiales para la artesanía ó por la belleza natural que explotan para el turismo.

Gisel. Pequeña Kuna en Isla Aguja.

-¿Cuánto te cobró Plas?

Los ojos de Gisel se rasgan aún más y la voz se hace apenas audible. No quiere que nos oigan, pero me explica que los intermediarios suelen llevarse más del doble de dinero que la familia dueña de la isla. En cada una de ellas hay directivos y los miembros familiares se turnan para cuidar ó trabajar en ellas. Durante mis noches allí estará Angelina, como única compañçia. Ella, mi carpa y los ruidos del viento y los cocos cayendo en frondoso estruendo sobre el nylon que cubre mi cabeza o en la arena aún tibia del día anterior.

La cultura Kuna es monógama y no es tan diferente a la occidental, aunque su valor espiritual es profundamente más arraigado. “No hay crimen, porque el castigo comunal es fuerte, aunque las drogas y el alcohol a veces llevan a algunos a cometer errores”. Plas está convencido de que la cárcel empobrece a los hombres y el trabajo es la única forma de redimirlos y encauzarlos. Claro, el trabajo en términos de auto subsistencia, que poco tiene que ver con el trabajo del otro lado de Panamá.

Trabajo. En el puerto Kuna antes que en Panamá.

-Trabajé en el aeropuerto en limpieza y ganaba más, pero también es muy caro vivir allá.

La voz de un joven trabajador del puerto de la comarca Kuna Yala se desgrana en pequeños chillidos. Allí todos ríen mucho, salvo cuando hablan del trabajo en la ciudad, su oprobio y sus pocos beneficios.

Cada isla tiene además un presidente y una comisión directica familiar. Alejandro es el máximo líder de Isla Aguja. Tiene ojos saltones y labios gruesos y hacia afuera. Su rostro es muy similar al de un bagre, pero sin bigotes ni escamas. Es amable, con una cordialidad diplomática y hace evidente el interés local cuando recibe al diputado Kuna, que trae proyectos de mejorías para la comarca.

El diputado habla por celular y tiene asistentes. Viene a recoger las necesidades de su gente para llevarlas a la Asamblea Nacional. Sí, aunque suene a chantaje y beneficio propio en cada una de sus explicaciones sobre cómo hacer y qué pasos han de seguir para exigir al Gobierno más apoyo e infraestructura.

Kuna Yala es una comarca autónoma y se auto regula. El Zaila es el líder máximo de todos los indios, pero no llega con sus brazadas a tanto millaje náutico y cristalino. Por eso hay, en cada una de las numerables divisiones llamadas corregimientos, caciques y dos sub caciques.

Aen viste jeans oscuros, zapatos de cuero marrón con suelas de goma negra y una chomba a rayas. Su gorra de beisbol le oculta el cabello oscuro y seco, típico de todos los kunas. Él ha estudiado y es el administrador designado de Isla Aguja. No es parte de la familia propietaria, pero a él le confían su desarrollo y me cuenta sus ideas para mejorar la isla: restaurant, internet y todo aquello que el turista precisa para olvidarse de que está en una isla desierta de solo cincuenta metros de diámetro. A veces me enferma hasta las náuseas la necesidad de servicios zonzos para el turismo tonto y desapasionado.

Cartí. Colapsada con más de 3 mil kunas.

Los kunas tienen mucho más para dar de sí que un aire acondicionado. Tienen, y a veces hasta ellos lo olvidan en su discurso, una riqueza ancestral por transmitir. Una igualdad de género pocas veces vista en los indígenas y los que nos creímos superiores y un fuerte compromiso con su comunidad. No es grave el influjo tecnológico, pero a veces –y no siempre en forma clara–, acaba con los valores loables que los ataban a la tierra y la supervivencia.

Frente a Aguja y cerca de Perro, está Cartí, la isla-pueblo con más de 3000 habitantes censados pocos días atrás. La imagen es extraña. Grotesca. Chozas y construcciones precarias, unas al lado de las otras, milimétricamente apelmazadas. También la escuela, el centro de salud y todo lo demás. En otra isla, un poco más lejos de la costa, tienen incluso una escuela terciaria para enseñar profesionalmente el desarrollo del turismo a los kunas.

“Cartí está colapsada. Por eso la idea que tenemos es la de mudar a la gente a tierra firme”. Aen me señala el monte y la selva, que se recortan entre las nubes a unos cuantos kilómetros a través del mar. Frente a las islas, en costa panameña, los kunas poseen miles de hectáreas en las que la agricultura bendice sus comidas.

Tímida. La mujer Kuna, con sus decorados.

Las mujeres se la isla me despiden con más timidez que los hombres, cuando por fin decido irme de allí. Me voy de esa soledad; y el contraste civilizatorio, paisajístico y cultural será fuerte al retornar a la norteamericana Panamá. Prostituida, ¿por qué no?

Las manos de angelina se asoman entre los múltiples decorados de sus brazos –también se cubren las piernas de colores—y me bendicen con una caricia milenaria antes de partir.

Capítulo 36º – Panamá Beach o Miami City.

-¿Tú de dónde eres?-, me pregunta una chama en migraciones del aeropuerto internacional de Tocumen, al llegar a Panamá. Yo, por toda respuesta, le doy mi pasaporte.

-No pareces argentino. Por el acento-, ríe ella.

Supongo que la mezcla de tonadas apelmazadas durante estos cuatro meses de yirar por Latinoamérica, han mellado un poco mi típica forma porteña. “Si quieres te hablo argentino, che”. Ella ríe simpática y me dice que le gusta el acento. Me devuelve el pasaporte y respiro aliviado, mientras me dirijo a la aduana.

Tenía cierto temor porque todos me venían advirtiendo sobre el riesgo de llegar a Panamá vía aérea y sin boleto de salida. Pero no ocurre nada y, después de esa primera charla, salgo de allí.

Panamá es una incógnita. No espero mucho de ella y, de entrada nomás, me gratifica en lo emocional. El abrazo cerrado con el Ruso es una cálida bienvenida. Amigo canalla de fútbol en Buenos Aires, vive en Panamá City desde hace poco más de dos años y se ha acomodado bien, pero en solo tres días notaré su necesidad de caras amigas. De pequeñas compañías.

“¿Sabés qué pasa Torito?, yo extraño esas pequeñeces. Jugar al fútbol con los amigos, un asado, una cerveza con los chicos. Acá mejoré económicamente eh, pero la vida social es irrelevante. No existe. Acá aprendí, a la fuerza, que la plata no es tan relevante”.

Con ese descubrimiento ya le valió el viaje, pienso.

En casa del Ruso y Pao –su señora—me hacen sentir como en mi propio lugar. Y a diferencia que otros hogares ocasionales y aún familiares, aquí la argentinidad me envuelve. Pao también me cuenta de sus sentimientos ambiguos y de cómo extraña. De su nostalgia. El proyecto de ambos es juntar dinero, comprar una casa en Buenos Aires para no vivir alquilando y, al fin, volver. Pero sin la frente marchita.

Panamá se desnuda desde el principio como un paraíso material y consumista, pero muy lujoso. La chorrada de dólares embrutece a la sectaria comunidad judía local. De casi once mil miembros, todos conocidos entre sí y aún más encerrados que en Argentina. En su gueto.

“Acá los pibes no estudian. Un pendejo de diecisiete ya tiene una camioneta de más de sesenta mil dólares y hace que trabaja en la empresa del padre. En el mejor de los casos trabaja un poco”. La zona elegida es la “franca”, desgravada y similar al Once porteño. Sin impuestos, y con algo más de glamour y fama.

Además de soberbios y millonarios, los miembros de la comunidad son profundamente sectarios y racistas. Incluso con los propios judíos extranjeros. A Paola y al Ruso, eso no les cuaja y se desligan. Saben que en casa también hay de hipocresías similares, pero insisten: “Nosotros nos mantenemos fuera de esas cosas, pero acá o te zambullís en sus parámetros y formas o te quedás solo. Es terrible el aparentar. Es atrasado, hasta arreglan los matrimonios”, exclama Pao. Me sorprendo a medias. Algunos cráneos confunden cultura milenaria con milenarios atrasos.

La segunda noche en el emporio de los malls, los rascacielos y los autos de lujo, me encuentro con Brian. Un amigo de mi hermano menor y a quién conozco prácticamente de toda la vida. Es bueno verlo y saludarlo. Me trae dulce de leche y yerba, como si fuera un preso. Quizás sea también un poco eso, pero solo de mi andar.

Viene, dice, a probar suerte. Llegó hace unos días y se lo ve contento. Ha conseguido un empleo por algo más de mil dólares en la zona franca, aunque me confiesa que ha venido más por la experiencia de distraerse en tierras lejanas y solo que por el trabajo. Por cierto, en el dineral de Panamá, a los panameños no judíos los emplean por no más de trescientos dólares. Como siempre, la miseria se distribuye mejor que la riqueza.

Tomamos unas cuantas cervezas con otros argentinos judíos en diáspora. También hay un uruguayo. Ellos viven hace años en este norte y son un poco dueños de todo. Uno de ellos, en realidad, vivió en Miami durante nueve años, pero los problemas de visado lo arrojaron a estas costas pestilentes y ricachonas. Turbias.

“Pfff, claro que me acuerdo! De vos, de tus hermanos, de Pipa y de Hillel”. Los ojos de Leo brillan. La última vez que lo vi éramos dos pre púberes imberbes y hoy nos reconocemos a miles de kilómetros de casa, él con una barba desprolija, yo con una barba Hussein y ambos, decididamente ajenos a esos años de country, fútbol y campamentos.

Recordamos, entre cervezas, la ocasión en que se cayó en un hormiguero durante un partido de fútbol. De cómo tuvo que salir por una horrenda reacción alérgica. Nos ponemos al día. Él y Levi me invitan una cerveza tras otra. Incluso la entrada de un bar. A veces los pequeños lazos comunes en la memoria compartida hermanan y anudan presentes en la simpatía del exilio.

¿Qué más decir de la ciudad Panamá? Sus calles son territorio de los autos. Apenas tienen veredas, porque aquí, ricos o pobres, nadie camina. Cómo extraño mis callecitas de Buenos Aires o Bogotá, a veces. Siempre está, por suerte, el terreno neutral de las mesas de café. Esos tableros lisos en los que repliego mis melancólicos recuerdos y, como si estuviera en Lima o Caracas, me permiten leer, escribir y sentirme –con el calor del café en las entrañas—como si fuera habitante de ningún lugar y a la vez de todos ellos.

Me quedaré poco en esta tierra infértil de política y vida cultural. Nadie estudia, el presidente es un empresario dueño de medio país, el éxito es un decálogo de pertenencias y el mayor atractivo son sus centros comerciales repletos de gente. Ascéticos, mundanos y con las tiendas más lujosas. Es Miami, pero sin el inglés. O sea, es Miami.

Es cierto que algunas construcciones son más bonitas que otras, que la zona de Allbrook tiene verde y casas bellas. Que su casco histórico es agradable y sus calles, tranquilas. Pero aún con eso elijo el enfermizo ajetreo de Caracas, con sus contradicciones en ebullición, al raquítico y abúlico devenir histórico de la parálisis panameña. No es feo, es aburrido.

De todas formas, aprovecharé para trabajar y regodearme entre algunas caras conocidas. En el viaje es necesario tener ciertos respiros. Sí, aún en un lugar que venera a Balboa –asesino de indios diz que colonizador—y a los EEUU, que históricamente expoliaron los beneficios del mítico canal de Panamá. Entreguismo de manual.

Serán días de goce al calor del abrazo, el buen comer y dormir a gusto. Será la plataforma de quiebre entre la miseria hermosa de Sudamérica y la miseria hermosa de Centroamérica. En el centro, enquistado en el corazón de Latinoamérica, Panamá es un fuerte contraste con lo vivido y, quién sabe, con lo que vendrá. “La Suiza de Centroamérica”, bromeará un ilustre desconocido. Yo no me río.

Capítulo 35° – La Contrahegemonía tardía

En la tradición revolucionaria se menciona harta cantidad de veces la cuestión cultural y la necesidad vital de ejercer una contrahegemonía  para emancipar las mentes y liberar las conciencias de las clases oprimidas. Ya con eso, el combate de las masas será inevitablemente un triunfo. O algo así, pero con menos énfasis y más lucha.

Antonio Gramsci no fue el único que vio ese sugerente y fundamental paso previo a la revolución. Aparatos ideológicos, enajenación y fetichismo de la mercancía. Un sinfín de autores explicando los valores del ejercicio contracultural que desnude las miserias y engaños de la aparente conciencia universal capitalista. En Venezuela la acción está latente, pero el cambio cultural aún no llega y por eso es que se lucha.

-Huevón, pensá que Chávez llegó hace más de diez años con un discurso moderado y cívico y aún así le costó sostenerse. Recién hace unos pocos meses, tras once años, se declaró marxista. Un gran cambio.

Por eso de que esta sociedad está imbuida de consumo es que, según Ramón, Chávez copa todos los canales de comunicación posibles. Radio, televisión, diario y vía pública. “Hay que taladrarle la cabeza a la gente, que vive siglos de dominación cultural”.

-Acá hay libertad de expresión y de empresa, ya ves. Lo que ocurre es que  el periodismo siempre fue intocable y ahora empezó a ponerse en duda un poco.

Federico Ruiz habla con vehemencia, pero jamás pierde la calma. Desde su escritorio –y luego se arrima a la mesa en que me encuentro—me da detalles del proceso comunicacional en Venezuela. Fue vicesecretario en la embajada venezolana en Argentina y tiene un mate a mano. “Extraño más Buenos Aires que París”. Yo también, pienso.

Tras su pose intelectual hay un luchador convencido. Un peso pesado, a juzgar por su físico imponente. Gesticula con ambas manos al hablar. No por nervios, sino en claro ejercicio didáctico e ilustrativo. “Acá lo que hay es una batalla contra la disociación psicótica. Así le dirían allá en Argentina, que les gusta tanto el psicoanálisis”—ríe–.

Con el concepto pseudo analítico refiere a la imagen falaz que—dice—brindan los medios privados de comunicación. Mientras me cuenta una anéctdota sobre una marcha de hace años que causó supuestos destrozos en el centro—según GloboVisión—y que provocó el llamado asustado de su madre.

-Hijo, dónde estás?

-En el centro, cerca de Plaza Bolívar, por qué?

-Porque hay un desastre por ahí, dice el noticiario.

-Mamá, estoy acá y no pasa nada, cambiá de canal!

Pienso en las historias en Puente Llaguno –cuando el Golpe de Estado en 2002–. Con Ramón fuimos al puente y vimos algunos videos documentales sobre el día aquél. Los recomiendo, están en la web.

-Globovisión es de la familia Zuluaga, terratenientes históricos. Cuando se promulgó la Ley de tierras, que afectaba sus campos, comenzó su oposición furiosa. Y RCTV, que tanto se queja, solo perdió la licencia de aire vencida, pero sigue emitiendo por cableen forma libre. Ambas señales fomentaron el Golpe. Yo, si fuera Chávez, las cerraría sin dudarlo, pero él no lo hizo.

Me despido de Federico con un apretón de manos y la promesa de escribirnos. Él tiene cincuenta y tres años y es Director de la sala estratégica de Fundarte, una fundación para promover el arte, la cultura y la comunicación en Caracas. Antes de irme, me pinta el panorama de las guerrillas comunicacionales independientes. Son, a diferencia que las escolares, las que hace décadas forman los medios y artistas alternativos para contrarrestar los embates del mensaje unívoco del sistema capitalista. Entre otros, Zurda Conducta, Jorge Amorín, Pedro Carbajalino, Colectivo La Mancha, Avila TV y más de cien nombres que me acerca Inés Ruiz, una morena joven y luchadora, que dejó su radio alternativa para “luchar contra la burocracia de los ministerios por dentro”, en Fundarte.

La Mancha hoy. Por la paz entre Venezuela y Colombia.

-Es uno de los mayores inconvenientes-, me explica Oscar Sotillo, miembro fundador del Colectivo La Mancha. La burocracia pudre el sistema y los engranajes, bien lo sabe él, que ha trabajado en el Gobierno –área de cultura y comunicación—y salió agotado a los tres años. “Algunos se quiebran y pierden en la marea burocrática; yo, por mi parte, preferí sostener este proyecto independiente”.

La Mancha es un sueño de los ochenta, cuando Oscar, su compañera Jeanette Rodríguez y otros compadres idearon un espacio donde publicar sus textos y autores ignotos y con ideales anti capitalistas y, por ende, anti publicitarios. Se truncó por vaivenes y viajes, exilios y demás, pero hace ocho años gestaron lo que hoy es una revista y editorial sustentable. Tienen programas de radio –en una emisora gubernamental–, revista, colecciones de poesía que le valieron menciones y premios por su aporte a la difusión cultural, sitio web propio –lamanchaweb.blogspot.com—y se sustentan con talleres y murales. Amén de alguna pauta ministerial ocasional.

-Vamos contra el sistema y no queremos publicidad de consumo. Sería contradictorio. Para eso realizamos actividades. Y como criticamos mucho al Gobierno –a pesar de apoyarlo–, no pretendemos pauta oficial. Pero la tenemos y casi nunca nos han regañado. Somos absolutamente libres.

Pregunto acerca de la significancia de ese “casi”, y me devuelve una mirada en búsqueda de complicidad. Luego explica que, “como en cualquier lado”, hay gente “más papista que el Papa”.

Una de las críticas de La Mancha a Chávez es sobre la situación indígena y las tierras en Oriente, donde ni se respeta la Ley de tierras chavista. Peor aún: Chávez ha apoyado a los ganaderos. Sin embargo, ese mismo día en el Teatro Municipal da una de sus kilométricas charlas –con El Capital en la mano izquierda, como símbolo simpático—para los candidatos seleccionados  en las primarias abiertas para la Asamblea Legislativa. Les recomienda atender las necesidades de la gente y lee mensajes instantáneos de su cuenta de Twitter por Blackberry. Y, claro, manda resolver los pedidos. Populismo televisado, pero también cita a Marx y le encomienda a los candidatos su estudio profundo. Y también los incita a la lectura de Gramsci, por el combate comunicacional. Entre lo que dice, se refiere a las tierras y a los indígenas. Reconoce su error y promete remendar lo que no ha sido respetado. Autocrítica hay. Habrá que ver si cumple la promesa.

La charla con el Colectivo La Mancha es jugosa y seguiremos en contacto. Su activismo es destacable y su lucha incansable. Felices por el proceso actual, dicen al unísono: “Se crearon oficinas estatales para medios alternativos y comunitarios, ley específica y se reinsertó la imagen del libro en el imaginario colectivo”.

Michel, el canoso y delgado franco chileno, decía lo mismo y su palabra cobraba vigor por haber trabajado años en proyectos editoriales económicos en el Gobierno. La cultura como base del cambio es un estandarte de cualquier revolución que se precie o intente serlo. Yo mismo he conseguido libros a montones por monedas. Y el que quiera leer, que lea.

-Yo soy guerrillero comunicacional. Todos en Avila Tv lo somos.

Jender Mellado es joven, apenas unos veintinueve años. Tiene cabello afro, tez morena, dientes blanquísimos y mucho carisma. Como los muchachos del Colectivo La Mancha, él también se considera un guerrillero del mensaje.

“Irreverencia, humor, crítica, chispa e ideología pero con los códigos de la juventud”. El decálogo de intenciones de Avila Tv es loable. Llevan tres años y mucha producción audio visual alternativa. Aún siendo críticos, dependen del Ministerio de Comunicación e Información para el Poder Popular (MINCI) y “este año –lamenta Jender—no hay producciones nuevas”. El problema es el cambio de Director, que “es un burócrata”. Jender repite la acusación sobre los mismos males que denunciaran Oscar e Inés. Pronto habrá renovación directiva y Jender cree que, debido a su antigüedad, será uno de los directores.

Avila Tv es un canal escuela que funciona en el centro de Caracas y solo en ese municipio se  ve. Jender es de la zona y militó desde pequeño en los batallones juveniles socialistas de Altagracia, su parroquia. Es productor y jefe de producción, según la época, y ha estudiado en Avila Tv, que aún forma a nuevos interesados en la producción audiovisual independiente y alternativa a través de cursos anuales.

Como dice Oscar Sotillo, “el socialismo busca nuevos modelos y patrones comunicacionales”. Jender me cuenta con franqueza los problemas administrativos del canal, pero reivindica con fervor su tarea. Como son anti, tampoco tienen publicidad, que iría en contra de su ideología. Jender es, además, un cuadro del PSUV. Es asistente y forma parte del equipo de comunicación de Héctor Rodríguez, que es el Director y coordinador de la juventud partidaria.

-Para las legislativas han elegido cuarenta y cuatro jóvenes de doscientos candidatos. Es un recambio nunca visto y es fundamental, para que se llene de gente con convicción y educados en el proceso”, exclama Jender. La oposición conservadora, claro, no lleva juventud alguna.

Jender ríe y baila con una compañera. Su celular no para de sonar. Se disculpa y lo apaga. Luego se pone serio y me cuenta que lo enviaron a Cuba a formarse en producción audiovisual y también que es miliciano civil. Es parte de los treinta y cinco mil voluntarios que juraron hace meses y fueron instruidos en armas “por si fuera necesario defendernos”. “Creen que haremos una guerra, pero no vamos armados más que en las prácticas. Y nuestros objetivos son únicamente defensivos. Si hacemos una guerra sería suicida, pero eso sí –añade–, si nos atacan, moriremos de pie”.

Del edificio céntrico de Avila Tv me iré a comer una arepa con Gabriel, que me acompañó en el rally comunicacional. Ambos vamos enfervorizados y convencidos de que la lucha cultural será complicada, pero estimulante u necesaria.

La historia de enfermedad cultural y consumista nos obliga a repensarnos como sujetos y naciones supuestamente independientes. No alcanza ser soberanos y tener simbología patria, la única escapatoria es la comprensión acabada de la existencia de la explotación y sujeción de las falaces libertades discursivas. Para desenajenarse y redoblar el angustiante pero enriquecedor proceso de saberse humano. Miembro de un colectivo superior a los deseos de consumo personal.

No basta con eso para el cambio y es cierto que la luz siempre lastima los ojos que nunca han visto, pero es sabroso el intento y la certeza  de que se cambia cambiando y que, solo en la lucha por el conjunto, recobra algún sentido la realización individual.

Del diario de ayer.

Sobre Cuba, con la hija del Che.

Capítulo 34º – Caracas. Entre el exilio y los cambios.

“Cuando Fidel vino a Chile en épocas de Allende dio un discurso para una multitud que lo aclamaba. Pero años más tarde, cuando estuve en Cuba –ya exiliado—, nos dijo a todos los extranjeros que nos maravillábamos con la isla y su revolución: ‘¿Les gusta? Entonces váyanse mañana mismo a intentar implementar algo así en Nicaragua, Bolivia, Chile o cualquier país de América”.

Gerardo recuerda la historia con fulgor en su mirada Un brillo que hace pensar en la memoria viva y el fuego aún crepitante de un soñador que ha luchado. Gerardo tiene poco más de sesenta años, un bigote desprolijo y la camisa desalineada. Se exilió en los setenta y hace más de treinta años que vive en Caracas. Junto a Michel y Ramón, son la vieja guardia chilena en el exilio. Ellos dos son unos años más jóvenes, pero no muchos.

Estamos sentados en un café de la Sabana Grande, zona céntrica y bastante comercial de Caracas. Como en buena mesa de café, no faltará la charla política –al fin y al cabo trabajan en el Gobierno y a eso he venido–. Pero también se hablará de mujeres y de fútbol. Aunque Gerardo es el más entusiasta y quiere que le hable de eso, y Ramón le recuerde que tenemos asuntos más urgentes que tratar. Temas más “serios”, como si hubiera algo más serio que el fútbol, las mujeres, la política y el café.

A Ramón llego a través de María Garcés, mi amiga ecuatoriana. Se conocen desde hace años, cuando ambos intercambiaban discusión política en la diáspora. Ella, quiteña, él, de Valparaíso; y juntos, en Argentina. Ramón es de estatura mediana, sonrisa medida y gestos fuertes. El primer día me paseará por el centro caraqueño y sus mil historias. Del libertador Bolívar y su plaza, de los edificios públicos y más importantes, del museo donde estaba la cárcel donde alojaron a los antiguos guerrilleros de los sesenta y de las zonas de Bellas Artes y Parque Central, entre comercios, gentíos y museos varios. También por el Hotel Alba, que fuera Hilton primero y expropiado después.

Caracas se me abre en un frondoso campo de batalla imaginario en el que se dirime a diario el rumbo y destino de un proceso para muchos, y para Ramón, revolucionario. Recorremos bastas zonas y usamos el transporte púbico local y efectivo. Nada parece ser lo peligroso que prometía.

Cemento. Y desorden.

A Caracas llegué por la mañana con José y Carla. Ellos me dejaron en el Barrio San Antonio –o “ciudad”—a media hora de auto del centro. O una y media con tráfico. San Antonio es conocida como la ciudad dormitorio, porque la mayoría de los habitantes de ese rincón de clase media alta, baja desde el cerro de la gran Caracas al centro, para trabajar. Allí cojo un bus.

“Yo de joven viajé por todo el mundo de mochilero. Soy socialista, pero Chávez no hizo lo que prometía”. Ignacio Lezcano es paramédico y conferencista. Suelta las palabras de a una, pero en marejadas y  sin un orden definido. Conoce casi todos los países del mundo y lo encuentro –extraña suerte la mía—en ese bus que me internará en el centro de Caracas. Me habla, escucha y me aconseja. Con la bondad que reluce en su hablar calmo y pausado –y en la incipiente calva que se acaricia con melancolía, como si añorara sus viajes y sus pelos–, me acompaña desde Plaza Venezuela a la cercana calle de los hoteles, donde espera paciente mi búsqueda de alojamiento.

Ignacio me da una mano con eso y luego se despide. Me deja sus datos y me pide un solo favor. Que lo llame o le escriba al regresar de Cuba, para que le cuente lo que vi y mis impresiones al respecto. Él, socialista y viajado, ya tiene las suyas. Prometo cumplirle y lo haré. No veré de nuevo a Ignacio en Caracas, pero guardo profundo respeto por su historia y su pensar consecuente. Todo queda sellado en un fuerte apretón de manos. La mía, suave y bronceada por la sal del mar Caribe; la suya, blanca y rugosa, bien de ciudad y trabajo.

Mientras desandamos las calles de Caracas, Ramón me cuenta todas sus apreciaciones sobre el proceso que vive Venezuela. Él y sus compadres coterráneos son fervientes defensores de Chávez y su accionar. Cuando llegamos a Parque Central, trepamos al Metro Cable que lleva hasta el cerro céntrico de San Agustín. El ultra tecnológico y lujoso medio de transporte tiene solo seis meses de funcionar y alivia el tránsito de millones de caraqueños que descienden en las cinco estaciones aéreas que visten los cerros aledaños.

Allí, en la altura, hay barrios únicamente. Es decir, villas, pobres, techitos de chapa, ladrillos rotos, adobe, paja, cemento desnudo y todo muy desprolijo. El transporte público no subía hasta allí. Tampoco lo hacen los camiones de basura, por eso tienen conductos metálicos en las laderas de los cerros, por donde botan la basura hasta el centro bajo donde es recogida. O donde debieran hacerlo.

Caracas es muy sucia, pero Ramón explica que la culpa es del propio Gobierno y el mal manejo de las recolectoras. Él trabaja ahora en un proyecto para mejorar la gestión. “Hace años que me dedico a esas tareas”, explica. “Yo ni terminé la universidad, soy un soldado más que un intelectual”, añade luego. Hay cinco empresas –tres públicas—y quieren unificar el servicio para congeniar un diseño y recolección más eficiente. Vendría bien.

Caracas. Y sus cerros.

En San Agustín no bajamos, pero en nuestro vagón viajan: un joven de treinta, un viejo de setenta y dos niñas de diez que escuchan su reproductor de mp3 y cantan a los gritos. El joven de treinta y el viejo de setenta, ambos con los ojos cansados y acostumbrados a ver tanta miseria, alaban el Metro Cable y agradecen: “Chávez es el primero que hace para los pobres”. Yo agrego –cuando bajan y para Ramón–, el primero que hace para los pobres y con calidad y nivel de ricos. De igualar también se trata, creo.

Le comento que Eva Perón dijo eso, de hacer cosas para pobres, pero no “de” pobres. Le advierto que lejos estoy del populismo peronista, pero le reconozco la vital importancia del Metro Cable para ese sector de pobreza. Él me cuenta que están proyectando nuevas líneas en otros de los infinitos cerros que miran y asedian al valle central en el que está la Caracas pudiente. La Caracas de unos.

Ramón también alaba ese transporte. Yo dudo si es una medida positiva, pero populista o si, efectivamente, en Venezuela algo del oxidado engranaje del capitalismo se está incendiando finalmente. Aún en la duda insisto: el consumismo y el capital son los reyes de este país.

“Es cierto que el capitalismo está vigente y hay elementos burgueses enquistados en el Gobierno, pero este es un proceso grande y fuerte, huevón”. Ramón está convencido de lo que dice y, por eso, aceptó el pedido de Michel –a quien conocía desde su exilio conjunto en París hace décadas—para trabajar aquí bajo su mando.

Michel es el más intelectual del grupo. Es escritor y trabajó mucho en sectores culturales de la gobernación caraqueña. Lleva ocho años allí y está convencido del progreso cultural. La tríada chilena –que completa Gerardo—se reconoce firmemente socialista y decididamente chavista. Y repiten a cada oportunidad la noción de proceso. De algo dinámico e inacabado. De una lucha quijotesca que se está librando contra los siglos de dominio cultural y vida licenciosa del consumo como  panacea. Los molinos de viento devienen Blacberrys y camionetas.

Ya escribiré sobre la batalla cultural y contra hegemónica –sobre todo la comunicacional—que se está dando, pero bien vale reconocer que en Caracas se está gestando y moviendo algo real, con dejos del viejo mundo que aún predominan, para ser justos y necesariamente realistas, pero bien real y dinámico.

Así lo vive también Gabriel, un jovencito franco chileno que viene a Venezuela a tener su pasantía en el Gobierno. Su experiencia tercermundista para cerrar su carrera de grado en la Sorbona francesa. “Acá está pasando algo grande, por eso elegí venirme”, dice en un perfecto español con mezclas de acento francés y latiguillos venezolanos y chilenos por igual. Gabriel, que llama la atención por lo blanco de su piel –ahora rosada por el sol—y su aspecto europeo, también piensa vivir un buen tiempo en Caracas. Joven y socialista, está seguro de que no hay en todo el mundo un proceso así. “Que valga la pena”.

Me despido de la vanguardia chilena y francófona entre abrazos y agradecimientos. Seguiremos en contacto y habrá mucho por hablar, pero sobre todo me llevo la certeza de que el combate está lleno de aliados. Aún sin saber qué sucederá con Chávez. Si logrará deshacerse de la cúpula burguesa. Si realmente quiere eso. O si es, tan solo, un líder mesiánico y populista que pasará a la historia bendecido por algunas dádivas.

El tiempo que demore averiguarlo no interesa si es que efectivamente van hacia allí. Ansiemos que la desilusión quede encerrada en el viejo y olvidado diccionario. El socialismo espera impaciente y la batalla, al menos para unos cuantos, ya ha comenzado.

Capítulo 33º – Tucacas. Paraíso inmaterial.

“Lamentablemente no voy a poder ir, chico”. Alex habla con tono melodramático y se lo ve sinceramente apenado. Yo no me aflijo tanto, he conocido y convivido familia desde mi llegada a Venezuela y se me antoja estimulante la idea de partir solo a otros rumbos. Alex es un buen chico, pero como dijo su tía Cheli en Mérida, miente bastante. En realidad no sé si sean mentiras, más bien pareciera que promete mucho y cree fervientemente en su capacidad de cumplirlas. Pero, a decir verdad, la mayor parte del tiempo está apenándose por algo que no pudo cumplir. Me da un poco de pena, porque es un gran amigo y con menos de la mitad de lo que me ha brindado, me hubiera hecho sentir bien igual.

Al salir de Maracaibo solo se siente calor y el deseo de huir. Por suerte, el aire que se cuela por las ventanas del micro me alivia un poco. Casi ocho horas de viaje y varios medios de transporte me dejarán en Tucacas, un pueblito costero en el estado de Falcón. Allí llego luego de pasar por Coro y sortear una huelga local que cortaba la ruta.

“Acá solo podés entrar hasta las diez de la noche. Después de eso cierro la puerta y dormís afuera”. Carlos no es nada simpático, pero con las horas se irá haciendo amable y servicial. En su casa consigo una habitación digna, pero repleta de mosquitos y calor. Carlos habla más cerrado que el resto de los venezolanos y tiene achaques de viejo cascarrabias. Aún con eso, acabará por ser un buen guía local y se mantendrá bondadoso –aún cuando siempre tenga el entrecejo fruncido y se rasque la cabeza disgustado—hasta mi partida.

Quizás se haya ablandado por el verde dólar: cuando le pago me ofrece cambiar bolívares a seis punto cinco y eso me vale su gratitud. La única vez –y espero última también—en que vendo mi amistad y buen trato. Qué triste se me hace la gente que siente con los billetes.

En la mañana me despego de la cama con esfuerzo y me ducho en mi habitación –con agua podrida de un tanque–. El recorrido tempranero me dará varias horas en las playas más impresionantes que jamás haya visto. Un paraíso relativamente virginal. Cayo Sombrero es el más impactante de los destinos. Agua cristalina es un clisé, pero es así. Azules intensos hasta hacerse grises y la mágica inmensidad de la soledad en compañía del viento.

No sé qué decir.

Playuela es un paso previo y deslumbrante, pero menos que lo que llega después. Cuando encuentro un tronco donde reposar y dejarme abatir por el sol en forma despreocupada, me avisan que es la hora de partir.

En la lancha –que por cierto se tambalea en el vaivén de las olas golpeando con fuerza y poniendo a prueba mis nervios—conozco a cuatro maracuchos alegres, pero infinitamente opositores y enojados. Son trabajadores de un casino de Maracaibo y se quejan de absolutamente todo. Son de clase media y media baja. Cobran entre mil doscientos y cuatro mil bolívares y llevan entre dos y doce años en la empresa que, reconocen, los explota.

“Esto es desastroso porque sacaron a los que manejaban las empresas estatales –PDVSA, ENELVEN, etc.—y pusieron gente impropia. Todos los presidentes ponen y sacan funcionarios, pero este ha politizado las empresas”.

No sé por dónde comenzar a desarticular el discurso apolítico de mi interlocutor de ocasión. Alberto se acomoda los anteojos y se acaricia la panza prominente. Mira y escucha atento, pero tiene su visión muy clara: “El único medio aceptable es Globovisión”. Cuando una conciencia está tan dormida y el cordero tan encarrilado, me da pena. Una profunda pena, pero sobre todo me aburre soberanamente.

De alguna forma logro explicarle que a mi visión todo es político. Que es lógico que un Gobierno quiere el control de las empresas vitales de la economía nacional con “su gente” y que, sobre todo, las inversiones privadas, que él endiosa, son las que expolian su propio trabajo. Alberto está de acuerdo con que una empresa privada explota, pero de alguna u otra manera se las ingenia para restarle importancia y hablar de las miserias de un hombre: Chávez. El Presidente es precisamente eso. Un hombre, una pequeñez con miserias y bondades. Un hombrecito con contradicciones y mucha vocación de lucha. Aún errante y sin un sesgo unívoco.

Sé que algo quedará n Alberto y las tres mujeres que bebían cerveza y bostezaban con nuestra conversación. Será poco, o algo, ya verán ellos. Yo queriendo discutir sobre las miserias del capitalismo y ellos tan empecinados en cuestionar a una figura y en subirse lo más posible a las migajas que el sistema les tiene preparadas.

Cuando me cuestiono sobre la capacidad del oprimido para ver su situación, encuentro a José y Carla, dos caraqueños de clase media alta. Ellos, que tiene todos los vicios de su condición de clase –oro, joyas, viajes y preferir Estados Unidos a todo–, al menos ven cosas positivas en el proceso chavista. Y yo, tan ajeno y desnudo de libros, trato de entender el porqué.

José es ingeniero en sistemas y trabaja para una naviera. SU novia trabaja en migraciones en el aeropuerto Maiquetía. Tienen camionetas y planes de riqueza y viajes. Son, como el venezolano promedio, bon vivants. Aún así buscan ser medidos y respetan mi socialismo anticuado –porque aquí corre el del siglo veintiuno, claro–.

José y Carla me llevarán hasta Caracas en su camioneta lujosa. Les agradeceré porque en Venezuela es difícil que te lleven a dedo. La gente es miedosa e individualista cuando está a bordo de sus naves solitarias y sectarias.

Tucacas me deja sus cayos enquistados en la retina. Tanta belleza natural colapsa los sentidos y embellece hasta la tonta belicosidad de Alberto y sus maracuchas. Ir a Caracas se me hace difícil en principio. Porque se dice peligrosa. De cualquier forma, quiero ver el epicentro del proceso bolivariano y chavista. Aún hay mucho por descubrir y comprender allí.

Estaré solo quizás, pero me guardo la cálida compañía del mar y las aves que pululan por Tucacas y sus cayos. Mientras José habla de cambiar su camioneta y Carla refuerza y renueva su amor por Disneylandia –“¿A Cuba?, mira que si te sellan el pasaporte ya no podrás ir a EEUU”—miro el mar a lo lejos y el sol de la mañana recordándole su amorío nocturno con la luna que aún no se va. Allí, donde el aire es salado, vale recordar que la felicidad es inmaterial y no se la aprehende en ningún objeto. La vida, con tanto anhelo material, se cuelga de la nada y pierde sentido. O, al menos, lo retrasa. Lo disimula.

La plenitud excede al ser humano. Que se contente con joyas o con besos, eso ya está en cada quién. En Tucacas, al menos, solo hay que respirar. Inhalar, exhalar. Así.