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Capítulo 25º – De hamacas y piedras Tayronas.

Vamos a dejarlo claro desde el inicio: la concesión del parque Tayrona la manejan empresas privadas extranjeras. Ahora sí, podemos avanzar en las horas acaecidas en uno de los lugares más bellos que haya pisado jamás.

El parque nacional Tayrona está al norte de Santa Marta, apenas a unas dos horas en buseta. Hay infinitas formas de llegar, por lancha, bus, caminando ó en taxis. La entrada es siempre la misma y para los extranjeros significan treinta y cuatro mil pesos colombianos. Algo así como veinte dólares. Para el viajante –ya a esta altura me considero uno-, un imposible.

Eludimos la puerta principal y cogemos un taxi hasta la finca San Martín, dos kilómetros más lejos por la misma carretera que nos trajo. Hasta allí llegamos por indicación de Anabell, una morena samariana que conocí hace unos meses por un trabajo sobre el blog del gordo Casciari. Ella estudia comunicación social y su tesis sobre blogonovelas la llevó al autor más prestigioso. El gordo la trajo hasta mí –y otros amigos- para que contestáramos sus preguntas. Luego el viaje, el contacto y la inefable amabilidad de Anabell hicieron lo propio. Con su ayuda y la de sus primos, que viven dentro del parque hace treinta años, buscaremos sortear el pago de la entrada.

-Cogen el sendero, cruzan el río y de nuevo el sendero. No hay pérdida.

El guía se equivoca y pasaremos más de veinte minutos para hallar el camino tras el riacho. La aventura de cruzar tras la finca San Martín es excitante. Del otro lado del río le digo a Tati que espere y me sumerjo en la selva para hallar el camino. Vuelvo agotado y sudoroso, con palpitación al galope y las venas hinchadas. He hallado la casa del primo de Anabell tras la selva –dentro de ella- y he vuelto a las corridas para evitar, por segundos apenas, la desesperación del temor en los ojos de Tati.

“Ya pensaba que dormíamos acá”, me sonríe aliviada y me alivia. La beso, me mojo en el río y avanzamos hasta la casa de Plinio Camargo y Rafael Plinio Camargo hijo. Allí nos esperan para indicarnos el camino al parque. Allí intentaremos ir por una carretera, pero los guardias nos harán volver y decidiremos dormir en casa de los Camargo. Nos invita Plinio gustoso, y nos tiende unas hamacas con mosquitero y todo.

A las cuatro vamos a una playa escondida que por acceso único tiene la selva. Está entre dos peñascos, tiene un cartel que advierte más de cincuenta muertes e invita, prudente, a no sumarse a la estadística. En Colombia, por amables o en un exagerado esfuerzo de organizar la existencia humana, todos dan indicaciones precisas. Desde las personas, claro, hasta las cosas, puede uno toparse con avisos o consejos en rostros, carteles y hasta en cajas de vino tinto. Consúmase en la tarde del domingo. En serio.

La perfección irrumpe en llanto. Los ojos verdes de Tati escupen su alegría emocionada. Los míos no dan crédito a lo que ven. Ni al llanto ni al paisaje. El mar recorta la orilla a machetazos y la selva se acaba raudamente sobre un manto de arena clara y pedregosa. El viento silba y nos quita la humedad a la que nos sometía la vegetación cobertora de la jungla. El silencio se pliega a los cánticos de las olas y nos abraza la plenitud de una soledad maravillosa. La merienda golpea nuestro vacío estomacal e intentamos algunas palabras que expliquen el lugar o lo que nos genera. Y no. En Los Naranjos se está pleno y no puede decirse el porqué.

Emprendemos el retorno por la misma selva y mientras me pierdo en un torrente atávico de pensamientos sobre la magnanimidad natural, caigo en la cuenta de dónde estamos. De la gente que allí vive –“unos doscientos”, dirá Plinio más tarde—y de que allí habremos de dormir. Los ruidos de los animales y las hojas que chisporrotean con el viento, me anudan las palabras. Tati lo sabe y ríe. Yo río en silencio.

“Mañana se levantan a las cinco y media y van por la selva, en el desvío a la otra playa y por ahí hasta el control del museo, sin que lleguen los guardias. No hay pérdida”. La voz de Plinio es seca, se escapa con dificultad de su garganta chupada por la delgadez. Las piernas fibrosas y raquíticas, le valen por desandar el monte y la selva.

Tienen miles de hectáreas y no les dejan sembrar más que unas pocas. Llevan treinta años y la concesión del parque quiso echarlos, pero no han podido. Su rancho, de adobe y paja, con algo de madera, amenaza con caer. Pero para arreglarlo deben tramitar un permiso para talar una palmera que está haciendo añicos su techo. Es increíble, pienso en voz alta. Su propia tierra, su propia historia y ni aún así tienen dominio sobre el techo que cobija sus vidas.

Comemos temprano. No tendremos luz en breves instantes. Hemos traído latas de conservas, pan, fiambre, galletas, alguna fruta, dulce de leche y agua. Con eso afrontaremos los próximos tres días. A Plinio le dejaremos café, leche y azúcar, por consejo de Anabell. Hay que ser agradecidos, pienso.

Antes de dormir charlamos de hamaca a hamaca. En un rincón del mundo Central pierde injustamente con Argentinos Juniors y me entero por un mensaje en mi celular. En este rincón del mundo, la brisa nos abriga y las luciérnagas iluminan la nada oscura de la selva que late en cada sonido. Con los ruidos acunándonos quedamos vencidos sobre las hamacas. A pesar de lo pensado previamente, dormiremos cómodos y saldremos a las seis para la playa.

-Ey, ustedes dos, no traen manecilla, deben pagar en la entrada.

Luis Ortega es parecido al Profesor Jirafales. No solo por su carácter vigilante, si no por tamaño y bigote incluso. Nos mira desde su altura blanca de guardián y nos da la espalda. Llevamos hora y media de caminar por la selva y la playa y me niego a retornar. Aducimos ser visitas de Plinio y, finalmente, le otorgamos una paga irregular de veinte mil pesos al profesor. Con su túnica blanca nos indica el camino a Arrecifes –primer paraje con camping y playa del parque hacia adentro- y allí vamos. Llevamos la dicha de no pagar tanto, pero sobre todo el placer de lo experimentado. De los rasgos silenciosos y los movimientos sigilosos de los baqueanos Camargo y su hospitalidad, de los sonidos y los paisajes. De cada paso dado entre el verde acogedor de la selva y la brisa húmeda de las playas solitarias.

A media mañana ya hemos resuelto el desayuno en Arrecifes y una siesta. Incluso una ducha reparadora tras más de veinticuatro horas de caminatas, de sudor pegado y de dormir en una hamaca. Arrecifes es más económico, pero el cartel reza más de doscientas muertes y la prohibición de bañarse en el mar, así que optamos por seguir hasta Cabo San Juan.

Playuela. La selva cae en la playa.

A solo diez minutos de Arrecifes los ojos se cubren de lágrimas otra vez. Como dos esmeraldas recién talladas, brillan por el reflejo del agua cristal y azul. Antes del Cabo está La Piscina, y aún antes un pequeño enclave playero todavía más bello. Nos han dicho que el cabo es mejor y parece imposible, pero luego del almuerzo en la arena de La Piscina –calma bahía cubierta por corales a más de doscientos metros donde rompen las olas- seguimos en busca de donde asentarnos. Llevamos algo de ropa y comida, además de una bolsa de dormir.

-Amigo, ven un segundo.

-Dime, te oigo.

-Que vengas, para requisar tu bolso.

El frío de la derrota me tuerce la boca. La espalda se asusta y contrae. El policía, siempre fiel al verde, nos requisa. Yo intento una jugarreta para ir al baño y llevarme el único porro que teníamos. Pero no puedo y Tati queda expuesta y sola con el porro y el policía. Cuando vuelvo me comenta que lo ha quedado el garante del orden y que ha hablado de doscientas mil formas de arreglarlo. Ella le ha dicho que no tenemos y yo negocio un rescate menor con lo que nos queda de dinero. Para abaratarlo todo, dormiremos por quince mil los dos en una sola bolsa. Cinco mil me guardaré para volver y quince mil le ofreceré al poliladrón. Y le pediré el porro, me digo aún sin estar convencido.

Ya recostados en el Cabo, unión de dos costas gemelas partidas por un manchón de arena tibia y blanca, solo podemos olvidarlo todo y retomar la felicidad. El espejo azulado que recorta ambas orillas renueva las ganas de dejarnos ir. Y lo hacemos, hasta que otro cabo, de verde, nos hace gestos con la mano.

Qué ves. Recostados, en el Cabo.

Ha caído la tarde con velocidad asombrosa y queremos terminar el mal trago. Le hago señas y voy hacia él. Ahora debo hacerme cargo por haberla dejado sola con un imberbe de veinticuatro años y aparatos fijos que ha coqueteado con ella.
Le pregunto su nombre y da un respingo. Se asusta. Aprovecho las defensas bajas de Charly, tomo el porro que me deja bajo un coco y le dejo allí los quince mil. Pienso en lo idiota del tipo y la triste elección de ser policía. Pienso que si al menos hubiera tenido el valor de ser fiel a una idea, pero no. No siquiera eso. Recién salido, aún verde y ya verdoso.

Le digo que pensamos que existía la ley de tenencia mínima legal. Dice que ya no y ríe. Sabe que a todos los turistas les quita dinero de igual forma. Me voy mirando de reojo el reflejo del sol poniente en sus braquets infantiles de metal. Me alegro de quitarme el peso del torpe y asqueroso brazo de la ley de encima. Me apeno por ver una cabeza tan sumisa y sujeta al mundo que le quisieron vender y que, no solo ha comprado, sino que lo elige y defiende.

“Solo veinticuatro años”, exclamo. Y Tati, cómplice, me abraza. Y la abrazo.

Vital. Cigarros y dulce de leche.

La noche pasa con cierta dificultad. Los mosquitos se van al amanecer y dormito algo. De todas formas amanecemos abrazados y pegajosos. Aún así contentos. Unas horas inciertas en la playa y la vuelta entre cantos y risas. Somos jóvenes y bellos, le digo. La revolución es inminente, me miento. A veces la felicidad viene sin buscarla y en dosis impensadas.

En Santa Marta pasaremos una última noche linda. El amor y sus mezclas de alegría y nostalgia nos invaden ante la partida inminente. Las últimas horas se plagan de llantos y sus ojos verdes enrojecen al máximo. Contengo mis lágrimas y le dejo la paz del abrazo. Me quedo con sus besos, el sabor de su labio superior, el olor de su piel quemada por el sol. Le dejo mis canciones. Nos convidamos algo de amor.

Antes de que emprendiera el viaje me regaló uno de sus libros favoritos: El Principito, de Antoine Saint Exúpery. Mientras se va, precisamente en un avión, pienso que nuestra historia se resume en ese libro. En pelear por ser siempre niños. En nunca ser adultos de adultez insensible y estadística. En recordar siempre la enseñanza del pequeño aquél.

El bus que me lleva de regreso al centro solitario de Santa Marta se puebla de niños que vienen volviendo de la playa con sus madres cansadas de cargarlos, pero sonrientes. Me río mientras seco la única lágrima que derramaré. Ella se fue y será lejanía física hasta más adelante. Ella no lo sabe y se preocupa, pero no debiera. Algo me dice que nos hemos domesticado.

Chávez, los medios y los medios medios.

Otra notita, que les guste.

Capítulo 24º – De Taganga, la casa del loco Luis.

“Eso es la República Independiente de Taganga”, retumba en mi cabeza como una sentencia gastada y maldita. Lo uno porque lo dicen todos y la repetición, claro, gasta. Lo otro porque hay recelo y envidia. Y de esos sentires solo puede desprenderse una maldición. Sí, aún en forma de chiste.

Anabell aprieta los labios mulatos y pone los ojos en blanco. No dirá más sobre Taganga, pero no hará falta.

-“Taganga é una cosa fea y peligrosa, io estuve de vacaciones y me gutó, claro, pero luego viviendo aquí uno se entera de lo malo”.

Fulvio habla con soberbia y rechazo. Con los ojos entre cerrados y el pecho inflado, gestos inequívocos de la reprobación moral. Miguel es su amigo y juntos pusieron un hostal en Santa Marta. Eran meseros en un hotel cinco estrellas en su país. Son de Italia. Un europeo deja de ser mesero para ser dueño al cruzar el atlántico. Desde Colón y Cortés, poco ha cambiado. Miguel piensa igual que Fulvio, pero habla con más calma: “É un asco”, concluye lacónico y marchito.

El último en hablar es Eric. Su opinión cuenta como las otras, pero las aventaja en mi orden de preferencia: en primer lugar, es colombiano; en segundo, vivió y trabajó en Taganga por seis años; y, en tercero, es colombiano ¿Qué ya lo dije? Será que tiene mucha relevancia, no se me distraigan y no perdamos el hilo.

“Ahí, parce, todo es vicio y la gente de pierde. Conocí una argentina que tenía un hijo todo pulcro y ahora es indigente. Ella hace artesanías. Se murieron ahí.”

La metáfora me suena exagerada, pero solo la transcribo. Tampoco conecto la lógica de toda la frase, a decir verdad, pero Eric me cae muy bien y se gana notoriedad en este capítulo. Total es mío.

Pero ya basta de sentencias y veamos por propia experiencia lo relatado. Si algo aprendí en la más alta casa de estudios argentina es el valor de la empiria y la objetividad. Claro que son patrañas recubiertas de academicismo y ciencia, pero quién soy yopará juzgar, Un viajante desocupado y barbudo. Subversivo. Sus versitos.

-Taxi, siga a ese auto!

-Eh?

-Nada, esta hambre voraz de resolver el enigma Taganga me puso en modo Poirot. No siga a nadie, parce, vamos a Taganga.

Y nos vamos.

A solo quince minutos de Santa Marta, detrás de uno de los infinitos e indecibles morros que cubren los límites de esa ciudad, asoma Taganga y se desnuda para las visitas.

Lo primero que se ve es el mar, que es calmo y, encerrado entre morros, devuelve un espejo de agua sobre el que se recorta la imagen del pueblo, como si hubiesen doblado la tierra por ese borde y la hubiesen pasado por papel carbónico.

Lo segundo que se ve es su fisonomía. Calles de tierra, viento cálido pero fuerte, casas coloridas de poca infraestructura, un paseo marítimo bonito al costado de la playa –más tarde sabremos que es nuevo—y no mucho más. Un par de almacenes, un par de restoranes y un par de hostales. Todo de a pares.

Lo tercero que se ve es un español que te persigue hasta que consigas hostal y te pide propina. Tiene arrugas en toda la cara. Incluso entre los pliegues de las arrugas. El sol lo está secando, pienso. Lleva años en Colombia y algún tiempo en Taganga. Nos lleva una hora deshacernos de él. No le dejo propina. Tati no se opone. Ya sabemos, detesto la colaboración insistente y rentada de los aparentes desinteresados. Si no pide, lo invito a una cerveza. Ó no, pero me caerá mejor.

La brisa es viento por la noche y las lucecitas bañan de luz al pueblo. Comemos, reímos, dormimos. Al otro día, entre la calma del del agua y su espejo carbónico, veremos el sol poniente e imponente de un atardecer de postal o película, pero de verdad. Con la ventisca en la piel chamuscada, con la bola naranja ajando el agua entre las nubes y con las sombras dibujando siluetas de morros sobre la playa. Minutos antes nos habremos casado.

Taganga.


-“Por el poder que me confieren los artesanos, los caso. Podés besarla. Qué le vas a regalar?”

Un artesano colombiano nos da charla por diez minutos y logra que compremos un regalo de bodas. Cree que sería mejor algo de oro, pero igual. No nos conoce, pero nos divierte y logra su cometido. Ahora somos marido y mujer de macramé.

Pululan seres inauditos por Taganga. Mancos, cojos, hippies y locos. Un submundo repleto de turistas ávidos de caminar descalzos por un pueblo de calles de tierra y en el que, dicen, la fiesta es interminable. No la buscamos ni nos encuentra, pero los resabios de la locura se ven desde la orilla. El mar se plaga de seres amorfos y desahuciados.

Atardece. Y no es poco.

Pero síganos, que encontramos aire puro más abajito. Sí, ahí, sobre la arena y de cara al mar y al morro que la separa de Santa Marta. Hasta acá se acerca el Loco Luis. Luis por parte de sus padres, loco por antonomasia.

-De Bogotá soy, pero acá vivo hace años.

La boca de Luis se abre grande y entre bocanada y bocanada, expulsa palabras con una velocidad asombrosa. Lleva el cabello largo y así también la barba. Canosos ambos, aunque teñidos por el sol y el tabaco. Los ojos pequeños y cubiertos de arruguitas que dibujan espirales en rostro y le otorgan distinción. Ojotas, short de tenis blanco, cinturón de tela marrón y beige, remera dentro del short. Bolso cruzado al hombro. Perdone usted, morral. Y, toque distintivo si los hay –o al menos le otorga notoriedad–, manecillas, cintas e hilos colgando de su cinto. Amarillas. Azules. Rojas. Azules, rojas o amarillas, diría Sabina. Y ala Magdalena sí le aporto.

“No hace falta, pero gracias”.

El Loco Luis se guarda los cuatrocientos pesos que le brindo. No tenía más y tampoco los pidió, pero los merecía. Nos ha dejado sendas tobilleras con los colores del país que tanto ama. Lejos del nacionalismo, por amor a su gente, a los paisajes y a la mera tierra. Antes de irse –y mientras quema la punta de mi tobillera para pegarla—nos habla infinitas palabras sonbre Colombia. Sobre el amor y sobre García Márquez. Y nos recomienda “Del amor y otros demonios”, porque “nadie ha escrito sobre los costeños y este lugar como él”.

Ambas. Playa y montaña.

Y se va, bendiciendo nuestra presencia e interés real por su cultura y su pueblo. Y hasta se emociona y me eriza la piel. Con palabras y sus ojitos húmedos y los bigotes amarillentos.

Ahora somos marido y mujer y colombianos, pienso. Tati no habla, pero ha de pensar lo mismo, porque congela su vista sobre una casa en el morro y se imagina cosas que luego dice: “¿Podemor vivir ahí?”. La casa es hermosa y la ubicación ideal. Quizás algún día vivamos allí, bajo ese techo de lajas naranjas  y entre sus paredes y columnas blanquísimas. Allí, del otro lado de donde se pone el sol. Si eso ocurre, les diré si cambio de opinión sobre Taganga. Mientras tanto, maravillado, los invito a pispear el paraíso irredento del loco Luis.

Capítulo 23º – De Cartagena, el Caribe y el turismo.

Tati me habla mucho de mi ego y mi soberbia y, finalmente, se enamora de mí. Y yo de ella, pero quizás me enamoro precisamente porque desnuda mi ego y mi soberbia con absoluta naturalidad. Es el amor y otros demonios, diría Gabriel García Márquez. Y Gabo, como otros costeños, saben mucho de amor y de casualidad. O inventan, como hago yo.

Del frío y la calidez de Bogotá, volamos a Cartagena sin escalas. Desistimos de Medellín, porque es una gran ciudad. Tati tiene solo diez días y quiere playa. Yo, eso y, sobre todo, lo más barato posible. El avión nos cuesta igual que el viaje en bus y demora veinte horas menos. Hay cuestiones que no entiendo y me planteo dos posibles explicaciones: las compañías aéreas están de remate porque, al ser seguras las carreteras, todos eligen los buses ó las compañías de bus sacan ventaja de la avidez viajera de los colombianos que ahora se animan a la aventura. Quizás es por el precio del combustible solamente, pero eso no explicaría que los aviones, que también son a combustible, pudieran costar tanto menos.

Aún en el aeropuerto se nos pegotean las ojotas al suelo. El Caribe nos abofetea con su calor agobiante y la bofetada, lejos de disgustarnos, nos agrada. Los ánimos son inmejorables. Los viajes son sus horas, lugares y, ya sin ninguna duda, las compañías.

Tati me mira con dulzura. Ya instalados en el hostal San Blas, descubro que el hoyuelo que la sonrisa le marca éntrela mejilla y la comisura de su bocas, es permanente. Y me río y nos reímos. El patio ventoso, el calor húmedo, las estrellas que se niegan a salir y nosotros entre calores y una cerveza helada. La vida, siempre redonda y acomplejada, se me hace profundamente sencilla aquí.

-Papichulo, unos masajes para tu espalda? Estás todo estresado.

La oferta podría ser tentadora para el común de los mortales o turistas, pero yo detesto los masajes. Me generan ansiedad, me dan cosquillas y, sobre todo, me ponen incómodo. Ha de ser por la sensación de dominio y obediencia. No me gusta sentir la sumisión ajena y no me siento estresado, pero la mujer insiste y me da masajes de prueba entre el hombro y el omoplato derechos. A Tati le masajean un pie.

Cartagena. No más palabras.

La playa céntrica de Cartagena, a unos kilómetros hacia la izquierda de la ciudad vieja y amurallada, está repleta de vendedores. Frutas, pulseras y masajes, cómo en cualquier calle de Cusco. Mientras insistimos con la cerveza y luego de un chapuzón refrescante en el mar, abrazo a Tati y pienso que nadie podría pasarla mal aquí. Y, ante todo, que no existen razones para estar estresado y que abunden los masajistas. Aunque, claro, el rebusque y las necesidades reproducen oficios y artilugios de subsistencia a orillas del Mar Caribe.

La tarde se nos escurre entre los dedos y la arena deja de estar caliente. Horas que se van y no vuelven, pero van forjando sensaciones novedosas. Y las hago palabras como puedo. En el pecho desnudo y a medio broncear de Tati, hallo el refugio perfecto para mi extinta soledad. Su pecho es mi casa y en el mío, intento, su seguridad.

La noche cartaginense está viva. Las callecitas del barrio Getsemaní explotan como ampollas y por entre su gente brota supurante el deseo de bailar. En una esquina cercana al hostal descubrimos un hermoso bareto de música cubana. El Habana me recuerda que mi viaje tiene un horizonte y yo, que he olvidado hacia donde voy y lo he reemplazado por el placer de estar, dejo escapar una sonrisa condescendiente para con mis planes. Intuyo que Tati lo percibe, porque me da vuelta y me propone un juego danzante que termina en besos y más risas. Yo no sé bailar, pero juego.

Con Milton y Joha recorremos las calles de la ciudad amurallada. Me sorprenden sus enormes pórticos, la belleza simplona de sus construcciones coloniales y el sabor a rumba costeña. La temperatura y la cercanía con el mar, hace a los costeños más jocosos. Infinitamente más fiesteros e indefectiblemente más avispados. Con su tonada cerrada y la simpatía picaresca en la punta de sus labios, son capaces de vender hasta lo imposible. O como nos dijera Naty, la novia de Jairo, en Bogotá: “Te venden hasta una loca”. Antes de dormir veo esfumarse mir miedos en la transpiración de una botella de cerveza. Amaneceré enamorado y ya. A veces las cosas tan solo suceden y aunque lo racionalice todo, me desborda un sentimiento y una sensación embriagadora. Esta vez, me importa poco buscar explicaciones. Siento, luego existo.

-“Quieren poner hoteles como el Decameron y privatizar las playas. Echarnos a todos.”

Mirlanda también me hace sentir. Rabia, dolor e incomprensión. Tiene poco más de cincuenta, pelo enrulado y varios kilos de sobra. Hosca al principio, luego empieza a darme charla y me entero de su historia al borde de la Playa Blanca, en la Isla Baru –frente a la costa de Cartagena-.

Para llegar al paraíso debe tomarse una buseta en la India Catalina hacia Pasacaballos. Viajar una hora con la espalda pegada al asiento y por barrios de olores nauseabundos del mar ó un mercado, luego cruzar el río en canoa y, finalmente, viajar media hora en moto entre el río y el mar. Atravesando pobladíos por un camino de tierra o en su defecto arena. Luego sí, tras unas dos horas de calor oprobioso y con varios pesos menos, uno llega al paraíso. Y vale la pena.

Paraíso. Playa Blanca.

También puede llegarse por lancha, Solo cuesta el doble y se pierde uno de la mejor parte. A eso de las cuatro de la tarde, cuando se va la última lancha, en Playa Blanca –que se llama así porque la arena es color marfil—uno queda solo con los pocos habitantes de la zona.

Varios kilómetros a la derecha está el Decameron, un resort cinco estrellas que tiene por dueño a un argentino. Según Manuel, que ofrece pulseras y collares en la playa, es bueno y los deja vender a veces. “Y hasta nos da propina. Los malos son los gerentes, que nos prohíben la entrada”. Hago un esfuerzo inhumano por no mirar los ojos marrones de Manuel. No quiero decirle que el argentino les da la limosna como el beso de judas. No quiero decirle que luego les prohíbe la entrada a la hacienda, a manos de sus viles capataces. La ignorancia hace felices a los hombres. O idiotas útiles y despreocupados. Por todo concepto, intercambio una mirada con Tati y me siento acompañado.

Público. El paraíso.

Antes de salir del paraíso me despido de Mirlanda. Le digo que protesten y que me avise si pasa algo. Que todos debieran levantarse y hacerse oír. Son pueblos pobres que viven de la limosna del turismo y si les cierran las playas, serán desplazados. Algunos, los beneficiados y bendecidos por el señor patrón, harán las veces de mano de obra barata. Y estarán agradecidos. Los otros, morirán olvidados. Como ahora, seguramente, pero con hambre.

La otra cara del turismo, siempre vital a las economías pauperizadas, es la indefensión de los que viven en enclaves de placer. A veces parece zonzo negar el beneficio de la inversión que atraiga turistas ávidos de gastos. Otras veces se aprehende la existencia real de los humanos tras las paredes pintadas de verde o amarillo en un bonito hotel. En la playa o en la ciudad, el mundo de unos se derrumba y el de otros se construye con pequeñas miradas.

Otra nota. Otra vuelta.

Nota publicada hoy en Página 12.

Capítulo 22º – Bogotá alternativa

De un suave color blanco…

Bogotá se tiñe y, por unos días al menos, entrega su verde reinado al manto piadoso de la cultura. De la oficial, claro, y de la otra. La crítica, la que pica y genera escozor en los escenarios típicos del buen bogotano y su pulcra ofrenda verde, militar e indiferente.

Baja la tela de gasa blanca .de esas que permiten filtrarse a la luz y a las figuras que se posan detrás- y el público aplaude. Algunos hasta se paran para aplaudir. De un suave color blanco…

Pablo Palacio es ecuatoriano y poco tendría que ver con Bogotá, sino fuera porque llevo días leyendo sus obras completas. Escritor aventurero y lúdico, des acartonó la seriedad de las letras ecuatorianas de principios y mediados del siglo pasado.

Lo llevo conmigo desde la recomendación de mi amiga María y lo reencuentro en una obra del grupo Mala Yerba en el Festival de teatro alternativo de Bogotá. Sus palabras fluyen para desestimar lo establecido, para cuestionar la entidad de la verdad y la realidad y para garabatear payasos y caricaturas allí donde tenientes y coroneles. O médicos y jueces. Nada más acertado para estos días en que Bogotá se desviste de gala y recibe con su desnudez más pura al calor de un revolcón y encontronazo cultural.

Jairo abre los ojos y le brillan. Entre el fulgor redondo y la boca amoratada, le brotan apenas algunas palabras. Cuenta sobre su experiencia al frente de un grupo teatral en Zarzal, su pequeño habitáculo en el Valle del cauca. Allí él, veintidós años y efervescencia a flor de piel, dirige el grupo dramatúrgico tras la muerte de su director a manos de la mafia paramilitar y narco.

-Director es tan solo el que se dedica. En los pueblos como el mío, más cuando al que fue tu director lo matan, se hace cargo el que se da maña para organizar y tiene fuerza.

Imagino la sangre hirviendo tras los rasgos amerindios de Jairo. Lo he conocido hace unos días al salir de una obra sobre los derechos de la mujer y la sofocante revolución burguesa y francesa. Una pizza, varias cervezas y la empatía. Poco después somos amigos entrañables y compartiré muchas otras horas colombianas con él y su troupe. La comitiva de Zarzal incluye a su pareja, Naty, una morocha de voz dulce y aniñada con infinitas ganas de hacer –aún sin saber qué hacer-, al Jaider, hermano menor, risueño y regordete del Jairo. A Julián, hijo de una africana y un costeño, escritor y promotor de turismo,  y a Jenny, una hermosa pequeña de ojos claros y profundos, que acusa –y me asombra- solo catorce años.

El foro sobre la situación del teatro latinoamericano alternativo me resulta estimulante. Las palabras de Jairo y de José Miguel –un pedagogo politizado en las fauces de la nueva vieja izquierda latinoamericana- le imprimen un matiz político a lo que, hasta entonces, era una exposición de penurias compartidas de la dramaturgia crítica de Alaska a la Patagonia.

Ahora sí, pienso, si el arte es político y los críticos del sistema comprenden su rol, entonces el festival, amén de dar sustento a los actores, sirve para algo más grande. Sirve a la causa de la liberación mental o al intento de des enajenar algunas cabezas.

Bogotá tiene mucho para dar y todo pareciera brotar al calor del festival. Las callecitas empedradas, bucólicas y marrones de la Candelaria se pueblan de ideas. La gente abarrota boleterías, gradas y hasta el Chorro de Quevedo. En el mítico confín donde se erigiera la primera fundación de la ciudad, hoy de reúnen a contar cuentos los soñadores y a prenderse fuego los malabaristas. Por dentro, siento el estallido de la acción. Los ríos de vida que fluyen por las venas y arterias de una Colombia mutilada en beneficio de la seguridad.

-“El mayor tesoro es la libertad”.

El cartel lleva dos días vistiendo el frente de la catedral en la Plaza Bolívar. Allí se congregan millares de feligreses ó turistas a ver las hormigas que decoran el congreso y las celebraciones religiosas de la santa semana. Por entre el Palacio de Gobierno y la casa del independentista Nariño, los guardianes de la música en trombón y bombín, dejan su lugar a otros guardianes. Desde el cartel, observan mi dolor y estupor anti militar Pablo Moncayo y Josué Calvo.

-“Que es bonito y una pena que aún exista eso”.

Plaza Bolivar. Tati y, detrás, Calvo y Moncayo.

Una mesera del bar literario y cultural más lindo de la calle diecinueve me explica el porqué de sus ojos vidriosos. Han soltado a Moncayo y Calvo, tras años de cautiverio. Mientras una pantalla muestra el regodeo de familiares, arribistas y uribistas, yo solo miro detenidamente los ojos silenciosos y enrojecidos de Colombia. Luego sí, pregunto y descubro lo predecible: Con Uribe no, con los secuestros, al menos aquí, tampoco.

-“Yo sueño con ver qué pasará en cincuenta años, porque algo ha de ocurrir. Y la verdad, yo si le tengo aprecio a las FARC un poco. Quisiera ver a mis hijos con las botas y un fusil”.

Las palabras de Calvo resuenan en mi mente. Discutiremos y, finalmente, guiñará uno de los ojos achinados que la mata espesa de pelo que le chorrea por la frente deja entrever, para decirme con ese gesto que sí. Que está de acuerdo con que la guerrilla perdió su horizonte hace años, pero que sueña con el cambio.

Calvo es tan amable como los colombianos pueden ser. Desde la cajera o el repositor de un supermercado, hasta el chofer del colectivo. Es la primera vez en la vida que uno amabilidad y chofer en una misma oración. Colombia tiene ese no se qué.

Calvo es director del grupo Peripecias de Neiva y conviviré con ellos algunos días. Todos prolijamente socialistas o progresistas, entre el Polo Democrático, el M19 o las guerrillas, soñando con el Che y actuando sobre la locura en una obra teatral a la que arrastraré a dos amigos ingleses. Laurie y Jessica se prestan al juego mímico de no comprender más que por los gestos, la escenografía, los vestuarios y el énfasis de las palabras habladas en un español que no comprenden del todo.

“A mí me gustan Perón y Evita”, se diferencia Hugo Tamayo. Me sacude el sopor de la mañana inacabada cantando la marchita peronista. Él es escritor y dramaturgo –quiere hacer una obra sobre Eva- y a cada europeo le pide que corrija las traducciones de sus obras en su web, dramaturgia.org: “¿Qué porcentaje le das a esa traducción?”, repite Hugo hasta el cansancio. Nos haremos buenos compadres compartiendo política entre tintos o mates Yo le ofrezco mi argentinidad hecha yerba y él me ofrenda su colombianismo a base de granos.

Un día antes de dejar Bogotá me cruzo a Lucy Baños. Ella es directora en un teatro del Barrio San Antonio, de Cali. Con su inquieto grupito de adolescentes que dirige, ha llegado para el festival y se ha quedado hasta el final para verlo todo. Tiene edad de abuela joven, ojos dulces y cansados, pero vive. Tiene energía acumulada y tengo la sensación de que el festival le devuelve la esperanza.

“Con el demonio cada vez estamos peor”. Su definición de Uribe lo dice todo. Lucy cree que hay que hacer algo y, claro, tampoco sabe bien qué. Apuesta por Mocus, un ex profesor universitario y ex intendente que “modernizó Bogotá” y trajo cultura y educación. Su Partido Verde, armado para la ocasión, reporta sospechas en Hugo: “Lo hace para juntar dinero de las ONG’s y partidos ecologistas de Europa, no tiene ninguna chance”. Hugo quiere que gane el Polo, con su renovada influencia de ex miembros del M19. El verde, militar o eco fascista, siempre me cae igual de verde.

-Es una requisa, apaga ese cigarrillo.

-No hay problema, revísame. No apago el cigarro.

-Apágalo y date vuelta, contra la pared.

La policía no siempre es amable. Risas.

Le doy el cigarrillo a Tati y ella me mira mientras doy la vuelta. Me requisan, averiguan mis antecedentes por handy y me recomiendan andar con el pasaporte a mano. Lo despido con silencio e indiferencia, que ocultan temor y rabia. Ya no fumaremos porro en la vía pública en Colombia.

-Yo estoy por obligación, detesto esto. Me quedan dos meses del año, pero es mucho.

Los ojos de Andy me dicen más aún. Cuánto dolor en el desarraigo, en la obligación de portarse de verde y cargar los fusiles del orden y en decir siempre que si y que no, según hacia arriba o abajo en la escala que el ejército otorga a la humanidad. La espesura brumosa de tanto verde suele ocultar la humanidad que se desnuda tras los trajes.

Calvo insiste con que quisiera que ganara Uribe –“que lo dejaran reelegirse”, dice- para ver “cómo se agudiza el conflicto y se hunde solo”. Pero no lo dejan y será Santos, su ministro de seguridad y comisario más sanguinario, el encargado de intentarlo. Es peligroso un país militarizado y doblemente peligroso si lo controla un tipo deleznable como el comisionado Santos.

Retumba en mi despedida de Bogotá el pedido de Jairo por politizarlo todo y los anhelos de Calvo para ver qué pasa. Se mezclan las palabras de ambos y dejan la última sentencia que me llevo de Bogotá: “Hay que hacer algo ahora y en cincuenta años podremos ver lo que pasó”.

Y los hijos, claro, con botas y fusiles o aún descalzos.

Hostal. Trabajo.

Hormigas. En la catedral de Bogotá.

Capítulo 21º – Las pintadas y el silencio.

Llegar a Popayán una mañana de domingo es hermoso. De por sí es una ciudad pequeña –a seis horas de Pasto y aún en territorio provincial de Nariño-, pero en domingo hasta sus paredes duermen y hacen silencio. Al menos las del centro, claro.

Popayán es conocida como la ciudad blanca y, lejos de la asociación automática con la nieve o la cocaína, es llamada así porque su gran mayoría es de color blanco. Paredes, edificación, veredas y hasta las manos de los pintores que trabajan cada día para que este pequeño reino colonial de casas bajas y antiguas, siga luciendo blanco. Es domingo, dije, y todo duerme. Pocos comercios están abiertos, pero los pintores nunca descansan.

El hostal familiar que nos alberga invita a descansar. No hay mucho por ver o hacer en la ciudad, aunque resulta estimulante surcar sus callejones y sentarse en la plaza central.

Un poco más alejado aparece lo despintado. Aún el reino blanco tiene pobreza y paredes descascaradas. Claro, están a diez cuadras del centro turístico y casi nadie las ve. Pero están.

Allí, otra vez, las pintadas. Como un grito entre tanto silencio: “Fuera las bases gringas de Colombia”; “No a los falsos positivos”; y mi favorita, “Uribe asesino”. Es mi favorita orque no se anda con vueltas. Concisa y al punto.

De Popayán puede irse a Silvia, a Tierra Adentro o San Agustín. Parecen pueblos bonitos, bucólicos y rústicos, pero me queda poco tiempo para llegar a Bogotá y desisto de conocerlos. Por otra parte, a Colombia casi no llegan sudacas como uno y todo, hasta la información al viajero, está en inglés para la gringada. Me jode, supongo, por eso lo escribo.

No irse permite conocer algo más. En un pequeño local de dos metros por tres, con paredes color maíz y tres mesas, una señora vende arepas –especie de tortillas de harina fritas, típicas de Colombia y Venezuela- de maíz con queso. Comemos alguna y probamos un jugo local con frutas y verduras. No sabe mal. Allí mismo, en la mesa de al lado, un tipo de treinta y algunos le enseña física a un segundo tipo de treinta y algunos otros. Este último es aborigen y se esfuerza por aprender. Por comprender alguno de los conceptos que para el otro son tan comunes. La escena es humanamente maravillosa. Y me saca una sonrisa.

-¿A quién pitea?

Pregunto por la señora que circula por las calles de la manzana pitando al aire y la dueña del local me cuenta que pagan por seguridad. Creí que el paraíso blanco era tranquilo, pero me devuelven una noticia intrigante: “tanta militarización ha puesto más segur a Cali –ciudad grande más cercana- , pero ahora vienen los vándalos para aquí”. Los reveses siguen emergiendo en las estanterías ocultas de Colombia,

La salida a Cali es a medio día y con lluvia. Aún no me repongo del frío de Pasto, pero al llegar a se me derriten hasta las ganas. Me cuesta emitir juicios de un lugar en el que estuve pocas horas y vi las escasas cosas que hay del terminal al hostal y en una caminata posterior de cuarenta cuadras. Pero voy a ser fiel a lo que vi. A eso poco y que, sin embargo, me hizo sentir expulsado de la ciudad y tranquilo por irme.

Cali es una gran ciudad típica. Con edificios, cemento, ruidos y mucha riqueza. Con avenidas que emulan a las de Miami o Río de Janeiro y con un centro comercial enorme. También –y si no fuera por ello, no sería una gran ciudad, sino un mundo de fantasía- con mucha pobreza. La desigualdad material es la base sobre la que se asienta este sistema y su expresión corpórea da la fisonomía a las grandes urbes. Cali es una de ellas.

Mis primeras impresiones son débiles. Sigo oyendo pintadas y empiezo a creer que Colombia es un hervidero, pero pronto nos sumergimos en un barrio de esos que podrían pertenecer indistintamente a Francia o Estados Unidos y uno no notaría la diferencia. Ahí está el hostal Iguana. Las chicas quedan allí, yo solo lo aprovecho como guarda equipajes, baño, cocina y centro inalámbrico de operaciones. Está repleto de gringos –de arriba o de la derecha, es casi igual aquí- y es un submundo. Nada de lo que busque está allí. O sí. Su nombre es Beatriz.

Betty sonríe poco al principio, pero luego se afloja, ha de gustarle que seamos latinos entre tanta gringada. Tiene treinta años, más o menos, es gordita y esta es su última noche de trabajo. Madre soltera –una más, una menos, Latinoamérica- prefiere quedarse en su casa cuidando a los niños. Tiene dos y no quiere exponerlos al gringo en vacaciones. “La última semana estaba todo sucio y fumaban marihuana delante de los chicos”. Vive, trabaja, respira y sueña por sus hijos. Por ahora. O quizás por siempre.

Betty ha trabajado de camarera en España, “hasta que el paro copó Tarragona”, y sus hijos tienen la “bendita” doble nacionalidad. “Ojalá les sirva, pero espero que siempre estén cerca de mío”, suspira. Betty es un prototipo perfecto de madre soltera, humilde y amorosamente latina. No lo sabe, pero lo es.

Ella será la encargada de revertir lo revertido previamente. Álvaro dijo que las grandes ciudades están más seguras. La vendedora de arepas de maíz y queso, que las ciudades pequeñas sufren por eso. Y Betty me da otra vueltecita de ideas: “Cali es una de las ciudades más violentas de Latinoamérica. Es muy peligrosa”.

Entonces tenemos: ciudad más grande segura y ciudad pequeña insegura, pero al final ciudad grande también insegura. Dónde cuernos está la mejoría, me pregunto. Y me ilumino: en las carreteras ha de ser.

La cara de Betty  asiente a desgano. Ella detesta a Uribe. “Sí –dice resignada-, antes no podías andar en bus y ahora es seguro, pero ¿a costa de qué? Aquí hay pandillas hasta en las zonas residenciales ya”.

Las palabras de Betty me las llevo a Bogotá. Me despido de las chicas entre abrazos y muestras de cariño. Llevamos un mes de andar juntos y las extrañaré, pero me gusta la idea de caminar solo por un rato. Solo y conmigo.

En unos días llegará mi familia y pasaré unos días con ellos. Después de más de dos meses de lidiar con el mundo, me gusta la idea de un pequeño refugio. Luego acabaré creyendo que si el Che Guevara hubiera visto a su familia en mitad de su travesía, jamás hubiera habido revolución. Hay lazos que tienden a desalentar las luchas, aunque a posteriori haya demostrado lo contrario.

Subo al bus en la terminal de Cali y sigo oyendo nuevas pintadas. Colombia es un renovado desafío geopolítico y cultural. Me va a llevar tiempo comprenderla. Pero hay escenas que son universales.

Hace unas horas, cuando la caminata por la avenida Sexta hasta el centro comercial Chipi Chape, encontré un hombre descalzo y harapiento. No pedía, no hablaba. No respiraba, creo. Solo desentonaba con la pulcritud reluciente de la zona residencial caleña. A una cuadra de allí, otro hombre en idénticas condiciones. Luego ya no más y el mall más impresionante que haya visto jamás. Gigante, con mucha seguridad y aire libre. Con negocios, gente linda y decoración. Con una insoportable sobre dosis de indiferencia y felicidad impostada.

Chipi Chape y Cali son como todo lo que conocí de Colombia hasta ahora. Sobran los militares y las metralletas. Jamás vi tanto armamento al descubierto. El verde olivo copa el paisaje y asiste grácil a la indiferencia. De eso sobra en Ipiales, Pasto, Popayán y Cali –ya en el Valle del Cauca, otra provincia-. Pero también hay un grito.

La gente, casi sin excepción y diferenciando los pastusos, más tímidos que los caleños y los bogotanos, es amable y calurosa. Y aún tiene mucho que decir y hacer. Lo oigo en sus pintadas silenciosas que le cantan al vidente la crudeza de su realismo mágico.

Popayán. La ciudad blanca.

Capítulo 19º – Volver

Volver a Quito es una experiencia agradable. Desde el primer momento, ya instalado en el mismo hostal que nos sirviera de refugio hace poco más de dos semanas, la sensación es de profunda comodidad. Ahí, recostado y mirando perplejo el ventanal que hace las veces de techo sobre mi cama, intento procesar las historias y vivencias de los días pasados en la selva.

Comemos en sitios que ya anduvimos, dormimos en las mismas sábanas y vemos la misma gente. Estar en quito es como estar en casa. Pero el volver permite redescubrir la ciudad y conocer nuevas aventuras y rincones que serán un gran hallazgo.

Llevo varias horas sentado en el Coffee Tree de Plaza Foch. Es un bar algo más moderno que los que prefiero. Eso o es que hay mucha gente. De cualquier forma sirven un gran cappuccino, tengo acceso inalámbrico a internet y puedo trabajar al aire libre mientras veo a la gente pasar. Uno de los mejores espectáculos que tiene para ofrecer cualquier ciudad es ver su gente pasando. Sentarse y dejar que los mundos infinitos y desconocidos que componen cada ciudadano pase por delante de uno. Eso e imaginar esos mundos, claro.

Estoy trabajando –o intento- en algunas notas para medios argentinos. Siempre hay cosas por contar, pero no siempre se encuentra quien quiera leerlas. Veremos qué ocurre con eso, mientras continuamos yendo hacia el norte.

Cerca del mediodía una fuerza externa me expulsa de la silla y dejo Plaza Foch, para dejarme ir un rato por las calles de la ciudad. Luego he de encontrarme con María –a esta altura ya una amiga- a las cuatro y media de la tarde. Hemos quedado para ver un documental sobre el golpe de estado que derrocó a salvador Allende en Chile. Para eso y para las infatigables charlas que nos unieran en mi anterior paso por Quito.

Volver permite conocer otras calles y rostros también. Uno camina por la ciudad con mayor confianza y como si fuera local –aunque siempre hay un encuentro que le recuerda a uno au condición de extranjero-.

Yendo a lo de María –en realidad al cine- descubro un horizonte cultural en el bonito y bucólico barrio de la Floresta. Es una zona residencial calma, pero repleta de ofertas culturales varias. Escuelas de cine, de teatro, de canto y de expresión corporal. El instituto del Cine y, sobre la calle Valladolid y entre casas bajas, el complejo Ocho y Medio, un centro cultural en el que se respira aroma a café recién molido y un profundo amor por el cine. Allí entra María a las apuradas y con algo de retraso. El lugar es familiar y e boletero, que también es el encargado de encender la cinta, nos ha esperado para dar comienzo a la función.

Salimos de la pequeña sala –no tiene más de cuarenta butacas y algunos almohadones- comentando sobre la analogía posible entre los métodos de la oposición chilena en los setenta y la actual en el Ecuador.

-Hay que salvar las distancias porque lo de Allende fue infinitamente más radical que lo de Correa hoy, pero es increíble la similitud de las estrategias que maneja la derecha – se sorprende y concluye María.

Antes y allá fue infiltrando y dividiendo la clase obrera en las minas de cobre de El teniente –donde estaban los trabajadores mejor pagos y más afines al soñar y actuar pequeñoburgués- y hoy y aquí, ajando el campo popular por el costado indígena. Pasaremos varias horas, ya en casa de María, hablando y analizando la realidad, lo que creemos y lo que queremos.

La Batalla de Chile –su primera parte, “La insurrección de la burguesía” – de Patricio Guzmán, nos ha inspirado para el habla.

El cacao puro mezclado con leche caliente y una pizca de café me calienta por dentro. Ha refrescado y no traigo abrigo. Intercambio varias sentencias con María y me despido. Nos acompaña Vanina, que quería conocerla y se va “repleta de información”. Hemos hablado mucho acerca de la cuestión indígena, por interés de ambos, pero sobre todo porque nos desconcierta y nos desafía en cierta forma. Al menos eso siento.

El abrazo de despedida es cálido. Me llevo mucho más de lo que le dejo, pero sobre todo, una amiga. María me da el correo de su hija Diana y queda en contactarme con amigos suyos en otros países a los que tengo pensado ir. También bromeamos sobre avanzar con el estudio de El Capital y discutirlo juntos. Le agradezco tanta hospitalidad. Me abraza y me agradece ella a mí.

A casa paso el hacia el hostal voy enamorándome de Quito y pienso que podría vivir en ella. Llamo a José y quedamos en comer algo juntos. Es amigo de Tom –un gran amigo de Buenos Aires- y vive en la ciudad. Ya no creí que lo vería, pero la causalidad lo puso al lado mío en el ciber de un pequeño pueblo visitado días atrás –Misahualli-.

José estudió siete años en Argentina. Cine y montaje, en el ENERC y en la escuela de Eliseo Subiela. Trabajó, disfrutó y volvió a su lugar. Aunque antes estuvo viviendo una temporada en el campo, alejado de la ciudad.”Ahora sí, vivo aquí y me gusta. Está bien”. José deja el vaso de cerveza sobre la mesa y me cuenta un poco su historia. Carga muchos proyectos y deseos sobre los hombros. Y carga con un apellido ilustre.

Su padre es reconocido en el mundillo artístico ecuatoriano, su abuelo también lo fue, pero su tío abuelo es, definitivamente, el maestro de maestros. Oswaldo Guayasamín (1919-1999).

José me recomienda visitar su Capilla del Hombre y se suma a las recomendaciones de los amigos chilenos unas semanas atrás. Es la segunda vez que mencionan el lugar y me convence.

Luego vendrá la cerveza, la pizza y algún abrazo. Es una lástima que sea la última noche allí, creo que podría descubrir aún más de Quito con José. Nos hemos visto poco, pero el abrazo es sincero. Me queda una frase en el tintero: “Ya te ven negro y te discriminan”. José la pronuncia al discutir sobre las diferencias entre la policía argentina y la de Bolivia, por ejemplo, pero me la guardo para extenderla a casi todos los rincones y situaciones de Latinoamérica. José no es negro. No más que yo, al menos. A lo sumo un poco más teñido, pero no mucho.

La mañana de lluvia me obliga a un café con leche. Es el primero en dos meses e, inevitablemente, me transporta a casa. A mis sillones, claro, pero también a algún bar de Buenos Aires. A ninguno en especial y, a la vez, a todos ellos. A un rincón muy propio y conocido.

El ecovía, que surca la ciudad de sur a norte por la avenida Seis de Diciembre, nos deja en Bellavista. De allí a subir la montaña para alcanzar al fin, al inicio del bosque, la Capilla del Hombre, de Guayasamín. El centro cultural que la compone, incluye también el edificio de los museos, que es aún un proyecto para dentro de unos años –con diseño vanguardista y vidriado similar al del museo Van Gogh en Amsterdam-; y la casa y taller del artista, dónde vivió, trabajó y están enterradas sus cenizas –en una vasija bajo el Árbol de la vida, que él mismo sembró-. La Capilla es la máxima obra de Guayasamín. La expresión acabada de la vida de un sujeto: su legado.

Legado. La Capilla del Hombre.

El lugar es acogedor y pulcro. Las obras, en cambio, denotan la furia del autor y atacan al visitante. Despiertan su conciencia, pellizcan su indiferencia y maniatan su pasividad.

Tres períodos marcan su obrar. Guayasamín comenzó con un viaje en la década del cuarenta. De México a la Patagonia, recreó el dolor, sufrimiento, miseria y la humillación de los pueblos y culturas oprimidas y colonizadas. De los indígenas.

Luego se ensañó con los militares y sus cruentas y farsescas batallas que idearon. “La edad de la ira”, al el nombre de ese período, abarca un sinfín de cuadros sobre la indecible brutalidad del hombre sobre el hombre. Uno en particular me conmueve hasta las lágrimas. “Lágrimas de sangre”, precisamente. Fechado en 1973 y dedicado a Salvador Allende, Victor Jara y Pablo Neruda. Tengo una réplica que viaja conmigo.

Finalmente, “La edad de la ternura”, ya en sus últimos años. Allí vuelve a la familia, a los lazos y núcleos de contención del ser humano.

“Los rostros de América” –serie de pinturas sobre caras humanas y sus emociones- se deshacen en mi interior. Retrató con envidiable emotividad el llanto y la agonía de los muertos en vida. Aquellos que duelen en cada pedacito de tierra roja o negra de este continente empecinado en dejarse morir y mutilar.

Ya afuera de la capilla y su inacabado mural de Potosí –última obra en progresión sobre los mineros explotados en busca de la luz-, fumo un cigarrillo en la plaza central del centro cultural y aireo mis emociones con la vista puesta hacia el Pichincha y Quito, que nace y muere cada día en aquellos valles y montañas.

La calidad humana y la nobleza luchadora de Oswaldo Guayasamín parecen inobjetables. “El arte es una forma de amar” y “Cada pintura es un grito”, son solo dos frases que supo escribir y refrendar en cada trazo. Tan solo me incomoda la ridícula presencia de la UNESCO exigiendo que la IX Cumbre de Presidentes Iberoamericanos lo llame “El Pintor de Iberoamérica”. La hipocresía alcanza hasta el más recóndito de los refugios.

El arte sirve como herramienta que golpee y despierte. Un sacudón. Un shock. Un efecto posible. Guayasamín lo supo e hizo de él su medio para decirle al mundo su verdad y su dolor. La injusticia, agazapada y siempre triunfante, aún ríe la muerte del maestro.

Muere el autor, pero jamás la obra. Tenemos mucho por ver y hacer. Contamos con el invalorable aporte del arte de Guayasamín como factor des enajenante. Sus retratos, sus escritos, su cantar.

“Yo lloraba porque no tenía zapatos, hasta que vi un niño que no tenía pies”. Otra frase que grita. Me siento en un banco y pienso en voz alta. Les digo a mis compañeros de ocasión que no creo que la paz antes que la lucha. Creo en la necesidad de luchar por acabar con las injusticias. No justifico mi agresividad. La paz es un sujetador para las partes pudendas de los vencedores. Siempre tendremos el arduo trabajo de desnudar las palabras y atrevernos a morder la mano que nos abofetea e impone un bonito concepto.

“Siempre voy a volver, mantengan encendida una luz”, dicen que dijo Guayasamín antes de morir. Siempre se vuelve a Latinoamérica. Siempre al llanto de sus niños. Cómo le dije a Sebastián al despedirlo cuando se volvió para Buenos Aires: “Dedicá tu vida a cambiar esos llantos por sonrisas”. Para que la niñez mutilada no siga siendo la rectora de la existencia futura. Para volver siempre, y al fin y si pudiéramos, ya nunca jamás volver a lo mismo.

Yo lloré. Dentro de la Capilla.

El hombre y el arte. Oswaldo Guayasamín.

Capítulo 20º – Colombia a primera vista.

Apenas uno entra a Colombia tiene la sensación de que el mundo va en franco progreso. Y si viene de dos meses de caminar Perú y Ecuador, directamente se cree estar en el reino del orden y la pulcritud. Del mentado e infame desarrollo. Pero claro, toda primera impresión tiene un revés aguardando.

Apenas uno entra a Colombia, todo se pinta de verde olivo. Y digo “entra” porque una de las maravillas del cruce fronterizo entre Tulcán (Ecuador) e Ipiales (Colombia) es que al atravesar el puente de Rumichaca, ya se ha ingresado a otro país, como si tan solo bastase mover los pies y que la dinámica del andar nos arroje al otro lado. Luego están los papeleos migratorios, para recordarnos que la libre circulación humana es, valga la redundancia, un invento humano.

El verde olivo es el causante de tanto orden. Y, a excepción de un milico que, haciendo gala de su investidura, me despertó en el bus de Pasto a Popayán a puro grito y exigiendo documentos a diestra y siniestra, tienen por costumbre ser amables con el extranjero. No podría asegurar lo mismo para con los colombianos, pero claro, el olivo puede dar aceite y bendecir la fluidez de las cosas con sabor intenso ó puede tener una intensa fluidez para pudrirse y empastarlo todo con amargo sabor. Otra vez, el revés y sus cosas.

“Uribe ha logrado pacificar una gran parte del país. Ahora es todo más seguro y hasta las ciudades lo son”. En un mundo en el que la desigualdad inevitable del sistema capitalista arroja miseria y marginalidad, haciendo tendencia la inseguridad de las grandes ciudades, Colombia tiene un proceso inverso. Al menos para los ojos de Álvaro Camilo Muñoz Morales. Para ser justos, lo entiendo en su agradecer por la seguridad y reconozco que las carreteras se han vuelto transitables. Hace diez años –dicen muchos y son mayoría- era impensable. Pero, bueno, otra vez el revés.

“También, es cierto, hay mucha cosa mala. No por lo económico, sino por los paramilitares y los falsos positivos”. La seguridad en ese sistema tiene su costo. ¿O será el precio que le otorgan la oferta y la demanda? De cualquier forma, tiene un costo y Álvaro lo sabe. Álvaro Uribe también. Ofreción más de un millón de pesos colombianos –un dólar equivale a mil ochocientos- por cada cabeza de guerrillero. Y sembró las calles de sangre y codicia.

Los falsos positivos son aquellos muertos ajenos a la guerrilla e involucrados falazmente para cobrar un premio gubernamental.
Alvarito me dice que eso es malo. Las bases militares yanquis y la privatiación del sistema educativo y sanitario también, agrego. Álvaro asiente, pero duda. Hay quienes aseguran que el temor es el sentir más fuerte. Que es capaz de ejercer su predominio sobre otros sentires y borrarlos como si no existieras. Que es capaz de paralizar o motorizar por igual y en opuestas direcciones. Puede que tengan razón.

A Álvaro lo conocí en Buenos Aires hace poco más de dos años. Vino desde su Pasto natal –Provincia de Nariño-, donde ahora me hospeda. Integró selecciones provinciales de fútbol y un problema con un entrenador –que quiso falsear su edad para un torneo juvenil- lo alejó del Deportivo Pasto, equipo principal de la ciudad, donde llegó a la máxima instancia antes de firmar contrato. Por eso viajó con un bolso y seis mil ilusiones a tierras argentinas. No consiguió club –aunque tuvo pruebas y prácticas en Boca, Huracán, Ferro y Lanùs- y, cansado, de que lo bancasen los padres o el CEFAR de Coqui Raffo, emprendió la vuelta y colgó los “guayos”.

También tuvo problemas de peso por auto dosificarse creatina, pero no guarda deseos de revancha, solo piensa en estudiar –contador público- y despunta el vicio de la redonda en el equipo de la Universidad Mariana. Allí paga cerca de mil doscientos dólares semestrales, pero le descuentan. Bonifican, para ser eufemísticamente acordes al sistema. Veinticinco por ciento por jugar en el equipo de fútbol de campo representativo de la U, veinticinco por representarlos en el equipo de fútbol sala y otro veinticinco por ciento por proyectos de investigación.

Ahora está viendo la factibilidad de desarrollar la producción de chocolate en Nariño, que produce cacao, pero lo exporta sin valor agregado alguno. Luego irá por el último veinticinco por ciento de la cuota, pero dependerá de las notas que saque.

Vive solo en una casa demasiado grande. Solo, pero con el pequeño Simba, que no dejará de gruñirme no una hora de los tres días que estaré allí. El padre, productor de seguros, y la madre, bacterióloga, viven en Popayán. Nos atiende sobremanera y se disculpa por no hacerlo mejor. Al poco tiempo será como un hermano por su calidez, su sencillez, sus ganas de compartir y su infinita sonrisa pastusa.

Pasto es una ciudad mediana. Capital de su provincia y demasiado bulliciosa para ser considerada pequeña. La última mañana está lluviosa, pero acompaño a Álvaro a la sede de la Universidad donde juega por el torneo interuniversitario. Acabaré jugando unos cuarenta y cinco minutos destacados, en un amistoso previo. Con Álvaro nos entendemos dentro y fuera de la cancha, Cuando termina el juego me siento ahogado y moribundo. Pienso en dejar de fumar.

“Es que estamos como a tres mil metros de altura”, ríe Álvaro. “Me lo hubieras dicho antes, negro huevón”, le contesto. No es tan negra su piel, pero así se dice él y así le dicen entre los gomelos –chetos- de su universidad. Sabiendo de la altura me vuelven las ganas de fumar y prendo uno mientras nos volvemos a la casa.

De vuelta allí pasamos por un local de videojuegos que tiene Álvaro en el centro comercial más cercano. Un changuito de no más de diez o doce años se le acerca y le pide trescientos pesos. Le pregunto para qué.

“Para jugar –dice Álvaro- así al menos no lo gasta en vicios”. Son otros vicios, pienso y me llevo la imagen más triste de esta ciudad colonial y moderna según el sitio: un niño con la cara sucia y pidiendo dinero para poder jugar.

Ya al partir, la despedida es intensa. Álvaro nos ha encariñado con su cadencia al hablar y toda su fraternidad. En el terminal se van unos abrazos y dice que nos lleva en el corazón. Aunque suene exagerado, el mejor calor latino es infinitamente más sincero que el hielo transatlántico.

Me quedan algunas dudas para cuando me adentre en Colombia. Muchas pintadas parecen socavar -o intentarlo- el régimen del temor que enajena cuerpos y mentes. Una, por mucho la más directa, me deja alerta y atento: “Informamos: Uribe es asesino”.

Rumichaca. Cruce a pie de Ecuador a Colombia.

Capítulo 18- De la selva profunda.

A todos lados se ven dos cosas: mosquitos y una tupida vegetación. Lo digo en esa forma clisé porque no hay capacidad narrativa que describa con fidelidad lo que veo. Verdes intensos y de mil gamas se abalanzan sobre mis ojos incrédulos. A la derecha, el río Napo que va al Amazonas. A la izquierda y abajo, una alfombra verdosa de mil yerbas diferentes y un aire tibio y húmedo. Hacia arriba el cielo y su infinita calma azulada. Cuando gobierne la noche, veré el espectáculo de estrellas –fugaces y de las otras- más sorprendente que haya visto jamás.

Llevamos días largos en el oriente y, ya fuera de las ciudades, el calor se vive distinto y no atonta tanto. Hemos llegado por la tarde a Puerto Misahualli. Es un pueblo enquistado en la Amazonía, a poco más de una hora en bus desde Tena y a seis horas de Quito. Su gente es amable y su plaza, lindera al malecón sobre el río, lleva la magia que le imprimen los árboles, flores y, sobre todo, los monos, que andan sueltos y a gusto por allí.

Al llegar busco a Pepe Tapia, un guía conocido de María, pero está en la selva con un grupo de daneses y no saben cuándo ha de volver. Un hombre se nos acerca en la plaza y ofrece llevarnos en canoa al otro lado del río. “Selva adentro –dice- está la comunidad indígena Shiripuno y unas cabañas para hospedarnos. El hombre, de jogging verde, remera negra ajustada, cabeza calva y tez oscurecida por años al sol, tiene mirada alegre. Ojos pequeños y brillantes. Más tarde sabré que se llama Jonás y es miembro de la comunidad.

Hemos venido al oriente en busca de otro submundo del Ecuador. A conocer la selva sí, pero ás aún a su gente. Tengo el desafío de acercarme a ese lugar e intentar comprender sus intereses, culturas, experiencias. Misahualli me da una excelente oportunidad de sumergirme en la espesura de la selva y la vida de una comunidad. No puedo resistirme.
Shiripuno es una comunidad alegre –Jonás es solo la fiel expresión de los suyos-. De origen kychwa y asentados en este terruño amazónico de Pastaza hace poco más de treinta años.

“Somos dos familias y toda su descendencia”, me cuenta Robin con la frescura y pureza de un veinteañero que ha nacido en la selva y al que allí se le van lo días cazando el almuerzo y bañándose en el río. Tiene una cara redonda de profundos rasgos aborígenes, aunque percibo cierto mestizaje en algunas de sus facciones. Se parece bastante a un yo lejano que aún existe en una vieja foto de mi infancia. Tenía seis años entonces. Un parecido al que no le hallo explicación, pero que me genera cierta alegría infantil. Como si hallara en las risas y baños de Robín al niño que fui y me resisto a abandonar del todo.

De las dos familias que mencionó Robin se desprendieron cerca de treinta nuevas, que componen la comunidad en estas fechas. Solían dedicarse a la caza, pesca y cultivos, pero cierta ideología naturalista y comercial les vendió una idea que está bien de moda estos días: turismo sustentable. Así es que hoy casi no cazan –salvo algunos para comer y por gusto- y las mujeres de allí han levantado un proyecto de turismo comunitario. Son veintidós mujeres que reciben turistas en las cabañas donde me hospedo y ofrecen sus comidas y danzas típicas al intrépido que desee vivir un tiempo en la selva.

-No hay mucha gente, pero es la fiesta aniversario del proyecto.

Amelie desentona con el lugar, pero se camufla como un miembro indivisible. Francesa, rubia, alta, con hermosas pecas decorándole la cara y un acento parisino al hablar en español. Llegó al oriente hace seis años y ya nunca pudo salir. En Puyo se enamoró de Teodoro –lçider cultural y comercial de Shiripuno- y juntos tuvieron y crían a su hijo Huayra. El pequeño mestizo tiene grandes mofletes, sonrisa amplia y es algo chueco, lo que hace simpático su torpe andar de un año y medio.

“Teodoro habla cinco idiomas”, me cuenta Petronio. Es el shamán de la comunidad y hermano mayor del guía jefe. Lo idolatra y se nota.

“Yo soy hermano del Teo y de Petronio”, me dice Miguel con una sonrisa que se le escapa por el agujero que tiene donde de seguro alguna vez hubo dientes.

“Yo soy primo de Teo”, me dice Nelson, mientras me convida cerveza en la coronación de la nueva reina de Shiripuna.

En la comunidad, todos adoran a Teodoro y a la cerveza.

Al costado de la cancha de fútbol, mientras las comunidades invitadas por el festejo aniversario –Motoristas y Veintiuno de Enero- definen quién ha de jugar contra el local, aprovecho para hablar con Petronio. Me cuenta de ciertas epifanías que tuvo, de cómo empezó con el shamanismo, de las curas y del ayahuasca o yahvé. “No se toma seguido, solo para limpias y para los turistas. A diez dólares puedo dejarte”. La invitación es tentadora, en Shiripuno los turistas o extranjeros somos tratados como reyes a toda hora. O casi.

-Ey, ocho, argentino, tú sales.

Van cuarenta minutos del primer tiempo y empatamos en uno contra los Motoristas. Estoy cansado y el sol me penetra el cerebro, pero detesto salir de una cancha. Juego para Shiripuno y desde el centro del campo –me paro de cinco – tengo buena visión de mis compañeros. Simón, voluntario francés que lleva un mes aquí, de ocho. Teo por izquierda. Edy e Irvin, arriba. Eddy, además de wing veloz es músico. En el fútbol se ven los pingos y recibo la primera muestra de hostilidad honesta en un habitante local. Pantera me reemplaza y cruzamos una mirada abrasiva. A los diez minutos del segundo tiempo yo lo reemplazo a él y ni me saluda. El fútbol logra quebrar la amabilidad obligatoria de Shiripuno con el turista.

“Estamos dos a uno abajo, hay que ganar, luego entras”, me dice Teo. Él cuida al extranjero como nadie, pero esto es fútbol. De todas formas entro. La pequeña muestra de hostilidad queda sepultada con la primera cerveza de la fiesta nocturna. Aún con esa demostración inesperada, me han hecho sentir parte de la comunidad y ya no me sentiré turista mientras permanezca en Shiripuno.

Aman a Teo y adoran a la cerveza, decía. Es inagotable la sed. En todo Ecuador beben mucho, pero en las comunidades son fieles devotos del alcohol. Desde las nueve de la mañana circula la cerveza en abundancia. También la chicha. Me ofrecen y acepto casi siempre. A las once de la mañana hago un `parate que me permite llega r entero a la noche. Ellos no y el espectáculo, en algunos casos, es lamentable. Triste, de agonía neuronal. Luego el baile y, como en todo momento, la alegría reina otra vez en Shiripuno. Al menos en los que se sostienen en pie.

No hay política entre ellos. Se aferran a los festejos y no se perciben rastros de rencillas o revanchas. Adoptan el mestizaje con hidalguía. Viven del turismo y no los incomoda alimentarse de la mano que los oprimió y aún oprime. La cerveza, otra vez, es un maravilloso néctar para la resignación y la aceptación pasiva del orden establecido.
Los días pasan y decidimos partir. De Shiripuno me llevo la pureza de su existencia y la certeza de que los indígenas ya no visten taparrabos. Queda algún retazo de tradición y la innegable espiritualidad, pero taparrabos no. Hay joggings, jeans, zapatos y botines. Hay, sobre todo, mucha calma.

Salimos de la selva y sus indescriptibles sonidos. Las noches tienen ruidos y silencios demasiado profundos y novedosos. Me llevo la calidez de su gente. La entereza con que las mujeres trabajan, mientras los hombres se emborrachan. Centenares de picaduras de extraños bichos. Una parte de mí ha comprendido mucho más de lo esperado y otra parte no comprende nada.

En mitad del río y en la canoa pienso en Janette, hermana de Teo y organizadora de las mujeres. Sonriente, siempre dispuesta. Al bajar despido a Amelie y corro el bus que me llevará a tena. Esperan Quito y María. Tendremos mucho por hablar.

En la selva queda mi prejuicio más pueril y un pedacito de mi ignorancia. Y queda Shiripuno, donde estará grabada por siempre mi experiencia de alteridad. De transformación profunda para pasar de ajeno a propio en brevísimo instante. Para volver a ser ajeno, pero ya nunca volver a ser igual.

La Selva. Profunda.