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Capítulo 8º – Huanchaco – Máncora

-En Máncora la fiesta no la buscas.

-Por qué?- pregunto incrédulo.

-Porque ella te busca a ti- ríen Memo y sus dos compinches.

Son surfers o hippies. O ambas, cosa extraña, pero bien común en Perú. Si fumas mota, eres artesano o profe de surf, surfeas, buscas una vida licenciosa, sin mayores problemas que costear la bebida y engatusar extranjeras con promesas de amor latino –que incluyen clases de salsa–, bien hermano –brother, primo- eres un hippie surfer peruano. Extrañamente, a yanquis y europeas les atraes, así que, bienaventurado, almorzarás hamburguesas y cenarás algún filete vikingo de os países nórdicos. Tanto frío en sus propias tierras hace que el deshielo latino sea más furibundo. O como dice el siempre risueño y extraviado Memo, “ven un latino y, pucha, a se quitan el calzón”.

Lo mismo me dirá luego de las limeñas con los argentinos en Máncora. Llevo unos días aquí y no he visto calzón alguno. Ni eso ni fiesta, aunque claro, tampoco lo he buscado –siguiendo las sentencias del Memo–. Jamás le diré lo que su apodo significa en España. No hace falta, su obrar es más elocuente que cualquier definición de la Real Academia.

Decía que hace unos días estoy en Máncora, al Memo lo dejamos atrás en Huanchaco. Para que se entienda, allí pasamos varios días de mucha calma y relajación. Huanchaco es pueblo costero al borde del Pacífico, con miles de habitantes extremadamente cordiales, callecitas ridículas de tan estrechas, una iglesia en la colina –que de noche se ilumina y es bellísima aún siendo iglesia—y una rambla extensa de dos kilómetros como mucho. Sobre esa vereda costera se levantan algunas plazoletas, la municipalidad –privilegio costero el de salirse de la tradicional plaza de armas–, la comisaría –otros sujetos son privilegios—e infinitos bares, comedores y hospedajes. Incluso lujosos y hasta paquetas posadas europeas.

Huanchaco es pintoresco y sosegado. Queda a veinte minutos de Trujillo, que es la capital del distrito de La Libertad y realmente una gran ciudad. Tiene lo que todas ellas: un gran centro comercial –o mall, como se dice en la americanizada Latinoamérica–, una Plaza de Armas pulcra e imponente, un estadio internacional, un aeropuerto cercano y un cementerio grande y céntrico. A los muertos, en ciertas tradiciones, se los prefiere cerquita.

En Huanchaco tienes dos opciones, surfeas o no haces nada. En el segundo caso –como yo, que ni pretendo aprender lo primero—puedes irte repleto de aire salado y Pacífico, una bonita sensación. Y también, claro, visitar Chan Chan y las Huacas –templos—del Sol y la Luna. El primero es centro de la cultura Chim, preincaica y expansiva, que vivió desde seiscientos años antes y pereció en manos de los creadores de Machu Picchu. Su palacio, Nik An, es sorprendente con sus recovecos y recreaciones de la vida antigua. Sin embargo, me deja el sabor amargo de la restauración. Noventa por ciento de trabajo arqueológico y “civilizado”.

-Este pueblo fue más que los Chimu y hasta que los Incas- suelta Panchito, un artesano de la cultura Mochica que conozco en la Huaca de la Luna – Por su filosofía, ciencia y profundidad. Eran artistas – insiste el hombre.

Los Mochica perecieron solos, una ventaja –pienso–, porque se ahorraron a los odiosos e invasivos Incas. Sus construcciones techadas a dos aguas y bien cubiertas, permitieron preservar la historia, la cultura e impresionantes muestras de arte. Extrañamente, ellos murieron. A veces, es imposible comprender la historia desde el presente. Quizás perecieron por propia resignación. Quizás aceptaron el final con algarabía. De cualquier forma, han dejado su cultura inmensa como legado.

Parado frente a sus templos –cinco superpuestos en total—uno solo puede asentir lo dicho por el artesano. Las imágenes hablan. Son estructuras originales en su mayoría – ¡al fin!—y no dejan de causar asombro. Sus colores –azules, rojos, negros, tierras—y sus dibujos –serpientes, felinos, dioses, calendarios, celebraciones—lo miran al visitante con profunda voz inquisidora. Dejo el lugar con la firme convicción de que llevamos cientos de años en plena involución. Sin embargo, hay algo que me reconforta torpemente: Incas, Chimus, Mochicas o nosotros –sin importar el lugar en la escala evo-involutiva–, tenemos igual deuda para con las diferentes concepciones de humanidad. Toda sociedad fue estamental. Y, aunque los arqueólogos solo tengan hipótesis desgastadas y hagas malabares con la posibilidad, el linaje, la herencia y la propiedad, lo han designado todo siempre. Me parece ofensivo que hasta las culturas más espirituales tuvieran un obsceno parámetro material. Elijo creerlo a medias.

Pero me fui y estoy en Máncora, decía. Aquí es el norte, en el distrito de Piura –a dos horas de esa ciudad, precisamente—y a dos horas de Tumbes –otra gran ciudad, la última del Perú y fronteriza con Ecuador–. Se me va agotando Perú y el sol castiga las cabezas más que los cuerpos. Aquí, cerca del Ecuador, el calor y los bochos son menos civilizados.

Máncora creció sobre la Panamericana. Tiene mucha vida nocturna y turística. Es un paraje de los que, tradicionalmente, se conocen por desplegar sus fiestas en la costa y la arena. Está repleto de chilenos, argentinos, australianos y limeños. Todos buscando lo mismo, pero sin sentido. La fiesta los busca a ellos.

No termino de acomodarme los primeros días. Luego hallo mi huequito desértico en las playas más alejadas, mi sillón bajo la sombra en una posada repleta de plantas y loros, y alguna que otra virtud de sacarle brillo al tiempo libre. De todas formas, los parajes hechos para turistas ávidos de fiesta no me despiertan mucha simpatía por estos días. Aquí –aún cuando ya logré relajarme y lo esté disfrutando—siento que no podré conocer ni a un peruano autóctono. Ni siquiera a un extranjero, a decir verdad. Aunque las fiestas y la caza sean actividades de gran contenido cultural, los sujetos se ponen bien distintos en estas situaciones. Pero, como casi siempre, me equivoco y conozco a Rosa.

Rosa vive aquí desde siempre. Tiene cerca de cuarenta y muy pocos dientes. Atiende, barre y regentea la posada donde duermo. Allí paso las tardes, cargadas de lectura y con el aroma a Palo Santo rompiendo en mis fosas nasales. Me cuenta que cuando era pequeña, Máncora era solo un pueblito pesquero. De esos pescadores que celebraban lo pescado de la mejor manera: comiéndolo y regándolo con cerveza. Hace diez años se convirtió en meca del turismo festivo. Cada vez crece más y el bullicio se ha comido la paz intrínseca de todo pueblito. Rosa no se queja, sonríe amable como único gesto, pero yo no dejo de imaginar cómo habrá sido su vida en aquella lejana infancia de pesca y largas caminatas por una playa desértica y hoy invadida.

Estoy con Abuty y Máncora se me pone más cara. Es que tiene pocas semanas y, si bien se adapta a mi andar, tiene un presupuesto distinto. También camino menos hace unos días y eso me estresa, pero nos entendemos bien y repartimos las adaptaciones mutuas. Ir por la ruta del azar tiene esa ondulante maravilla de mutarlo todo en pequeños instantes. Como la tómbola, que siempre cae, sin importar hacia donde vaya a caer.

De Huanchaco me llevo su aroma y su silencio oportuno. Su amable despertar y sus caballitos de totora –embarcaciones hechas de paja atada–. De Máncora al loro más verde del lugar, que le silba a las niñas y le dice “gordo, gordito” a los hombres. Y al aroma de la lluvia tropical, esa que levanta el calor tras su pasada y hace aún más fuerte el aroma a Palo Santo y mentol.

Dejo el bullicio, con la vaga esperanza de que cada pueblo recupere su esencia. Que los viajantes no paren por sus luces y que las fiestas sean para sonreír y bailar, no solo para beber, follar y olvidar.

Capítulo 7º – Paracas

 -Alessandro Ricalde Ricalde, así me llamo, pero todos me dicen Aless. O el Aless.

-Ricalde por parte de madre y por parte de padre? Eran primos, hermanos o qué?—río en busca de una complicidad que nunca llega.

-No sé, pe. Mi padre se fue y jamás lo conocí.

-Uh, lo siento, pe- finjo como peruano. Alessandro –El Aless—baja la mirada por primera vez desde que lo conozco. Podría inventar una historia de cómo fue eso, pero tan solo diré la verdad. Lo crucé en un rinconcito ferial de artesanías en Paracas, distrito de Ica, cerca de Pisco y San Andrés. Eso habrá sido hace cuatro horas nomás y, aunque nos hayamos puesto intimistas y cercanos, me ha incomodado el momento.

Paracas es un refugio costero turístico, muy bello, muy calmo. Desde allí, a solo cinco horas de Lima, en bus; una de Ica; y minutos desde Pisco, se puede visitar las Islas Ballestas y la Reserva Nacional de Paracas. Al primer destino se accede en un bote por veinte soles, que salen en un paquete con nuestro hospedaje. Aún estoy con Michu y el doctor Alan, recién llevamos unos días de viaje y pocas turbulencias. Apenas estamos cuando lo de los pasaportes.

La inmensa mansedumbre se transmite a los cuerpos. Entre las rocas y pájaros de las Ballestas, hallo el trabajo más extraño del mundo. Cuidar las islas, que son piedras. Un solo hombre se queda por seis meses, hasta que otros veinte lleguen a recoger el guano de las múltiples aves. Toneladas de guano, condiciones inhóspitas, un solo hombre por seis meses y pocas tareas, claro, además de comer y respirar, para no morir. Ya sobre tierra, buscaremos un refugio paradójico en el desierto de la Reserva, y un cebiche redentor superará las expectativas y hará base en mi estómago aún intacto. En Paracas encontramos el primer paraje apropiado para una felicidad sin contratiempos. Hasta el paro de buses, claro, pero esa es otra historia.

Camino por la rambla, pegado a la feria y –aún no sabía de desastres climatológicos futuros—pregunto a un artesano por la selva. Él, amable, treinta y algunos –luego acusará treinta y dos—me relata con esmero los vericuetos de sus travesías y me recomienda un buen camino: Huancayo, Cerro de Pasco, Huancavelica, Pucalpa, Tarapoto, Iquitos –vía lancha cuatro días–, Zarumilla y, al fin y fuera ya de la selva, en el límite con Ecuador, Tumbes. Allí vería a Abuty si no fuera por los apus de la montaña en el Machu Picchu.

Alessandro siempre mira de frente, sonríe sin estridencias, pero tenemos un humor similar y una sensibilidad con la que me siento a gusto. Mide algo menos que yo, poco menos de un metro setenta, tiene contextura rolliza y alguna que otra rasta. No es el hippie promedio y no le gustan “mucho” las drogas. Ha vivido. Se le nota en gestos, en los ojos y en sus historias. Otros artesanos buscan venderte algo –arte o marihuana–, pero el Aless solo me da charla porque le he caído bien, según dice –y dice solo si le pregunto, lo que lo distingue de todos los otros hippies artesanos rastas que serpentean por la costa del Perú. De sur a norte, el prototipo se repite. El Aless rompe algunos esquemas.

-Previniendo enfermedades. Así se llama mi proyecto, pero no he acabado los estudios así que un a compañera me ayuda con la presentación. Tu eres periodista, puedes ayudar a armarlo y difundirlo? –tarda unos minutos en pedirlo y será la segunda y última vez que baje la vista. A veces, la vergüenza y el dolor se mezclan e hilvanan gestos similares. Le pregunto de qué va el proyecto, que, si puedo, con gusto colaboro. Y me explica. Alessandro, risa algo torpe y en cuentagotas, ojos con un brillo especial –de ese candor que solo ostentan los niños al descubrir una novedad ó los enamorados, que nunca descubren nada–, y entusiasmo militante, me cuenta todo. Todo, sin nada por saltear, quiere que lo sepa todo, dice.

Nacido en Lima, allí vive en uno de los anillos suburbanos que rodean a la imponente ciudad capital. En uno de los pedacitos olvidados de urbanización en el conurbano oeste. El barrio se llama Horacio Zeballos Gamez –“puede que sea con ese, no sé bien las letras”, me dirá. Es lo que en Argentina llamamos, con indiferencia y naturalidad, asentamiento. O villas, aunque me atrevo a decir que ese es un eufemismo un escalón por encima. En Perú, mediante los Prona –cual Fonavi criollo—le llaman Asentamientos Humanos. La maravilla trágica del lenguaje es usar un término cualquiera para definir a su contrario.

Allí, en ese pedacito de polvo olvidado, pero que sería televisable para el gran show, ocurrió la historia del Aless y sus chicos. Quince chicos sin rumbo, marginados incluso del margen en que viven. Tienen entre nueve y dieciséis años, sueños rotos –como cualquiera–, pero ningún logro. Tampoco méritos ni suerte, al parecer. Viven al ladito de Alessandro, que todos los días los ve sobrevivir al amasijo de indiferencia y drogas. Los márgenes de Latinoamérica hermanan a sus pueblos también. Una tarde, cansado o acostumbrado, les pregunta qué les ocurre. Que porqué las caras largas. Los niños, conocidos como Los Dengues, tal su condición de plagas, solo quieren jugar fútbol. No los aceptan en los torneos porque no tienen ni ropa, ni pelota ni nada. Discriminados entre los discriminados. La involución social se reproduce al interior de cada subgrupo, clase, gentío. Alessandro les da para la pelota y luego los lleva por zapatos y remeras. Aless no tiene dinero de sobra, pero no quiere esperar a que la droga haga lo que la vida no puede con esos chicos, dice.

El primer partido es gracioso. Quince andrajosos mal alimentados y sin práctica, con un entrenador artesano que les promete que, si le hacen caso y ponen corazón, pueden ganar. Y ganan, para sorpresa hasta de ellos mismos. Luego las peleas con los padres, el tercer puesto, el apoyo tardío pero orgulloso de los mismo padres y la alegría de los niños. Con los años, ayudarán a que lo mismo le ocurra a otros chicos-plaga. Para que el deporte prevenga otros males como lo hizo con ellos.

 -De ahí previniendo. Y enfermedades por lo de dengue –ríe Aless. Lleva once años viajando por su país y partes de Bolivia. Tiene una carpeta humilde, con vainas y tapas acrílicas traslucidas, en la que tiene las cinco hojas del proyecto. Arte, cultura y deporte, combinados con producción agrícola tradicional. Quiere que las escuelas lo tomen, para combatir los males de la sociedad actual.

 -Entiendo a los de izquierda eh, pero aunque queramos cosas parecidas, hacen daño. Sendero Luminoso ha hecho mucho daño aquí. Cogen a los niños de pequeños y, sin darles un porqué y una educación, les ponen armas en sus manos. Podrían sostener la cultura agrícola y sería más provechoso. Te voy a presentar a unos amigos de la selva que han sido guerrilleros, luego presos y hoy discriminados por ambas condiciones, no pueden conseguir trabajo.

-Vale, yo tampoco acuerdo con esos métodos, pero se precisa una herramienta colectiva de transformación social. De todo el conjunto de interacciones sociales y económicas, no solo alcanza con que sepan cultivar papa y maíz andino. Por eso creo en la necesidad de un partido que aglutine a las masas.

-Ya, puede ser, pero en la selva no digas que sos izquierdista tan libremente. Es peligroso.

Alessandro me deja una copia de su proyecto, me apunta desprolijamente su dirección de correo y nos despedimos. Quedamos para Lima y la seva –pero el agua y los aludes acabarían con esos planes–. Me voy andando por una callecita de arena y piedras—como la mayoría aquí, en Paracas—y pienso en que le creo todo al Aless. Es increíble, pero no he podido desconfiar de nada. La pureza de una mirada, a veces es más profunda que las mismas palabras, me convenzo.

Vale, claro, eso y que nadie puede haber inventado lo de Los Dengues. No ese nombre.

Capítulo 6º

-Má, se están yendo? No quiero que desaparezcan.

Facu se toca la nariz. Es pequeña y respingada. Perfecta. Repleta de pecas. Las señala y se le dibuja un incipiente puchero.

-No, Facu, quedate tranquilo, no se van a ir. Ahí están.

Las palabras de mamá tranquilizan a cualquiera. Facu no es la excepción y la sonrisa contagiosa se le instala nuevamente en el rostro. Detrás de sus cabellos dorados, casi blancos, asoma esa nariz simpática, llena de pecas.

Facu habla mucho, entiende todo, juega a la Wii como nadie y sabe contar hasta sesenta. También algo de inglés. Es flaco y, aunque mamá le diga enano, parece más que su edad. Su cuerpito de cuatro años no muestra rastros de haber sido prematuro. Es dulce, juguetón. Es un pequeño sol, por lo cálido y porque deja un halo de luz en cada rincón de este departamento de José Pardo al mil trescientos. A solo trece cuadras del óvalo de Miraflores, donde vive con mamá, Brenda. Ellos son, según me han contado toda la vida, mi familia en Lima. Yo aún no lo doy por cierto.

Miraflores es uno de los distritos más bellos de Lima. Pulcro, limpio, reluciente. Con boulevares, parques, avenidas bulliciosas o luminosas, según la hora del día y la playa. Una rambla que invita al placer de oler la sal marina, avenidas amplias y deliciosas callecitas, centros comerciales o refugios reparados y silenciosos. También con su propio serenazgo. Cada distrito limeño tiene el suyo y –cuentan los locales—han bajado la inseguridad.  Macri no es el ideólogo de la policía metropolitana como cura superficial, aunque aquí no es una fuerza armada, tan solo poseen capacidad de vigilancia. De control.

-Yo conocí la Lima insegura, por eso estoy a favor. Sé que no es lo único necesario y que se precisa de políticas de otro tipo para solucionar los problemas, pero antes explotabas en cualquier parte. Soy argentina y peruana, no tolero a los que viven acá hace años y aún se quejan como si vivieran allá.

Al parecer, la nostalgia no es buena consejera para los desterrados, aunque mucho menos lo es la soberbia para los que aún son extranjeros en sus tierras. Pienso en cuánto detesto el prototipo del argentino que se queja de todo, aunque a veces ha de ser un mecanismo de defensa.

Brenda es controvertida. Se declara fujimorista –“porque ha hecho algo impagable”, como la unificación del Perú con caminos y carreteras–, pero es progre. Tiene un pañuelo en la cabeza, pantalones hindúes, un hijo que estudia en un jardín en la sierra, con huerta y animales propios. Y unos hoyuelos graciosos cuando sonríe, al igual que Facu.

Me recibe en su departamento con un mate a la peruana. Se confiesa “hereje” del mate y me encomienda la preparación. Con las horas me conminará a otra tarea: enseñarle a prepararlo, aunque nunca aprenda.

Al principio nos estudiamos. Sentados alrededor de la mesa de madera, es como si jugáramos ajedrez y, en cada jugada, pensáramos en función de lo que hará el otro. Solo Facu, con la espontaneidad y frescura inagotable de los niños, le quita almidón a la escena. Sin embargo, no estoy tenso, tan solo trato de caer bien, de no incomodar. Odio intentar agradar, pero me han recibido en su casa y es lo menos que puedo ofrecer. Con la charla me aflojo y entrego a la naturalidad de poder caer mal. Aunque no caiga finalmente.

Facu trae el Moon Sand y jugamos. Armamos dinosaurios azules y verdes en masa arenosa. Me recuerda al Micky Moco, aunque no tenga nada que ver con la sustancia de mi niñez. Con más confianza, Brenda y yo nos ponemos al día. O nos conocemos, a decir verdad.

-Creo que te vi cuando tenías unos meses- me dice. Para mí fue a los dos años, aunque quizás sea un recuerdo inventado. Siento que tenemos algún pasado en común, pero no lo sé y mientras ella habla me olvido de eso. Tampoco importa.

Hablamos de su familia y de la mía, me cuenta de Axel, su hermano cura y con el que no habla hace doce años y me pregunta por Sheila, Alan y Axel, los míos. No recuerda mucho, pero según las horas transcurren en el pequeño living del departamento, se teje cierta complicidad. Una especie de lazo existe entre nosotros.

Brenda habla sin reparos. Es bonita, ríe mucho y tiene un pasado extenso en televisión. En política, cultura y turismo. Ese último rubro le gusto por demás y dejó la pantalla para fomentar una cultura de servicio turístico diferente en Perú. Brenda se involucra mucho con los traspiés de sus pasajeros y le ha costado, porque en principio sufría mucho. Brenda se mantuvo en contacto conmigo durante la odisea en Machu Picchu. Tiene un tono de voz agradable, con un acento neutro, no del todo peruano, y una vocación tácita de contención.

Lleva veintisiete años viviendo en Perú. Yo tengo veinticinco, es poco probable que nos hayamos visto antes. Hoy tiene treinta y dos y bastante paz con lo suyo. Se le nota. Facu le da todo y más. En algún momento confidente, blasfema contra su ex esposo. Luego lo explica, aunque parece tener más lástima que bronca.

Brenda es dulce y cálida, se disculpa por no tener nada para darme de comer, aunque la comprometo a prepararme un cebiche en el futuro. Mientras Facu come pizzetas, me cuenta que hace seis meses decidió que no habría hermanitos. Le pregunto torpemente si no tiene pareja, pero evade la pregunta. Es lo único que no me dirá. Facu pedirá un hermano y un perro, Brenda me mirará de costado, entre risas, y me pedirá que no le dé ideas. Brenda me cuenta los porqués.

Hace seis meses le diagnosticaron epilepsia cerebral. Primero olvidaba cosas, luego olía aromas inexistentes, más tarde no pudo escribir un mail. El temor la llevó a médicos varios y le hizo negar la versión del estrés.

Que consultas. Que un congreso de neurocirujanos en Budapest. Que una cicatriz en el hipocampo que lo explica todo. Que unos remedios antiepilépticos. Que son solo seis casos en el mundo. Que sin los remedios no funciona. Que con ellos no puede embarazarse. Que no más hermanos. Que por suerte tiene a Facu. Que, a lo sumo, un perro peruano, sin pelos.

Los porqués.

Brenda está sensible. O quizás lo sea. Facu ya se lava los dientes. Han pasado varias horas y mis amigos me esperan para cenar. No quiero seguir interrumpiendo la armonía de domingo en este departamento de Miraflores. Facu me da muchos besos y un gran abrazo. Brenda también.

Ahora sí, tengo una sensación agradable en el vientre y familia en Lima

Capítulo 5º

-La próxima vez en Mollendo –Moiendo, como suena– los invito a mi humilde casita para recibirlos.

Yo no creo que vuelva, pero lo haría solo por ver la cara de Joyse. Ella vive a diez minutos del centro, en frente de la canchita de cemento del Club Alto Inclán. Hasta allí llegamos a jugar un fulbito nos, los tres argentinos, dos chilenos y dos peruanos.

Allí, en un barrio de los que están disimulados o vedados para el turista promedio, porque allí habríamos de conseguir gente para completar el partido. Y la conseguimos.

Irwin, Brayan y el padre de ambos, completan el clásico Argen-Chile vs Perú. Fue una hora a puro roce en el ahora mítico estadio del Club Alto Inclán. Desde las gradas, un gordito de lentes, el menor de la familia que completó el team peruano, tomaba el tiempo.

Mollendo es un pequeño pueblo no tan pequeño. Capital del municipio de Islay, al sur de Arequipa, que está al sur de Lima, que está en el centro-sur del Perú. Es un poblado costero de sesenta mil habitantes, con casitas desparejas y despintadas, dos plazas bonitas –sin pasto como todas en Perú–, una iglesia colorida y pintoresca con un reloj tipo Big Ben y el típico mercado. Y ya. Nada más eso y la playa. Dos o tres paradores modestos y unos ojos bien abiertos para el viajante no peruano.  Mollendo –Moiendo, como suena– tiene por costumbre recibir familias locales. Es, ante todo, un refugio familiar para los arequipeños. Es un poco antes de Camaná e Hilo, las otras playas sureñas del Perú.

Harry es de aquí. Nos desafió a un fútbol en la playa y perdió. Reincidió para el día siguiente y aquí estamos. Harry es el típico peruano jocoso. Cuenta que tiene una ferretería –“Castillo, sobre calle Arequipa”– y le brilla el orgullo como una madre con su hijo médico.

Ahora pienso en Isabel, madre de mi amigo Alan. Pienso en la maternidad y en los instintos más naturales del calor y la ligazón entre seres humanos.

Joyse ha conseguido la gente que faltaba y nos pregunta de dónde somos. Se ríe con una amiga y dice: – Ah, Argentina…¿y es primera vez aquí?

-No- dice Alan -Él sí, pero yo vengo por segunda vez.

-La tercera es la vencida en Mollendo –Moiendo–.

-Si precisan médicos me quedo- juega con el destino Alan.

-¿Eres médico?  

A oyse se le ha transformado la cara. Los ojos brillan, entre el brillo del temor y el de la emoción por la oportunidad que se presenta. Con voz temblorosa, casi quebrada, pregunta si puede hacer una consulta. Su hijo ha nacido con problemas y tiene pánico por la operación. Alan accede y yo los acompaño.

El gordito de lentes marca la hora. Cinco a siete en tierra Inca. El primer tiempo fue una caldera. Un hervidero. Uno de los chilenos es bastante malo y se afinca en al arco. Un gran acierto. El otro, corre para adelante sin reparar en nada ni en nadie. La doctrina Bielsa ha calado hondo en el pueblo de Allende, me lamento.

Ha pasado media hora y tenemos tres minutos de descanso entre las gradas y faroles de “El hueco”, como llaman al cemento del Club Alto Inclán. Estoy fastidioso. Me han pegado bastante y he tocado poco la pelota. Alan me conoce, sabe que fastidioso soy un estorbo en la cancha. Alan logra calmarme a base de silencios, arengas y caras. según corresponda. Eso también es la hermandad.

La segunda media hora es más áspera aún. Parece que se os escapan y llegan a cuatro goles de ventaja. Hay olor a transpiración, coca y orgullo herido. La familia Inca saborea, con sus múltiples artilugios –deportivos y antideportivos, que también los hay–, las cervezas embargadas a la suerte. Pero se me sale la cadena. No suele pasar, pero extrañamente vuelvo en mí y el fastidio se disipa. Los goles acarician mi renovada calma y dos codazos “desafortunados” en el rostro de Brayan, estrella Inca, me alivian los nervios crispados. Brayan ya no juega y los mañosos van perdiendo las mañas, las ganas y la paciencia.

Hago una finta a derecha, suelto para Martín –un diseñador industrial de Villa Urquiza que conocimos en Arequipa y viaja hace unos días con nosotros– que me devuelve una pared semi involuntaria y, con la izquierda, aplico la estocada final. Pasamos al frente por vez primera en la noche calurosa del Inclán. Como si la suerte me hiciera un guiño finalmente, el gordito de lentes marca la hora. Argen-Chile gana. Las cervezas prometidas aliviarán la temperatura corporal.

A la salida del hueco espera Joyse. arreglada y bañada, irreconocible y ansiosa. Acompaño a Alan y a Joyse a la casa, frente a la cancha. Allí asistiré a una clase magistral que ningún aula magna podría albergar. La dicta Alan. La dictan Joyse y su pareja, José. Es una clase de humanidad. Un cursillo acelerado de lo que debiéramos ser en caso de evolucionar.

Alan revisa las resonancias y placas, explica con inquebrantable paciencia sobre lo que ve, sobre lo que han dicho los médicos y acerca de lo que, humildemente, cree mejor. Explica también que no es especialista en la materia y repasa nuevamente los procedimientos que podrían caberle al hijo de Joyse.

Shandeé tiene un año y cuatro meses, un sueño profundo, cabello oscuro y piel morena. Es flaquito y algo desgarbado. Está comenzando a caminar con ayuda de la kinesiología. Ha nacido con dos lipomas en su espalda. Las formaciones adiposas presionan sobre su médula y su columna, complicándole la existencia.

Shandeé está dormido y Alan no quiere despertarlo, pero lo revisa con suavidad. Shandeé llora un poco, recién despierto, y finalmente lo dejamos descansar. Afuera, se repiten las explicaciones, la paciencia, los ojos vidriosos y los agradecimientos.

Los jugadores beben cerveza. La temperatura corporal se estabiliza y uos cigarros me devuelven el aire empeñado en el cemento de Alto Inclán. Risas, vasos y palmadas, lugo dejamos los suburbios para comer algo en el centro de la ciudad.

Me quedo pensando en la necesidad de contención, de explicación, de información. Recuerdo lo que le escribiera a Alan cuando se recibió: “Nunca te olvides que, antes que médico, sos humano”. No lo ha olvidado y se me nubla la vista de orgullo. Voy a extrañar a mi amigo Alan, el doctor.

Lo difícil de estos viajes son las constantes despedidas. Pienso en los que van quedando atrás. Voy a extrañar a mis hermanos y a los viajantes de ocasión.

En el micro que me devuelve de Mollendo -Moiendo, como suena– a Arequipa, solo quedo yo con mi cuaderno y la carta despedida. Cierro los ojos y veo a Alan, Michelle, Carolina y Estefanía. Abro los ojos y solo veo a Martín, compañero y circunstancia.

Pienso en Joyse y Shandeé antes de llegar.

Capítulo 4º

Me llevó unos días volver a escribir. En la cabeza escribí en forma constante, pero como todo por estos días, quedó guardado para más luego.

Imaginé esta crónica varias veces y siempre empezó de la misma forma, así que habré de hacer caso al caprichoso inconsciente. Empieza la crónica con el siguiente diálogo:

-Ey, pe, no puedes estar echado ahí.

-…

-Sí, sentado sí, pero no echado.

Es un poco más de mediodía y el sol parte la tierra por el costado sur de Perú. Miro, con dificultad por el reflejo, y veo que un gendarme me invita amablemente a levantarme. Estoy en el mirador Yanahuara, en la zona alta y refinada de Arequipa. Es la segunda vez, en apenas dos horas, que un agente del orden me obliga a sentarme. En Arequipa no le quieren a los acampantes. Ni en Yanahuara ni en la Plaza de Armas.

Esta ciudad es un gran centro comercial, por todos sus rincones brotan mercados y galerías dispuesas a dar por tierra con los presupuestos del tímido humano en disponibilidad. No sucumbo a sus infinitas tentaciones y ni siquiera una bonita réplica de la casaca de mi amado Central a siete soles y medio –unos dos dólares con setenta centavos– me hace transigir en mis ahorristas convicciones.

El Mercado Central es hermoso. No es vistoso ni coqueto, no hay ofertas irresistibles ni limpieza, pero abunda gente para respirar.

Anselmita me ofrece un trago de un jugo de rana que adivino espantoso. Le agradezco y le pregunto si le ha gustado. Las muecas de su rostro ajado por años de tierra y sol lo dicen todo.

-Para el cerebro- explica la simpática vendedora, que me cuenta el proceso de preparación y que deja de ser simpática cuando mi negación y mi frágil estómago acaban con su ideal de vendedora implacable.

Avanzo unos metros, de la sección porcinos a la de quesos y, de allí, a la de jugos y la veterinaria, pasando –hacia la izquieda de la entrada principal–, por los artículos de electrónica, calculando el tiempo en que los minutos juegan laberínticos entre los pasillos de este bello muestrario de las leyes de la oferta y la demanda. Por detrás, asoma, invisible, el trabajo humano sudado y muriéndose de risa. De prisa.

-Chico, quieres?- me invita una mulata de treinta y largos,  casi cincuenta. Giro sobre mi eje con una destreza desconocida y la veo. Y lo veo a él. Ojos pequeños y megros, párpados semi cerrados o semi abiertos, piel negra y moteada con unos bellos parches de algo que, entre la mugre y la oscuridad, asoma como beige.

-Por cinco soles te lo llevas, anímate.

-No, si yo me animo, pero cómo me lo llevo luego a cuestas?

Las risas de la mulata se dirigen a una compinche. Cuanto más nos hablamos, menos nos comprendemos. Me voy a otros rubros en busca del refugio ridículo de la soledad. No sin antes mirar al cachorro moteado que busca dueño para sus ojos negros y su cariño de cola, por cinco módicos soles.-

Casi a la salida un travesti me ofrece algo que no llego a compender. Las pescadoras reinan con su hedor agobiante y los pájaros hacen parapente entre cada una de las puntas del mercado. La genética me deposita en una librería en la que una lupa Glass vale cinco soles y suena música de Neil Sedaka. Algún pequeño arequipeño soñará en el futuro con Nueva York.

En las callecitas de este centro sísmico descubro cierta desprolijidad organizada. Como si todo el desorden que me sorprendiera en Lima incauto, fuera un patrón del ADN del peruano citadino.

Arequipa tiene al Colca –con sus volcanes, Misti, Pichu Pichu y Chachani- como Cusco al Machu Picchu. Pero, claro, salió desfavorecido en la repartija de atracciones turísticas. La excursión de dos días–o más– sale algo así como sesenta o cien soles –según la cantidad de días–. Invita a ver vicuñas, llamas, alpacas, un cóndor, un pueblo con dos piletones termales y el volcán y su cañón, desde lejitos. No quiero gastar, no quiero aventuras y las llamas se pueden ir a la puta madre llama que las haiga parido.

Arequida, además, de su desfavorecida oferta turística, no tiene mucho para dar. Aún así, me gusta sacarle algo de polvo a sus veredas. Tiene, sobre todo, infinitas pastelerías. Como si con tanto dulce pudiean contrarrestar el amargo sabor de saberse habitantes de una ladera del volcán.- De un volcán activo y en fecha de hacer su próxima erupción.

Además ha salidos el sol y, tras las frías y pedregosas noches del Cusco, no es poca cosa. Cada gota de sudor que se filtra po mis poros, limpia un poco del oprobio interno de la última semana.

Abandonar Arequipa no cuesta nada. Solo saludo a Jennifer, que en su bello hostal amparó mi corta estadía en paso hacia la familiar playa de Mollendo. Ni siquiera sus plazas quisieron abrirse camino a mi andar. O echar.

En peregrinación hacia la zona baja de la ciudad, donde el coliseo y, según me dicen, los peligros, entré en una librería que tiene más libros de autoayuda y para colorear, que de los que se disfrutan. Han de tener un excelente estudio de mercado que los asiste.

De cualquier forma, tienen un ejemplar de “Más allá del bien y del mal”, de Nietszche, a siete soles, pero desisto de llevarlo. No se me antoja la mutilación de mi sórdida humanidad por estas horas. Quizás me arrepienta al atravesar el Ecuador, pero ya se verá.

La librería también exhibe el patrimonio que más orgullo le reporta al Perú. Sobre todo para los insólitos turistas que osen leer. Los cachorros, Pantaleón y sus visitadoras, La ciudad y los perros, La casa verde, , Los Jefes y otras tantas obras del escritor más caído a la derecha que puedan dar. Marito Vargas Llosa. Buena prosa, el mentecato.

Arequipa también es el primer lugar en el que no se ven carteles de Alan (García) por todos lados. Hay, y es aún más extraño, varias pintadas de Ollanta (Humala) 2011. Luego me diría Jennifer que es el único que defiende a la ciudad de viejas rencillas con Chile. En eso, Arequipa es original.

Machu Picchu II

Segunda parte.

Machu Picchu

Artículo publicado en Diario Perfil, para que puedan saber lo que pasó estos días.

Capítulo 3º

A Barrancos voy a volver. No tanto porque fuera muy bonito o pasara una gran primera noche de viaje, sino porque no logré comprenderlo. No sentí ninguna esencia especial en aquél distrito, que bien podría ser un anexo de Palermo . Una sucursal palermitana, Palermo Hono Lu Lu, dada la distancia y la manía de etiquetar todo bajo el designio de lo conocido. Con playa y unos simpáticos quioscos ambulantes.

En Barrancos destacan tres cosas: la playa, ajena a todo lo que la ciudad se empecina en quitarle, los hostels, empecinados en conquistar a todo viajero que no ose meterse en los rincones de la Lima más profunda y menos ascética, y los bares y discotecas, siempre dispuestos a brindar diversión en cuentagotas para los amantes del tumulto al estilo wild on.

Barrancos está tranquilo está noche, pero es una casualidad: yo buscaba paz en el comienzo y los limeños y turistas buscaban fervor y feromonas en una fiesta en las afueras de la ciudad. La combinación es inmejorable. Bares semi desiertos y con música moderada, cerveza fría, una playa que gana una pequeña batalla de la guerra citadina y las construcciones semi coloniales, pero prolijísimas. Demasiado prolijas. Desapercibidos, mi fetiche desde ahora: los quiosquitos ambulantes a tracción humana, esclavos de su cuerpo y sus armas mercantiles. Son extremadamente amables, aún cuando no les compre uno nada.

-No lleven las mochilas eh. Hay mucha gente en los lugares y las calles y pueden arrebatarles algo, pues–, nos aconsejan en el hostal. Iquique es una pequeña puerta en el distrito de Breña, tras la cual se esconde un digno refugio a módico precio. Siete dólares cada uno y tenemos una habitación con baño privado y hasta internet inalámbrica. La zona es céntrica, bien enquistada en el centro del infierno limeño y sus vendedores, bocinas y mareas humanas. Pero la calle Iquique, sobre la que se erige el hospedaje del mismo nombre, es un oasis. Cuando salimos en búsqueda de una cerveza de bienvenida, tres chicos juegan al fulbito, dos mujeres conversan en la vereda y, por la angosta callejuela, corren algunos otros niños.

–Llevar las mochilas es peligroso. No lleven las cámaras, ni la computadora, ni la billetera.

Alfredo no sabe e insiste con cortesía. No sabe que estamos inmunizados contra fiebre amarilla, fiebre tifoidea, malaria, mal de altura, hepatitis en sus dos sabores y contra el pungueril arte de tal chanza. Su compadre, Luis o Diego tal vez, nos dice que como queramos hacerlo, pero que es tan solo un consejo. Debatimos entre la tranquilidad de portar lo propio y la angustia de perderlo. Las angustias siempre triunfan por sobre la tranquilidad, se amparan en la presuposición de un futuro negro e incierto. Las mochilas se quedan.

El taxi nos arroja en el lugar. Son ocho o diez soles, quizás doce, ya no recuerdo, pero el regateo fue solo un ritual innecesario esa vez. Como esas cosas que se hacen más por cortesía y costumbre que por el virtual efecto de la acción. El automatismo también es una manía de los viajeros.

Entre la iglesia, elegante y dispuesta a amedrentar a los beodos y celebrantes, emergen bares y una playa. Es una, porque en la noche se pierde la distancia. Hay casas y casitas, una bonita plaza reluciente, pituca, pulcra. Demasiado limpia de todo, incluso de gente. Barrancos no parece el peligro predicho por Alfredo y Luis o Diego. Finalmente no lo sería.

Barrancos es –y me pasaría lo mismo con Huacachina un tiempo después—algo demasiado bello y apacible. Casi anecdótico en el mundo, sin mucho que decir ni hacer. Entre el lodazal incierto y apasionante de Lima, Barrancos no dice nada. Sin embargo, el exceso de orden y pulcritud me incomodan aún más que la liturgia del desorden pueblerino. Hay algo  que, a pesar de ser una linda noche con amigos en un pintoresco lugar, no me sienta del todo bien.

La cerveza fría mejora la situación notablemente. También las yucas fritas y saladas. No hay peor que viajar y conocer lo extraño con el estómago vacío y yo no comía nada desde Buenos Aires, medio día atrás.

De camino a la playa  me pongo a jugar con mi imaginación. De cómo creí que sería, de cómo habrá de ser. Y, en el medio entre lo posible pasado y lo real por venir, inatrapable, el momento ínfimo y efímero en que se disipa la alteridad y uno se convierte en viajante. Los sujetos en tránsito permanente nos acomodamos. Mutamos a lo que el contexto nos dicte. De día gringo, de tarde porteño, de noche primo y hermano, mi brother.

Finalmente, salgo de mi cabeza y emprendemos el vertiginoso regreso a Lima centro. Son cuarenta minutos de adrenalina insoportable y a la vez deliciosa. Como si alguien o algo hubiera querido sacarme de la modorra del viajar. Del partir.

En los colectivos limeños todo es grito y velocidad. Subes, te sientas, pagas, te bajas. Todo entre gritos y zambulléndose uno en un oleaje profundo de bocinazos, frenos inutilizados y asientos movedizos. Un circo.

De noche, primera e irrepetible noche–, a los tumbos, sin frenos, mitad argentino mitad viajero en franca transformación, Lima se torna incomprendida.

Cerca del Iquique bajamos en busca de refugio. La runfla de lúmpenes se abarrota en las calles y avenidas vacías del centro noctámbulo. Putas, travestis, borrachos, compadritos, gangsters, un charco de sangre. Todos nos miran y nadie nos habla. A veces, la marginalidad obliga y sujeta tan fuerte al marginal, que ni se atreve a cruzar su cerco invisible ni aun estando bajo la tutela de la noche. Es su territorio y aún así no lo exigen exclusivo.

Llegada la cama, el pensar se aleja y comienzo a soñar con chamanes y selvas. Al otro día dejaré Lima con una convicción: volver al rato. Al menos, para comprender aquello que, de primeras y en Barrancos, no pude comprender.

Capítulo 2º

-Psss…no sé, pe, pero está creciendo hacia los lados. El comisario Sánchez se desinfla antes de contestar a mi pregunta. Nadie sabe ni sabrá decirme cuántos habitantes hay en San Andrés. Es un pueblo pequeño, pero no tanto para ser infierno grande. Despintado, casi bucólico. Para eso le falta polvo al pueblo o una botella de pisco a mi percepción. O ambas.

La comisaría es el ícono de los `pueblos. Enfrente, la biblioteca, cerrada. Es domingo en todos los rincones. Las características moto taxis copan el paisaje. Una, roja y amarilla, me insulta. Sus ocupantes ríen, no agreden. Un insulto al pasar es el saludo al extraño. También tiene ruinas y reconstrucción. San Andrés es parte del departamento de Ica, lindero a Pisco, donde en agosto de 2007, un terremoto lo movió todo de lugar. Terremoto, réplicas, tsunami. En kilómetros a la redonda, todo está marcado por ese día de 2007.

San Andrés tiene la plaza típica de los pueblos. En Argentina, todo pueblito que se precie de tal tiene su plaza San Martín. En Perú, le llaman Tupac Amaru.

Cómo llegamos a San Andrés es un extraño extracto de un cuento jamás escrito. Quizás será narrado en el futuro. En ese caso, dirá que tres argentinos –o gringo, que acá todo individuo de piel desteñida lo es- bajaron en el cruce Pisco una tarde pegajosa de verano y al caer nomás para ver como un timo les había costado dos pasaportes, una cámara fotográfica y ciertas angustias. Se narrará la corrida apoteótica del argentino blondo –o gringo, o ruso-, la desesperación de la argentina colorada, la apacible pasividad del argentino pelado. Se escribirá sin decoración ni ornamentos la entrada al pueblo Tupac Amaru, conocido como “La Villa”. Se dirá que en una pequeña comisaría roída por el viento y el polvillo de montaña, tres argentinos intentarían levar a cabo una denuncia para darse cuenta que no, que allí no podían tomársela, pero que les darían aventón. Habrá luego un viaje en patrullero –un desconchado cacharro con maletero tuerto—hacia San Andrés.  El camino es de cuento, así que será escrito y descrito: ruinas. Entre Pisco y San Andrés, la nada y el polvo. Y gente sin más actividad que la de respirar.

“La gente de Pisco ya disfruta la mejor reconstrucción en los jardines de San Andrés”. El lucro nace de la necesidad, luego la crea y, finalmente, se sienta malicioso a reírse y servirse de ella. Los jardines son como los mono bloques, pero horizontales. Duermen entre los restos, un sin número de casitas idénticas, coloridas, alegres. Engañosas.

En la comisaría hay ocho camas, cuatro computadoras, un comisario hosco, tres policías simpáticos y un cabo comiendo un durazno a la sombra. El sol pesa sobre las cabezas en este pueblo.

Mientras la denuncia y el papeleo, en el cubículo contiguo, Sánchez me mira de reojo. Tiene bigote tupido y negro. Es el peruano más parecido a un mexicano que he visto hasta el momento. Pero es “de aquí mismito”, me dirá. Y ya no dirá más. Sánchez casi no habla y escribe en un gigantesco libro de actas. Si A4 es la hoja de computadora, ese libraco descolorido ha de tenerlas A10 o A12. Cada tanto me mira de reojo y baja rápido la mirada si le sostengo el cruce de ojos. O es tímido o me ve sospechoso por estar escribiendo en una comisaría. Allí debe ser él el único que escribe.

-Quién atiende, pe?- Me dice un tal González, Jorge, al tenderme la mano en señal de saludo y respeto. Sánchez salió y los argentinos están denunciando “el hecho o hurto” en la oficina de Rodriguez y Moreno. –Yo no-, le sonrío, pero qué ha pasado?- Una motoneta ha chocado el carro de mi sobrino. Venía borracho. Motos y borrachos, San Andrés tiene su domingo típico y mal combinado. Al rato, cuando me disponía a tomarle datos al tal González, Jorge, llega Sánchez.

Cuatro chicos discuten, un tío los calma y una prima mayor del borracho se hará cargo de las disculpas y el dinero. El borracho ofertará su celular como recompensa y luego se irán a buiscar la moto daáda y, luego, secuestrada.

–Siempre lo mismo-, bufa Sánchez. –Los fines de semana son tremendos. Me río y no me entiende. La calle está desierta y casi no se oyen ruidos. Llevo dos horas allí y solo han entrado los de la moto. –Todos se toman su cerveza y ya ves, pe-, insiste y cierra el caso, lacónico, el comisario. Sánchez nunca ha estado en Lima, pienso.

Cansado por la ruta, el polvo y la espera, voy al baño. Lavarme la cara me reconforta y, a esta altura, la comisaría es como mi casa. Mientras descubro una policía pasional y amable, distinta a la línea azul del mundo que tanto detesto, me sorprende una inscripción en la pared. “Policía soy, de corazón…”. El himno de la fuerza es un cántico de guerra. O de cancha, que es igual. “Por la gloriosa policía nacional”, termina. Para cuando regreso del baño, Moreno y Rodríguez ya son amigos del blondo y la colorada.

-Conoces el cuento de la vieja y los huevos cuadrados? –

Moren contará un gran cuento. Conocido y efectivo, de esos que valen. Nos enseñará su fondo de pantalla semi pornográfico, semi gomería, pedirá que le saquemos fotos y nos dará su correo. –Escriban y nos seguimos viendo, pe.- Moreno nos abraza al bajar del patrullero. Que los visitemos al volver, dice. Que qué bueno conocerlos.

Con Rodríguez la despedida es más fría. Me aprieta la mano y le agradezco el viaje hasta Paracas. Apenas una hora antes, mientras la denuncia, en otra de mis visitas al baño, me crucé con otro oficial de bigotes morenos y tupidos. No supe su nombre, es el que comía un durazno a la sombra. Luego chancleteó y arrastró su cuerpo pesado por el destacamento. Traía un cepillo de dientes. Muy limpio el poli, pensé.

Al rato, cuando González, sobrino, borracho y moto, apareció en toalla. Con remera, chancletas y toalla. Recién duchado. No hay duda, el segundo policía mexicano de San Andrés era un hombre limpio. Muy limpio.

Capítulo 1º

Lima es desordenada. Lo dicen los taxistas, lo dicen los vendedores y lo callan sus rincones prolijamente desordenados. Barzolita me explica que están reorganizándola. Así le llaman a la construcción desmedida y sin planificación que sufre la ciudad. Barzolita, 66 años, taxista, guía y primer contacto con la cultura incaica y pre incaica. Dice que están mejor así. –Estamos mejorando de a poquito- dice.

Osvaldo no piensa igual: -Castañeda hace, pero no sabe calcular bien, dijo que el metro estaría para este mes, enero, pero luego lo postergó para mayo, pues, y entonces veremos. Castañeda es el alcalde de Lima, responsable de lo bueno y lo malo que relatan sus habitantes.
Lima huele agridulce. Hay orines secos por doquier, pero no alcanza a molestar. Es extraño, como si en estas calles gastadas y ruidosas se mezclaran olores desagradables y resultaran, de una forma incomprensible y química, en uno tolerable.

-Llevo ocho años de casado y otros tantos de enamoramiento. Una vez me dijo que ya iban muchos años, que tengo miedo ya, que te doy uno más para casarnos o te olvidas de mí, ah. Ahorita tengo dos hijos y muchos límites, pe. Osvaldo ríe mucho, como casi todos los limeños. Son, ante todo, jocosos y ríen con cierto pudor, hasta que entran en confianza. Osvaldo también es taxista de raza. O de raza taxista. Como tal, confidente, guía y uno de los más conocedores de la ciudad. Nos recomienda sitios, turísticos y de los otros, nos enseña sus dientes blancos y desparejos con esa amabilidad que solo es posible si es natural, jamás impostada. Como todo taxista, también acepta el juego del regateo a la hora de acordar la paga. Lima es también eso, una rara mezcla entre gigantesco mercado persa, construcciones dispares y un bazar inmenso del once porteño.

Otro taxista jugará al regateo y sonreirá ante la habilidad adquirida por estos argentinos en el arte de la puja distributiva. –Me doy, seis soles está, pero no regateen tanto—, nos aconseja y nos condena al placer tortuoso del ritual.

Lima parece repleta. De cemento, de gente, de bocinas. Cada esquina es testigo del delicioso baile de seducción pre apareamiento entre dos animales de metal. O más de dos. Autos, buses y motos se enfrentan y danzan al sonar de sus bocinas. Las hay agudas, graves, algunas suenan como el débil graznido de un ave tropical en celo. Todas suenan. Si en Buenos Aires el tamaño de un coche puede intentar compensar la virilidad –o reflejarla, según quién y dónde/cuándo–, en Perú la bocina es el clamor fálico por excelencia.

-Antes era peor, me cuenta un chofer de bus del que no recordaré el nombre. No puedo imaginarlo. Peor ha de ser el infierno y, ni aún así, tan ruidoso. Pero los cacharros metálicos son histéricos y pocas veces cumplen con el apareamiento posterior a la danza del chirrido. Por suerte.

En el desorden también hay orden. Las campañas de seguridad vial no son patrimonio argentino, son la hermandad latinoamericana. Con garitas –que ni eso son, en realidad—en el cruce de las avenidas, con inspectores de buses que, cuales chanchos, controlan el uso del cinto de seguridad. Precarias medidas omnipresentes. Lo dicho, mucha histeria y ningún apareamiento. Por suerte, que es lo único capaz de evitar un choque entre cuerpos metálicos que hacen sonar sus bocinas, pero que jamás frenan.

Lima es la meca de los vendedores ambulantes. Deambulan ofertantes y se nuclean por rubro. Incluso hay una zona de tapiceros artesanales que, con reminiscencias a la Warnes porteña, por las noches emula al lejano oeste. Silencioso, lleno de polvo, sin seres vivos y sin sheriff al que acudir. –Zona tranquila-, dijo Barzolita.

Lima es eso. Bella, histórica, imponente. Rica en paseos y recovecos milenarios. Rica, sobre todo, en casinos. Dicen que en la desesperación se cuecen los jugadores. Lima debe ser un muestrario de la desesperación humana. Hay casinos –o tragamonedas, quizás—en cada calle. Incluso hay más de uno por calle en algunos distritos –barrios, localidades–. Luces de neón que empastan el opaco gris de tanto cemento. Hay infinidad de cemento. Lima no es excepcionalmente sucia, pero es infinitamente gris. Al menos en el centro.