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Capítulo 17º – Del Oriente Milenario

Intento descifrar lo que voy sintiendo en este nuevo lugar, pero me es imposible. Primero, por la tarde y al volver de Sevilla, cuando quise que me tragara la interminable espesura de la selva y me diera algo de su infinita calma. Luego, por la noche y girando entre las sábanas mojadas de sudor, en un pequeño hostal de Macas. Aquí es el Oriente, zona pre selvática de la Amazonía ecuatoriana. En realidad es la selva misma, provincias de Pastaza, Orellana, Morona Santiago y Napo. Ciudades de Macas, Puyo y Tena, entre otras. Pero ciudades al fin. Y eso le come a la selva su densidad.

Macas es fea. Una ciudad pastosa, que se pega a los pies. La zona es extremadamente calurosa y me pregunto de qué vivirá su gente. Digo esto porque no es un lugar muy turístico, no hay industrias y no parece tener un desarrollo especial. Sin embargo hay exceso de pavimento, cibers y panaderías. También algunas agencias de turismo fantasma. Nadie parece atenderlas ni visitarlas. En la terminal conozco a Winston.

-Soy guía y mi deber es ser amable.

Winston aparece con su bicicleta y una musculosa negra – no se apartará de ninguna de las dos hasta que nos vayamos de Macas- y un acento local, algo más cerrado. Sonrisa medida –no hemos entrado en confianza aún- y bastante amabilidad. Hemos llegado a Macas por la noche, provenientes de Cuenca. No han de ser más de cuatrocientos kilómetros, pero la mala condición de la ruta y el camino de montaña hacen que tengamos algo más de ocho horas de viaje.

Estamos exhaustos y hace mucho calor. Con Winston recorremos un par de hostales, hasta que logro que se calle y me deje hablar. Entonces sí, apelando a la bondad de Vilma, una abuela joven y dulce a la que le tiembla la boca al hablar, obtengo el tesoro buscado. Dos habitaciones dobles y cada quién paga solo cinco dólares la noche. El Hostal Emperatriz también acabará siendo una pequeña sucursal del hogar propio.

Al fin, instalados, Winston se evapora y promete volver al otro día. Dice que puede llevarnos a la selva e insiste con que su deber es la amabilidad. O a Macas no llega nadie y quieren cuidar al turista cual germinación asistida ó a Macas no llega nadie y quieren aprovecharse. O, pensándolo bien y sin un atisbo de paranoia, quizás es aburrimiento pueblerino.

-¿Juegas a los carritos?

Miro al frente y no veo a nadie, pero la defectuosa pronunciación me obliga a buscar algún niño. Bajo la vista y hallo a Madeline. Pantalón rosa de frisa, camiseta de la selección de fútbol del Ecuador –prolijamente metida dentro del pantalón-, aretes colgando, descalza y con un carrito a tracción en la mano izquierda. Es el Max 5 blanco de Meteoro.

Madeline es la reina del hostal Emperatriz en el que su abuela Vilma gobierna. Tiene dos años, según me cuenta trabajosamente con sus pequeñísimos dedos. Es hija de otra de las madres solteras del Ecuador. La cuida la abuela, mientras mamá estudia en la universidad hasta tarde. Al menos tienen esa suerte. Las dos.

Madeline es alta para su edad, pero la prima, de diez años y también hija de madre soltera, peor trabajando, confirma la edad. Lleva el pelo corto y es muy bonita. Nariz respingada y chiquita, dan ganas de mordérsela. Y sumamente consciente de su poder de seducción. Manipula y se ofende con naturalidad y perfecto dominio de las situaciones. Me tiene totalmente embobado y jugamos largo rato a pasarnos el Max 5 o a construir figuras que me propone como desafíos con sus ladrillitos de plástico. Madeline va a enamorar a muchos, pienso. Espero que logre cuidarse de tanto semental incauto y olvidadizo. En Ecuador demasiados hombres olvidan que tienen hijos.

Las construcciones de Sevilla son defectuosas. En realidad no soy arquitecto ni tengo la más remota idea de cómo se construye un casa, pero estas mezclas de adobe, madera, cemento y vegetación, no parecen muy perfectas. Sin embargo, bastan.

En Sevilla Don Bosco viven cerca de treinta mil habitantes desperdigados alrededor de la parroquia y la escuela de los Salesianos y entre el acogedor verdor de una selva piadosa. Son mayoría de Shuar, nacionalidad indígena de la que descienden y a la que aún reivindican. Se diferencian de los colonos- viven en Macas, a cinco minutos- y aunque estén cristianizados y castellanizados, conservan varias costumbres milenarias. Viven de la caza, de la cría de animales y del cultivo de sus tierras. Papa china, camote, yuca, chonta, cebollas moradas y blancas, tomates y zanahorias. Entre los patos, perros y el ganado –aunque este último suele estar en las fincas, más alejadas y en la montaña- crece todo tipo de yuyos, que se utilizan para medicina casera. Como el orégano, que amén de ser diurético, se utiliza para los dolores de cabeza. También tienen tabaco, aunque la mayoría allí ya no fume como lo hacían sus ancestros, según cuentan.

-Tenemos alimento y eso nunca falta. Podríamos venderlo en el mercado –en Macas-, pero no vale la pena la paga. Producimos para comer.

Quien habla es Pedro Ayuy Astudillo, padre de seis hijos, abuelo de unos cuantos nietos. “Antes los hombres tenían como veinte hijos y varias mujeres, pero hay tradiciones que se pierden”, dice Pedro. Tiene cincuenta y siete años, doce de jubilado como ex policía –recibe quinientos ochenta dólares de pensión vitalicia- y una mirada que se ilumina cuando habla de sus ancestros.

Llegamos a Sevilla por casualidad, aunque estas no existan. Caminamos por Macas hasta que un ranchero nos indicó el camino. El bus atravesó un río sobre el agua y, luego de unos minutos por la selva, nos dejó en esa comunidad repleta de historia. A una cuadra de allí donde bajamos, encontré una casa de madera a medio terminar en la que cuatro personas conversaban y bebían una cerveza helada.

Me acerqué a hablarles y nos quedamos algunas horas con ellos. Así fue que conocimos a los Ayuy Astudillo. Y también a Manolo y Rafael, dos terintañeros desocupados de la zona. Allí oímos muchas historias y quedamos para un almuerzo al otro día. Francisca, esposa de Pedro y madre de Mariuxi, perparará una sorpresa tradicional, nos dicen.

“En Sevilla no hay más que un médico que pasa un par de horas al día en la salita de emergencias y ya se va. Si nos enfermamos, no puede ser un fin de semana”, bufa y se ríe Pedro, todo al mismo tiempo. “Hay ochenta y cinco comunidades hacia adentro de la selva y si te pica una culebra, no alcanzas a llegar hasta el hospital, en Macas”. La picadura de culebra es bastante común en cualquier selva, por cierto.

Hay shamanes, animales, tradición e iglesias varias: evangélica, pentecostal, adventista del séptimo día y tradicional. Sevilla es Shuar y católica, es la combinación perfecta entre el ayer y el mañana. Es el hoy en cada costado. En Sevilla solo hay presente.

Por la mañana doy un beso a Madeline y pedimos permiso a Vilma para dejar los bolsos un rato más. Antes de partir a Tena, tenemos un almuerzo que intentamos intercultural. Prepararemos fideos con tuco. Con un gran tuco repleto de condimentos locales. Y recibiremos un tamal de pollo y palmito en hoja de chonta –del árbol al plato, sin latas mentirosas-, arroz- que compran porque no crece aquí sino en la costa, a cuarenta y ocho dólares el quintal- y yuca hervida. Para mí, que me animo, un caldo de pollo con fideos y una papa china. Serán dos horas de puro comer, reír e intercambiar nuestras realidades. Intentar tomarlas prestadas por un momento para experimentarlas y al fin así, si pudiéramos, lograr captar algo de lo que es la vida en ese lugar.

-Mi abuelo vivió ciento diez años y no tuvo ni una cana, como yo. Aunque tengo casi sesenta y ya me duelen los huesos.

Pedro recuerda que de niño solía ver a los ancianos y todos pasaban por mucho los cien años. Después me cuenta de sus hijos ya crecidos –dos son policías en Tena y otros estudian en Macas o Cuenca-. Pedro y Francisca se entristecen por el nido vacío. El hogar es grande y las tareas son pocas a comparación. Ni la más milenaria de las culturas soporta la partida de los hijos sin muestras de dolor.

Mariuxi me despide con un fuerte abrazo. Por detrás, asoma Jordi, que tiene cuatro años y es el niño más revoltoso que haya visto. Mariuxi y Francisca tienen rasgos indígenas como todos en Sevilla, pero una marca particular. Ambas tienen una profunda cicatriz en brazos y rostro. Pareciera el resabio de una vieja quemadura. No me atreveré a preguntar ha sido un accidente o qué.

-Pedro, cómo indígena apoyas el levantamiento y como policía siempre debiste enfrentarlo, ¿qué piensas sobre eso?-. Mi pregunta busca comprender algo más tras los ojos oscuros y pequeños de Pedro y toda su bondad shuar. En el Oriente suelen oponerse al Gobierno de Correa. Al menos en las comunidades, porque en las ciudades es bien distinto.

Pasan largo rato sin poder expresar qué les molesta del presidente y qué pretenden como solución. Enuncian alguna increíble explicación sobre los tonos de sus discursos, sobre la necesidad de más calma y de soluciones que no atenten contra el medio ambiente. Piden trabajo e infraestructura, finalmente.

Pedro apoya moralmente a su comunidad y su gente, pero exige que no utilicen la violencia. No puede hacer acto de presencia en los levantamientos y movilizaciones porque cobra la jubilación y, como miembro de la fuerza, rompería hasta los más mínimos códigos. Pedro no olvida su antigua posición.

La organización social de los indígenas es tan diferente a la de las ciudades que no imagino una solución clara y unívoca. “Vienen con eso del socialismo del siglo veintiuno y nos dan casas de seis por seis. No hay acceso al crédito porque es carísimo”. Veo la casa sin ventanas de fondo y asiento. Pedro sabe bien que esa etiqueta chavista es una chantada, pero no por analizarlo en función del socialismo tradicional, sino por los resultados. La comunidad sevillana también es resultadista. Eso sí, viven de la tierra y juegan al capitalismo de tanto en tanto, para comprar aquello que no pueden producir. Para pagar el gas y la luz, claro.

Me despido de los Ayuy Astudillo con un gran abrazo y nos hacen prometer que volveremos algún día. Me quedan ganas de conocer aún más a los shuar, achuar –detrás de la montaña- y sus particularidades y determinaciones. Y eso que solo son dos de las diecinueve nacionalidades que existen al interior del país.

Mientras camino hacia el bus, despedimos también a Erlinda. Ella tiene una reducida tienda y comedor. Debe ser el único de toda la comunidad y allí almorzamos el día anterior. También nos pide que regresemos y nos lega su simpleza:

-Para que quiero zapatos, si no me los puedo comer.

Ella jura que lo tiene todo y más en la tierra. Desposeída y amable, insiste con que la próxima vez en Sevilla, nos hospedará en su casa. Nos da un beso, nos pide los correos electrónicos y nos dice que no entiende a aquellos que, pudiendo trabajar la tierra, eligen irse a mendigar a los márgenes de las ciudades. Graba su cultura shuar en mi memoria.

Nos han tratado maravillosamente en el pueblo. Mejor de lo que podíamos haber sospechado y, según dicen, por temor a los infiltrados del Gobierno, solían cortarle la cabeza a los extranjeros. Ya decapitados no les daban miedo ni coraje.

Pienso en las diferencias entre la miseria, la pobreza y la simple desposesión. Guardo para mí las palabras de Pedro y sus pequeños ojos negros.

El Oriente –me digo- es un pequeño país dentro de los límites de otro más grande. Ecuador no alcanza para delimitarlos a todos.

La Revolución Ciudadana de Correa se proclama en los carteles de la ruta que une a Macas con Sevilla. Hasta allí llega el Gobierno, aunque por lo visto, no llega más adentro. No es poco, pero no alcanza. Las comunidades aborígenes, nucleadas en la Conaie, Confenaie y Fenosin, anuncian resistencia y levantamientos para “derrocar a Correa”. Pedro los apoya, pero aún él se proclama dudoso de los intereses. Sus quejas no encuentran un interlocutor unívoco y no termina de decirme qué querría. En Ecuador veneran al Che Guevara y a la cerveza. Y andan a mitad de camino entre la revolución desviada y la resignación sumisa.

Supongo que es lógico el aspecto conservador de las culturas y nacionalidades indígenas. Es un componente indivisible de su carácter tradicional. Quieren obras y trabajo, pero no quieren contaminación y explotación del suelo –minerales y hasta petróleo abundan en el Oriente-. Recuerdo un libro del marido de María, Jorge Orduna, que versa sobre las mentiras y patrañas del ecologismo –“Eco-fascismo”- y otro sobre las ONG’s –“La mentira de las ONG’s”–. También veo la sincera mirada de los habitantes de la parroquia sevillana y creo entender su reclamo de paz y riquezas.

Dejo caer mi cabeza sobre la ventana del bus. Mientras mis ojos despiden aquella comunidad, siento una bofetada en mis esquemas marxistas para la superación del capitalismo. Al poco rato me daré cuenta del porqué.

La férrea existencia de organizaciones sociales de la producción pre capitalistas, me desafía. Están enquistados en el corazón del continente y para superar los males inequívocos del imperialismo y sus variantes actuales –incluso mediante turismo y ONG’s-, habrase de tenerlos en cuenta.

Unos niños juegan con una pelota al costado del camino. La tierra les empolva las manos y me seca la garganta. Hace demasiado calor para cerrar la ventana, así que sigo tragando tierra. Hay dilemas sin soluciones absolutas y felices.

Para intentarlo contra esos dilemas siquiera, habremos de releer las experiencias y teorizaciones de Álvaro García Linera, quizás. El ex vicepresidente de Evo Morales en Bolivia, ha escrito y descrito mucho lo que llama el sistema capitalista andino de estos terruños. La coexistencia de patrones capitalistas y pre capitalistas de organización, producción y reproducción social. Con y sin acumulación de capital.

Ninguna lucha es más válida que la que se sabe dar sus propias vueltas de tuerca. Mientras no seamos capaces de desamarrar nuestros dogmas más profundos e inconscientes y, en la ceguera, olvidemos a los Ayuy Astudillo, seguiremos apedreándonos entre hermanos y compadritos.

Habrá que resolver la contradicción entre superar el capitalismo y el pre capitalismo, sin barrer con la histórica experiencia milenaria del Oriente y su entrañable sabiduría.

Sevilla. Casa de los Ayuy Astudillo.

Capítulo 16º – En la Cuenca del río

-Una vez salí al balcón y les disparé a unos vagos que siempre estaban borrachos en la esquina. Después llamé a la ambulancia y la policía y me hice el sorprendido. Les rompí las piernas y ya no jodieron más por acá. Ja Ja Ja Ja.

Efraín suelta una risotada en borbotones y se acaricia el bigote, mientras con la otra mano agita el arma que usara entonces y que ahora nos enseña a Sebastián y a mí, que lo miramos incrédulos. Luego guiña el ojo izquierdo y se acaricia la prominente barriga en clara señal de satisfacción.

¿Está armada?- le pregunto tímido e implorando por una negativa.

-Claro, por si acaso, ja ja ja. – vuelve a reír nuestro extraño amigo Efraín, mientras le rogamos que guarde el arma. Cuando se va, miro a Sebastián y coloco el dedo índice de la mano izquierda sobre la sien derecha y lo giro en inconfundible señal alusiva a la locura de Efraín. Sebastián asiente con cara de estupor.

Efraín es el dueño del Hostal Santa Fe. Hasta allí llegamos con Sebastián a las tres de la mañana del domingo y con las calles de Cuenca desiertas. Él nos abrió la puerta con los ojos entrecerrados y el pelo revoltoso con los rastros de la almohada. Nos quedamos porque deambular por la ciudad un domingo a esas horas nos parecía riesgoso. Luego sabríamos que Cuenca es tranquila, pero oír el ruido de nuestros propios pasos y nuestras respiraciones agitadas no era la mejor forma de andar.

El hostal es cálido, bonito, colonial. Y barato. No podemos pedir más.

La plaza de Cuenca se llena. Es lunes y toda la zona céntrica de la ciudad se desborda. A la vera del río nos sentamos a dejar pasar algunas horas, para reponer las energías tras una mañana completa de caminata por la ciudad.

“Laburamos en un restaurant en Mompiche y nos vinimos acá, loco”. Sebastián ríe y muestra los dientes detrás de una barba de varios días. Es mendocino y está por emprender el regreso. Lo conocimos en Mompiche y me dice que no pudo llegar a México, pero que lo hará el próximo año, trabajando. “Siempre sale algo acá”, dice.

Sebastián me recuerda inevitablemente a los Gomez Zambrano y su oferta para que me quedara a trabajar en su inglés un mes. Latinoamérica es tierra de rebusque y trabajo en una nota para Página 12 sobre eso. Mezclar la experiencia de conocer cada sitio y su gente con trabajo ocasional es un pequeño lujo que me doy por estos días. Apaga las angustias previas por el desempleo y me suma posibles laburos. Y me da crédito económico para seguir surcando el mapa por el costado suroeste, según el dibujo europeo del mundo, claro está.

Parados o sentados frente al río que divide a la ciudad en dos, comprendo que Cuenca tiene magia. Es magnética por su paisaje, por su gente amable y por su tremenda riqueza cultural. Es patrimonio de la humanidad y, amén de la belleza arquitectónica colonial de sus calles e infinitas iglesias, tiene decenas de museos y ofertas artísticas al aire libre. En solo cuatro días que estaré allí, y aún cuando un domingo y un feriado en el medio se nos interpongan, habrá conciertos de jazz y rock al aire libre, muestras de artesanía local y ferias por doquier.

La calle Larga, epicentro de la movida noctámbula, acumula un centenar de baretos y cafetines. También los infaltables puestos de comida para el vacío estomacal que producen el alcohol o la marihuana en los andantes nocturnos. Cuenca vibra y vive. Late en su empedrado incluso.

Efraín es un buen hombre y nos hace sentir como en casa. El precio –y con rebaja- no incluía la cocina, pero la brinda sin reparos e incluso nos abre la puerta a cualquier hora inhóspita en que llegamos. Es el hombre típico del Ecuador central. Seguro de sí mismo, bonachón y poco loco. Aún recuerdo la imagen del arma girando en su dedo pulgar y no puedo evitar asociarlo a un personaje del Zorro. Es, como los policías peruanos en San Andrés, un prototipo mexicano suelto en Sudamérica. Es, sin dudas lo digo, el sargento sancho panza.

Por las noches Cuenca se agita, pero me gusta más andar el bar Zoociedad. Más allá de su simpático nombre, la zoología humana que la habita es de lo más diversa. Hippies, artesanos, turistas, estudiantes, locales, sudacas, europeos, gringos y demás ejemplares. La primera noche allí un yanqui se luce con su guitarra. La hace flamear y, mientras las cuerdas hablan, hace cosas que solo vi hacer a Paco de Lucía o a Luis Salinas. ¡Y es yanqui!, me digo. Habrá que añadir la excepción a la regla. Por suerte tengo las hipótesis ad hoc para cuidar mis teorçias y prejuicios.

Allí conozco a un francés simpático con el que haré una pequeña y fugaz amistad. “Flo es de Nantes y seguro los franceses de allí son menos hoscos y arrogantes”, pienso para justificar lo injustificable. Una excepción más y tiro mis teorías eurófobas  a la mierda. Por suerte –o por obviedad- el noventa por ciento de los gringos y europeos que conoceré en adelante son insufribles o arrogantes nomás. O ambas. Y viven encerrados en sus laptops, para contar a familiares y amigos por skype –a los gritos claro- su experiencia con nosotros los monos y nuestra selva autóctona.

-Me gustar mucho el Che, pero me molesta que mató gente.

Flo me sorprende. No por el comentario, bastante zonzo, aunque la contradicción entre la idea y la muerte siempre ronden la discusión sobre el Che Guevara. Sino porque reconoce abiertamente que no ha leído nada del tema. “Solo vi la película, así que quiero leer, para opinar bien”. En su castellano luchado, significa que no quiere hablar por hablar. Y eso lo enaltece. Prometo recomendarle algunos libros y escribirle cuando llegue a Cuba –él estará en Buenos Aires por entonces-.

Cuenca se me escurre entre canciones a la vera del río y mates amargos. Sentado en una piedra entre el pastizal que bordea el manto de agua clara, voy entendiendo la mixtura de culturas que somos y me amigo un poco con mi parte europea. Con la yanqui aún no, no hay Flo de Nueva York y el Paco de Lucía sajón es un poco antipático después de todo.

Cuenca es bella por todos los rincones. Aún en los menos turísticos y alejados, cosa que no es común en las ciudades. Es la tercera en importancia del Ecuador y tiene los habitantes más orgullosos. Los cuencanos se reivindican como tales. No es poca cosa en un paín en el que nadie sabe bien qué es.

De allí saldremos al Oriente para intentar apresar algún experimento selvático. Me despido de la sierra central con el sabor de lo diferente. De la hosquedad de la costa a la amabilidad de la sierra orgullosa. Veremos que hay tras los matorrales.

Antes de partir juego billar con Mauro. Él tiene dieciocho años y trabaja en el hostal. Es callado y amable. Agradable. Me enseña a jugar como se juega en Cuenca y lo venzo. No se enoja, pero promete ganarme algún día.

Lo más hermoso de la ciudad es que todos en ella se comportan como si fuésemos a volver. Intuyo que el magnetismo hará lo propio con nuestros cuerpos. Si así fuera, aprovecharé la orilla para sentarme a escribir y me perderé –como lo hice ya una vez- por las calles empedradas del centro cuencano.

"El río y sus porqués"

La Ruta del Rebusque

Nota publicada en Página 12.

Capítulo 15º – Cuando pa’ Chile me voy.

-Ya, ustedes se quedan a trabajar conmigo. Saben cocinar y lavar!

Estela nos invita, mitad en broma mitad en serio, y Guty y yo nos miramos y reímos a modo de agradecimiento. Es la última noche en Baños y estamos preparando unos fideos y una ensalada de papas y huevos. Anoche hicimos asado y hoy ha tocado variar.

Guty se maneja bien en la cocina, es chileno, tiene veintiún años, ojos claros, piel bronceada y el cabello rapado, pero con una cresta. Es rubio. Lo conocí junto a su amigo Mischa y sus novias –pololas- Francisca y Arian. Pancha y Ari, desde ahora.

Estela es mayor –“tengo edad de abuela”, dirá- y lleva el cabello de un rojo furioso. Entre zanahoria y caoba, un multi-tono excepcional. Es de baja estatura, pero corpulenta. Luego me enteraré –cuando rechace nuestra invitación a cenar- que tiene un by pass gástrico reciente, “porque era muy gordita y ya ni caminar podía”. Estela ríe mucho y es ruidosa y atolondrada. Es cálida, como abuela, y exagera en las preocupaciones. También como abuela.

Es la dueña del hostal Millenium –a la vuelta de la terminal de buses de la ciudad- y allí es quien manda. Roberto, su marido, se ocupa de atender el almacén de la esquina–conectado con el hostal por la cocina-, pero atiende a la vez todas las demandas de Estela.

-Roberto, trae azúcar. Y Roberto trae.

-Roberto, dale tomates a la chica. Y Roberto, claro, le da. Roberto tiene pocas canas y extrema paciencia.

Mientras cocinamos, llega Gala. Ella es rosarina y ha de tener la misma edad que Guty. O parecida. Tiene unos ojos verdes que hipnotizarían a cualquiera que se dejara mirar y trae fideos para prepararle a sus compañeros de viaje, Jonathan y Diego. Los tres son de Rosario.
Estela bufa un poco porque son las diez de la noche y quiere cerrar la cocina y el almacén:

-¿Por qué comen tan tarde? ¿Pueden dormir así, tan llenos?

Las preguntas se deben más a su extrañez y cierto enfado, que a un verdadero interés intercultural. Gala se fastidia porque Estela domina la cocina y no nos deja hacer a gusto. Guty y yo seguimos riendo con cierta complicidad. Al fin y al cabo, es la dueña de casa y, aunque colabora más por apuro que por bondad, no tiene un ápice de maldad. Es una abuela interactuando con sus nietos y la diferencia generacional funciona parecido en Argentina, Chile o en Ecuador.

-“Hola, somos los amigos de Chile, estamos en el hostal Millenium, a la vuelta del terminal. Pagamos cuatro dólares la noche y tenemos cocina”.

El correo de Ari me llega cuando ya estamos instalados en otro hostal. Transilvania su nombre. Si alguna vez caen allí, sepan que es muy bonito y ameno. Que sirven desayuno rico y está incluido el servicio de internet. Y, sobre todo, que no son simpáticos los israelíes que lo regentean y que a las once o doce de la noche, te echan de cualquier rincón semi público del hostal.

A Baños llegamos ya entrada la medianoche y, si bien es tranquilo y seguro para yirar, no andamos con ganas de hurgar mucho en busca de alojamiento. Al otro día cambiaremos de planes y nos reencontraremos con los chilenos. A ellos los conocimos en Mompiche, en un atardecer playero en el que compartimos el calor reparador de una fogata repleta de música. Una verdadera zapada entre lo que, hasta entonces, eran nueve desconocidos. Todavía estaba Abuty con nosotros. Así comienzan la mayor parte de los hermanajes de viajeros. Por error o casualidad causal.

La mañana en que íbamos a Quitumbe con Sebastián, aquella de las sentencias y casualidades causales, nos topamos con los cuatro chilenos en Quito. Estábamos cerca del Ejido y yo llegaba tarde al almuerzo con María. Decididos a tomar-coger un taxi, optamos por atravesar la plaza inmensa por el centro y en diagonal, desde la avenida Diez de Agosto hasta la avenida Patria.

En medio del parque fue que los vimos, a Guty y Mischa primero, y a sus novias después. Llevaban apuro por ir a Baños y sellamos la unión trasandina con la idea de encontrarnos en esa ciudad por la noche. Mientras hablábamos del terremoto en Concepción –nos habíamos enterado esa misma mañana en Quito- le escribí mi dirección de correo a Ari. Ella es la más pequeña del grupo. En realidad es de la misma edad que Pancha, pero parece menor. También es la más bonita.

Ari es de baja estatura, tiene una mirada profunda de ojos negros y el cabello lacio y castaño. Le encanta mostrar los hombros, el ombligo y las huesudas caderas, que se escapan de su vientre chato. Seduce aunque está con Mischa, su pareja. Cuando los hallemos en Baños habrá dejado ese juego. Cuanto más se estrechan ciertos lazos sociales, más se rompen aquellos instintos más primitivos y carnales. Vanidosos.

En este caso, mejor así.

-Has cantado todo el viaje- ríe Pancha.

A decir verdad, me sonrojo un poco. Las dos horas de regreso desde Puyo a Baños he cantado al viento. Vamos los ocho –ya sin Abuty- en la caja de la camioneta Ford en que Estela y Roberto nos han llevado de excursión al pre selva. Llegamos hasta l provincia de Pastaza, ya en zona de Amazonía ecuatoriana. Y, tras un cigarrito de marihuana en un riacho, emprendimos el camino de regreso. Allí mis cantos, mientras la mayor parte del grupo se quedan dormidos.

En el trayecto veo un aeródromo desde el que parten vuelos en avioneta, que unen la selva y las ciudades cercanas en las zonas del centro y el oeste. Días más tarde, una huelga dejará sin transporte a los ciudadanos del Oriente por unas cuantas horas. La suba en el combustible hace inviables las empresas unipersonales o familiares que prestan el servicio y, a la vez, los habitantes de la zona no pueden afrontar tal gasto. La subvención del Gobierno parece la única solución. Las petroleras y distribuidoras de combustible son lo suficientemente grandes e impersonales como para pensar o sentir algo diferente al rédito, las ganancias, los costos y las proyecciones del precio del barril de crudo.

Ecuador no es tan diferente de Perú o de la Argentina en esta y otras tantas cuestiones. Aún así, la gasolina es cuatro veces más barata que en Buenos Aires. Y mejor no sacar cuentas de la diferencia con los surtidores de la ruta, esos que, entre la nada y la nada, aumentan hasta un cuarenta por ciento los precios.

-Salí de acá porque se pudre. Te cago a trompadas eh.

La amenaza de Sebastián a un mono es una de esas imágenes que quiero llevarme para siempre. Hace rato que reía de tal manera. Es un gran tipo y guitarrista. Una gran compañía de viaje y un cagón si de animales se trata. Ya lo vi correr ante una rata y pelearle a un mono. Mejor no hablar de su temor por las palomas.

En la Casa del Árbol –con diez pisos y hasta habitaciones en los últimos dos- se puede apreciar la inmensidad de la selva a lo largo y a lo ancho del cantón Pastaza. Un manto verde y espeso copa la vista hasta el horizonte. Hasta cualquier horizonte. La mera vegetación también puede ser impactante.

Luego los cantos y el silencio.

-Yo si fuera a votar elegiría a la izquierda. El más cuerdo era Arrate, pero incluso Ominami comenzó bien y luego tuvo que cambiar e discurso.

Los fideos están acabándose y Mischa me sorprende con su particular visión política. No está inscripto para votar. Ninguno de los cuatro lo está –en Chile no es obligatorio votar-. Mischa tiene la misma edad que Guty y también es rapado, aunque sin cresta. Se conocen del colegio secundario. Ari y Pancha también.

-Me provoca una profunda tristeza que gane Piñera. Siento que, aunque la Concertación sea tibia e impresentable, esa derrota habla de un pueblo ignorante de sus determinaciones y cargado de un individualismo exitista.

Los cuatro asienten con mis palabras y comparten la congoja, pero Mischa insiste con que descree del voto y las mediocres opciones de la democracia. También con que ojalá le vaya bien de todos modos.

Me sorprende la liviandad con que toman el hecho de no votar siendo herederos de allendes y pinochets. No soy un adorador de la democracia burguesa y entiendo –mucho más de lo que quisiera- su postura. Son conscientes del sistema opresivo en que viven, pero no se sienten parte de su solución. Ni de la lucha ni del intento siquiera. La enajenación por opción, también hace eco en Latinoamérica.

Un estudiante de Letras –y ex de Filosofía-, una estudiante de Antropología y una aspirante a arquitecta. Mischa es el único que no sabe si estudiará informática o música. Ha probado Ciencia Política y Periodismo, pero se queja de la escasa profundidad y del bajo nivel académico.

Le cuento que soy periodista y licenciado en Ciencia Política y le explico cómo lo he vivido en Buenos Aires. Lo comprendo al dedillo y le aconsejo que no busque fuera de él aquello que no esté interesado en hacer o lograr. La formación está en leer y en vivir, el resto es sólo un gran marco teórico-técnico y no hay que pretender más de lo que puede dar.

La última noche en Baños de Ambato se vuelve agitada. El exceso de ron me descompone y ya no volveré a ver a los cuatro chilenos ni a los tres rosarinos, ni a Estela ni a Roberto. Al otro día, la salida de esa pequeña ciudad con aguas termales –de allí el nombre- y epicentro del deporte aventura y las visitas a cascadas, a una hora de Ambato y entre las montañas, será en silencio y a mediodía. Me iré con Sebastián. Sheila y Vanina se nos unirán finalmente en Cuenca, pero entonces no lo sabíamos y nos invadía cierto sabor a despedida.

Ya en el bus me acuerdo de Mischa, Guty, Ari y Pancha, que emprendían la vuelta a Chile, para estudiar y para ver como encontraban a sus familias y al país en general, con semejante conmoción. Nunca nos mostraron una angustia honda por el terremoto. Estaban apenados, se preocuparon seis minutos y llamaros a familiares y amigos, pero siempre hablaron de eso con extraña tranquilidad y desapasionamiento. Como quien habla del clima loco y la humedad, que mata.

Los cuatro serán siempre una incógnita y a la vez grandes amigos. O algo semejante. Cuatro cabecitas lúcidas y conscientes, pero algo vencidas de antemano.

Por suerte nos queda la resistencia cultural, a la que sí se pliegan. Para dar batalla en cada letra, en cada dibujo. En cada canción.

Asado

Capítulo 14º – Una mujer y cien sentencias

Camino por los alrededores de la Plaza Del Teatro y voy recuperando el amor por Quito. Más allá de su belleza citadina y su pintoresco recorte de las montañas, es lunes y la ciudad respira otros aires rutinarios. De pronto, como si comprendiera una sentencia escuchada unos días atrás, veo a Quito con otros ojos. Y la gente, que hasta hace minutos era de mármol, late y vibra con ritmo y anhelos. Con esperanza.

Es nuestra quinta mañana en la ciudad. De camino a la terminal de Quitumbes – en las afueras de la urbanización, por el costado sur-, Sebastián se descompone y bajamos del trole para que coma algo. Aprovecho para hacer unas llamadas telefónicas y miro a Quito en un lunes típico.

Sebastián lleva varios días incómodo, pero otra sentencia se cumple y, por algo inexplicable, el malestar se va con las primeras horas de la mañana y sus intrincados sucesos. Flotará en el aire una sentencia: la casualidad no existe.

Yo agrego: si existe, es chistosa y se caga de la risa.

Las sensaciones extrañas vienen de un día atrás. De a poco, vamos sintiéndonos expulsados de Quito. Como si precisáramos salir de la superficie a la que la ciudad nos expone. Hasta entonces, tenía el agridulce de no lograr conectar o comprender a los quiteños y su melodrama silencioso. Y encontré una dama llena de sentencias didácticas.

-Aquí es tremendo, ¿viste? – me pregunta María sin esperar respuesta, mientras hace un segundo té que acompañamos con las delicias que su padre le compró y ella me ofrece. Masitas de coco y manzana, galletas de vainilla –“No son gran cosa, pero me recuerdan a mi infancia. Las cosas de la infancia tienen ese sabor único”, dice María–.

-Nadie parece interesarse por nada ni por nadie. Pero hay que estar atento. Por adentro hay cosas que siempre pasan.

La procesión, pienso.

María del Carmen Garcés me recibe en su casa de Valladolid y Madird, a pocas cuadras de donde me hospedo, en el barrio de la Floresta. Llego a ella por intermedio de Diego Cano, un profesor-compañero del grupo de estudios sobre el Capital, en la Universidad de Buenos Aires, que cursé durante 2009.

En primera instancia, parece simple. Una casona despojada, con una Land Rover del setenta en la entrada. Puertas verdes y paredes lilas y desnudas. Muchos libros, mucha vida que se percibe y poco ornamento a la vista.  Parece simple, dije, pero descubriré un ser humano tan complejo como otros. Sin embargo, cierta humanidad hará que la simpleza resurja cuando intercambiemos sentencias.

María es bastante célebre en cierto círculo intelectual de su país y algunos del continente. Escribe. Ficción, política, sociología, entrevistas y demás. No tiene un rubro particular, pero sí ciertas obsesiones. Su máximo trabajo ha sido, se nota por como lo atesora y porque pasó veinte años estudiando para concretarlo, el libro sobre el Che Guevara y la guerrilla en Bolivia.

-No sé porqué se ensañan en hurgar tanto, cuando lo del Che en Bolivia fue perfecto por donde se lo analice. Desde el sillón y con los libros, es fácil criticar.

María gesticula mucho y frunce el ceño con frecuencia. Tiene cincuenta años, jogging gris y remera negra. Lleva el pelo atado y –me dirá—siempre lo tuvo bien rizado. Habla del Che como si fuese un viejo amigo. La profunda búsqueda la ha llevado a esa sensación, intuyo. Vivió muchos años en Bolivia y otros tantos en Argentina, pero volvió a Quito porque aún no hallaba su lugar en el mundo. O quizás sí, ríe. Nació en un pueblito cercano, Latacunga, y aunque le cuesta sentirse en casa entre quiteños se va amigando con el día a día.

Con María pasaremos horas hablando e intercambiando apreciaciones  y sentencias sobre la política, actual y antigua, y sobre las sociedades cristianizadas en las que vivimos.

-Es rara mi situación actual, no estoy separada, pero vivo en este refugio sola hace cuatro años. Jorge, mi marido, sigue en el pueblito de Mendoza donde vivíamos juntos. Cada tanto viene. Soy como una especie de ermitaña.

María ríe con la comparación. Tiene mucha vida social, pero se alejó de los conocidos de siempre. De aquellos con quienes cada vez le era más difícil acercar posiciones o intereses. Sin embargo, está Dorita, una indígena que la llama y agradece su ayuda y con la que es amiga hace años; Muga, un hip hopero marginal con mucha llegada a barriadas populares, que le pide que grabe un poema de su autoría antes de una canción; Diego Cano, con quién discute acaloradamente por mail porque le critica en exceso su defensa del Che y sus libros; y otros tantos personajes que pululan por su vida.

María me aclara que no es guevarista –“Que yo ni sé que es eso”–, pero está un poco enojada y alejada de los intelectuales que discuten al dedillo los textos sagrados del dios Marx. Ella también ha sabido amarlo y aún lo ama, pero como hombre y ejercicio práctico. María no se apega a ninguna sagrada escritura. Tiene espíritu rebelde, con una libertad solo sujetada por la angustiante consciencia social.

Mientras me recomienda algunos autores ecuatorianos (Pablo Palacios, Eugenio Espejo, Jorge Carrión, entre otros), y busca algún libro que darme, miro en la pared de la cocina y solo hay una foto. Lo mismo en la pieza, despojada y con un colchón rodeado por varios libros en el suelo. En ambas fotografías, la misma niña de ojos claros y pelo rubio y rizado, me mira desde un lugar lejano y desértico.

-Jorge es uno de los estudiosos marxistas más interesantes que he conocido. Él aún vive allí donde estábamos juntos, en un pueblito mendocino de montaña, cerca de Potrerillos. Mi hija, Diana, en cambio, eligió Buenos Aires.

La nenita rubia de las fotos tiene hoy veintiún años y estudia cine en el Cyevic. También dice que va a estudiar El Capital. Anda con ganas de un estudio sistemático, me dice María. Trato de imaginar a la nenita rubia en la selva porteña. Imagino que podría cruzarla en cualquier cursillo o en el subte algún día.

-¿Un médico hay!? Ey, ¿algún médico?

Mi grito retumba en el trole y la sentencia de María se hace carne. La indiferencia me ofende. O me duele. Sebastián levanta la cabeza de un hombre que se ha desmayado y yo le paso agua. Él le da azúcar para reanimarlo. Unos minutos más tarde una mujer se nos unirá. No me basta, la sensación es extraña y se entrecruzan ambas sentencias: nadie se interesa por nadie y no existe la casualidad. El sobrecito de azúcar descansa en el bolsillo de Sebastián desde cuando bajamos del trole por su descompostura.

El fastidio nos abandona al llegar a Quitumbe y, entre diálogos pseudo filosóficos y  algo confesivos, sacamos pasajes para Baños. Algo ha cambiado y, aunque no pueda definirlo, me invade la fe. No soy creyente, pero renuevo el lazo que me ata a la humanidad y hasta se aliviana la carga de la consciencia social. Se hace menos pesada.

-¿Podrías dejar el asiento al niño?

La negativa me sorprende. Una mujer de apenas veintisiete o treinta y dos años, no muy bonita, pero bien arreglada, se ofende con la pregunta. Que viajé parada desde Ambato. Que tengo tacones, no ves. Que pídele a algún hombre. El niño, al que la madre dice que no le dan el asiento porque ya está grande, se golpea la cabeza con mi mano. Si no hubiera lastimado mi dedo pulgar de la mano derecha, el chango, de tez mate y evidente ascendencia indígena, se hubiera partido la cabeza en dos o más pedazos.

Sebastián prueba con un joven de piel morena y dientes blanquísimos, que sonríe y cede el asiento sin mucha molestia. Me agrada, aunque siento que debió cederlo por su cuenta y hace rato. Sobre todo cuando la negativa de la muchacha arregladita y poco agraciada.

El changuito se sienta y, junto a su madre, nos sonríe y agradece. Tiene solo cuatro años. Quito me demuestra otra sentencia que retumba en mi cabeza.

-Aquí son muy racistas. Sobre todo con los indígenas, porque los negros tienen más poder. ¿Si me entiendes, verdad?

La entiendo, claro. María ha preparado el almuerzo. Yo he llegado muy tarde, pero no me lo reprocha. Sopa crema de brócolis, pan caliente, arroz salteado con carne picada y verduras. Una botella de buen vino chileno y un delicioso postre casero a base de cacao puro. María es una excelente anfitriona, aunque se disculpa por no haber hecho patacones (banana frita).

También ha sabido echar visitantes cuando no se ha sentido a gusto, me cuenta. En su infinito amor por la sociedad, también cabe el dolor de la frustración. No le gustan los turistas que no intentan siquiera procesar lo vivido. Yo sí le gusto, lo intuyo en nuestra charla y cosas en común. Y también en su invitación a volver.

-El turismo es una nueva forma de colonialismo.

María se destapa con una teoría acerca del daño que causa la visita de gente con dinero y en busca de mera diversión a Latinoamérica. De pronto, me siento como debe sentirse el león en el zoológico. María comprende que es una de las mayores industrias y que sin capacidad de exportar otros productos, estamos explotando nuestro aire, suelo y culturas para quienes se animen a venir a verlos. Sin embargo, insiste con lo negativo y poco lucrativo del asunto.

-La mayor parte es para las agencias locales de Europa. He estudiando mucho ese tema.

Mientras relata su experiencia –cuenta con más de diez años como guía de montaña en su país y en Mendoza, además de recibirse de letras en la Universidad Nacional de Cuyo–, gesticula con las manos. Me ofrezco a lavar los platos, pero lo rechaza sin dejarme capacidad de oponer resistencia alguna.

-Renuncié porque no aguantaba más a los franceses y los yanquis. No quería volverme racista, pero es que son tan odiosos con su mirada sorprendida e indiferente sobre nuestra miseria.

María expone su angustia, su bronca y hasta su vergüenza por acercarse a un racismo que odia. Luego hablaremos un rato de la sociedad, de cómo la enajenación doblega a casi todos los hombres y de la necesidad de buscar un qué hacer, pero también la felicidad. Alejarse del sufrimiento.

-No me gusta esa cosa cristiana del sufrir acá, para disfrutar en el cielo.

María es sumamente frontal y me aporta su regalo de sabiduría. Del que conoce por lo que ha vivido y buscado. Por eso se ha amigado con el pueblo, con lo que la gente es y no con la que ella espera de ellos. Exige, pero afloja.

Está entusiasmada con Correa, lo ve como un proceso abierto y, amén de diferencias de criterio, le gustan sus medidas en salud, educación e infraestructura. Teme por el levantamiento indígena anunciado por la CONAIE hace días en Ambato. A la fecha, una semana después, aún no ha tenido mayores repercusiones, aunque cabe esperar porque la cosa no está sencilla.

Los indígenas han roto su relación con el gobierno de Acuerdo País. María aduce que, fogoneados por oposición, ONG’s y países externos, están radicalizando su postura hasta tornarse autonomistas. Separatistas incluso parecieran. Es racismo a la inversa, pienso y comparto con María, que asiente. Las diecinueve nacionalidades internas, reconocidas en la última constitución plurinacional promovida durante el primer mandato de Correa, hacen quimérico el intento por definir un ser ecuatoriano nacional.

La charla se hace más y más intensa y atrapante. La botella de vino acaricia mi estómago y todo se hace aún más ameno en la casona de paredes lilas y puertas verdes. Demoro mi partida y salgo casi a las corridas. De cualquier forma, habré de perder el bus y deberé comprar pasajes para uno que sale más tarde. Quedará pendiente otro encuentro cuando vuelva de la selva.

María insiste con que ha de verme y me contactará con su hija. Yo insisto en que no hay casualidades y miro una vez más la foto de Diana –rubia de rizos y pequeña en el desierto—antes de partir.

Me guardo sus ojos, de seguro la cruzaré en algún subte de Buenos Aires. Espero no serle indiferente.


Quito

Quito

Capítulo 13º – Un mes después

Abuty me agradece por todo y repite la misma frase tres o cuatro veces mientras corremos el bus que lo llevará de Mompiche a Pedernales. De allí viajará a Guayaquil y ya no volveré a verlo. Al menos por unos meses. Abuty me abraza rápido porque el bus se le escapa. Agradece de nuevo y no tengo palabras para decirle que no. Que soy yo l que agradece.

La tristeza es prima de la alegría y, mientras vuelvo al hostal –donde Vani, Shei y Seba aún duermen–, voy repasando los últimos veinte días que compartimos. De Lima a Trujillo, a Huanchaco y a Máncora. De Guayaquiles, Montañitas , Canos y, al fin, Mompiches. Me tiembla un poco el cuerpo a pesar del calor húmedo y una lágrima ridícula resbala y me limpia los ojos, antes de conciliar nuevamente el sueño.

Viajar e ir dejando atrás cada hora obliga al ejercicio repetido de la adaptación al cambio. Un hermano se va y, cuando me levanto –cerca del mediodía–, pienso que mejor así. Que la velocidad es buena compañía para las despedidas. Y que, por el tiempo o en forma consciente, no llegamos a deciros más. Gracias, buena suerte y nos vemos.

Mompiche se me dobla por el costado más nostálgico y la lluvia no ayuda. Sigo en casa, porque la casualidad causal me puso con gente que me gusta y contiene. De cada pedacito de playa paradisíaca en este pueblo brota un silencio guía y nutre la existencia más pacífica. Nunca creí en la felicidad como concepto ni mucho menos como totalizante. La sensación es un estado. Son momentos y hoy, bajo el cielo estrellado de este mundito pesquero y semivacío, encuentro un momento.

De a poco los kilómetros se agrupan en el bolsillo de lo andado. Quedan atrás las vidas de las que me despojé y se encienden nuevos bríos en cada paso. Llegar a Quito es un contraste fuerte. El frío, la urbe y la mañana asomando por entre la montaña. Las ciudades son amables en solo dos momentos: al amanecer y cuando oscurece.

No duele tanto el choque en mis sentidos, pero empiezo a pensar que no hay una búsqueda en tanto andar. La finalidad, si es que existe tal cosa, está en ese andar.

La noche me sorprende en un bar de la Mariscal. Quito es más pintoresca que las otras ciudades vividas –a excepción de Cusco y sin haber pasado aún por Cuenca–. Está en un valle entre cerros y la temperatura es agradable. No más de veinte grados. El centro histórico se colma de gente y me gusta dejarme ir en la Plaza Grande, allí donde pareciera que la ciudad late.

Las calles son más amplias de lo que suele gustarme, pero siempre encuentro algún pequeño caminito para andar sin buscar rumbo. Entre las iglesias siempre rimbombantes emergen gran cantidad de museos y mausoleos. Quito, como toda gran capital, hace del recuerdo un monolito.

La gente es algo amable, aunque aún no hago verdaderas relaciones. Quizás el hecho de viajar con gente cierra un poco esas oportunidades. No me quejo.

Decía que estaba en un bar de la Mariscal. Es un recodo coqueto en la zona más parecida a Palermo que he visto en todo lo que llevo de Latinoamérica. Se mezcla lo cool con lo bohemio y Plaza Serrano desemboca en alguna avenida más lujosa y repleta de hoteles. También es el perímetro con más locales bailables por metro cuadrado.

En el bar pasan música variada y estamos solos. Allí asisto a una sesión emotiva impensada en la que cada quién suelta la versión más desnuda de sí mismo. Hay conexión inalámbrica de internet y aprovecho para chequear unos correos. Sobre el mantel rojo, las velas arden hasta consumirse y consumarse. A fin de cuentas, una vela sí conoce su destino y realización.

Un correo llega a mi bandeja de entrada cuando estoy por ceder la computadora para que otros hagan lo propio con sus cuentas de correo. La vista no me ayuda o no doy crédito a lo que veo. Algo me agarra desprevenido. Javier Bill Mondaca Luna me ha escrito.

Hace unos días, cuando Camilo y Guayaquil, hice una mención a la forma en que las experiencias traumáticas se automatizan en el relato. Quizás hablaba de mí. Mejor dicho, hablaba claramente de mí. De Machu Picchu y de todo. Ha pasado un mes de esa noche en Wiñay Wayna. El recuerdo está en algún rincón de la memoria negada, pero ese correo lo rescata de la mecanicidad atrofiada.
“Que nunca te pase eso”, me dice Sebastián emocionado. En los ojos y en la voz leo su atención. Ha escuchado mi relato y me ha visto llorar. Una lágrima redonda y sin tapujos hace un manchón en el mantel rojo. El correo de Darwin, aquel guía cuyas palabras encabezaran la nota de Perfil y que me inculcara su visión de los apus y la pachamama, ha desencajado ciertos engranajes. Y cuando empiezo, la emoción me vence por completo.

Sentado en un bareto algo yanqui y despojado de localismos, leo un ensaje que tardó un mes en llegar. El aire ha mutado y es espeso, Hay tensión, pero de la bonita. De la que se compone de sentimientos puros y sin filtros. De a poco, y casi sin capacidad de notarlo, repaso uno a uno los momentos que hace un mes me expusieran a la supervivencia.
Nadie sobrevive en vano, siempre aprende de ello, pienso. Darwin alude a dios, al cariño y a la familia. Y me bendice. A mí y al de mi Doctor Alan, Pipa, a quien me pide le escriba.

Un pequeño escalón de mi escalinata emocional se humedece y resbalo. No hay golpes. Solo seis ojos llorosos que me miran atentos. A casa palabra vuelvo a conectarme con lo doloroso y aún lo positivo de lo vivido.

No puedo contenerme y agradezco estar con esta gente al momento en que me ocurre. Sebastián me palmea el muslo y me contengo de pedir un abrazo que no llegará, pero será silencios y palabras.

Quito es una brasa caliente y, a cada cigarro, la encuentro más bella. Extraño a Pipa, Michu, Abuty y a toda esa gente con la que lloré y reí. En Quito las palabras rebrotan con las lágrimas. Es bueno, como dice Vani mientras narra algún dolor propio.

El pequeño manchón en el mantel rojo me devuelve algo. No sé qué es, pero es una lágrima que se ha demorado un mes.

Capítulo 12º – Canoa y después.

-My name is Coraima.

Llevo unos días afincado en un pequeño hostal de Canoa. En realidad, el Lalo & Beach es la casa de la familia Gomez Zambrano, donde han levantado un albergue para turistas. Antes tenían un bar, me cuenta Coraima. Ella debía atenderlo mientras sus padres se ocupaban del hostal. Luego lo cerraron y el Lalo & Beach fue creciendo.

Coraima es la hija mayor, tiene nueve años y le estoy enseñando algo de inglés. “Para que pueda hablar con los gringuitos”, me dice Adriana Zambrano, la madre de la familia y el motor de esta casa. En un puñado de días nos harán sentir parte de ese mundillo suyo y será muy difícil dejarlos.

Canoa es un pequeño pueblo, al norte de Porto Viejo, siguiendo por la ruta del sol que acaricia la costa pacífica en Ecuador. Es bello y austero, está a unas tres horas de Manta y a una hora de Jama. También está cerca de Pedernales y a unas seis horas de Mompiche, nuestro próximo destino. La gente del pueblo vive de la pesca o del turismo. Hay una callecita principal de tierra comedores y también un único lugar que ofrece computadoras e internet.

Canoa está a mitad de camino entre lo primitivo y agreste y la revolución cultural. Pero mucho más cerca del primer punto. La playa es amplia y, aunque el mar está agitado en toda la costa por la temporada del niño y sus lluvias–y luego sabríamos que por los movimientos de placas tectónicas–, el atardecer es una postal inmejorable. El sol, perfectamente redondo y naranja, tiñe una fina capa de nubes disueltas y recorta el cielo –allí donde se funde con el mar—hasta esconderse en el horizonte. El sol duerme y Canoa se hace aún más apacible y cálido.

José Eduardo “Lalo” Gomez tiene treinta y tres años, cuatro más que su esposa. Aunque no están casados, se llaman así. El casamiento fue el sueño de Adriana, pero ya no lo creen necesario. Sobre todo Lalo.

-Solo es para problemas- me dice. Es extraño, pero en un pequeño paraje ecuatoriano, donde aún las mujeres deben pedir permiso a sus mayores para noviar con algún muchacho, Lalo piensa como un perfecto citadino moderno. Al menos en eso.

También me cuenta que antes fue pescador. Hoy, en cambio, el pescado lo compramos en un local –que no llega ni a local, a decir verdad—a dos casas de la suya. Hemos decidido comer en familia para despedirnos. Mañana dejaremos Canoa y a los Gomez Zambrano.

La mayor parte de la semana la he pasado en una hamaca paraguaya en el parque de nuestro refugio hogareño. Allí o en la reposera –perezosa- azul de gabardina. El patio invita a quedarse, tiene un extraño magnetismo y es muy complicado salirse de él. Allí el calor es compañía y las horas pasan de largo sin que se perciba el paso del tiempo.

Las mañanas son mías. Me gusta ducharme para barrer con el sudor tibio de las sábanas siempre húmedas –Canoa cuenta con un solo defecto en la humedad—y dejarme ir en el patio. Allí aprovecho la soledad para leer o escribir. Solo estoy en compañía de los pericos de la casa y de los gritos de los carritos de venta ambulante. Venden desde yogurt hasta verduras.

Faltan unos minutos para que las niñas aparezcan con sus inagotables juegos y cariño inocente y desinteresado. Me refresco en la ducha que está en el fondo del patio. Me enjuago el sudor de la frente y cierro el libro que estaba leyendo. Cuando tomo un vaso de agua, Coraima y Jimena, su hermana menos de cinco años, vienen hacia mí.

-Me haré más acasito-, ríe Jimena con esa sonrisa perfecta y reluciente. Acerca su perezosa al lado de la mía y me abraza. Luego un beso y me mira. Tiene los ojos redondos y pequeños, de un color marrón intenso, y siempre brillosos. Jime es la más dulce y apegada de una familia que es, todo ella, sumamente dulce y noble. Con sus manitos dibuja una finta en el aire y me trae a los pericos –Ales e Isa–. Son sus mascotas y los pellizca, acaricia y besa en partes iguales. Me los ofrenda, los coloca en mis dedos o en mi cabeza y finalmente los guarda.

-Quería que te cagaran, pero me han cagado a mí. Mamá no va a querer cambiarme, es ropa limpia.
El semblante de Jimena es alegre. A pesar de la mancha no se aflige. Le ofrezco ayuda y lavamos un poco el jean. Casi no hay rastros de caca y Jimena me da sus besos pegajosos y húmedos como toda retribución. Los niños tienen una ventaja: su mayor tesoro es el cariño. Su mejor ofrenda, la amistad. Ambas parecen inagotables. Las hijas Gomez Zambrano son infinitamente tiernas.

Coraima asoma la cabeza en el patio y pelea un poco con Jimena. Me dirá que su hermana es boba y Jime dirá que su hermana es loca. Jugamos los tres a las adivinanzas y los cachitos –cuentos, chistes—hasta que el calor me agobia y me voy nuevamente a la ducha. Además, Coraima ha salido a comprar una funda –bolsa—de choclos para la cena familiar. Adriana la llama siempre para que colabore. Coraima lo hace mitad gustosa, mitad resignada. Al cabo es solo una niña.
Coraima barre, limpia, cocina y hace mandados.

Adriana aparece cuando les enseño inglés a las niñas y me dice que no sabe hablar nada y quiere aprender. Las niñas, al menos, saben algunas palabras por ver a Dora la Exploradora en televisión. También les gusta Patito Feo, me cuentan, y cantaremos algunas canciones de divinas y populares. “Yo soy Patito”, dice Jime y frunce los labios.

Me ofrezco a enseñarle inglés a la familia y Adriana resplandece. Tras la remera verde que amenaza con explotar, se esconde un cuerpo henchido de ilusiones. También un corazón especial.

-Puedes quedarte un mes?

Me ofrece su casa, comida y familia. La oferta es inmejorable. Sería un tonto si rechazara la posibilidad de darles algo, pasar un tiempo más con ellos y luego sí partir a donde fuera. En Canoa me siento en casa y la tentación es fuerte. Sin embargo, las dudas.

Cenamos en familia. Pescado asado, choclos, arroz, ensalada y banana en tres tipos diferentes. Guineo, que es como el que conocemos, hecho licuado –batido– con leche. Maduro, que verde se fríe y se hacen patacones, y amarilla se asa con sal. Ecuador es un paraíso bananero y yo amo el plátano en todas sus versiones. Debería quedarme. En Canoa la máxima preocupación parece ser el próximo almuerzo.

Por la mañana se repite el ritual. Ducha, lectura, juegos. Las niñas quieren que me quede y yo sigo sintiendo pena por dejarlos. Por no quedarme. Pero aún tengo la búsqueda por delante. Alguna búsqueda. Aún hay deseos de seguir y, claro, la motivación es el motor de los cuerpos y las voluntades. Por allí vamos.

Recojo mis memorias y prometo volver a instalarme para enseñarles inglés. Los Gomez Zambrano me abrazan de a uno. Alzo a Coraima. Jimena se queda abrazada a mi cintura.

Capítulo 11º – En trance

-Somos de Jama, pero vivo hace años en Manta. Allí trabajo. Mira, esta es mi hija, la que cumple quince el sábado – me dice Isabel, mientras saca una foto de la billetera.

-¿Habrá festejos?- pienso en voz alta.

-No, pues- ríe Isabel- a lo sumo un vaso de coca para unos amigos, porque no tengo dinero.

La imposibilidad no le borra la sonrisa. Tiene una dentadura prolija y blancuzca que le recorta el rostro anguloso de pómulo a pómulo. SE incrustan las comisuras de los labios en dos profundos hoyuelos graciosísimos. Isabel ríe por todo. O por casi todo.

-Yo soy madre soltera y me hago cargo de todo. Yo sola.

Pienso que la suya es otra historia que ejemplifica las múltiples vicisitudes de la mujer en este continente. Pero, claro, las historias nunca son una más. Siempre tienen un recorte particular que las aleja del molde.

Seis hijos, me dice que tiene. Es muy joven, pienso –esta vez en silencio–. Y no me equivoco. El pequeño cuerpo de Isabel tiene treinta y seis años y seis hijos. Ella tiene muchos más. Otra vez los ojos son la escotilla por la que se filtran las vivencias que se cuecen en silencio.

Isabel es coqueta. Tiene el pelo ensortijado y lo lleva atado con una pequeña gomita, para que no la sofoque su propia mata de cabello castaño dorado. Tiene un par de anillos –incluso uno con su nombre- y un reloj pulsera de esos que simulan elegancia. Su atuendo es colorido y acorde a la costa pacífica de Ecuador, donde la conozco. Sus zapatitos plateados de tacón aguja son un espectáculo llamativo. Desentonan, pero le sientan bien de todas formas.

Isabel viaja a Jama a dejar a su sobrino. Mañana regresará a Manta y pisará nuevamente la tierra batida de su casita alquilada por cincuenta dólares al mes. En ella vive con cuatro de sus hijos y con un nietecito de un año y medio. Único varón y rey del hogar.

Llevamos todo el día de viaje y cierto fastidio pegajoso y maloliente comienza a hacerme cosquillas. De Montañita a Manta. De allí, a Puertoviejo y, de allí, a Canoa. Varias horas y algunos pocos dólares menos y habremos llegado al destino buscado. Salimos de Montañita por la mañana, como quien huye de la noche anterior. En cierta forma fue así.
Me han robado un traje de baño y me llevo más que menos de ese pueblo. Algo incierto me expulsa de él. Cuando Montañita vuelve a ser apenas un punto negro en un rincón costero del mapa físico político, proceso el desencuentro. Es un paraje bonito, bien bonito. Pero le sobra vida. Cuando la artificialidad le roba el brillo a las piedras, hasta la tierra cobra identidades impensadas y prestadas.

Montañita se desordena sobre los restos de miseria y desechos que los visitantes le arrojan con indiferencia. Tiene luces, tiene música, tiene una playa amplia y pintoresca. Tiene bares lujosos y austeros. Discotecas, restaurantes, hostales de lujo y de los nuestros. Músicos, artesanos y vendedores ambulantes corridos por la policía. Tiene todo y, a la vez, no tiene nada. No hay vida local, no hay cultura autóctona, no hay pueblo detrás de las luces, ni vida tras el polvo noctámbulo. No tiene paz, ni silencio. Ni siquiera una identidad. Es lo que el turismo quiere que sea, con gran mayoría de chilenos, argentinos y gringos. Jamás tiene silencio. No se la oye respirar. Sin embargo, seguirá siendo bella, a la manera en que la belleza se enquista, con colores y aromas infinitos, en el costado pacífico del Ecuador.

El micro frena por enésima vez en los últimos quince minutos y mi fastidio se cuela en la charla por primera vez. Isabel ríe –como siempre, o casi siempre—y me dice que ya hemos de llegar. Luego me habla de su hija más grande. Tiene dieciocho años y un hijo. Otra madre soltera. No deja de sonreír Isabel, pero se le escapa una mueca que reprueba su extraño legado genético. O la tradición heredada. Ser madres solteras parece ser un bien de familia transferido.

-La de dieciséis se casó y vive con el marido.

Isabel parece orgullosa de que, al menos una de las mujeres de su familia, haya escapado a la herencia familiar. Lleva media hora de confidencias y está flirteando conmigo. Lo noto en sus párpados, en sus sonrisas y en cierto fulgor de su mirada. Media hora más de confidencias y presentiré otra búsqueda muy distinta. Creo que quiere presentarme con alguna de sus hijas.

-Mira, esta es la de diez. Es la más pequeña de todas.

El hijo mayor de Isabel –y único varón—vive en Quito. Trabaja allí –aunque mamá no sabe en qué—y la ayuda con algo de dinero. La madre soltera también trabaja. Isabel y ella suelen firmar contratos por seis meses con empresas que procesan y enlatan atún. Son las mayores fuentes de trabajo semi esclavo y estacional de Manta.

Tras el período de seis meses deben aguardar un año completo para poder volver a ser contratadas. La ley es la ley. Mientras tanto, como ahora que ha finalizado el último contrato, Isabel vuelve a buscar empleo limpiando casas de gente pelucona –ricos, chetos–. Su madre hace lo mismo “desde siempre”. A Isabel no le gusta eso. Supongo, pero no se lo digo, que a nadie puede gustarle limpiar la mugre ajena y soportar el mando constante.

-Me he comprometido dos veces. Una con el padre de mis primeros cuatro hijos, pero no funcionó. Y la otra, con el padre de las otras dos, pero me dejó por otro compromiso.

-¿Y no ayudan en nada?

-No, qué va- Isabel ríe fuerte y con risa socarrona esta vez.

Ella ha criado, educado y sostenido a su prole con sudor, esmero y sin compañía. En las atuneras le pagan doscientos cuarenta dólares –antes eran doscientos veinte nomás, me dice—y allí trabajan indistintamente entre catorce y dieciocho horas diarias. Con eso intenta pagar su casita, la luz, el agua y la comida. La escuela de los niños –por suerte, dice—es pública y gratuita. Ella no podría pagarla y sus hijos habrían de sufrirlo aún más.

Me relata con detalles los manejos y desmanejos oprobiosos de la industria del atún. Hay empresas locales y españolas. El rubro se come la mayor parte del trabajo humano local y barato. Me habla del trabajo inhumano y rutinario, del aprovechamiento de fuerzas y de cómo la gente es mala, cuando tiene. También me dice que le gusta el trabajo.

-Ah no, claro, aquí la mayoría somos pobres y la gente que no tiene, esa te da hasta lo que no hay. Eso sí, son amables.

Pienso en la generalidad y me parece simpático haber conocido a Isabel. Ha valido el día y el viaje, a pesar del fastidio. Cierro el libro que iba leyendo –Manuscritos Económico-Filosóficos de 1844, Karl Marx – Friedrich Engels—y lo dejo caer sobre mi pierna. A veces la vida se parece mucho a la teoría. Y otras veces la realidad dibuja mundos estrechos con la propia experiencia.

El sol se apaga sobre el mar al llegar a San Vicente.

Llegaremos a Canoa de noche. Con el silencio armonioso y vital de un pueblito que no nos espera, pero que nos recibe con la calidez de la noche reciente. Bajaré del bus pensando en todas las mujeres que conozco y he conocido. En sus sonrisas diferentes, en sus historias genéricas y particulares. En sus llantos y desventuras. En cada madre y en cada hijo.

Volveré unos pasos y besaré las mejillas de Isabel. Ella se dejará besar. La abrazaré junto a todas las mujeres y desgracias. Luego bajaré del bus.

Capítulo 10º – Guayaquil

-En mi juventud fui de izquierda, como se dice, comunista. Me gustaba el Che Guevara. Pero mis padres eran muy humildes, pobres, y no pude seguir estudiando.

-¿Y qué querías estudiar?

-Ciencias sociales.

El rostro de Camilo cambia de semblante. No sé su nombre, creo que nunca lo dijo, a decir verdad. Pero me gusta inventarle uno. Y su rostro se me figuraba como el de algún Camilo. Así se llamará.
Lleva la sonrisa a media asta, como la gran mayoría de los guayas –así se llaman los oriundos de Guayaquil—que conoceré. Sin embargo la charla sobre la perdido le ensombrece la mirada. Algunos músculos de la cara se le relajan y le dan una apariencia de cansado. Abatido.

-Necesitaba trabajar y el ejército es una salida rápida aquí en Ecuador. Con el dinero que gano puedo mantener a mi familia.

-Vale, ¿pero la ideología no permanece?

-Ah no, claro, pero ya no hay más lucha.

Camilo vuelve a su característica sonrisa de media asta y echa los ojos hacia arriba hasta que le quedan en blanco. Ha de estar recordando algo.

Hemos llegado temprano a Guayaquil. Demasiado temprano. Ecuador nos ha recibido entre gallos y madrugada, con una lluvia de esas que hacen pensar en que nunca más habrá de llover, de tan intensas. Las calles de la ciudad pronto se cubren como si nadie jamás hubiera pensado siquiera en la posibilidad de que lloviera. En pocos instantes los buses dejan de tocar el pavimento y recorren la ciudad surcando noveles ríos inesperados. Chapotean.

Camilo cuenta que está esperando a su familia, que viene a visitarlo desde Quito, donde él ha si nacido y vivido hasta que lo destinaran por tres años a cumplir servicio en Guayaquil. Otra vez la sombra se posa en su rostro y cierta protesta apagada. Esta vez se la agarra con el ejército por obligarlo a mudarse. Cree que podrían dejarle servir a cada quién en su lugar.

Son las siete y ha amanecido hace algunos minutos. Aún cae un manto espeso de agua. El refugio de la terminal nos promete asilo seguro mientras esperamos a Gus y Ana, que venían en el próximo bus. Son una divertida pareja, él de Melbourne, ella de Asturias. Hemos compartido los últimos días en Perú y coincidimos en la partida. Cruzamos la frontera pegados, entre Tumbes y Huaquillas, pero sería la última vez que los viéramos. Esperaremos otra media hora, pero no llegarán y abortaremos la idea de su compañía. Conocer gente implica intrínsecamente lo esporádico de compartir intensamente para luego desconocerse.

No guardé direcciones de correo ni posibles reencuentros. A veces creo que es mejor así. Ciertos encuentros fugaces alimentan la existencia individual y abonan las diversas vidas del viajante. Me gusta la idea romántica de guardar recuerdos comunes en la memoria y hallarnos jamás. Los escribo, claro, para no olvidarlos.

-Nadie que haya estado en una guerra puede mentir que no ha sentido miedo. Quien diga lo contrario, te aseguro hombre, miente.

Esta vez no hay sombras ni ojos en blanco. Camilo me habla mirándome fijo a los ojos y ni siquiera parpadea. Los recuerdos y experiencias más traumáticas se narran en forma mecánica, como si se hubieran automatizado las maneras y las palabras con precisión quirúrgica. Aséptica. La mejor manera de no sumergirse en los dolores y el temor del pasado es, Camilo es la prueba viva de ello, contarlo en tiempo presente o pasado, siempre despojado de análisis o emoción actual.

El relato abarca ciertas lagunas y comprende también algún pasaje inconexo, pero no interrumpo. En un momento mi narrador sonríe condescendiente. Es increíble que en la proyección de lo vivido mi rostro disimule el terror de lo escuchado. Por eso me cubre Camilo. Con su sonrisa, como si quisiera decir que ya. Que no duele y que me entiende. Cuántas ganas de abrazarlo y decirle que, en realidad, mis ojos desorbitados expresan a mi yo más remoto y real haciendo malabares para entenderle.

Camilo ha servido por veinte años al ejército. En la guerra de 1995 con Perú, encuentra el punto más agudo de su aprendizaje sobre la humanidad. Ha visto muerte, miseria, rebeliones. Camilo no duda ni busca frases elocuentes. Con su dulce acento latino, se llena la boca de aire y exhala su sentencia más sincera: “La guerra es lo peor que me ha tocado ver”.

Me levanto en busca de una farmacia para comprar algo que calme mi tos. Llevo cinco días de guerra interna con mi organismo. Esa es mi lucha, aunque es la excusa para caminar un poco y procesar lo que me han contado. Al volver retomo la charla en medio de la tos. No abre aún la farmacia.

Guayaquil abre su cielo cerca del mediodía. El sol raja el cemento. Hay una extraña premonición de Camilo que se cumple. A las doce, ni un minuto antes ni uno después, deja de llover y abandonamos la habitación del hostal. Queremos aventurarnos en la ciudad. Es quince de febrero y está todo cerrado. Hay feriado hoy y mañana, por el carnaval. Las calles se pegan a mis ojotas, el calor es excesivo y la humedad, agobiante. Recorro el centro –la avenida nueve de octubre es idéntica a cualquier avenida citadina principal—y nos sumergimos en la belleza siempre artificial del Malecón 2000. Ha sido construido por un consorcio mitad municipal mitad privado. Tiene un directorio –lo tuvo, en realidad, porque se ha disuelto–. León Febres Cordero era su patrón.

Los alcaldes suelen arrogarse las obras más bellas. Lo mismo ocurre con la reconstrucción del barrio Las Peñas en el cerro en el que finaliza el Malecón –que recorre unos kilómetros de sur a norte de Guayaquil, al lado del inmenso río que se aparea con la bahía.

En Las Peñas, que fue el lugar pobre y peligroso para los guayas, han pintado y apuntalado. Iluminado, barrido y limpiado. Hoy es un pobladío bello de casitas y casetas coloridas. Con hermosas callejuelas de piedras, faroles, coquetos baretos y pobres luciendo su pobreza. Se lo arroga, claro, Jaime Nebot, el actual alcalde. Él y Febres Cordero son miembros de la alta alcurnia guaya y, por supuesto, acérrimos opositores del gobierno de Correa.

En Las Peñas tomamos una cerveza con dos amigas quiteñas que conocimos minutos antes, mientras el barrio juega y tiene su carnaval con bombuchas y colorante. Allí conozco a Ignacio. Lleva un polo –remera—amarillo y un short negro. Ambos le quedan inmensos. Se ha puesto el polo para salir a hablarnos y tomarse una fotografía. Creo que le da vergüenza que veamos su torso desnudo. Es flaco hasta el extremo. Apenas un liviano saco de huesos. Sonríe con timidez. Le faltan los dientes de arriba. Me cuenta de su ocupación: desempleado.

Ignacio supo ser minero, hoy busca empleo. Cualquier labor le viene bien, dice. Busca empleo, pero vive en un barrio hermoso y sus necesidades han quedado sepultadas bajo litros de coloridas pinturas. Ignacio agradece a Nebot. Hay emociones que la razón no entenderá jamás.

Salimos al Malecón y volvemos al centro por entre sus arboledas, parques, cines y centros comerciales. Mañana iremos a la ruta del sol y seguiré intentando conocer a los ecuatorianos.

-Yamil Mauad ha sido el peor, Abdalá Bucaram no estaba loco, aunque lo sacaron por insano. Es que puso al hermano y otro pariente al frene de unos ministerios e hicieron sus cochinadas. Lucio Gutierrez tuvo apoyo, claro. Pero defraudó a todos. A los indígenas y a nosotros, los militares. Prometió de todo y terminó beneficiando sólo a una cúpula de altos mandos, el coronel. Y Correa, bueno, es lo mejorcito de los últimos años. Y quizás de siempre. Está formado, se nota eso, y que hemos mejorado.

Camilo me presenta una diatriba política y un fuerte desafío. Como cientista político o politólogo o lo que fuere que sea, he analizado siempre las historias y realidades del continente en términos de abstracción y conceptualizaciones. De poder, claro. Y en mi costado humano y despojado, en forma menos científica pero más real. Aún así, siempre desde libros y a la distancia.

La contribución cara a cara con cada sujeto es impagable. Camilo no tiene armas conceptuales y herramientas científicas o politológicas, pero posee la riquísima virtud de la mirada virginal. De quien dice lo que ve, siente y piensa sin el proceso artificial de las ciencias –o pseudociencias—como tamiz procesual del conocimiento.

Me hallo desnudo y me entusiasma. Es un desafío del que no puedo salir indemne, pero que me reportará más armas que las que me quite. La realidad fáctica es una inagotable fuente de controversias. La humildad y la virginidad del pensamiento son la tierra fértil sobre la que ha de brotar el conocimiento. Si es que eso sea posible.

La realidad es otra cosa y la verdad, claro, no existe. Lo supe en los ojos en blanco de Camilo.

Capítulo 9º – Huacachina

-Huaca fuckin china, men! – grita y ríe Damien, mientras hace ademanes con ambas manos en busca de nuestra atención. De alguna respuesta.

Damien es francés, de un pueblito al norte –no entendí el nombre–, tiene cerca de treinta años y seis de viajar por el mundo. Va recorriendo, en su mayoría, por su cuenta, y para a trabajar en aquellos lugares en los que mejor se siente. Es chef, maestro pastelero y, entre otros sitios, ha trabajado en Canadá y los Alpes suizos.

Usa su latiguillo favorito a menudo. Huaca fuckin china, repite una y otra vez, arqueando las cejas hacia arriba y dejando brotar las risas tras una especie de gesto de desorientado. Lo usa cuando está drogado –como ahora–, cuando se divierte, cuando está aburrido, cansado e incluso cuando tiene hambre.

Llevamos todo el día a más de cuarenta grados, con un sol abrasivo y una aridez violenta. Huacachina es un desierto y allí, a solo cinco minutos de Ica, se ha levantado un pequeñísimo pero rentable destino turístico. Tiene un oasis. Una laguna que ha de tener no más de cien metros de diámetro, repleta de botes al estilo lagos de Palermo. Alrededor crecen bares y hostales como si se tratara de una tierra fértil y hubiese sido rociada con semillas de turismo y hotelería. Siempre he creído –y así parece en Huacachina—que no existen terruños inhóspitos, tan solo un exceso de bacanes y falta de voluntad. Eso o un capitalista bien dispuesto, claro.

La población del lugar es nula, apenas unos veinte trabajadores estaqueados al lugar. Entre ellos, un argentino de veintipocos que atiende en el restaurant de la posada a la que caemos en suerte por la tarde.

El sol me produce un sentir bifurcado, algo inestable. Me abraza y me abofetea en partes iguales. Por eso desisto de practicar sunboard –deporte oficial y única actividad de todao Huacachina–. Sus dunas y el inmenso desierto invitan, pero a poco siento fiebre y escasas ganas de golpearme. Cuando hay que jugarse el cuerpo, siempre salgo golpeado. Es genético quizás. O tan solo mi torpeza adquirida.

Intentamos refrescarnos en la laguna, pero el agua es puerca. Está cochina, diría un peruano. La posada nos presta desinteresadamente la piscina y todo se hace más tolerable. Aunque tenemos un inconveniente que subsanar: no se puede pensar con tanto calor.

Michu está fastidiosa. Más bien preocupada. Teme que no podamos llegar a Cusco y perdamos el Camino del Inca. Es increíble que hayamos hecho esfuerzos por llegar hasta allí. Llevamos dos días de retraso porque un paro de buses impide que partamos al próximo destino. Primero nos atornillamos a Paracas, por su comodidad, pero las palabras de Gallina y Joel – operadores turísticos o compañeros de juerga y cena, según el momento—ya no nos calman.

-Quizás mañana se levanta.

Todas las voces repiten lo mismo hace días. El paro, de supuestas y cumplidas cuarenta y ocho horas, no cesa. Michu está inquieta, Alan y yo creemos que se solucionará de alguna forma. Ya en Huacachina creemos que desde Ica podremos salir. Pero no. Cada intento es una frustración y la paciencia comienza a agotarse. Al atardecer somos tres habitantes más estaqueados alrededor de esta laguna marketinera y abúlica.

Las opciones escasean igual que el tiempo. Buscamos, preguntamos y hallamos un taxista que se presta a llevarnos a Cusco por seiscientos soles. Es un chango y tiene un Daewoo Tico, como la mitad más uno de los taxis del Perú. Es una locura. Un boleto a destino incierto y al temor. Son ciento cincuenta soles por cabeza, hemos conocido a Damien al caer la tarde –y viajará hasta Cusco con nosotros–. Es una baratija. Un peligro.

Los miedos hacen mella en Michu y la parálisis la vence. El chango promete traer un carro más grande – un Toyota—y luego admite que jamás ha ido a Cusco. No solo nos deja el viaje a a mitad del precio que piden todos, sino que además no conoce la ruta –setecientos kilómetros en subida sinuosa, él cree que son cuatrocientos y sin tanta subida—y jamás manejo en montaña. Michu y su pavor –ó cordura—nos alejan de la estupidez omnipotente del viajante ávido de aventuras y declinamos el viaje. En un setenta por ciento de probabilidades, me arriesgo, hemos salvado el pellejo.

Seguimos impacientes y otro chango –con experiencia y una agencia turística—nos ofrece una van por setecientos soles a Lima, para salir ya mismo o en la mañana. De allí a rezar los creyentes y elucubrar planes los adoradores del raciocinio, para coger un avión o que se levantara el paro.
Las corridas y la búsqueda se suceden y conseguimos cuatro rumanos dispuestos al viaje. Imponen su condición, saldremos por la mañana. Eso ya nos obliga al avión. Intentamos conseguir otros compañeros de ruta, pero solo caemos en flirteos innecesarios e improductivos.

Habremos de sellar pacto con Rumania. Los representantes de ese país son dos mieleros en celo y dos secuaces con poca intención de hacer amistad con nosotros.
-Huaca fuckin china, men- le digo a Damien.

Hemos resuelto medio dilema tras dos días de incertidumbre vertiginosa. Resta ver cómo llegaremos al Cusco. Los ojos de Damien brillan, hace tres días espera rescate en Huacachina. Somos su oasis y lo agradece con una amistad fugaz y simpática. Lo perderemos la primera mañana en Cusco.

En la posada todos se disponen a cenar. El restaurant es simpático y casi no lo detesto. El faro nos ha hecho fastidiar, pero no ha sido tan grave al final. El viajar también expone al individuo a sus propias contradicciones. No me vence la furia viajante, pero me interiorizo. El paro es patronal. Los dueños de la flota exigen aumentar los pasajes o subsidios al combustible –que ha subido–. El gobierno no transige. El capital golpea conjuntamente. Me alivia saber que me han fastidiado los jefes y no los trabajadores. El fuero íntimo del viajante también es egoísta e infantil con sus apreciaciones.

-Huaca fuckin china- ríe Damien. El semblante renovado por las noticias de una pronta salida y un porro gigante en la mano derecha. Ese troncho –que bautizaremos “a la francesa”—de doble papelillo y mucha flor, devuelve la paz que nos había arrebatado el día. También las risas y el hambre. En la cena me río de todo, no siento el estómago y devoro mi plato.

Tras las penurias, al fin la liviandad. Huacachina es una maqueta. No me gusta su estilo lavado, pero la paso bien y la poca gente es amable. Además es muy limpio y eso en Perú es extraño. De Arequipa hacia el norte todo es mugre y cucarachas, que son las reales herederas del antiguo imperio Inca.

El viaje a Lima lo duermo casi por completo y me descompongo antes de llegar. Un rumano me da agua. Son antipáticos y desconfiados, pero el gesto lo redime. Llegamos al aeropuerto y conseguimos boletos para la próxima hora. Todo parece acomodarse y olvidamos el haber estado varados en el desierto. La joda nos cuesta doscientos dólares impensados. Los presupuestos también son para desarmarlos, como todo lo que se hubiere prefigurado. Para eso se viaja.

Machu Picchu ratificará esa sentencia. Valdrá la pena, a pesar de todo.