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Crónica nómade en papel.

Una nota que publiqué hoy en Tiempo Argentino. Buen diario, pero al que querremos más cuando nos dé una versión online facilitadora de estos menesteres.

Capítulo 32º – San Crsitóbal. La familia Saavedra

“Yo no lo puedo ver. Es cierto, adecos y copeianos se repartían todo lo robado antes, pero este es peor”. Las palabras de Cheo –José—rebotan en las paredes blancas de su bonita casita colonial, en un barrio tranquilo de clase media en San Cristóbal. La ciudad es opositora y el departamento de Táchira casi que también, pero entre gobernación e intendencia –alcaldía aquí—se cuelan chavistas y eliminan a los antiguos trabajadores del Estado local. Cheo y Rosa, su esposa, eran parte del staff público. De ahí proviene parte de su furia anti chavista.

La familia Saavedra vive bien. No pasan apuros, pero tampoco les sobra dinero en exceso. Cheo es hoy director barrial o comunal, o alguna otra figura similar, y Rosa vende hallacas y bollitos, entre otras delicias venezolanas hechas con harina de maíz, carne, frijoles y arepas. Los hijos son grandes y se bancan solos ya, pero conviven los cinco. Además de mamá y papá, están Jhonathan (30), Jefferson (28) y Jackson (18). Ah, también la novia del segundo, que está embarazada de ocho meses en estas fechas.

Jhona. Saavedra y Táchira, genética pura.

Llego a casa de ellos por una amistad entre mi hermano Abuty y Jhona, que se originó en la Copa América de 2007 jugada en ese país. Me reciben como un miembro más y en solo una semana me ganaré su cariño. Y ellos, claro, el mío.

Los dichos de Cheo sí agotan, porque habla fuerte y mucho. Pero sobre todo porque le añade pizcas de discurso ético, moralista y abrumadoramente soberbio. Es un gran hombre, cálido, chistoso y atento. Solo se descarrila a mis ojos cuando habla de Chávez y le salta la térmica. El bigote prolijo se mueve al compás de su labio superior nervioso y las venas del cuello y la frente se le tensan y marcan. Rosa es infinitamente más conciliadora y me cuida como a un hijo más. Me alimenta, se preocupa por mis viajes y se interesa por mis diatribas izquierdistas con respeto. Creo que hasta logra entenderme.

“No digo que esté todo mal, pero nos limitan todo”. Jhona no comparte conmigo. Sí me entiende, pero tiene una cuestión de piel con Chávez. Y, claro, algo más pragmático –igual que Alex, el maracucho—, ambos viajan mucho y van seguido a la Argentina. Su preocupación pasa por la escasa cantidad de dólares de los que pueden disponer para viajar.

El tema del dólar es uno de los más complicados en toda Venezuela. Claro, en los que acceden a esa divisa o pretenden hacerlo, no en las mayorías. Oficialmente a 4,3 bolívares por dólar, pero en posible alcance desde 6,2 hasta 8 bolívares por dólar americano. Oficialmente vedado a los venezolanos que, en afán turístico o consumista –pues hablamos de clases que pueden darse ese lujo–, se quejan y hastían. La medida es, oficialmente, para parar la fuga de capitales, pero hay tantas formas de violar la norma que parece ridículo. Además, los empresarios ligados al poder y sus resquicios siempre habitables por funcionarios y manos negras con acceso, suelen hacerlo sin problemas. Y no son los únicos.

Jeferson me cuenta de las maniobras que se tejen en Cúcuta con la compra de cupos y el paso de tarjetas. Los intermediarios ganan miles en esa tranza. Y, si bien hay control, el negocio no cesa. Él trabaja en un banco y tiene su auto propio y su Blackberry lógica. Ni decir que odia a Chávez. Es un gen en los Saavedra y en casi toda persona de clase media de Venezuela.

D'artagnan. Y sus tres Saavedras.

Jhona y Jackson también tienen sus correspondientes Blackberry. Son sencillos, pero no analizan más que desde su interés personal. Como Cheo, aunque él, padre y ético, viste su discurso con el perifollaje del bien colectivo y la limpieza política.

Ninguno me concede bonanzas, pero reconocen que antes tampoco hubo buenos políticos. Hay algo de automatismo en la queja. Chávez logró ser líder omnipresente y le valió amor desquiciado de muchos, pero también la culpa de todo lo que allí ocurra.

“Acá si no llueve es culpa de Chávez”, me dirá un amigo chavista en Caracas unos días después. En la broma hay mucho de verdad y poco de gracia. La realidad venezolana es estimulante y el proceso –que tiene dinámica, aún incómoda y desorganizada—, muy vivo.

Entre los Saavedra comprenderé un poco más el espíritu antichavista y la familiaridad de estar como en casa. Es arduo no caer en una defensa de Chávez cuando las críticas son tan sosas ó, peor aún, egoístas. Por años, han vendido al venezolano promedio una cultura de alcohol, consumo y más consumo.

Jhona será como un hermano temporal y hasta me conseguirá un trabajo. Una changa digna. “Pasame un chori, che”, me dice cerca de las dos de la mañana. Yo llevo seis horas al frente de una parrilla en la fiesta para trabajadores del supermercado en el que trabaja. Serán siete horas de laburo, quinientos chorizos y quinientas mazorcas asados en una carreta con parrilla empotrada. El calor y la exigencia de los empleados festejantes, pero cerveza libre y cienco cincuenta bolívares para mi economía viajera. Yo me divierto como loco entre las bailarinas de salón, un Sargento García y cuarenta vaqueros. La fiesta, claramente extranjerizada, es de cowboys.

Allí conozco a dos panas interesantes que algún día quizás vuelva a cruzar. Son divertidos y frenéticamente venezolanos: adoran la fiesta, el alcohol y el buen vivir. Son divertidos y están tristemente corroídos por una cultura pervertida a los intereses capitalistas. Y, entre tanto, entre cerveza y compra, entre aguardiente y fiesta, el mundo gira y pisotea a los desposeídos y olvidados que no tienen acceso a la fiesta. O, peor aún, a la fiesta sí, pero a los regalos no. Solo a la resaca.

Esa es la idea que se despierta conmigo y la resaca del día después. Es triste y no quiero la hipocresía del moralista. Yo quiero una cerveza y me gusta vivir bien, pero soy consciente de lo colectivo. O eso creo. O eso digo y grito. Conjunto que, para bien o mal, tiene que comerse inevitablemente a lo individual en algunos casos.

Tirano es quien no sepa dominar su propio interés. Tirano quien hable sin vacilar sobre las limitaciones a su consumo. Tirano el que olvida a las masas oprimidas. Los Saavedra me conmueven por su hospitalidad y su clara vocación de brindarse. Lamento que se reduzca al núcleo íntimo.

Saavedra. Bondad y familia.

Cuando el ser humano promedio extienda su cariño a la humanidad completa, será más sencilla las faena emancipatoria. Hasta entonces tendremos millones de Saavedras. Bondadosos, cálidos y emocionantes, pero inocente o inconscientemente egoístas.

Capítulo 31º – Colombia aparenta.

“Cúcuta es muy bonito, podés ir a muchos centros comerciales”, me dice Rosa, la mamá de Jhonathan. Ella es bondadosa y cálida, pero no sabe cuánto detesto la fascinación de los venezolanos con los shoppings y el consumo. Empiezo a creer que los problemas con Chávez, el racionamiento y la escasez tienen más que ver con una devoción por el consumo que con un problema real. Por suerte, con los días veré que no. Qué es eso, pero combinado con torpezas de un Gobierno que no acaba por tener un rumbo definido.

Llego a Cúcuta por aventura. Ya estando inmerso en Venezuela, no hay necesidad de regresar a Colombia, pero hay dos motivos para mi viaje hacia allí –que requiere sólo dos horas–. Primero están las ganas. A los trece años, con unos compañeros de la secundaria formamos un equipo de para un torneo de fútbol cinco con el nombre del equipo de esta ciudad, Deportivo Cúcuta. Para más emoción –o ganas—a ese equipo lo dirige hoy Juan Carlos “el Nene” Díaz, que es amigo de Claudio Jara, mi entrenador en Buenos Aires. Pienso visitarlo y entrenar con ellos. En segundo lugar aparece la búsqueda del temor. De alguna forma Venezuela lo fue –por las advertencias previas—y Cúcuta lo es, por las voces que mencionan a gritos el peligro fronterizo.

Cruzaré como pensaba: a pie y sin problemas. Incluso busco yo mismo los puestos de migraciones a ambos lados de la frontera, porque los locales –de ambas banderas—circulan libremente. Evidentemente el discurso que cubre el sentido común de los loros y los medios, sigue recortando el pensamiento independiente.

Ya en la caliente Cúcuta camino con un recién conocido hare krishna hasta el centro de la ciudad. Es agradable y me invita a comer al restorán de su templo, pero desisto porque prefiero buscar un hospedaje antes de que oscurezca. Diremos de vernos luego, pero no lo haremos. Hay algo de su espiritualidad que me agrada, pero algo de su pasividad resignada o elegida y amable, que me exaspera.

Entre el imponente Mall Aventura y la Plaza Centra, obviamente Santander, como San Martín en casa y Bolívar en Venezuela o el centro de Colombia, se disparan centenares de negocios y más comercios. Si es cierto que en Venezuela también hay, pero Colombia no suele destacarse por ello y en Cúcuta, como su fuera una estrategia de seducción al punto débil del venezolano promedio y consumista, brota el comercio por doquier.

No hay mucho más allí, aunque la ciudad no sea fea y me guste sentarme a tomar café y ver a la gente pasar. En el hospedaje me aseguran que la zona es peligrosa en la noche así que vuelvo temprano e intento dormir con ayuda de un ventilador y un agua mineral tibia. Seré aventurero, pero sé cuando resguardarme a tiempo.

Ya en la cama encuentro el debate pre electoral entre los seis candidatos presidenciales con más chances para la prensa “especializada” de Colombia. Santos, Mockus, Petro, Noemí Sanín, Vargas Lleras y Pardo. Entre el del Partido de la U –de Unidad y Uribe–, la conservadora, los liberales y tembleque Mockus, no hacen más que tirarse flores, disculpas y concesiones. El único que disiente con firmeza y expone con criterio ante el embate de los otros –excepto Mockus que, intuyo, algo esconde—y aún de los “neutrales” periodistas, es Petro, del Polo Democrático. Me agrada su oratoria punzante, si chicana precisa y que no se pone nervioso. Claro, por eso mismo que me gusta es por lo que no ha de ganar: firmes propuestas de un programa socialista.

El debate me duerme finalmente, pero antes alcanza a decepcionarme Mockus en un ochenta por ciento. Tibio, le pide perdón a Santos y a Uribe y no se juega en nada. Estratega, pero la mejor de esa noche, en ese sentido, es Noemí, que parece tener un doctorado en marketing político. Igual, si a prensa no se equivoca ni manipula –-risas sugerentes golpean mi mollera–, Santos entrará en segunda vuelta junto a Mockus. Mala suerte, habrá que volver a apoyar al tibio para evitar al demonio. La historia se repite. Siempre.

Amanece más fresco y camino al estadio. El Nene me ha dicho que pase a las siete de la mañana, para el entrenamiento. Es a esa hora por el insoportable calor. En Cúcuta se ven más shoppings y menos militares que en el resto de país. Apariencias engañosas que engolosinan al venezolano, claro. Llego al estadio y, mientras me recibe el profe, descubro la facilidad con que se accede al entrenamiento de un equipo de primera división. No sé porqué, pero me sorprende en un país en el que se respira temor.

Veo todo el entrenamiento, en el que destaca el ex Parma de Italia, Jorge Bolaños, y luego de patear un rato con los que quedan afuera, espero la salida del profe para charlar un poco. Los entrenamientos de primera no son tan diferentes a los de un equipo de amigos. Trenzas, centros, definición, ataque contra defensa y el infaltable picadito. Lamentablemente no me animo a pedirle al Nene que me pruebe de cinco o de tres, al menos. A modo de cierre a mi inexistente carrera de futbolista, me prendo un cigarrillo.

Juan tiene un hablar paisano. Se alegra de ver un conocido y se le nota. Amable, con ganas de triunfar y de ver a su familia. “Uno vuelve cada tanto para no acostumbrarse a la distancia. Eso es lo que es más feo, cuando te acostumbras. Bueno, vos estás viajando y me entendés, seguro”, sonríe el profe. Yo la verdad no sé si entiendo el desarraigo del que se asienta en un lugar. Viajar en forma permanente expone al hombre a la constante sensación de ser ajeno y estar solo. Aunque logre familias y gente con que jamás dejará de tener un lazo en el ovillo de la memoria viajada, repite sensaciones de extrañar y de soledad. Es un desarraigo distinto, pienso.

“Qué pena que no pudimos hablar más, si volvés venite y buscame che. Suerte en el viaje y saludos a Claudio y a Adrián”. El profe me abraza con sus manos ásperas y entre las arrugas al costado de la boca, leo las ganas de un asado en familia. Aunque, claro, también quiere triunfar allí y que le renueven el contrato. “La vida es así, a veces te sorprende. Yo estaba en San Antonio –pueblo fronterizo con Cúcuta, del lado de Venezuela—y estaba muy mal. Nos había ido bien en el primer torneo y luego de ascender nos fuimos a pique. Encima es muy pobre, ni un peso veía. Ya me estaba por volver a casa, pero jugué años acá y me llamaron para agarrar el equipo”, dice con los ojos iluminados.

Se lo merece, pienso, mientras me muestra los buzos que le pidió a los arqueros para llevar al clubcito de San Antonio. Donde nadie le pidió nada, pero al que él siempre vuelve. Luego sí, me despido y él se queda hablando con el cura local para que bendiga al equipo antes del partido del domingo.

Camino rápido hacia el Mall Aventura porque Leo –amigo de Jhonathan—me viene a buscar hasta esta ciudad y es la hora acordada. Esto sirve para refutar la idiotez del venezolano hostil, pero ya me liberé de prejuicios cuando dejé el rol de cientista social un par de capítulos atrás.

Leo se retrasa y yo hago lo que más me gusta. Compro dulce de leche y lo disfruto, mientras leo en un banco enfrente del mall.

Una vez más a las fronteras y sus sorpresas. Mientras cruzamos el puente y ya habiendo sellado mi pasaporte, veo a ambos lados los símbolos del contrabando. Changos, parces, panas o chamos, llevan mercadería de un lado a otro. No doy crédito a la insolencia. No la de los peones, que no es grave, sino la de los ejércitos, que se la dan de severos y no son más que,  otra vez, simples espectadores. Colaboradores y rectores de lo que dicen evitar a punta de pistola. Menos mal que Argentina tiene un ejército débil, sino todavía estaríamos aún más fregados. Lo sé, una obviedad amarillenta y setentosa, pero con ferocidad latente aún hoy.

Ahora sí, adiós a las armas. Como Hemingway, dejo el país del ejército más presente y ya no volveré. Aunque su gente sea dulce y el éxtasis de su café un Olimpo. Lo extrañaré, pero no por su costado aparente en Santander. Allí en el norte, donde Cúcuta se pervierte para atrapar al venezolano.

Anticipo (?) Costa Rica

Nota publicada ayer en Tiempo Argentino.

Capítulo 30º – Barrismo en San Cristóbal. Deportivo Táchira.

“Yo quiero que el barriiiiismo crezca”.

Gamín me habla con los ojos rojos, mientras se saca la camiseta de Atlético Nacional de Medellín, que le regaló la gente de esa barra. Estamos en su casa, donde vive con su novia embarazada –“está brava porque no dejo la barra”—y unos amigos. En el departamento de planta baja de un mono bloque típico de las ciudades de Latinoamérica. Tomamos agua y él algún sorbo de vino en cartón. Lo conocí ayer en el partido del Deportivo Táchira en el Estadio de Pueblo Nuevo –“El Templo”–, donde dicen que Caracas FC no viaja y donde la leyenda cuenta que incendiaron el bus de ese equipo hace once años. En Venezuela, más acostumbrados al beisbol, le dicen juego.

Chávez. Siempre presente.

“Perdón por lo de ayer, estaba pasaaaado”. Gamín se disculpa. Hoy está sobrio al menos, pero sus gesticulaciones y modismos lo hacen ver igual. Fanático del Táchira y de Chávez, habla estirando las vocales del medio y, a veces, las del final. Un ejemplo, cuando le digo que acá la barra es más sana que en Argentina y dice: “Claaaaaaro, Papaaaaaa”.

Hablemos un poco de eso. De la barra “sana”. Es domingo cuando llego a San Cristóbal y Jhonathan, que me hospeda en su casa, es fanático del Deportivo Táchira y me lleva al juego. Allí estoy en mitad de la barra más brava de Venezuela, con mi camiseta de Central –aunque sea un regalo del profe Marcovich, ex Táchira y fanático canalla, a Jhona–. Todos se me acercan. Un hincha argentino en un estadio de fútbol venezolano genera una atracción incomprensible aunque explicable: veneran a las hinchadas argentinas, su organización y su mística televisada.

Central. Presencia canalla en Táchira.

“Yo quiero eso para mi equipo, pero sin lo de la mafia”, explica Gamín con su voz en modo lento y cortado. Es exaltado, rubio, de ojos claros, tez blanca y panza de poco ejercicio y mucha cerveza. Panza de Venezuela.

Gamín es parte del comité principal de la barra y trabaja en la boutique del club. Me regala una remera –franela por estos lares–, un gorro y me muestra los innumerables tatuajes de los fanáticos del club en un video de youtube. Me pide que lo contacte con los hinchas de Central y que difunda al Táchira en Argentina. Por él, pero sobre todo por la infinidad de amigos que dejo en esa barra –me llevo bufanda, pulseras y hasta posters–, cumplo.

Táchira tiene solo treinta años o algunos más, un bonito estadio que fue sede de la Copa América y dos jugadores argentinos, Nico Diez –aquel campeón del Mundial Sub 20 con Riquelme y Cambiasso—y David Solari –el menor de la dinastía–. A ellos los conozco apenas salen del entrenamiento al que me lleva Gamín y quedo para cenar con Solari, confeso hincha canalla. Finalmente no podremos, pero me llevo la gratitud de volver a sentir el calor que se genera cuando dos desconocidos hinchas de Central se encuentran en algún rincón del mundo.

El Che. Otro que siempre está.

Con los chicos de la barra –mucho alcohol, pocas drogas, ninguna delincuencia—pasa algo similar. Ellos están embelesados con mi argentinidad futbolera y yo les reconozco el desmadrado esfuerzo para que crezcan el club y, sobre todo, la hinchada. El equipo está tercero y no superan los diez mil fanáticos en las tribunas. El partido con el Deportivo Mónagas comenzó mal y se revirtió. Me toman de amuleto y me invitan a seguir su rumba hasta Caracas, para el clásico del miércoles, pero tengo un viaje relámpago a Cúcuta que no me lo permite. De todas formas los que no viajan se juntarán a ver el partido en un bar del Barrio obrero –irónicamente una zona símil Palermo de San Cristóbal—y allí estaré yo, para sufrir el revés del cero a uno inmerecido. Me iré bebido y con el orgullo de que me incluyeran a tal punto de que les dejo una canción para que suene en su barra. Sería un honor que los locos de la Avalancha Sur y la banda de la Vereda canten mi pequeño regalo.

Gamín intenta explicar que no vive de eso, que trabaja en la boutique y que su familia tiene mucho dinero. A pesar de estar pasado y enajenado por el fanatismo y algunos licores de más, es inofensivo, cálido y le creo. No así cuando habla de socialismo y revolución. De Chávez y de su familia, que tiene dinero porque trabaja en logística para el Gobierno y otras yerbas del PSUV.

La Avalancha Sur. O la Banda de la Vereda.

Gamín –su verdadero nombre es ruso y no lo recuerdo– sabe de las necesidades de los que no tienen, pero no tiene puta idea de hasta qué punto llega su enajenación y las palabras le brotan de la garganta.  Se ahogan en un oleaje balbuceante e indefinido. Apenas comprensible. No volveré a verlo, pero ojalá pueda tranquilizarse y ser más calmo, como Jhona y Andresito. Ellos lo llevaban a la cancha cuando era un chamito apenas. Ojalá por él, por Táchira y por el hijo que vendrá. Es un buen tipo y se le nota, pero visiblemente enajenado por el barrismo y el socialismo superficial.

Capítulo 29º – Los mitos de la Venezuela chavista. Parte II.

Venezuela le gana a la mierda por dos y yo, cientista social épico y heroico, pienso seguir buscando en forma tenaz. Hasta que los libros que hablen de este libro cuenten como un día de diciembre de 2009, el ignoto cronista y científico de la sociedad, Brian Majlin, emprendió la ingrata travesía por Latinoamérica para descubrir los males de esa particular y corrompida sociedad. Es decir, hasta que no esté embadurnado de mierda de pies a cabeza, no vuelvo a casa ni salgo de Venezuela.

En un proceso intenso de reconocimiento de campo, salgo por las calles de Maracaibo para hundirme en su basura. Con Ale vamos de bus en bus y a poco voy ganando noción del ciudadano tipo de la ciudad. El maracucho es bravucón, pero no es hosco. Si busco el caos me equivoqué de lugar. Y no por la pintoresca Universidad pública, sino porque esta ciudad no se parece en nada a la debacle pintada desde afuera.

El centro es bonito, a excepción de la zona ferial lindera al terminal de buses. Es cierto que hay racionamientos de energía y Venezuela sufre una de las peores crisis energéticas. Algunos –el Gobierno, por ejemplo— hablan de falta de lluvias y escasez de agua en la represa hidroeléctrica de Gurí, que alimenta energéticamente a casi todo el país, e incluso a partes norteñas del Brasil.  Otros acusan al Gobierno por regalar energía a vecinos y no invertir en infraestructura. Es cierto que la gente protesta y también es cierto que la omnipresencia de Chávez agota. Y no porque todo sea malo y caótico, sino porque la repetición es dañina. Pruebe usted de mirarse veinticuatro ininterrumpidas horas a un espejo y fíjese si se quiere o se odia.

A Chávez se lo ve las veinticuatro horas, en buses, carteles, puentes, escuelas, edificios públicos, televisión y radio. Sí, Chávez se las ingenia hasta para que por radio se le vea. Y amén de cosas interesantes y positivas, la sola idea de ser un gran hermano orwelliano le quita valor. Hasta los tontos del reality se salían de su vaina y tenías raptos de lucidez. O al revés.

Chávez hace tres bienes, cuatro males, dos bienes, un mal. El problema es bifacético. La faceta incontinente y la faceta inconsistente.

“A mí no me gusta, yo prefiero la oposición. Estos cortes de luz me tienen cansado.”

La frase anterior podría ser de Alex, su padre ó las tías. O la temible abuela. El problema –y Alex lo reconoce–es que no fundamentan sus odios. Con él paseo día y noche y, en todos los sitios, se hallan odios y amores chavistas. Pero no veo que todos sean opositores, como se dice allá afuera de los límites del país.

AFA. Alex y su fanatismo.

“Yo lo adoro, me da como devoción. Es como Dios para mí.” La madre de Alex es la antítesis de su familia, pero da una idea de los males de Don Hugo, que no puede generar apoyo u oposición, pues las pasiones que desata lo superan.

Por cierto, los cortes son programados y si se gasta menos energía en la zona que corresponde al domicilio, se premia a los vecinos y no se corta por un día. Planificación de los recursos. ¿Por errores previos o por un cambio en la cultura económico administrativa? Arriesgo un pedazo de cada, como todo lo que veo por estos lares.

Los medios, claro, son otra cosa. La oposición desfila día y noche por los canales opositores. La gente se expresa. Dicen que si no se es chavista es difícil sostener un empleo en algunas dependencias públicas. A eso y al cierre de RCTV parecen limitarse las denuncias por la inefable y mentada libertad de expresión y prensa cercenadas. Aquí cada quien suelta su vaina, creo.

Maracaibo reluce por la transpiración. Caminar sus calles se torna complicado. El caos y la mala situación de Venezuela están recubiertos de petróleo. Maracaibo, centro petrolero y de riquezas, tiene su epicentro chabacano y cipayo en el cento de cualquier ciudad cosmopolita: Mc Donald’s, Burger King, Wendy’s. Y Subway, claro.

De tradición y riqueza, de Hummer, Grand Cherokee y mucha camioneta. Venezuela y Maracaibo también tienen miseria eh, no se crea que no. Es más, tiene las dos características complementarias que definen a la miseria: un capitalismo que goza de excelente salud –aunque los dichos digan decir socialismo–, y está en Latinoamérica.

Por la noche me despido de la tía y de la prima. Son parientes de Alex, pero me atienden como uno más y el cariño es genuino. La calidez de esta gente es entrañable.

Al llegar a Mérida siento un cambio de aire. Ciudad universitaria por excelencia, epicentro turístico y comercial, se me hace amable, pero más artificial. Más amurallada. De cualquier forma, el fresco me alivia el cuerpo. Maracaibo es la ciudad más fría del mundo. Claro, sus cincuenta grados obligan al aire acondicionado infinito y cíclico. Eso también explica el consumo de energía y el hecho de que el clima sea importante. Describir un lugar por su temperatura es un error, pero cincuenta grados en pleno cemento le dan relevancia. Créanme.

-Chávez es un desastre. Esas tierras son ocupadas con aval del Gobierno. Ahora los dueños no las pueden reclamar.

-¿Pero las usaban? –pregunto a Alex, incrédulo.

-No.

A veces no entiendo las quejas. Y tienen motivos eh. La mentira, el personalismo, la social democracia capitalista en nombre del socialismo, los beneficios para funcionarios o allegados, las expropiaciones incontinentes –no, todas no se justifican aquí–, las decisiones equivocadas; pero no, eligen quejarse por lo bueno ó, al menos, digno. Quién pudiera tener un aval para que los “sin tierra” se apropien de los terrenos ociosos en desuso. Eso es mejor, sin ser chavista o populista exagerado, que la policía y la justicia amparando desalojos de ocupas desocupados y mutilados por la guillotina de la propiedad privada.

No hay duda de que la gente con más, sufre las embestidas populistas del jefe, pero la burguesía nacional se enriquece y en Mérida pululan los centros comerciales y los autos de lujo. Parece pueril juzgar una queja por sus riquezas subyacentes, pero es demencial la cantidad de centros comerciales en este país. El socialismo del siglo XXI pareciera una extraña combinación entre la popular repartija reivindicativa de Perón o Roosevelt, la frivolidad licuada de Ménem, y la liturgia y simbología de Fidel y el eternamente joven Che Guevara. Lo triste es que la queja es siempre por derecha. Siempre cívica y por el bolsillo o la ética. Claro, la clase media es esquizofrénica: vive como clase baja, oprimida; y piensa y actúa como clase alta, opresora.

Me acosté apenado con la queja y casi resuelto a emitir juicios sobre lo observado, pero aún esperaré unas horas. Mérida amanece con sol y todo el destello de sus casas coloridas invita a sentarse y hacer lo que más me gusta: mirar con un termito de mate y la radio encendida, para ver cómo andan los medios. Opositor, chavista, opositor, opositor, chavista. Juego a ver quién es quién, hasta que uno me sorprende.

“Si quieres riqueza, estudia –reza un locutor en el efe eme ciento dos punto uno del dial–. Rico en luces y conocimiento, más que en riqueza material”.

Al principio me suena a conformismo religioso para la masa oprimida, pero el locutor del canal clásico prosigue: “Derecho: Pertenece a la superestructura. Marco jurídico que engloba las condiciones de producción y es manejado por el Estado”. El micro cierra y anuncia programas culturales, educativos y hasta de educación sexual.

Radio Nacional de Venezuela me deja una sensación binorma. Agridulce. Enseñanza superficial de teoría marxista y adoctrinamiento cuasi dogmático. No alcanza para ser grandioso, pero es un paso adelante. Sin dudas será más fácil la desenajenación y toma de conciencia de un pueblo ducho en simbología y nociones socialistas que en otro, pero eso no lo desenajena, claro.

El problema de Chávez se resume en ese micro radial: es el mesías y dicta a las masas el socialismo que él interpretó e inventó para Venezuela. Y ya se sabe que, lamentablemente, no se estudia su designio socialista, se cree o no se cree. Como con Dios y sus feligreses.

Paso el dial en busca de la oposición y encuentro un programa argentino en el ciento cuatro punto uno. Un programa cristiano sobre política y actualidad en el que Dario Bruno menciona el problema de la contaminación visual en la Avenida Lugones, las ordenanzas municipales y las violaciones. Sí, todo eso, y dice que las necesidades despertadas por los carteles lascivos generan violencia sexual. Y pide una toma de conciencia sobre la posibilidad de que un ser humano sea contaminado por lo visual y sobre el deber de mantener una higiene mental

Cambio asqueado y azorado y me hago devoto chavista por media hora. No elijo ningún aleccionamiento, pero el Dios venezolano del siglo XXI está a años luz del antiguo Dios cristiano. Salgo a la calle a meditar con menos prejuicio y ganas de volver a ser simple hombre. Al parecer, las cosas no son como las explican.

Páramo. La culata y la nada.

Antes de subir al páramo de la Culata y deslumbrarme con su pacífica y silenciosa belleza, me acerco a la Plaza Bolívar –una en cada ciudad, claro—en busca de libros y me llevo siete de un tirón y por solo cinco dólares. Esto también es la Venezuela chavista: cultura accesible.

En la Plaza hay un puesto del CNE, porque en unos días son las elecciones primarias para elegir los candidatos partidarios a la Asamblea Nacional. En Venezuela hay una apatía y ausentismo impresionantes, como en cada país de Latinoamérica en el que el voto es opcional.

También hay un puesto que me llama. Anuncia “La Gran Campaña”. Allí conozco a Guillermo y Juancho. Uno, activista político de izquierda desde hace una década y miembro de un grupo universitario que practica el entrismo –radicalizarlo desde adentro– en las filas del PSUV de Chávez. El otro es miembro de Tatuy Tv, un medio alternativo para la independencia ideológica.

Guillermo me explica las ideas de su “Integración Universitaria”. “Queremos exigirle que deje a la pequeña burguesía y se apoye en la izquierda para que esto sea una verdadera revolución”. Parece interesante, pero llevan once años de derrota o atraso, según como se mire.

Ambos aúnan esfuerzos para firmar un petitorio y llevarlo al Palacio Miraflores (presidencial) para que éste se radicalice. También exigirán que se otorgue más poder al Ejecutivo en caso de que los legisladores elegidos se borocoticen, para que pueda revocarlos.

Tatuy Tv está por fuera de las guerrillas comunicacionales oficiales, porque son para escuelas y alumnos, pero Juancho se siente un guerrillero comunicacional y está un poco resentido por no ser incluido en los proyectos oficiales.

Intercambiamos datos y me olvido de ser cientista social para humanizarme nuevamente en el almuerzo que me sirve la prima de Alex. Todos en Venezuela me reciben como en mi propia casa. Mañana en San Cristóbal veremos que se encuentra, pero este país me agrada y vence los preconceptos. Tiene miserias y bondades, como cualquiera en Latinoamérica, y, a diferencia, vive un proceso de profundo cambio –y  de contradicciones señaladas—que inevitablemente divide aguas y surca el latir de una sociedad.

Eso es Venezuela hoy. Cerveza, calor, capitalismo con parches rojos, ambiente caldeado y mucho para conocer, escuchar y descubrir. Claro, antes habrá que olvidar lo que se haya enterado uno desde afuera.

Capítulo 28º – Los mitos de la Venezuela chavista. Parte I.

Un mito, una leyenda o un cuento. Todo aquello que se tiene por cierto sin necesidad de comprobarse su verdad. Pero yo soy un cientista –entre científico y cuentista– social y he de embárrame de mierda para descubrir si la comida es lo que sale y huele tan mal. No me basta la fe, así que voy por la corroboración. En Colombia se dice que Venezuela es la mierda –y en Argentina también, claro–, así que allí voy. Hacia el mismo cloacal si es preciso. Nomás sea para honrar la ciencia, porque seré renegado, pero cientista social al fin.

Baja el telón.

Los que dicen son los medios y los que repiten, los loros. Y los humanos, que no tienen plumas verdes, pero que bien podrían. Único animal con la herramienta del raciocinio y escoge la vía inerte de la repetición. No hay más triste que la pereza intelectual y la aceptación pasiva del discurso ajeno. Los diarios dicen, las radios dicen y yo, se puro berrinche, también he de decir lo propio. Si alguna palabra se repitiera –disculpe usted señora, disculpe estimado caballero–, es culpa de lo acotado del lenguaje ó de mi incapacidad descriptiva. Seguramente de ambas.

Cruzar a Venezuela desde la Guajira es sencillo. Las ciudades fronterizas –primero voy del Cabo a Uribia a las cuatro de la mañana—reciben de madrugada. Cuando llego a Maicao, emporio del contrabando y el chiquitaje, así como de los grandes mafiosos que se ocultan tras los vidrios polarizados, recién me estoy sacando las lagañas.

Como Jon, mi amigo wayuu, me indicó bien, no me dejo embaucar por piratas ni naufragios posibles y me embarco solo en la copetrana. Para eso espero a doce personas que quieran salir. Poco acostumbrados, la presencia de un extranjero agita el avispero. Pero como toda novedad, mi presencia acaba por camuflarse y hacerse invisible al cabo de la primera media hora de espera. Luego esperaré dos horas más hasta que la vieja copetrana de amarillo rabioso –símil Toyota antigua—junte gente al grito de “Maracaibo-mara-mara-Maracaibo”.

Ya de cruzada empiezan mis miedos. Todos fomentados por el decir ajeno. Que en la frontera mataron a dos. Que es peligrosa. Que ahora está jodida. Voy con once guajiros y su correspondiente doble nacionalidad. La copetrana, obediente y paga, aguarda mis trámites migratorios. Las aves migratorias tienen una enorme ventaja, pero ya llegará un presidente tirano e insensible al alma libertaria y volátil de un gorrión y echará candado a sus alas alegando violación del espacio aéreo de su parcela mundana y mundial.

Paso sin inconvenientes e incluso me sorprende que, al existir tanto contrabando en la zona, ni siquiera revisen mi enorme mochila de furioso bordó y veintidós kilos. Claro, parece tonto que un argentino que tiene sellos de tantos países en los últimos tres meses y viaja con once guajiros vaya a querer contrabandear algo en las narices del ejército. No de uno, sino de dos; y, para buenas aventuras, al borde del conflicto. Y tienen razón, no revisen que no llevo nada.

Lo dicho. Los guajiros tienen doble nacionalidad y libre acceso. Al menos por aquí. A mí, barbudo, ojeroso y argentino, me pedirán diecisiete veces el pasaporte entre la frontera y Maracaibo, una hora de carretera más adentro. Una vez chequeado, sin problemas. Aunque me ensucie mucho, salí pulcro en la foto del pasaporte.

Al fin Venezuela y las pintadas rojas. Al fin el diz que socialismo, patria o muerte. Al fin la mierda. O no.

Los cuatro mitos que carga el extranjero se evaporan al sumergirse en la marea roja de Venezuela siglo XXI. Oleaje rosita tibio, Caribe, a decir verdad. Seguro es porque en Rusia hacía frío. Las condiciones del contexto hacen a los procesos emergentes. Incluso el clima che.

Cuatro son las enseñanzas que le endilgan a la República Bolivariana de Venezuela puertas afuera. A saber, repitamos todos loros:

a)      Venezuela está muy mal. Es caótica la situación.

b)      Todo el mundo odia a Chávez, pero no hay libertad de expresión, entonces no hables de eso con la gente.

c)       Hay mucha inseguridad eh. Toda la inseguridad, de hecho, está ahí.

d)      Los venezolanos son gente hosca, bruta, nada amables. Ay, son tan distintos a los colombianos.

Las primeras tres horas en Venezuela, para ser sinceros, refrendan esos mitos. Pero si el viajante tiene paciencia y soporta estoico esos ciento ochenta minutos, puede descubrir mucha realidad tras los mitos que suelen llenar las portadas de los diarios que repiten los loros en el continente.

Llegar a Bomba Caribe no es la mejor opción, es cierto, pero ni ahí hay tanta mierda ni huele tan mal. Es real que uno siente algo de temor y aroma a robo inminente, que es sucio, desordenado y ruidoso. Pero nada malo me ocurre. El propio venezolano teme a ese sitio, pero son las dos de la tarde y nadie me ataca finalmente. Los maracuchos y los venezolanos en general, hablan pestes de los guajiros. Ladrones, malhechores y delincuentes. Vagos y mal entretenidos. Los que yo conozco, los veinticinco o treinta esos, han de ser la extraña y amable excepción. Tanto sentido común y colectivo no puede estar errado.

El taxista que me rescata de allí rompe con la regla. No es hostil. Muy al contrario, me pasea por el mismo precio y me recorre el paseo del Lago, el centro, la Basílica, la Catedral y la Plaza Bolívar. Sin enojos me lleva de hotel en hotel hasta que hayo uno que me cuaja en presupuesto y ubicación. Todavía llevo temor y aunque el cani-calvo taxista sude y sea amable, me sigue repitiendo los males de la inseguridad. Muy hostiles no son, aunque algo más secos que los colombianos quizás. El miedo, pienso, actúa con las mismas propiedades en todos los rincones. Por eso esta gente no se habla ni me habla, están muertos de miedo, locos del susto y ni siquiera están habituados a ver turistas.

Ya instalado y asustado, para ser un buen conciudadano y camuflarme, busco algo que ver o hacer allí. Maracaibo no tiene gran cosa. Un centro desordenado y feo, mezclado con calles lindas, una iglesia lujosa que no sale de la norma, una plaza a su virgen –también lujosa y estéticamente agradable–, la calle Carabobo, con su belleza muy Caminito, muy La Boca, de colores fuertes y atelieres de arte y art decó. El impactante paseo del Lago, alrededor del cual suele haber palafitos –igual que en el río Limón–, que son casas sobre el agua y dieron el origen de la ciudad. De su nombre.

Palafitos. Y la mierda que no asoma.

Luego sí, pregunto en una pequeña panadería céntrica qué puede ofrecer esa ciudad. “El Galerías o el Sambil”. Ambos son centros comerciales, malls, shoppings. En Maracaibo –luego veré que se repite en otras ciudades del país—lo más atractivo son los centros comerciales. Qué triste, pienso y me voy a dormir con aire acondicionado en mi hotel que es telo –tiradero aquí—y me deja alojarme solo a pesar de. Antes pruebo contactar a Alexander, amigo de un amigo de un amigo. O sea, un amigo.

“Menos mal que atendiste porque mañana mismo me iba de la ciudad. Qué hostil la sentí”.

Le confieso a Alex mi impresión, mientras tomamos la quinta cerveza de un cajón de treinta. De las pequeñas, aclaro para los voceros de mis vicios. Me recibió, me contó un poco de su lugar y me invitó a lo de su primo a beber. Gran idea.

Paisa. Alex, con su sonrisa pegada.

Maracaibo amanece mejor y me voy a casa de Alex a instalarme. Él estudia diseño gráfico, trabaja en una agencia de Mercadeo –renunciará el mismo día que me mudé a su casa—vive con sus dos hermanos, los padres y el abuelo paterno. Tiene veintiún años, mucha chispa para cualquier cosa que se le proponga hacer –vendrá conmigo a Mérida–, risa estridente y contagiosa y cara de colombiano. De paisa, con labios gruesos, para ser precisos.

Con la familia león descubro otro costado de la ciudad. Cálida y amable. En su barrio todos se conocen, los vecinos dejan las puertas abiertas. Puede entrarse a cada casa y la familia, muy latina, siempre unida. Las tías, las primas, el primo, el hijo del vecino. Cada uno me trata con dulzura y hospitalidad esmerada. En cuatro días ya soy miembro de la familia y todos me alimentan y dan consejos. La abuela materna, hueso duro de roer y tragar, me reta por la barba crecida, por las ojotas que llevo –cotizas, según ella—y me da ponquecitos –muffins latinos– para el viaje a Mérida. Así es mi vida en el mundo de Alex. Allí la amabilidad es ley y uno, inevitablemente, se siente en casa.

“Hey, Bin Laden”. Así me dice un chamo que cuida la puerta de un local de hamburguesas. Ni me ofende ni lo intenta, es alegre y quiere simpatizar. Todos, a decir verdad, lo quieren. Todos aman a la Argentina con devoción elocuente e incomprensible. Fran, un vecino de quince años que ya me idolatra por haber nacido en Argentina, me dice: “Nunca conocí un argentino en persona. ¡Qué alegría!”. Me sorprendo, claro, y no puedo evitar la risa. Es fanático de la AFA –así le dicen a la selección—y Alex también lo es. Él si vio argentinos: estuvo cuatro veces en Buenos Aires y vuelve en unos días. Fanático de verdad.

En Maracaibo se me pasan os días con facilidad. De a dos se pierden en el anecdotario del viaje. Conozco, entre otras cosas, la Universidad del Zulia, pública y de nivel. Y allí, adivinen qué, el comedor para alumnos cuesta cincuenta centavos de dólar, las aulas tienen aire acondicionado y un ciber propio para los alumnos absolutamente gratuito. Yo, orgulloso pero pasmado y envidioso, tengo a la UBA.

Sinamaica. Puerto en la laguna.

Creo que lo dicho hasta basta para desterrar de un paso dos mitos de cuatro. Venezuela no es hostil ni su gente hosca. Se cruza el umbral del miedo con facilidad y, créame, no se arrepiente uno. Venga, haga el intento. Por otra parte, no parece ser tan inseguro, pero: ¿Qué puedo decir yo turista, si se quejan los maracuchos?

¡Ya sé! Puedo recordarles a todos, sean de donde sean, que existe la inseguridad y existen los paranoicos. Que existe la inseguridad y los fomentadores de ella. Que existe la inseguridad en todo lugar en el que la desigualdad cale hondo –y lea historia m’hijo, Venezuela se quiebra en dos en el momento de la distribución de la riqueza: los que todo (pocos) y los que casi nada (todo el resto)–.Que existe la inseguridad, pero que antes sus causas. Como siempre dije en mi inseguro país: si anulamos eso tenemos analistas ciegos y, peor aún, soluciones de mentira. De esas con policía y armas y mucho pero mucho castigo ejemplar.

Yo no quiero eso. Ni para mi país ni para Venezuela ni para ningún terruño inhóspito de este planeta que no se muere aunque lo intentemos con ahínco. Y para eso es que hay que desterrar los mitos. Venezuela dos, mierda cero.

Colombia se prepara para las elecciones…

…y yo les traigo una notita que publiqué hoy en Tiempo Argentino.


Capítulo 27º – El sonido del silencio.

Crac, cric, tlac, rrm, ñam, stac.

Cualquier sonido onomatopéyico podría server para este momento. Se mezclan consonantes con vocales, vocales con vocales y consonantes con consonantes. Mis músculos recuperan cierta tonicidad –puedo sentirlo–. El viento gotea por el contorno de mi cuerpo. De pies a cabeza. Las rodillas se destraban y hacen ruido. Flexiono cada articulación y contraigo y expando cuádriceps y pantorrillas. Y gemelos, claro.

Avanzo con agilidad y me hago uno con el viento. Lo siento. Mis oídos se tapan y destapan. Yo solo corro.
“Más rápido argentino, más rápido”, ríe Edwin con ganas. Me inspira e incita el parcero paisa –de Medellín–. Cuando llego me subo al camión y apoyo las palmas de la mano en las rodillas. Encorvo mi espalda hasta alcanzar un ángulo de noventa grados con mi cintura. Una gota de sudor baja de la frente a mis labios secos. Es salada y arenosa. Respiro, agitado y moribundo, respiro. Estaré así los próximos veinte minutos de viaje hasta el Cabo de la Vela –en la Guajira colombiana–.
John, un australiano soso que conozco hace una hora y que se irá sin avisar al otro día, me regala cigarrillos y cerveza. Es su agradecimiento por correr dos kilómetros por la carretera para recuperar su mochila caída de la camioneta. Los acepto, pero lo hice por el gusto de correr un poco y sentirme agitado. Es un placer morboso el de sentir el límite de las propias energías. En todos los ámbitos, por supuesto.

El Cabo es un lugar especial. Uso esa palabra porque es la única que podría explicarlo, además de que aún siendo genérica, es la única que no dice más que la verdad. Especial, y no especifiquemos más.

Volver. Los hijos Wayuu reciben a papá.

Para llegar se requiere de tres transportes y paciencia:

-De Santa Marta a Riohacha: dos horas, treinta minutos y quince mil pesos.
-De Riohacha a Uribia: una hora y once mil pesos (uno de rebaja).
-De Uribia al Cabo: dos horas, treinta minutos y diez mil pesos (cinco de rebaja).

Infinita paciencia para el polvo pegado al sudor y el calor superior a la media tolerable. Al llegar se ve el mar. En el Cabo vive una comunidad indígena de doble nacionalidad. Los Wayuu son colombianos y venezolanos por igual, viven en cabañas, sin agua caliente ni luz –solo un generador de cinco de la tarde a diez de la noche–. Tienen cerros, morros, mar calmo, mar fuerte, mar cálido, mar fresco. Mucho mar. Hay una salina, desierto, ovejas sin lana. Poca gente en temporada baja y cerveza venezolana a bajo precio, como el combustible. Lo dicho y probado: un lugar especial.

Faro. La vista del Cabo, desde arriba.


Los días suelen tener veinticuatro horas, pero el concepto del tiempo no cuenta mucho entre la arena del Cabo. La orilla baña mis pies con su calidez única del Caribe y me repone tras unas horas de caminata solitaria por un desierto que me llevó hasta el Pilón de azúcar. Allí, entre arenales y una salina, se eleva el morro y esconde tras de sí una playa recóndita y paradisíaca. Es temporada baja, dije, y solo estamos los Wayuu y yo. También me cruzo dos chicas del interior argentino con las que intercambio saludo y luego a Iván, un publicista bogotano con el que pasaré mi último día en ese lugar. Con él compartimos unas cervezas en un pequeño costado de la “civilización”. En la tienda “Ballena Azul”.

Paraíso. Solitario y tras el Pilón de azúcar.


“Mi primo desapareció, pero ya lo consideramos muerto. Los paracos se lo llevaron por la fuerza, lo obligaron a formar parte de su lucha. Y murió en una emboscada de las FARC. Nunca se encontró el cuerpo, pero sabemos que nadie sobrevivió a esa masacre”.

Los ojos de Jon se empastan con un reflejo de su dolor infinito e interno. El brillo dice mucho y las palabras le brotan con una naturalidad que estremece. El dolor ajeno nos duele, pero la superación, esa enmienda superficial que recubre al dolor con aceptación, ese nos estremece. O debiera.

“Mi tía jamás pudo superarlo. Le han ofrecido mucho dinero, pero nada le devolverá a su hijo y no, no lo ha aceptado”.
Cruza una mirada comprensiva con Iván. Ambos nos vemos tocados en algún recodo íntimo por la historia de Jon. Luego el bogotano le pregunta lo que yo no: “¿A quién vas a votar?”

“A santos, porque quiero que se acabe la guerrilla ya”.

Iván me mira azorado, se enjuaga el sudor de la frente y le explica a Jon que no, que la seguridad democrática es una falacia. Que Santos es peligroso y que ellos, con Uribe, son aliados comerciales de las FARC con sus paracos asesinos. Jon asiente y entiende, dice. Pero también dice que, aunque quisiera creer en Mockus, han sufrido mucho y ya no creen más.

Salina. Y mis compañías.


De a poco el sol va comiéndose al mar y la charla se apaga. Antes me llevaré unas apreciaciones sobre Venezuela. Jon vivió unos años en Maracaibo y aunque no idolatra a Chávez, habla bien de los venezolanos. Es el primero en Colombia que lo hace y vence el prejuicio común y mediático. O casi el único y, con eso, me devuelve las ganas de pisar cada Plaza Bolivar que haya en ese terruño diz que socialista.

De vuelta en la hamaca que me hospedó las últimas noches comparto unas últimas horas con Marlene, la dueña de casa. Amable y comprensiva, me ofrenda comida ante mi escasez de efectivo y me da pequeñas lecciones de indigenismo. O lo que queda de él en Latinoamérica por estos días.

Choza. El hogar de Marlene y de sus visitas.


“Uribia es tierra de paracos, como Riohacha y tantos otros sitios. Antes los indígenas éramos los dueños, hoy nos ofrecen unos pesos más de lo que vale cada cosa y se quedan con todo”. Jon explica la decadencia de Uribia, capital indígena de Colombia por definición oficial. Y antigua, claro.

“Cuando estuve en Riohacha ni me atreví a salir. Cada auto polarizado es de un paraco. Acá es carísimo eso y sabemos de quién es.” Iván habla con muecas de asco y luego sabré porqué. No es porque el padre, periodista socialista y opositor le haya transmitido el odio en forma genética. No, tampoco por ser un publicista peculiar que se opone al consumismo –extraña paradoja, por cierto–. Ni porque le den miedo, aunque le dan.

A Iván lo frenaron dos motociclistas a una cuadra de su oficina, en Bogotá. Fue hace dos años y los labios aún le tiemblan al recordarlo. Por eso el asco, imagino. Por la persecución, por las amenazas y porque tuvo que cambiar de vivienda y rutina por culpa del asedio paramilitar.

Jon e Iván son solo dos nombres de una historia que más que historia es herida. Abierta y con una cicatriz crujiente a medio formar, que no termina de cerrar. Son la metáfora de la Colombia real, esa que no sale en los diarios. Ni en oficiales ni en opositores. Son caras anónimas del polvo batido sobre el que se juega el destino de la humanidad sin que puedan reconocerlo siquiera. Arden en dolor y rabia. Se muerden los labios hasta que la sangre, siempre hirviendo y al borde de la muerte, se mezcla con sus lágrimas.

Colombia, surcada por el miedo y el terror, cosecha los granos de café con el turismo como bandera de la novedosa seguridad.

Iván hablará un poco más de sus esperanzas en Mockis y de su descreimiento hacia Petro. De la suerte actual del M19. De los ideales truncos de las FARC y su actual negociado con los paracos y narcos. Son tan parecidos que hasta tienen una vacuna conjunta, según relata. Iván me explica el porqué de los buses tan caros y resuelve el enigma que me aquejaba hace un mes, cuando llegué a Colombia por el sur. Para circular por las carreteras las empresas pagan a guerrilleros o paramilitares, según quién controle la zona de paso. La famosa vacuna, que todos conocen y nadie dice. Enigma resuelto y miseria hermanada.

De cualquier forma Colombia me deja el sabor de la acción. Algo, en pintadas y gente, está pasando. Eso, como me dijo María en uno de sus últimos mails desde Quito, da esperanza. En esa esperanza pienso al irme del Cabo y de Colombia.

Capítulo 26º – Santa Marta. Una ciudad hecha pueblo.

-De pronto la tierra gira, la habitación tiembla, me caigo de la cama y escucho ruidos. Como puedo, me asomo y desde la ventana –vivo en un piso diecisiete- veo explosiones por todos lados. Con más pánico que comprensión, agarro mi billetera, una manta y bajo los diecisiete pisos por escalera a oscuras y temblando. No sé si es un terremoto o un bombardeo. Me siento en las zonas de seguridad y llaga la televisión. Al otro día volé de Santiago a Colombia.

La voz de Eriberto es nítida y, aunque se corte cada dos segundos para respirar y los jadeos denoten el temor que persiste en el recuerdo, no deja caer ninguna lágrima. Así está bien, pienso. Emotivo, pero para nada morboso. El relato perfecto y el final anunciándolo todo: no hay mejor para el alivio que la ceguera o la distancia. O la ceguera de la distancia.

En el Ateneo Catalán de Santa Marta se produce el imposible y real encuentro de mundos distantes: Eriberto, pintor, bohemio, treintañero y chileno, ojos pequeños, arrugas en la frente y una sonrisa inexplicable y permanente; Anabella, samariana mulata de mirar atento, vos dulzona y aniñada, labios gruesos y sueños lejanos; Gabriel Álvarez o Dj All Varez, también samariano aunque constante viajero musical, de pelo atado con gel al cuero cabelludo, lentes oscuros, hablar cansino, pero animado; y Aníbal Vivas, arquitecto y disertante de ocasión, obsesionado con el nuevo orden mundial y la existencia de logias subterráneas que dominan la existencia humana desde los tiempos de Nefertiti y Akenatón.

La charla se me antoja un tanto aburrida y exótica. Vivas descree de todo y cree mucho en sí mismo y en la capacidad de hilar información que aparece inconexa y él la vuelve teoría conspirativa. Me iré del lugar cargado de historias y con la firme convicción de que la imaginación humana lo puede casi todo.

El ateneo es un refugio para la cultura y promoción de la paz. Internacional, con sustento en Barcelona y capaz de nuclear a todo artista con interés de exponer lo suyo. O de hablar un rato con otros, como ahora. Mientras me alejo, pienso en la extraña combinación del lugar. Fondos extranjeros para civilizar al tercer mundo y alentar la paz, siempre calma, de los pueblos aguerridos.

No hay mejor lugar para Anabell. Estudiante de Comunicación con aspiraciones que exceden los límites y posibilidades de Santa Marta. Y es que, aunque sea una ciudad relativamente pujante, en cada esquina se respira un aroma pueblerino dulce, cálido y chato.

“Yo sueño con irme y volver a morir acá”, me dice Anabell. Su idea de progreso remite a la vieja plegaria del sentido común o el imaginario colectivo. Esa que dicta que la cultura está en las grandes ciudades. En las mecas del cosmopolitismo y las vanguardias diz que intelectuales y artísticas. Puede que sea cierto en alguna medida, aunque Santa Marta me imprime un aspecto bohemio y prolífico. Siempre es igual, los de la gran ciudad nos inspiramos en la calma de los pueblos y su desandar silencioso; y los pueblerinos buscan inspiración en la bulla citadina. Lamentablemente, el dicho tiene razón y el ruido multiplicado suele servir más para acallar las voces que para grandes creaciones.

En la costa samariana –porque Santa Marta tiene el beneficio del mar, la costa, los bares en la avenida que da a la playa y el olor a sal- aprovecho para conocer un poco más a los colombianos. Antes de llegar al Ateneo para la charla, me siento en un bar entre los árboles que dan sombra y amenizan el calor agobiante de esta ciudad. Allí leo y escribo, pero sobre todo los oigo hablar. Tan jocosos y amables. Con tantas ganas de más y, a la vez, con el temor corroyéndoles los huesos.

“Yo voto a Santos, porque si gana Mockus se arma una hecatombe”, suelta el desconfiado Anibal Vivas,  un rato antes de iniciada la charla aburrida. Confieso que, aunque me esforcé por no dejarme llevar por ese comentario, influyó en mi opinión sobre el dicharachero arquitecto. Descubrió los hilos que mueven al universo y se aferra a la vana ilusión de que el mal menor sean los paracos.

-Yo con Mockus, tenemos que dar el cambio.

Anabell y All Varez coinciden. Ambos creen en la proyección del ex profesor universitario devenido político renovador y con proyectos educativos y culturales. Al menos asusta menos, pienso. Ni una ni otro son muy politizados, pero hasta le pasan el trapo a la débil defensa uribista de Vivas.

Las últimas encuestas dan a Mockus arriba y a Santos en segunda vuelta. El resto, incluído Petro, del Polo Democrático, y Noemí Sanín, la delfina del conservadurismo del ex presidente Andrés Pastrana, muy lejos. En pocos días se sabrá el resultado más significativo para la política del continente. O sigue afirmándose la rancia derecha con sus tácticas de inseguridad, ó hay un vuelco en uno de los pueblos más lastimados y temerosos, que sirva de aire fresco. No de cambio, pero sí de alivio.

No digo aire nuevo porque ninguno afectaría a la inmersión capitalista que perfora a Colombia. Ya sea porque se llegue desde Perú y Ecuador como que se vaya a Venezuela, Colombia se viste elegante y refaccionada. Con enormes malls –porque aquí se habla inglés, sir—y supermercados.

Saliendo del ateneo recuerdo la adjetivación pueblerina de Anabell para su ciudad. Este bello recodo en el noreste colombiano tiene a cinco minutos a Rodadero, una playa hermosa; y, a quince, a Taganga. A unas horas Tayrona ó Bahia Conchas. Definitivamente, cualquiera podría volver a morir feliz aquí.

Hostal. The Dreamer, en Santa Marta.


Ya el último día me despido de las callecitas alegres del centro. Son un poco grises, pero se me antoja musical. Luego de nuevo a las afueras, en donde el hostal de los italianos, que se jactan de casi todo y detestan a Venezuela. “Fea, peligrosa”, dicen. Todos repiten eso –o casi todos-, pero ya veremos.

En The Dreamer, conozco un par de changos europeos y casi no hablo. Solo dos veces en cinco días. Me aburre su historia de venir a divertirse. Y está William, un escritor neoyorquino que se la pasa viajando. Con pelo largo y gris, barba desprolija y barriga impúdicamente al viento. No me termina de caer bien y el último día sabré porqué. Mientras habla con dos alemanes, comenta sobre la incompetencia de los obreros locales –el hostal está en permanente refacción–. “Yo les dije como es mejor hacer el trabajo, pero no hacen caso. Ni sé para qué me preguntan. Acá no les da la cabeza”, dice en un perfecto y cada vez más arrogante inglés. No más preguntas, su señoría.

Serio. Los gringos me robaron la sonrisa (?)


La última noche conozco a dos bogotanos que llegan al Tayrona y pasan una noche aquí. Me divierto tomando algo con ellos y agradezco recuperar el español y el latino. Uno estudia Ciencia Política e intercambiamos experiencias sobre la pútrida infección academicista yanqui que nos afecta por igual. Ellos van con Mockus y tienen fe. Temen, ellos también, porque el colombiano –dicen- es ignorante y cree aún en el discurso de “guerra a la guerrilla”. “La ignorancia llega hasta no votar a Mockus porque tiene Parkinson”, se mofan y lamentan, todo en un mismo momento.

Me voy de Colombia queriéndola, aún más que cuando llegué. Su gente, orgullosa pero humilde, amable y entrañable, hará valer su grito. Para que la paz nunca recubra la miseria y para que la falsa paz deje de existir. Yo sí creo en los colombianos.